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jueves, 10 de marzo de 2011

'59 Segundos' para mujeres canallas


Recordábamos anoche, viendo el programa de televisión '59 Segundos', aquello que nos contara nuestro viejo amigo, el escritor Eusebio García Luengo (que en paz descanse) sobre una delegación de mujeres republicanas que yendo a pedir clemencia, a esposas de militares franquistas, por sus hombres encarcelados y a punto de morir fusilados, asesinados, regresaban exclamando:

-¡Esas mujeres son peores que ellos!

Lo recordábamos porque, eso mismo, nos pareció a nosotros que eran esas mujeres que hablaban en la tele. Esa noche estaban solo hembras ya que el día anterior fue el Internacional de la Mujer Trabajadora. Un guiño a la mujer. Así. En general. Haciendo tabla rasa de diferencias. Pero las hay: mujeres y mujeres. Una perogrullada. Aunque tiene su miga. Su sentido común. No son lo mismo las mujeres del pueblo llano que las encumbradas en el sistema.

Trataron, estas televisivas personalidades femeninas, de la posible huelga de los trabajadores de los aeropuertos. Que ven peligrar su puesto de trabajo. Y desde esas pingorotas, desde esas cumbres, desde esas alturas en las que están instaladas como comentaristas, no encontraron razón alguna para la huelga. Y les dijeron de todo menos bonito a los trabajadores: que qué se habían creido ellos... amenazar con paros porque 'alomejor' (y lo entrecomillaban) perdían sus puestos de trabajo... 'alomejor'... que otros (4.000.000) ya lo habían perdido y esos, si, tenían razones para protestar... vosotros os jodéis... que eran secuestradores de las vacaciones del pueblo español... que el Ejecutivo tenía que ser firme y no temblarle la mano a la hora de castigar a los que no fuesen a trabajar... que por su culpa iban a perder buenos dineros los negocios de hostelería y... y a eso no había derecho alguno... que estaban impidiendo, obstaculizando, que otros pudieran obtener trabajo... que ya era hora de regular la huelga para que se vayan enterando de lo que vale un peine... esos sindicalistas...

Ninguna se puso en lugar del que se ve en paro, de aquel que siente cómo la hipoteca le va apretando el cuello hasta casi ahogarle, que ve peligrar su piso, y ser expulsado del hogar con orden de embargo y a sus hijos en la calle... Ninguna se mostró ni una pizca de comprensiva con la única arma que los trabajadores esgrimen para defender su comida... Ninguna tuvo clemencia con esos asalariados que tiemblan de miedo al despido... A ninguna les importó un comino que los 4.000.000 millones de parados fueran incrementados con algunos más salidos de la privatización de los aeropuertos... A ellas solo le preocupaban las vacaciones y los negocios hoteleros. Lo demás... ¡mano dura a los huelguistas, a los sindicalistas!

Pero, ¿por qué esa dureza con unos simples trabajadores? La explicación viene de que miran a los demás como enanitos desde sus cimas; hasta ellas no llegan las zozobras, penalidades, inquietudes, angustias... de los currantes a los que critican; se consideran encastilladas, amuralladas, defendidas por el foso de la llamada libertad de expresión atestado de hambrientos cocodrilos que impiden que otros lleguen a tumbar sus argumentos ejerciendo ese mismo derecho. Es su torre de marfil. Allí se encuentran a gusto.


Y además porque, valga la paradoja, ven peligrar, ellas, su 'mantenencia', su sustento, sus vacaciones, y para asegurse bien en el puesto, pegadas como lapas al sistema, tienen que demostrar ser más duras que los empleadores para los que trabajan o las contratan: los banqueros, los dueños de las empresas, los patronos de los diarios, revistas, televisiones, radios; es decir: la patronal, el generalato del sistema. Del sistema capitalista.

Todo ello en torno al Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Y todo ello cuando se ha homenajeado con una película a esa diputada olvidada, Clara Campoamor, que tanto luchó por el derecho al voto para la mujer. En la II República. Y eso está muy bien. Y ya pueden votar y ser diputadas y senadoras y concejalas y alcaldesas y... ¿Y qué? ¿Ha cambiado el sistema? ¿Ya todos somos iguales? ¿No hay explotación del hombre por el hombre? ¿O de la mujer por la mujer? No, no, no. Aunque, si, es cierto, la burguesía, en eso, ha salvado su contradicción de sexo. Está más vertebrada que antes. La burguesía ya tiene dirigentes machos y hembras.

Pero... ¿y entre la clase obrera?  La situación ha cambiado mucho menos. Siguen estando bastante inferiorizadas. Las mujeres. 


No hay una mujer en general, sino mujeres de distintas clases: las burguesas y las proletarias. Las unas defiende el sistema y las otras deberían de luchar contra él.

Y cuando, entre el pueblo, oímos, muy a menudo, decir a alguna mujer:

-Tenemos que hacer una candidatura de mujeres.

Esa proposición no es una igualación de las mujeres del mundo, no, es una rebeldía contra cosas mal hechas por los hombres. O eso creen ellas. Porque entre hombres y mujeres del pueblo hay enfrentamientos, luchas, contradicciones. Empero son, como decía Mao, contradicciones en el seno del pueblo que hay que resolver. Porque no son irresolubles, no son antagónicas.

Mas existen, como ya hemos dicho, las otras, las burguesas, que cuando llega la hora de defender al sistema en que se hallan encuadradas se vuelven inmisericordes, duras, asperas, híspidas, cuando no crueles contra los enemigos de clase, como los obreros, que se aprestan a conmover los cimientos de su estatus de encumbradas matronas con huelgas y otras formas de protestar. 


Y eso, ¡no! ¡Ni hablar! ¡Por ahí no pasan! Lo vimos y oímos ayer en la televisión. Por la noche. En el programa '59 Segundos'. 


Y fue lo que nos hizo recordar aquello que nos contara, antaño, Eusebio García Luengo, de una junta de mujeres republicanas que fueron a hablar con esposas de militares franquistas a las que consideraban más asequibles y comprensivas que sus maridos y que exclamaron de vuelta de su misión:

-¡Esas hembras son peores que sus machos!



Fdo: José Mª Amigo Zamorano

lunes, 18 de febrero de 2008

José Mª Amigo Zamorano: La maté porque era mía

"Aristóteles dijo, y es cosa verdadera,
que el hombre por dos cosas trabaja: la primera,
por el sustentamiento, y la segunda era
por conseguir unión con hembra placentera."
...

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita

Estos son los famosos versos del Arciprente de Hita, Juan Ruíz, acerca del comer y del follar que intentaba darles un valor más amplio, extendiéndolo a los seres vivos. A todos. Si bien, se aprecia a las claras, que se refería a los hombres: a él en particular.

Pero el manducar y el joder no son químicamente puros: los recubre gusto y amor. Eso les da brillo y color adquiriendo, de paso, un refinamiento y una exquisitez que parece alejarlos, y de hecho los aleja un poco, de esas dos perentorias y primarias necesidades.

A esos dos paquetes básicos se le van añadiendo otros elementos que hacen un conjunto complejo y, a veces, muchas veces, peligroso. Con secuelas sangrientas. Letales.

Nos estamos refiriendo a los sentimientos, a las pasiones, a las emociones.

Lo vemos, casi a diario, con la llamada 'violencia de género'. Que sufren, mayormente, las mujeres, a manos de sus machos.

También, hay que decirlo, de cuando en cuando, se produce la agresión contraria: la de las hembras contra sus hombres. Pero ésta no tiene apenas repercusión mediática, al no ser rentable electoralmente (estamos escribiendo desde España que pronto, en marzo, tendrá elecciones)

E innumerables veces no se denuncia.

Porque vamos a ver: si a una mujer le da vergüenza, en un mundo machista, acudir a la policía para presentar denuncia por la agresión del macho... a un hombre le ocurre algo muy similar: intuye que se va a dar de bruces con el cachondeo, la burla, la befa de ese policía, que, todo hay que decirlo, nunca ha sido nada, pero imbuido ahora de autoridad, con placa y pistola, que tiene la posibilidad de vengarse, del que le quitó la novia, en su pueblo, machacando a un semejante que acude en auxilio, pues lo hace. De modo que se reirá, se chanceará, hará blanco de sus pullas verbales a esa persona que acude a su cuartel. Diremos, sobre el 'madero' o guardia civil, sin disculparle, que se comporta, con la misma actitud machista que ha aprendido en la sociedad.

Recordamos todo esto al leer, en 'Fausto' de Goethe, lo siguiente:

"HELENA: Eso hizo, si; por mi culpa lo hizo.

FORQUIAS: Y por culpa de aquel hará otro tanto contigo. Incompatible es la belleza; quien por entero poseyóla, antes la destruirá que compartirla con nadie. (Trompetas a lo lejos; estremécese el Coro.) Tan agudamente como penetra el fragor de esos clarines en oídos y entrañas, desgarrándolos, infiltranse los celos en el pecho del hombre, que nunca olvida lo que una vez poseyó y perdió luego y no posee ya.

CORO: ¿No oyes cuál resuenan las trompas? ¿No ves centellear las armas?"


Eso que leemos nos afianzó en la creencia (que queremos compartir con los poc@s, escas@s, exigu@s viandantes que recalan por este rincón de cuando en cuando), de que ninguna ley puede parar estas pasiones, estos sentimientos. Si alguna vez disminuyen se deberá a que surgen, brotan, nacen de dentro, de muy adentro de hombres y mujeres. Lo harán en una sociedad nueva, con nuevos valores donde la propiedad no sea el becerro de oro al que reverenciar. Y siendo, como son, de índole personal, íntimo, es difícil desarraigarlas a no ser matando a los infractores y son tantos... que a unos homicidas muertos le saldrían otros. Así por los siglos de los siglos...

La literatura es un ejemplo de esas pasiones incontrolables: Goethe, Shakespeare, Akutagawa, el teatro griego...

Solo el tiempo, el pasó del tiempo, irá amenguando esas pasiones. Cambiará la mentalidad. Algo de eso hemos visto, en otro orden de cosas, que ha ocurrido con el pañuelo que, antaño, llevaban las mujeres, y que aún llevan algunas, muchas, sobre todo las de cultura árabe. Acabará cayendo, o no, pero si lo hace no será por leyes sino de una manera natural y desde luego no impuesta.

Decíamos que esos golpes sentimentales tienen razones que la razón no entiende. Ya lo dijo alguien que ahora no recordamos su nombre.

Los celos poderosos, como señala el texto de Goethe, se ceban sobre el celoso o la celosa y lo/la ciegan, lo/la nublan, lo/la enloquecen. De ahí puede surgir, surje, la sangre, la muerte. El asesinato. Es imparable.

Hasta los boleros o tangos ("la maté porque era mía") o... se han hecho eco de estas pasiones que esgrimen argumentos armados sobre la sangre derramada. Y no hay quién la detenga.

Desgraciadamente.