domingo, 26 de septiembre de 2010

Él estaba allí - 5

5-
La habitación, con el suelo todo de moqueta, tenía una gran ventana con un radiador debajo de ella. No era una habitación grande, pero si muy cómoda. De forma cúbica no faltaba de nada, hasta tenía un televisor de plasma, una sillita para colocar la ropa, un mueble de madera con travesaños a modo de perchero y una lámpara de techo de cinco bombillas.
Miró por la ventana. Enfrente, en el paisaje, el Museo Minero. Reminiscencia de tiempo pasado. Como todos los museos. Pasado pero aun presente en la memoria colectiva. Todos, quien más quien menos, habían sido mineros, hijos de mineros o vivieron de los mineros. Sintieron sus estrecheces, se unieron en sus luchas, confraternizaron con sus anhelos. Anhelos obreros, luchas obreras, estrecheces obreras. El concepto de clase obrera, la conciencia de clase había estado muy arraigada.
Un ejemplo aclarará lo que es eso: una vez, hace veinte años, se convocó una huelga general en la construcción; en la mañana de un día cualquiera estaban sentados en los escalones algunos obreros, descansando, mientras miraban el paisaje; en esto una mujer grita desde una ventana:
-¡Serán esquiroles! ¿Los veis? Hay huelga y están trabajando. ¡Hijos de puta!
Inmediatamente se levantaron de sus escalones y corriéndose la voz se formó una manifestación espontánea en dirección al lugar donde estaban trabajando unos albañiles. Desde lejos vieron venir la manifestación y huyeron de la obra los esquiroles.
Los que participaron en esta acción, hombres y mujeres, no tenían ningún vínculo con la huelga, los movió la conciencia de clase que resume el dicho ‘hoy por ti mañana por mi’. A 50 o 100 kilómetros de allí, en Azcoitia, municipio de la provincia de Guipuzcoa, donde también estaba convocada la huelga, en unas obras se trabajaba y en otras no; nadie se preocupó; los esquiroles siguieron currando sin que por eso las gentes de ese lugar se escandalizaran.
Esa conciencia de clase, como se ve, no está por igual en todas partes. Y puede que incluso aquí se esté diluyendo. El que esto les cuenta fue testigo, hace unos años, en un bar de Gallarta, viendo jugar una partida de cartas, de un diálogo en el que uno de los jugadores, ya mayor de edad, jubilado quizás, mostraba esa conciencia de clase  obrera, frente a un joven que ponía en primer lugar su conciencia de nación.
Ambos eran obreros. Pero uno, de mayor edad, declaraba no tener nación ni patria; y el otro, el joven, decía ser vasco, amar lo vasco, y tener una patria o nación, Euskadi, para él lo más querido. Y muy probablemente el de mayor edad hubiera venido a este pueblo a trabajar emigrando de su lugar de nacimiento; y el otro, joven, sería hijo de emigrantes.
El uno, el viejo, viviría la miseria en su tierra natal, allende los miles de kilómetros; y así mismo aquí el duro trabajo de la mina. Si en su pueblo estaba el terrateniente, el cacique, el amo de las tierras, aquí, en la cuenca minera, se halló con la empresa minera, con el socio capitalista, al que nunca conoció, pero si al listero, al capataz, al ingeniero jefe de la mina que lo siguió explotando; el otro, el joven, en cambio, se fue haciendo hombre en una sociedad cuya explotación tenía otras formas menos ácidas; y cuando su padre, en el verano, lo llevaba de vacaciones a su pueblo natal contemplaba el atraso del lugar, los menosprecios de los riquillos del pueblo y cuando de vuelta a Gallarta, a su casa, como esta en la que había dormido, en la que estaban invitados, comparaba ambas situaciones y en su fuero interno gritaría, primero ¡Gora Euskadi! Y luego ¡Gora Euskadi Askatuta!
Habría un conflicto entre padre e hijo: el padre hacía tabla rasa de diferencias: todos somos obreros, todos somos explotados, los obreros no tenemos patria. El hijo ponía énfasis en las diferencias colocándolas en el pentagrama de su pensamiento: no todo es lo mismo, hay diferencias, mi patria es Euskadi ¡Gora Euskadi Askatuta!
Quizás ese que el invitado no había visto aun en aquella casa estuviera más de acuerdo con el punto de vista del anciano que con el del joven. Incluso si el joven lo conociera, que no es seguro, se daría cuenta, a poco de indagar en el pensamiento del personaje, que ese grito no era propio de un proletario u obrero; sino de propietario autóctono o enriquecido allí. Pero eso… es otra cuestión que ha dado a la literatura revolucionaria marxista – leninista muchos textos desde que Stalin escribiera ‘El marxismo y la cuestión nacional’.
(seguirá)

sábado, 25 de septiembre de 2010

Él estaba allí - 4

Observó, en su camino hacia la cama, que en el hall de entrada, a la izquierda, había una fuentecilla de alabastro de la que fluía agua cuando la luz se encendía. Y a la derecha un gran espejo a los pies del mismo una alfombra era el recipiente del calzado de calle. Y, se le había olvidado por completo, arcoirisándolo todo, desde el techo, una lámpara que llaman de araña.
Llegados a estas alturas del relato, plagado de detalles insignificantes pero imprescindibles para su cohesión, alguien podría preguntar acerca del personaje que, asegura este escribidor, y es verdad, el viajero lo halló en aquella casa. Ese personaje introducido con cierto misterio pero que no tiene, en si, nada de misterioso,  mágico, ni nada del otro mundo, sino al contrario es muy humano, incluso demasiado humano, según escribiera un poeta, y por tanto muy carnal y además claro como la luz del día. Y no, aun no lo descubre. Porque todo aquel, o aquella, que haya leído este escrito, tan pormenorizado en ciertos detalles, comprenderá que, tras tantas horas de viaje, su timidez enfermiza, la discusión de hermano y hermana, la cena, el orujo, el champán… y los diversos objetos disparando sus formas y colores al cerebro, no estaba predispuesto, él, más que para dormirse.
De modo que durmió. Si. Y soñó. Soñó con que se perdía entre colinas, sin llegar a meta prevista porque se extraviaba entre un dédalo de montes y oteros conocidos, para más INRI. Lugares en los que trabajaban mineros, también conocidos, que salían cansados de la faena, tiznados de negro carbón, delgados, hambrientos, que se unían a él perdiéndose entre vericuetos, mientras sus mujeres e hijos esperaban verles aparecer con la comida en la mano y corrían a abrazarse a ellos sonriendo. Sueño entre placentero y angustioso.
La mañana siguiente, lo vio por la ventana, amaneció con algunas nubes que amenazaban lluvia. Se lavó en el cuarto de baño que, dicho sea al paso de estas letras, tenía todo lujo de detalles: taza, lavabo, bidé, bañera y toallas, toallas por todas partes: en la taza, en el lavabo, en el bidé, en la bañera; toallas de todo tipo: toallas valga la redundancia, toallitas, toallones, ¿alguna más? Pues si, pero ignora su nombre. Servicio de aseo con  azulejos relucientes, sin el más mínimo atisbo de suciedad.
Volvió a la habitación y se vistió rápido. Tenían que desayunar e irse a otro pueblo donde se juntarían con otros invitados al ágape o comida en honor del ya mencionado familiar.
Mientras se vestía se fijó en la cama donde había dormido. De matrimonio. Situada la cabecera en medio de lo que llaman armario puente; es decir: dos columnas de armario o laterales, columna unidas por arriba por el altillo a modo de puente. A ambos lados la cama tenía una mesilla de las que llaman de noche, con una lámpara cuyo pie era angelotes desnudos y rollizos. La habitación, con el suelo todo de moqueta, tenía una gran ventana con un radiador debajo de ella. No era una habitación grande, pero si muy cómoda. De forma cúbica no faltaba de nada, hasta tenía un televisor de plasma, una sillita para colocar la ropa, un mueble de madera con travesaños a modo de perchero y una lámpara de techo de cinco bombillas.
(seguirá)

Él estaba allí - 3

3-
Cuando llegaron a Gallarta era de noche y había que cenar, por lo que antes de nada pasaron a la cocina a preparar los alimentos que calmarían su apetito.
La cocina era una cocina alargada, algo estrecha, pero suficiente para la familia que lo habitaba: el matrimonio, un hijo y la madre de la señora de la casa. Daba a una terracilla, a la izquierda de la cual tenía unos armarios y a la derecha una mesa con dos sillas donde se sentaban a descansar contemplando el hermoso paisaje que se ofrecía a la vista. Si bien, al visitante le resultaba incómoda y le desasosegaba debido al vértigo causado por una altura de cinco pisos. Por lo que, tras unos minutos de ver el espectáculo de luces que a esa hora de la noche por doquier alumbraban calles y carreteras componiendo figuras que la imaginación creaba, se volvió a meter en la cocina. Mientras su cuñado y camarada cortaba filetes de carne para freírlos, la mujer de su cuñado atendía a su madre anciana de muchos años y su esposa ayudaba a su hermano, él se fijo en los detalles de la cocina: azulejos blancos con adornos azules cubrían las paredes. El blanco recogía la luz del sol durante el día distribuyéndola por todos los rincones de la estancia y el azul matizaba la blancura haciéndola si cabe aun más acogedora. Tenía de todo: lavadora, nevera, lavavajillas, armarios para el pan y otros alimentos como cruasanes, galletas, dulces… Amén de fregadero y cocina eléctrica que, con la encimera de mármol, material caro pero que apenas sufre deterioro, formaban la superficie divisoria entre el abajo y el arriba de esa parte de la cocina. La parte de arriba la ocupaba un armario alargado con varios  compartimentos donde se veían  platos, vasos, fuentes diversas. Justo encima de la cocina eléctrica se hallaba la chimenea del extractor de humos. Una mesa y varias sillas, donde se sentaron los cuatro, componían, casi al completo, los objetos de aquella cocina. ¡Ah!, se nos olvidaba anotar el teléfono y una pequeña televisión.
Cenaron cada uno a su gusto y complacencia. Sería redundancia decir que unos más y otros menos. Pero hay que decirlo para resaltar la libertad. Una libertad que queda mermada en otras casas al verse obligado el invitado, por la excesiva muestra de generosidad, al insistir una y otra vez en repetir la comida que le sirven, viéndose forzado ese forastero a seguir tragando para no caer en feo ante los anfitriones. No lo hacen a mal sino como muestra de generoso desprendimiento. La hospitalidad, allí, correspondía con la libertad del invitado. El vino, un buen vino de crianza, caldo de La Rioja Alavesa, fue el compañero cordial que ayudó a disolver carnes, lomos y chorizos en el laboratorio estomacal. Y por fin la fruta, variada, en frutero de cristal, puso color final a la cena. Recogidos cubiertos y vajilla, en la sobremesa se mezcló el orujo dulce, y el champán burbujeante con otras bebidas a las que se añadió reproches que el hermano puso encima de la mesa a la hermana. Reproches considerados por él muy próximos al agravio achacándoselos como pura deslealtad. Y que a ésta (a su hermana) le costó Dios y ayuda desenredar, o como diría Don Quijote ‘desfacer el entuerto’. Un poco ayudado por el camarada cuñado y esposo de la misma (que habló poco) y por su cuñada, antigua amiga, con su sereno y mesurado juicio.
-Pero, tú cómo puedes decirle eso a tu hermana. Estas mal de la chaveta ¿o qué?
Deshecho el enredo, se hizo un repaso del ágape o comida en honor de la hermana salvada felizmente de su grave enfermedad y tras decidir el regalo con que la obsequiarían se retiraron a descansar.



Observó, en su trayecto hacia la cama, que en el hall de entrada, a la izquierda, había una fuentecilla de alabastro de la que fluía agua cuando la luz de entrada a la casa se encendía. Y a la derecha había un gran espejo, a los pies del mismo una alfombra era el recipiente del calzado de calle. Y, se le había olvidado por completo, arcoirisándolo todo, desde el techo, una lámpara que llaman de araña.


(seguirá)

viernes, 24 de septiembre de 2010

Él estaba allí - 2


2-

Los dueños de la casa (uno de ellos ya se ha cita de paso) eran: el hermano de su mujer y su compañera, antaño amiga de ella. Una pareja muy compenetrada a pesar de sus discusiones, que las tenían, como cualquier matrimonio, pero que, como se suele decir, nunca llegaba la sangre al río. Pareja que, todo hay que decirlo, siempre lo habían tratado muy bien. El hermano de su mujer era, ya se ha dicho, más que cuñado, un camarada. O eso pensaba él. Tomada la anterior palabra 'camarada' en el exacto sentido político e ideológico que tiene. Y no lo pensaba en vano, pues le ayudó a salir en alguna ocasión de cierto aprieto con la dictadura franquista. De carácter fuerte, daba todo lo que tenía y, por tanto, exigía correspondencia. Su gran corazón no aguantaba las ingratitudes, o lo que él creía que eran, y por tanto no se andaba por las ramas a la hora de cantarle las cuarenta al ingrato. Es más, si no eran tales las deslealtades tardaba tiempo en desecharlas como prejuicios formados en su cerebro. Primero, antes de desprenderse de ellas, tenía que convencerse de su falso enjuiciamiento. Para ello le daba vueltas y revueltas, a veces con ironía que se apreciaba en el destello de sus ojos y en su sonrisa sarcástica. Todo lo cual eran muestras de su moral, de sus principios, adquirida y adquiridos en la lucha obrera. Moral y principios inquebrantables. Y, en lógica consecuencia, la amistad no la daba así como así. Y menos ahora que, tanto una como el otro, o el hermanamiento, o la camaradería, o... se consideran cosas banales y valen menos que el pedo de una hiena vieja.

-Pero, ¡qué dices! –le cortaba a veces su compañera- si tu no eres comunista.

-Yo soy machista leninista –respondía él con su irónica sonrisa y brillo en los ojos.

Estos cortes u otros los hacía ella para limar asperezas. Porque ella era, con su serenidad, con su juicio equilibrado, con su, pudiéramos decir, objetiva dulzura, la que contrarrestaba la radicalidad de él. Por eso se conjuntaban casi a la perfección. Dicho lo anterior no quiere este narrador que se sobreentienda como que la señora de la casa era una mujer como sumisa y obediente. En modo alguno. Sabía defender con perseverancia, con ahínco y hasta con  rotundidad, si fuera menester, sus puntos de vista sin dar su brazo a torcer fácilmente.

Presentados los anfitriones prosigamos el relato.

Abrumado por las atenciones y por cada cosa que se le ofrecía a sus ojos y paralizado por la timidez innata, no se dio cuenta de la presencia del personaje. Es más, ni se le había pasado por la imaginación. Con todo y con eso estaba en la casa, allí, cerca de él, aunque lo descubriera más tarde.

A la cocina, situada a la izquierda del hall de entrada, se accedía por una puerta situada unos pasos más allá del taquillón; puerta cuyo cristal mostraba, esta vez, no motivos asiáticos, sino escenas del folclore vasco. Nada raro por otra parte pues la casa estaba, y está, en Gallarta, pueblo vasco de la provincia de Vizcaya, enclavado en lo que, antaño, fue cuenca minera. Justo enfrente de la puerta otra daba a un balconcillo desde donde se veía el edificio denominado Museo Minero.
Gallarta es la capitalidad del municipio llamado  Abanto y Ciérvana. Desde una perspectiva histórica, tanto Abanto de Yuso como Abanto de Suso formaron parte hasta 1805 de los Cuatro Concejos del Valle de Somorostro dentro de la comarca de Las Encartaciones. Da al Norte con Ciérvana al Noreste con Santurce, al Este con Ortuella, al Sur con Galdames y al Oeste con Musques. Gallarta es un pueblo emblemático en la explotación del mineral de hierro, cuyas vetas fueron citadas hasta por Plinio el escritor romano. No quedan explotaciones abiertas desde 1993, cuando Agruminsa cesó la extracción de mineral. Esta población se trasladó de ubicación debido al avance de las minas sobre su antigua ubicación. En el municipio quedan amplias muestras de su pasado minero. Otros núcleos de población importantes dentro del municipio son Sanfuentes y Las Carreras.
A la derecha del Museo Minero aun se notaba, y se nota, la acción de la piqueta sobre el terreno.
Hay que decir que allí nació la llamada Pasionaria, es decir Dolores Ibárruri, mujer mítica en la reciente Historia de España, que fue responsable del Partido Comunista de España. Como también hay que decir que en esa cuenca minera surgió dicho partido, fundado entre otros por Facundo Pérezagua.
Cuando llegaron a Gallarta era de noche y había que cenar, por lo que antes de nada pasaron a la cocina.

(seguirá)

Él estaba allí - 1

1-

Así, en un primer momento, no lo vio. Pero estaba allí. Él. Que en el tiempo de nuestra juventud más joven siempre estuvo presente. Y si no notó su presencia lo atribuyó al olvido. Ese olvido ‘oxidado que todo lo entierra’, como escribiera el poeta chileno. Olvido que lo hiciera reflexionar a fondo y sacar al teatro de su memoria aquel episodio reciente con los objetos, personas y personajes. E incluso con el paisaje. Es decir todo, o casi todo, lo que rodeó el acontecimiento. Podrá parecer enumeración reiterativa, en ocasiones cansina, pero el que escribe esto está convencido de que es necesaria para la cabal comprensión del relato.

Tiene que reconocer, y lo reconoce, que derivó su pensamiento, y en algo tenía razón, acerca de las razones por las que no había percibido la presencia del personaje en aquella casa, al cansancio de tantas horas de viaje y a la timidez que le invade y paraliza cuando entra en casa ajena. Aunque sea de unos amigos o camaradas, como en este caso.

Porque, veamos: había ido con su esposa al norte de las españas con el fin de que, el agasajo que se le hacía a un familiar de su mujer, concretamente su hermana, tuviera la resonancia precisa para hacerle olvidar definitivamente la grave enfermedad que había pasado y, de paso, conseguir que el ágape o comida, que los concitaba, fuera un recordatorio de varias décadas de matrimonio de ese familiar, felizmente recuperado o resucitado.

Se alojaron en la casa del hermano de su esposa; es decir: de su cuñado camarada, porque lo era. O eso creía él.

Cuando entró en ella no se apercibió de que, el personaje ya mentado, estaba allí. 

Y es que pocas cosas guardó su cerebro de ese instante. Pocas. Pero dignas de no ser dejadas de lado; por ejemplo: la moqueta del suelo, un tanto oscura, con dibujos de color marrón o morado o rojo (en esto no sabría asegurar cual de ellos era); las puertas de entrada al salón cuyos cristales vestían motivos chinos o japoneses (el que pone estas palabras no sabes diferenciar a los unos de los otros); el sofá del salón y la ventana del fondo que parecía querer enseñar a los visitantes el hermoso paisaje, o deseaba que el paisaje se adueñara de la casa, o tal vez anhelara incorporarlo a la casa como un cuadro más; paisaje donde destacaba, brillando en la noche, iluminada por las luces de las farolas y otras luminarias,  la espadaña o cresta blanca de una planta que, dicho sea de paso, estaba invadiendo todos los rincones de esa tierra siempre verde; a la izquierda del hall de entrada un taquillón sostenía un reloj dorado, nada pequeño, de formas barrocas, vigilado a ambos lados por un candelabro con velas rojas; reloj que, aunque no quería contar el paso del tiempo y se había parado, daba igual, porque, por encima de él, un espejo, también testigo o notario del transcurrir detiempo, le devolvió a la realidad de su rostro, cada vez más viejo, luciendo un bigote cubierto ya por las nieves del otoño.

Los dueños de la casa (uno de ellos ya citado de pasada) eran: el hermano de su mujer y su esposa, antaño amiga de su mujer.

(seguirá)

jueves, 23 de septiembre de 2010

Iswe Letu: Salam aleikun - Aleikun salam

Sin saber por qué se fijó en él. Lo vio por la ventana. Le pareció tan solo... En un ángulo de la plaza. Sentado en un banco de granito. Imagen que le hizo pensar en lo desvalido del ser humano tomado así, sin más ni más, uno por uno. Las técnicas de acercamiento de objetos por las cámaras fotográficas pueden describir muy bien esa invalidez. La televisión utiliza esos métodos muy a menudo para representar a la Tierra dentro del Universo infinito. La Tierra entonces es un punto insignificante. Pero si ese tomavistas sigue acercándose a nuestro planeta nos muestra campos inmensos con sus pueblos y ciudades que son apenas poco más que manchas reducidas. Y esas manchas se agrandan si el objetivo las acerca y sus habitantes nos aparecen como pequeños puntos moviéndose de aquí para allá. Punto como el que está sentado ahí, en el banco de la plaza, en un ángulo de la misma. Solo.

Pero incluso la soledad tiene sus grados. Y ésta, de éste hombre, se la imaginó en grado sumo. ¿Por qué? No sabría explicarlo.

Por lo que podía apreciar desde la ventana parecía su rostro quemado por muchos fríos y soles. Cara arrugada. Nariz aguileña. Cabello blanco. Bigote entrecano. Gafas oscuras.

De cuando en cuando metía la mano en su vestimenta extrayendo un pañuelo negro con el que limpiaba sus gafas y sus ojos llorosos. Otras veces miraba en derredor con un aire -se lo imaginó- como quien se pregunta para si qué hago aquí.

Dos niños se le acercaron. Le acariciaron. Le quitaron un gorro blanco de la cabeza. Él les pasó la mano por el pelo. Mecánicamente.

Los niños se alejaron. Corrían. Jugaban. Entonces se colocó en el banco con pose extraña. ¿Extraña? ¿Eso que quiere decir? No sabría decir el por qué le pareció asi esa postura del hombre en el banco. Pero fue la palabra que encontró para definirla. Postura rara y de desmañada elegancia. Como de señor de un lugar al que los que le rodean están acostumbrados a escucharle cuando habla. Colocado así se llevó la mano a los ojos a modo de visera como queriendo protegerse de sol, para mirar a lo lejos, al horizonte, esa línea en que, según nos enseñaban en la escuela, parece que el cielo se junta con la tierra. Inútil gesto porque allí, precisamente allí, en aquel lugar, no había horizonte... ni horizonte, ni tierra, ni cielo, solo calles, casas y coches.

Por eso es posible -pensó- que mirara esas calles, casas y coches como el que mira en torno suyo sintiéndose trasplantado de golpe a otro planeta. La tristeza entonces se volvería angustiosa desesperación produciéndole un nudo en la garganta o en el estómago. Y si no fuera por el instinto, o voluntad consciente, de seguir viviendo se hubiera hundido en la negra o blanca muerte. Porque nadie le obligó...

Aquí se pararía para recapitular o recapacitar acerca o sobre los empujones, patadas, golpes, empellones... que da la vida a los individuos como él moviéndolos a tomar decisiones que entran de lleno en lo que podría denominarse heroicidades. Si, heroicidades. No de esas que brillan condecorando un pecho militar. No. Sino de las otras: íntimas, humildes en las que la sangre vertida, si se vierte, es la de héroes como él al que nadie conoce salvo los suyos seres queridos. A veces, muchas veces, infinitamente más valiosas bravuras o hazañas que las que representan esos relucientes oropeles en guerreras y uniformes.

Los dos niños se le acercaron una vez más. Y cogiéndole de la mano le forzaron a levantarse. Mas pronto lo soltaron y continuaron con sus juegos y correrías.

Caminó por la plaza. Con un andar extraño. Lo sentía por segunda vez pero no encontraba otra palabra para definir su andadura. Con cierta elegancia y arrogancia. Eso creyó el que miraba por la ventana. Un servidor de ustedes. Con perdón, porque el sirve no es libre. Decíamos que caminaba de forma rara, quizás como si levitara. O como si no sintiera el suelo bajo sus pies. O como si en lugar de caminar volara... Se metió las manos en los bolsillos de su vestido. El viento se los movió como si quisiera espantar su tristeza. Ahuyentaba la tristeza ondulando al tiempo su caminar, su levitar, su volar... y de paso lo transformaba en una mariposa. ¿Mariposa? Raro especimen en un lugar sin horizontes. Y sin cielo, ni tierra. Y sin flor donde posarse.

Volvió a posarse... digo sentarse.

Los que pasaban, cuando lo miraban, que no lo hacían siempre, lo hacían de reojo. Estaba claro que no tenía amigos o conocidos o familiares. Nadie con quien hablar. Así la soledad es más auténtica. Cruzó las piernas. Se metió una vez más la mano en el bolsillo. Sacó el pañuelo negro. Se quitó las gafas. Estaba limpiándose los ojos, llorosos, cuando uno que pasó cerca de él, joven, fuerte, ancho de hombros, cabeza redonda, pelo corto, camiseta roja que ponía en la espalda con letras amarillas 'Yo soy español español español' (español tres veces) lo miró y le dijo:

-Maldito seas, moro.

Pero él creyó entender 'Salem aleikun' ('La paz sea contigo').

-Aleikun salam -respondió.

-Tu puta madre por si acaso, cabrón de mierda -ladró el español uno y trino.

La tristeza del sentado en el banco de granito se desvaneció en una amplia sonrisa.

Y el que miraba por la ventana, viéndolo así, con la sonrisa en ristre, en ese ángulo de la plaza, sentado en el banco de granito, supo que si una cámara o tomavistas lo gravara en ese momento lo lanzaría al aire del espectador con la dignidad de un hombre que sabiéndose pequeño en el mundo es al mismo tiempo consciente de que es El Hombre: un ser que lo controla todo.

Y tarde o temprano volverá a poner la mano, cual visera ante los ojos, para otear, de verdad, el horizonte.

martes, 7 de septiembre de 2010

José Mª Amigo Zamorano: Una persecución muy racial


Estaba echado dormitando. La mañana era soleada, suave, moderada en todo, como sueño de paraiso terrenal. Levantó la cabeza y la siguió con los ojos. Gesto que, salvando las distancias de todo tipo, había visto a unos jóvenes sentados en la terraza de un bar. Pasaban tres chavales. Uno de ellos altísimo. Y los siguieron con la vista. Como el medioadormilado a ella. Los siguieron con la vista y se quedaron cuchicheando. Los tres chavales eran moros. Nada mas. Bueno, nada más no: eran moros. Y eso en España marca la diferencia  con el resto de emigrantes. Pero seguro seguro que el que estaba dormitando no pensaba nada en ello. Su gesto de izar la cabeza se debió a un acto instintivo porque la sintió pasar. El que lo está contando, un servidor de ustedes, ha hecho un paralelismo casi absurdo.

De momento no ha notado más que eso: un movimiento de cabeza y un seguimiento hacia el femenino ser con sus ojos semicerrados, soñolientos. Nada más. Si este se fijó en ella fue también quizás, está elucubrando un servidor de ustedes, por su color; un colorido entre negro y marrón; eso que llama la gente color café con leche. 

En fin, tiene que reconocer ante ustedes que son extraños paralelismo, extravagantes asociaciones de imágenes en el momento de contarlo porque los chicos, los tres chicos moros, uno de ellos muy alto, tenían la tez blanca, eran blancos. ¿Qué quiere decir eso de blanco o blanca? Bueno, pues que no se diferenciaban lo más mínimo del común denominador racial del resto de españoles... Me paro un poco aquí porque he puesto 'racial'. Ha sido sin querer. Perdón. Ahora tengo que remediar esta metedura de pata. He pecado de antihistórico, anticientífico y contrario a lo que los ojos ven diariamente: españoles blancos, también morenos, casi negros algunos, aceitunados, rubios, ensortijados, aterciopelados y... canarios que viven cerca de África. Esto en cuanto a varones. A las hembras les ocurre el mismo variopinto color de la tez. De modo que si a las palabras escritas anteriormente se les termina en 'as'... ya está arreglado el problema, porque es el mismo pluriracial  femenino. Dicho lo cual se llega a la conclusión de que los españoles o las españolas, lo que se dice tener rasgos raciales comunes... Como que no, que cada uno es hijo de su padre y de su madre.

Esto en cuanto a lo que vemos. Si lo leemos en las páginas de la Historia vemos aparecer pueblos y más pueblos: íberos, celtas y celtíberos, que fue una mezcla de ambos, luego godos, alanos, visigodos,  vándalos, cristianos, árabes, benimerines, judíos, bereberes... También de su padre y de su madre. 

O si nos acercamos a la ciencia antropológica nos muestra bien a las claras que el origen del hombre está en el mono y nos remonta al África como cuna de la Humanidad... De modo que eso de 'racial', de común denominador 'racial', no tenía ni pies ni cabeza. 'Racial' salió desmembrada palabra. 

Y desmembrado relato el que está saliendo, el que se está convirtiendo esta descripción de la actitud de él, por el simple hecho, en el duermevela, de ir mirando hacia ella. Mas por necesidades de la verdad, un servidor de ustedes, se tiene que desviar hacia estos derroteros. Porque es que, además, cuando introducimos la palabra 'racial', que nunca la debimos de meter, queriamos decir que esas miradas de las terrazas confluyendo en los tres muchachos moros, uno de ellos altísimo, tenían un brillo... ¿para qué negarlo?... de odio. Un odio a lo que viene de fuera (que en este caso tenía el agravante de alto), un odio a la lengua que hablan (que como no la entienden le parecen ladridos), a su escritura que, aun siendo tan hermosa, a ellos le parece garabatos, odio a unas costumbres como venidas de alguna galaxia. Pero, sobre todo, un odio ancestral, odio acumulado de siglos de luchas de moros y cristianos, odio trasmitido de padres a hijos, odio del subconsciente porque, tal vez, esos que miran, no sepan nada de Historia; un odio venido de luchas fraternales durante siglos (8 siglos) por el mismo suelo, los mismos pastos, la misma agua... una lid en la se derramó sangre, mucha sangre de hermano contra hermano... En 800 años ¿quién puede decir que es puro? ¿quién puede asegurar que él era el primero en ocupar aquellas tierras?... Y más recientemente, los que quedaron, los llamados cristianos, tienen el recuerdo de que igualmente contra los moros lucharon sus abuelos y padres derramando sangre en abundancia en el Desastre de Annual; o que esos mismos moros traídos por el dictador fascista Franco llenaron de salvajadas sangrientas el suelo patrio aterrorizando a los españoles republicanos. 

Es un odio, por cierto, dificil de combatir. Y más ahora, con la crisis, porque el parado español odia al moro que trabaja. Odio que el patrono atiza, que la patronal alienta. Al tiempo que emplea al emigrante en detrimento del aborigen porque éste trabaja por un sueldo más miserable. Dentro de su inmersión en el sistema capitalista, en su rueda de la competencia, se beneficia con esa transación casi sin querer.  Como este servidor de ustedes que observando a él y a ella con toda la mirada objetiva y neutral que es, porque estos ojos míos no miran más que con objetividad, también se beneficiaria de la derrota de ella en caso de que él la atacara. Que eso está por ver. 

Y no vayan ustedes a creer que a mi me gustan ellas... ¡uf, qué asco! Asco me debe de venir de la intrahistoria porque, y siguiendo con esas asociaciones de imágenes extravagantes, o como se dice ahora extrapolándolas, recuerdo un verano en el barrio chino de Salamanca que arrendé los servicios de una joven negra, más bien café con leche, y al verle su seta, 'seta' decíamos entonces, tan rosácea en medio del pinar café con leche, me paralizó las ganas de hembra. De modo que con esto les indico que no es beneficio sexual. Aunque ahora no sabría decirles si he superado aquel racismo coñocutáneo. 

Decía antes que el patrono se ve obligado a contratar emigrantes, pero fuera de eso patrono y parado español son españoles. Y se abrazan en una bandera. Y se entusiasman con La Roja ondeando la bandera; una bandera que para unos es la de la abundancia y para los otros la de la escasez. Pero españoles al fin. ¡Ahí es na! ¡Se dice pronto: españoles!

Ahora, una vez aclarado lo erróneo de intrroducir la palabra 'racial', quería decir que a esas miradas, siguiendo el curso de los tres jóvenes moros, uno de ellos altísimo, les separa un delgado hilo de la agresión física.

Todas estas ideas se me pasaron por la cabeza al ver izar la suya a él, para ver pasar a la otra una y otra vez. Hasta que sus ojos se le abrieron del todo. Y enseñando su boca. Desperezándose. Y luego echando chispas, brillándole los ojos como dos ascuas, mirándola fijamente, se puso en pie. Dio primero un salto y a continuación corrió tras ella. Saltaba, brincaba y corría. Como ya habíamos barruntado con anterioridad. Siempre con la limpia mirada de la objetividad beneficiosa. Durante un buen rato ella huyó de aquí para allí. Pero él no se dio tregua y siguió corriendo, saltando o brincando. 

Mas las fuerzas llegan siempre a su agotamiento. Ella paró un momento. Siendo imitada por él, fijos los ojos en ese ser extraño de color marrón o negro o cafeconleche. O del color que fuese. Eso no le importaba. Su instinto le decía que no era de su especie. Y había venido a invadir su hábitat. A competir con él. No podía consentirlo ni por lo más remoto. 

¿Que estaba ella cansada? Sin duda. Por eso se había detenido. Pero él acezaba y todo su cuerpo se  conmovía. Abría la boca intentando meter la mayor parte de oxígeno en el menor tiempo posible. Pues en cualquier momento podía reanudarse la persecucuión y... o ella se iba o... terminaría con la destrucción del más debil y... y no había comparación porque... el más fuerte era él. 

El final estaba determinado de antemano. 

El mundo no es justo. No. Siempre vence el más fuerte.

Como ella reanudara su huida, desesperadamente, no por ello el perseguidor se compadeció sino que siguió erre que erre, lamiéndose los labios con anticipación mientras saltaba, brincaba y corría de acá para allá.

El desenlace se desarrollaría en pocos segundos.

El destino de ella estaba marcado en la casilla de los perdedores.

El día era tibio, agradable, moderado en todos los aspectos como sueño de un edén. La brisa corría de cuando en cuando agitando las cortinas. Respiré profundamente. 

Se barruntaba ya el dulce otoño.

Por fin él dio un salto a la cortina aprovechando que ella volvía a descansar. La boca abierta, las uñas sacadas. Dio un salto como solo un felino sabe hacer. El gato saltó hacia la mosca que, efectivamente, se había posado en la cortina. Cortina que movida por la brisa de finales de verano dejó un espacio, un pequeño resquicio, por donde la mosca huyó, volando, a la calle.