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viernes, 24 de junio de 2011

Geométrica exactitud en la mirada


Abel Leizarán, tras de veinte años ininterrumpidos de trabajo de encargado en una empresa ladrillera, lo echaron y estuvo en paro pasándolo jodido algún tiempo. Ahora ha vuelto a trabajar. Un contrato de 6 meses para el ayuntamiento de su pueblo. Pero, menos es nada.

Lo llevó el Encargado de Obras del Ayuntamiento a esa calle donde está ahora y le dijo:

-Rellenas la zanja y luego colocas los cantos y piedras, de ese montón, encima de la tierra. Que encajen y queden como antes. Y no te entretengas con esos mierdas caras de cocodrilo.

Y se marchó sonriendo, altivo, engreído, ufano de su puesto.

Y ahí se le ve a Abel Leizarán. Lleva varios días. Ya ha cubierto la zanja de tierra. Ahora viene lo mas difícil: colocar el montón de pedruscos y guijarros.

Mira el montón y se pregunta por cual empezar porque... ¡quién coños sabe cómo estaban puestos antes! Es un lío. Lo mejor empezar a ponerlos encima de la tierra. Luego... ya verá.

Y fue lo que hizo durante un buen rato.

Se paró a contemplar su tarea. Y, la verdad, no quedó muy satisfecho. Los huecos eran numerosos. El trabajo hecho parecía un queso gruyere de tantos buracos como tenía. Se desanimó. Miraba al queso y miraba al montón dando señas de impotencia. Su vista se enturbiaba. Por fin se decidió: cogió una piedra y la acerca a uno de los huecos; nada; no cuadraba. Cogió un  guijarro y lo mismo: tampoco encajó. Sudaba.

Se puso nervioso. Se cabreó consigo mismo. Y ese nerviosismo y ese cabreo se incrementó porque hacía un rato que un hombre que pasaba por alli no hacía mas que mirarlo y sonreía como si se estuviera descojonando de él. Lo miró hecho una furia e iba a mandarlo a freir espárragos, cuando el individuo se acercó al montón y con uno ojo geométrico desde el montón lanzó 4 o 5 piedras y cantos hacia el queso gruyere de la zanja  y se ajustaron al caer en los espacios vacíos como tornillos en sus tuercas. Se quedó asombrado. Y le sonrió. Mas para no sentirse tan inútil se acercó a los espacios recién cerrados los movió un poco y le dio dos o tres golpes con un martillo.

Siguió colocando encima de la tierra guijaros, cantos o piedras sin orden ni concierto. Pero el del ojo geométrico terminaba tapando los espacios vacíos a las mil maravillas. Y continuó demostrando su exactitud geométrica sin desmayar. Y el ex encargado ladrillero, de cuando en cuando, hacía como si se enojaba por semejante intrusión en su labor.

Llegó la hora de desayunar y se sentó en la acera. Abrió el macuto y sacó la fiambrera, pan, tenedor y cuchillo. Miró al del ojo geométrico y le ofreció parte del desayuno porque, al fin y al cabo, se lo había ganado. El otro aceptó con la cabeza, se sento también en la acera y comió con ganas. Tanto, que daba gusto verlo. Le ofreció vino, que no quiso. Pero, si agua.


-¿De dónde eres?


-Maruecos.


-¡Ah, Marruecos! ¿No tienes trabajo?


-No trabajos para mi.

Al marroquí se le nubló la cara. Era de baja estatura, delgado, de cara alargada, un poco ovalada, moreno de tez y la cara arrugada por muchos surcos. Como un cocodrilo.

-¿Se referiría a eso el encargado? -se preguntó.

Los ojos se le movían inquietos en sus órbitas. No sabía el castellano apenas. Pero un poco por monosílabos y otro poco por muecas, visajes, gestos llegó a entender, el ex-encargado de la ladrillera venido a menos, algo de su vida y el por qué de su ojo tan geométricamente exacto. Al parece era un campesino recién casado y con una hija al que la sequía hundió sus planes de vida esperanzada. De modo que cogió su ato y se largó de su tierra, de sus montañas, de su mujer y de su hija con el ánimo de salvar ese bache y volver cuando hubiera ahorrado un poco de dinero en España. Y llegó en el momento peor: cuando la crisis lanzaba al paro a miles de albañiles y otros trabajadores relacionados con la construcción. Según le contó se arrimaba a obras por si le daban trabajo. La respuesta siempre era la misma:


-Ahora no necesitamos obreros.

O a lo bestia: -¡Moros de mierda! Iros a vuestra casa.

-Son racistas. Temen que ocupéis su trabajo y los echéis. -explicó Abel.


-Racistas. Si. Racistas. Tu no eres racista.


-No, no. Yo no -y le pasó la mano por el hombro.

En cuanto a la exactitud de su mirada para captar la piedra adecuada a cada espacio vacío que tanto le había asombrado se debía, por lo que pudo colegir, a que desde pequeño había tenido que tapiar las tierras con su padre. Y en sus montañas había muchos cantos y piedras.

A veces se callaban mirando algún pardal que brincando se acercaba a comer algunas migas que se les caían del desayuno. O se ensimismaban en sus pensamientos.

El antiguo encargado de la industria ladrillera, a su vez, le contó cómo había sido encargado, un jefe en su empresa, que es como... imán, sultán, rey... muchos nombres utilizó a fin de hacerse entender por su interlocutor y de que ese era un puesto de responsabilidad en su empresa, que se quedó sin trabajo, que había estado en el paro y que tenía también una hija.


-Tu encargado, tu jefe.


-Si, si.

Se levantó. Recogió su fresquera, su tenedor, su cuchillo, su pan. Y continuó con su tarea.

-¡Abel, hoy tienes un ayudante! Así cualquiera -le voceó un vecino.

-Ya ves. Se me arrimó y no hay quien lo despegue.


-Mucho ojo, Abelito. Al menor descuido ese moro te echa del curro. Y si no... al tiempo.

El día era soleado. El sol cada minuto que pasaba se hacía notar mas su presencia. Los vencejos chillaban en el cielo azul en vuelo aparentemente anárquico, sin orden ni concierto. Un grupo de marroquíes pasó por su lado saludando al ayudante espontáneo de Abel:


-Salam aleikun.


-Aleikun salam -contestó.


-¿No te vas con ellos?


-No. Yo, solo.


-Pero son marroquíes. Arabes.


-Si. Si. Yo, bereber.


-¿Qué es bereber?

El del ojo geométrico se quedó pensativo. Sin saber que decir. De pronto el rostro se le arrugó más y una sonrisa iluminó su rostro deformando los surcos de su cara:


-Yo vasco.

Con eso bastaba. Era suficiente. Se había entendido. Berbería era una parte de Marruecos con su cultura, lengua y costumbres propias. Recordó Abel que hacía unos años, en Argelia, la policía había matado a un cantante bereber. Y él, cuyo apellido era de procedencia vasca y lo sabía, por mas que no hubiera pisado nunca Euskadi, contestó:


-O sea que eres vasco como yo -se echó a reir- ¿No serás borroka?


-¿Borroka, borroka?... No sé.


-Yo soy borroka.


-No entiendo.

También, él, ahora, se quedó reflexionando para hallar algo por lo cual se hiciera comprender. Y no se le ocurrió otro ejemplo comparativo que semejarse a un personaje histórico de Marruecos.


-Soy borroka, como Abd el-Krim... ¿comprendes?


-Se quien fue Abd el-Krim. El, muy alto. Yo, bajo. 

Aquí se acabo la charla y se pusieron a trabajar como dos compañeros de toda la vida. Hombro con hombro y codo con codo. Abelito seguía poniendo piedras y mas piedras, cantos y guijarros, guijarros y cantos. Donde caían allí quedaban. Continuando así, en la cubierta de la zanja, la labor de transformarla en gruyere térreo. Pero los agujeros duraban poco porque el bereber, con su ojo geométrico, con su geométrica exactitud de mirada, los cubría de inmediato. Muchas veces tirando las piedras o los cantos directamente desde el montón. 

Pero a Abel Leizarán no se le olvidaba lo que le había dicho el vecino. Y de cuando en cuando le decía que se fuera a dar una vuelta y que lo que quedaba ya lo hacía él. Pero el bereber no se separaba del tajo. Y para el borroka vasco era ya un poco pesado el bajito montañés. Le acababa de decir que se largara con viento fresco por cuarta vez.


-Mira. Ves ese bar de enfrente. Vete a tomar una cerveza. Dentro de un poco voy yo y la pago.


-Yo, te.


-Vale, pero márchate.


-No, yo contigo.


-¡Joder! ¡Vete, hostias! ¡Me tiene hasta los huevos, moro de mierda! -gritó.

Se había vuelto iracundo al ver acercase al Encargado de Obras del Ayuntamiento 


-¿Te está molestando este moranco?


-No.


-¿Cómo que no, si te he oído gritarle?


-Bueno, si.


-¿En qué quedamos? Mira, mira, Abelito: tu a lo tuyo. Déjate de moros de mierda que, a lo mejor, te quitan el puesto. Algunos, los que no son vagos, dicen, que son muy buenos trabajando.


-Este no. Es un patoso.


-O sea  que te ha ayudado.


-No, no.


-En fin... ¡Y acaba ya la zanja, ¡hostias!, que el patoso pareces tu y no este moro de mierda al que habría que echar al mar de donde ha venido!

El encargado, sonriendo, altivo, un poco soberbio, se alejó en dirección al bar de enfrente, donde pensaba tomarse una copa con otros empleados del ayuntamiento que a esa hora tenían una media de descanso.

Pero el bereber con su ojo geométrico lo cortó en seco lanzándole una piedra a la cabeza que lo tumbó al suelo.

El bereber miró a Abel Leizarán que lo contemplaba alelado y le dijo:


-Tu, no encargado, no jefe, no borroka. Tu, español mierda.

Le dio la espalda y se marchó corriendo.


jueves, 9 de junio de 2011

Mirabeau (*): Los negros, ¿son hombres o bestias de carga? (1)


Cuando se produjo la Revolución Francesa, representantes de las colonias de ultramar, acudieron a la Asamblea Nacional de los revolucionarios, en París, con la pretensión de ser diputados y ellos mismos determinaron el número de ellos que debía figurar en la tal asamblea. Sobre la cantidad se originó una controversia y entre los oradores que tomaron parte del litigio intervino Mirabeau. Las siguientes palabras, pronunciadas por Mirabeau, que copiamos, con una nota, aparecen en el libro de Aimé Césaire 'Toussaint Louverture. La Revolución Francesa y el problema colonial' (2):


"Me limitaré al único asunto que debemos examinar, quiero decir la determinación del número de diputados de Santo Domingo. Hago observar que, ante todo, hubiéramos debido examinar, y antes de juzgarla, la cuestión de saber si se debía admitir a los representantes de las colonias. Sobre esta cuestión puedo decir: nunca las colonias han asistido por representantes a los estados generales, por lo tanto no debían de haber aparecido en ellos, sino convocados por el rey. Ahora bien, sus diputados aparecen contra esa convocación y a pesar de las órdenes del rey.
Sin duda no es esa razón para excluirlos,  pero hay una invencible para que no puedan ser admitidos, sino en virtud de un acta del poder legislativo, el cual requiere, incontestablemente, la sanción real.
...
Hago además que observen que se ha hecho caso omiso de esta segunda e importante cuestión:
-¿La elección de diputados es válida?, ¿Sus poderes están en la debida forma?
...
En fin, ni siquiera se ha tratado de explicar por qué los hombres de color libres, propietarios, que cooperan en los cargos públicos, no habían sido electores y no estaban representados.
...
Ante todo pediré se me explique en qué principio se basan para esta proporción de la diputación de las colonias. Los colonos pretenden que la cantidad de sus representantes debe ser en razón de los habitantes de la isla, de las riquezas que ésta produce y de sus relaciones comerciales. Pero, en primer lugar, recuerdo este dilema irrefutable: ¿pretenden las colonias situar sus negros y su gente de color en la clase de los hombres o en la de las bestias de carga? Pero la gente de color es libre, propietaria y contribuyente y sin embargo, no han podido ser electores. Si los colonos quieren que los negros, y la gente de color, sean hombres, que liberten a los primeros; que todos sean electores, que todos puedan ser elegidos. En caso contrario, les haremos observar que al proporcionar el número de diputados de la población de Francia, no hemos tomado en consideración la cantidad de nuestros caballos, ni de nuestros mulos, que, por tanto, la pretensión de las colonias de tener veinte representantes es absolutamente irrisoria.
A tenor seguido hago ver que se han atenido a generalidades desprovistas de principio y de sentido, a ensalzar lo que nos reporta Santo Domingo por su balanza comercial, los seiscientos millones puestos en circulación por ella, los quinientos barcos y los veinte mil marineros que ella ocupa.
Es así que ni siquiera se han dignado acordarse que, hoy, está demostrado que los resultados de las pretendidas balanzas comerciales son, por entero, falsas e insignificantes; que las colonias, aunque fuesen de una utilidad tan innegable como lo han negado y lo niegan los menores espíritus, las cabezas mas calificadas que se hayan ocupado de estas materias, es imposible concebir por qué reclamarían otros principios de la proporción de sus representantes que los que han servido para la fijación de esta proporción en todas las provincias del reino. En efecto, suplico a los disertos señores que han pregonado los seiscientos millones puestos en circulación por el comercio de esta colonia, les suplico  que me digan si han calculaddo la cantidad de millones que, por ejemplo, pone en circulación la manufactura llamada labranza y por qué, de acuerdo con su principio, no reclaman para los labradores un número de representantes proporcional a esta circulación.
...
El número de diputados de las colonias debe estar en proporción con el número de electores y colonos elegibles, siendo así que este último número es tal que en mi opinión el de los diputados debe ser reducido a cuatro."
___________
(*) Mirabeau conocía muy bien la cuestión colonial. Su tío, el bailío (3), a quien admiraba mucho, había sido gobernador de Guadalupe en 1753 cuando no era mas que caballero. Este proconsulado antillano le había hecho sentir un profundo desprecio de los criollos, en tanto que fortificó su simpatía por los negros: 'No puede negarse', escribe el 10 de enero de 1755, 'que el negro es un hombre, y un filósofo que considere la humanidad a sangre fría en este país le daría, quizás, la preferencia al negro. Sé cuantos reprochen se han hecho a las gentes  de este color, pero cuando voy al fondo de las cosas no veo, yo que soy confesor de todo el mundo, mas que el crimen de los blancos'. El 7 de abril de 1757, el padre del tribuno, el marqués de Mirabeau, respondía lo siguiente: 'La esclavitud y el cristianismo no pueden llegar a una conciliación... Estoy seguro de que si mañana fuera yo ministro de la Marina, emitiría un edicto que le concediera la libertad a todo negro al recibir el bautismo y al incorporarse a una porción de la gleba por la que pagaría una renta proporcionada, según los lugares, al antiguo propietario, si lo tenía, o al estado si se trataba de un terreno que se concedía por primera vez' (cf. Louis de Loménie, 'Los Mirabeau, 1889). Es decir, que al intervenir contra los colonos y al estigmatizar el espíritu de casta de estos, Mirabeau hablaba con previo conocimiento de la causa.
(1) Título nuestro
(2) Ensayos. Instituto del Libro, La Habana, 1967. Impreso en la UNIDAD PRODUCTORA 08. Benjumeda 407. INSITUTO DEL LIBRO. 15 de diciembre de 1967. La Habana, Cuba. Edición de 10.000 ejemplares.
(3) Bailío: oficial real que, en Francia, administraba justicia en nombre del rey o de un señor.  (N. del T.)

miércoles, 5 de enero de 2011

Historias de esclavos: Fingimientos, subterfugios (*)

Historias de esclavos: Fingimientos, subterfugios (*)

 La mayor parte de los propietarios se encontraba de vez en cuando con un esclavo que le había engañado 'fingiéndose inútil' o usando algún otro subterfugio. Ejemplos: un negro se echó mostaza en la lengua para que el médico que tenía que auscultarlo estimara que estaba enfermo; otro convenció a su amo de que el reumatismo lo había incapacitado totalmente, hasta que un día se descubrió que era capaz de remar con fuerza; un propietario de esclavos encontró a dos de ellos quejándose (grunting era el término usado): uno de ellos lamentándose de una parálisis parcial y el otro de paraplejia; enseguida observó, no obstante, que 'movían con facilidad sus miembros cuando les daba la gana'; durante varios años un esclavo de una plantación de Mississsippi eludió todo trabajo logrando convencer a su amo de que estaba a punto de volverse ciego; sin embargo, tras la guerra de Secesión, consiguió 'llegar a recoger hasta dieciocho cosechas por su propia cuenta' convirtiéndose de ese modo en uno de los 'más importantes granjeros de la región' (1).

(De la obra de Kenneth M. Stampp titulada 'The Peculiar Institution', 1956)

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(*) Título nuestro
(1) Southern Cultivator, XVIII (1860), p. 151.


viernes, 20 de noviembre de 2009

Iswe Letu: Okonkwo, arquetipo de una época

Iswe Letu: Okonkwo, un arquetipo de una época


Para comentar la novela del nigeriano Chinua Achebe, rotulada 'Things fall apart' (Todo se derrumba) de 1958 y editada por Ediciones Alfaguara en 1986, hoy, que estamos a finales de noviembre del 2009, día soleado y con una temperatura tan cálida que es impropia de estas fechas tan avanzadas del otoño, es quizás un momento muy conveniente.
Lo decimos porque si el cambio climático, del que tanto se comenta, se confirmara, el sistema de vida que llevamos se derrumbaría y muy probablemente la búsqueda de agua sería una ocupación cotidiana y angustiosa; los conflictos por la tenencia de manantiales ocuparían las primeras planas de los diarios; y los debates en los medios de comunión de masas y en el parlamento de la España monárquica, heredera de una dictadura fascista, se llevarían una parte importante del tiempo, siendo los representantes políticos de los aguatenientes los que llevarían la voz cantante.
Ante ese hipotético derrumbe en esta parte del mundo, los hados no lo quieran, los seres humanos se verían concernidos a tomar posturas ante los nuevos retos que esta situación les enfrentaría y no todos acertarían en el remedio.
En 'Todo se derrumba' el cambio de clima es político ante la invasión de los colonialistas. A veces, muchas veces, esa invasión es incruenta al principio y se nota sólo en la presencia de la vanguardia de esos imperialistas: las religiones foráneas cristianas. Su labor encuentra resistencias, en ocasiones difíciles de salvar; en otras halla terreno abonado por las injusticias que se dan en el lugar donde penetran. Cuando descubren estas organizaciones reaccionarias un terreno propicio lo cultivan con esmero, lo miman. Porque las iglesias, como toda organización humana, explora el terreno antes para averiguar los fallos, las grietas, el punto débil del lugar, atacando por consiguiente por ese flanco. Si no lo encuentran, se retiran.
Al principio su táctica es de mansedumbre, cual mosquitas muertas se muestran, como... si estuvieran sin estar. Luego, ya establecidas, se vuelven intolerantes, injuriosas, dictatoriales.
Así, en esta novela, de una manera casi impercetible (de ahí la maestría del autor) le van segando la hierba a las creencias paganas de las aldeas de Nigeria. Y más tarde, cuando ciertos habitantes quieren rebelarse contra imposiciones e injusticias el clan ya no responde como un solo hombre. ¿Por qué? Pues porque hay individuos que se han pasado al invasor con armas y bagajes. Y si, es cierto, son aun mayoría. Todavía. Incluso se levantan y luchan, pero se dan cuenta, enseguida, sufriéndolo en propias carnes, que la tal religión mansa, tierna, comprensiva... de la que se rieron al principio consintiendo, como lo consintieron, que edificara sus casas no dándole importancia, tiene detrás sus cancerberos que guardan sus espaldas: tropas, leyes, jueces... que reprimen, apalean, juzgan y encarcelan. O, simplemente, los ahorcan sin mas. O incluso entran en una aldea y matan a todos los habitantes en represalia por algo. Son así de brutales los invasores.
Estos hechos enfurecen a los ancestros, que se agitan alarmados en las tumbas. Los dioses de las aldeas están intranquilos y los dioses personales, con la rabia en su ser, no dejan dormir tranquilos a los hombres. Los incitan. Los azuzan...
Hay que plantar cara al invasor. Se exige una respuesta contundente que... solo el personaje la lleva a cabo. Se encuentra aislado. Ni los amigos lo siguen. Y menos el clan, claro. Todo se le ha derrumbado. Ya no tiene nada que hacer en este mundo.
El autor, con una visión autóctona de Nigeria y no con el sello unilateral del intelectual colonialista, se da cuenta de que la acción del invasor inglés, su política, su ideología, sus religiones, han hecho mella, desgraciadamente, en una parte de la sociedad africana, concretamente en Nigeria (*), e influye, no cabe duda, en los comportamientos de las gentes. Ya no es el clan todo. Han calado esa creencias foráneas.
Sin embargo, aquí, de lo que se trata, sobre todo, es de resaltar la impotencia de la sociedad, representada en el personaje principal, Okonkwo, ante este cúmulo de situaciones nuevas, ante estas cataratas de injusticias que comete el invasor. De modo que, como decíamos más arriba, es un inútil ante ese estado de cosas.
Si decimos que es una pequeña obra maestra, es como si no dijéramos nada. Pero, efectivamente, en pocas páginas (no llega a 200) retrata a todo un personaje con su radical machismo propio de una sociedad rural, elevándolo a arquetipo de una época, analiza las creencias paganas y las compara con las del invasor, sin que salgan muy bien paradas ambas.
Para captar todos sus matices habría que leerla. Hagan ustedes lo que quieran.
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(*) El padre de Wole Soyinka, Premio Nobel de Literatura de Nigeria, por ejemplo, era pastor protestante

sábado, 8 de noviembre de 2008

Obama, Quevedo y negros en boda

Obama se desinfla de manera escandalosa y a pasos agigantados para algunos ilusos soñadores. Los medios de comunicación nos informan de que ha nombrado a dos judíos para sus capitanes de abordo. De abordaje al pueblo palestino. Por esa parte los esclavos ya pueden buscar otro gladiador que este le ha resultado rana.

Y hablando de negros. Cuando estudiábamos historia aquí en España no aparecía la esclavitud por parte alguna. La esclavitud de los negros. La trata de esclavos. Pero aquí estuvo y unos pocos se enriquecieron. Entre ellos los monarcas. Lo hicieron en nombre de la familia cristiana separando padres de hijos y maridos de esposas. Pero eso... aparecía como cosa del sur de los Estados Unidos. Ya saben 'Lo que el viento se llevó'. Y el 'Si, buana'.

Pero existió y la literatura clásica lo refleja desde Sancho Panza en El Quijote que quería hacerse rico vendiendo negros hasta Rodrigo de Reinosa y otros muchos. Entre ellos Quevedo que tiene esta boda de negros que les trasladamos.

BODA DE NEGROS

Vi, debe de haber tres días,
en las gradas de San Pedro,
una tenebrosa boda,
porque era toda de negros.

Parecía matrimonio
concertando en el infierno,
negro esposo y negra esposa,
y negro acompañamiento.

Sospecho yo que acostados

parecerán sus dos cuerpos,
junto el uno con el otro
algodones y tintero.

Hundíase de estornudos

la calle por do volvieron,
que una boda semejante
hace dar más que un pimiento.

Iban los dos de las manos,

como pudieran dos cuervos;
otros dicen como grajos,
porque a grajos van oliendo.

Con humos van de vengarse,

que siempre van de humos llenos,
de los que por afrentarlos,
hacen los labios traseros.

Iba afeitada la novia

todo el tapetado gesto,
con hollín y con carbón,
y con tinta de sombreros.

Tan pobres son que una blanca

no se halla entre todos ellos,
y por tener un cornado
casaron a este moreno.

Él se llamaba Tomé,

y ella Francisca del Puerto,
ella esclava y él esclavo,
que quiere hincársele en medio.

Llegaron al negro patio,

donde está el negro aposento,
en donde la negra boda
ha de tener negro efecto.

Era una caballeriza,

y estaban todos inquietos,
que los abrasaban pulgas
por perrengues o por perros.

A la mesa se sentaron,

donde también les pusieron
negros manteles y platos,
negra sopa y manjar negro.

Echólos la bendición

un negro veintidoseno,
con un rostro de azabache
y manos de terciopelo.

Diéronles el vino tinto,

pan entre mulato y prieto,
carbonada hubo, por ser
tizones los que comieron.

Hubo jetas en la mesa,

y en la boca de los dueños,
y hongos, por ser la boda
de hongos, según sospecho.

Trujeron muchas morcillas,

y hubo algunos que, de miedo,
no las comieron pensando
se comían a si mesmos.

Cuál por morder el mondongo

se atarazaba algún dedo,
pues sólo diferenciaban
en la uña de lo negro.

Mas cuando llegó el tocino

hubo grandes sentimientos,
y pringados con pringadas
un rato se enternecieron.

Acabaron de comer,

y entró un ministro guineo,
para darles agua manos
con un coco y un caldero.

Por toalla trujo al hombro

las bayetas de un entierro.
Laváronse, y quedó el agua
para ensuciar todo un reino.

Negros dellos se sentaron

sobre unos negros asientos,
y negras voces cantaron
también denegridos versos.

Negra es la ventura

de aquel casado,
cuya novia es negra,
y el dote en blanco.

*

Pero esos negros miserables no tienen nada que ver con este Obama que el gran capital ha puesto ahí de monigote para lavar su cara de negrero.

Que ustedes lo disfruten.

El poema de Quevedo. Que todo hay que decirlo.

viernes, 12 de septiembre de 2008

José María Amigo Zamorano: 'Zampándose hasta los pelos'

Dongola

Conrad
Un relato contra el racismo
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Lo acabábamos de adoptar hacía pocos días. Era negro. Casi de azabache. De ojos saltones, brillantes, color de miel. Le íbamos cogiendo cariño. Jugábamos con él. Nunca se cansaba. Era buena señal. De buena salud, creímos.


Y desde el primer momento se llevó muy bien con el otro, de raza blanca. También lo habíamos adoptado. Menos vivaracho, más tranquilo. De ojos azules un poco tristes.

Nuestro primer hijo, blanco, de raza, dijo en tono de broma:

-Es todo un ensayo de multiculturalismo.

No lo decía porque se sintiera celoso, no. Había sido él, precisamente, el impulsor de las adopciones.

Este negrito comía mucho. De todo. Incluso le comía parte de la ración del otro.

Nuestro hijo, blanco, de raza, decía:


-Un día, revienta.

-¿Por qué?... Tiene hambre... Sabe dios dónde habrá estado... Mira esas pobres gentes que vemos en la tele... a diario... -razonó mi marido.

Entonces, nos vinieron de golpe las imágenes de muchedumbres hambrientas rodando por caminos sin fin... pateras atestadas de negros y negras, casi siempre delgados, no famélicos, hasta dignos, aunque, muchos de ellos, tambalearan al andar por los numerosos días de navegación sin comer y sin beber...

Era, entonces, cuando nos encorajinábamos. Atropellábanse para salir a la memoria (memoria de seres leídos y escribidos, todos blancos) los hechos más crueles que la rapiña mundial había causado en la humanidad doliente; y nos cagábamos en lo más barrido del capital imperialista; y deseábamos que los pueblos del mundo corrieran, como hacía nuestro negrito particular, tras el blanco, para romperle la coyunda que los ataba a la miseria.

Incluso lo personalizábamos, individualizándolo en un personaje, más bien personajillo, pero atroz, a ese capital sin entrañas, bañado en sangre de los pies a la cabeza, como dejó dicho Marx (D. Carlos) Le poníamos nombre: Leopoldo, rey de los belgas, que tuvo, para él solito, al Congo. Al que robó y esquilmó. Asesinando, de paso, a miles de pobres congoleños que se rebelaban. Y en ese empujarse, para salir del olvido al teatro de muestro recuerdo, apareció, en primer lugar, aquel horror de 'El corazón de las tinieblas' de J. Conrad y, más tarde, párrafos de la novela 'El fuego de los Orígenes' del congolés Emmanuel Dongola, como este:

"Cierto día una veintena de abrumados obreros se negaron a continuar el trabajo pese a las amenazas del ingeniero jefe. El contramestre eligió cinco hombres al azar, entre ellos a Djermakoye, les puso un collar de dinamita alrededor del cuello y les hizo saltar por los aires. Lo demás volvieron inmediatamente al trabajo".


Pero no es lo mismo verlo por la televisión o imaginárnoslo leyéndolo que contemplarlo, a pequeña escala, en la propia casa. Aquí la animalidad adquiere carta de naturaleza. Dura. No llegando a los extremos del texto de Dongola, claro. Pero dura. Sin el cendal de la imagen o de la letra. Ahí lo teníamos, al negrito, comiendo y comiendo, voraz. Sin saciarse. A todas horas. Lo que fuese... Por lo que no nos asombrábamos de sus abundantes deposiciones.

-¡Qué cagadas!... ¡Cómo huelen, madre mía! -exclamaba nuestro hijo, blanco, mayor.

-Así debieron de ser los excrementos dejados por el rey Leopoldo, abundantes y hediondos. -sentenciaba mi esposo.

Seguimos citando a este individuo. Mal hecho. Porque, leopoldos ha habido en todas épocas y lugares. Y en una escala muy superior. Por ejemplo: la reina Victoria, de la Inglaterra victoriana imperial, le dio sopa con ondas a Leopoldito; o Felipe II de España... Y olvidándonos de monarcas y lechuguinos, o de lechuguinos y monarcas, recordamos las tropelías que, los yanquis, han hecho en los últimos años de nuestra historia y transforman al personajillo en un enanito: el enanito Leopoldito.

De modo, que, viendo correr a este negrito tras el blanquito, en nuestra casa, es como una representación de lo que harían los pueblos del mundo, los pueblos pobres del orbe, con los banqueros, generales, terratenientes, rabinos, imanes, obispos... si, por supuesto, pudieran: se los comerían a bocados, sin masticar... aunque... después tuvieran que vomitarlos... ya que todo... todo... no se puede digerir.

Y esto último lo decimos porque, nuestro negrito particular, oriundo de España, buena gana de traerlo de Rusia o China, patriota, callejero, vomitó el otro día. Lo que, al principio, nos preocupó. ¿Qué le habría pasado?... ¿Lo alimentábamos mal?... ¿Habría ingerido algún veneno?... ¿Estaría caducada la comida?... Mas siendo testigos directos, porque lo veíamos a diario, de lo mucho que tragaba... consideramos, hasta lógica, la vomitona, el devuelto. No todo se podía digerir.

Empero, contemplando, lo observábamos ahora mismito, lo que aparecía a nuestra vista, el negro corriendo feroz a por el blanco, y arrancándole, como le arrancaba, rabiosamente, pelos de la cabeza, ¡todo un mechón de pelos blancos!, con las uñas, y con las uñas se los llevaba a la boca y se los tragaba... enteros... el negrito... de ojos saltones... brillantes... color de miel... al que le íbamos cogiendo cariño... el pequeño de pelo de azabache... el gatito de pelo negro... el gatito negrito... ¡claro!... luego... devolvía los pelos... los vomitaba...

Pues, es evidente, no todo lo que se come se puede digerir.

martes, 17 de junio de 2008

Iswe Letu: Memorias de África... suavizadas II

Literatura contra el racismo

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Memorias de África... suavizadas II

Memorias de África... suavizadas II








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ISAK
ISAK
ISAK
ISAK
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Isak Dinesen (Karen Blixen), autora de 'Memorias de África' y de la que ya nos hemos referimos en la anterior actualización, en sus 'Letters From Africa 1914-1931' (Windenfeld & Nicholson, 1981), en una carta a su hermana, decía (y es una muestra de los modales groseros, vulgares, chabacanos... de la alta alcurnia):

"Lady Delamere (*) se comportó escandalosamente durante la cena, a mi modo de ver. Bombardeó al príncipe de Gales con trozos de pan, y a mí, que me sentaba junto a él, me alcanzó uno en el ojo, de modo que ahora lo tengo morado, y terminó arremetiendo contra el príncipe, derribándole de su silla y revolcándole por el suelo. Yo esas cosas no las encuentro nada graciosas, y es una estupidez hacerlas en un club. En conjunto, ella no resulta especialmente agradable, con su aspecto estrambótico igual que una muñeca de medera pintada."

(*) De nombre Gwladys (pronúnciese Gladys) viuda de Hugh Delamere, fue alcaldesa de Nairobi.



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Nairobi
Nairobi
Nairobi
Nairobi
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(EN LA FOTO, EN EL CENTRO, SENTADA, VESTIDA DE NEGRO, 'GLADYS' O LADY DELAMERE)






miércoles, 4 de junio de 2008

Iswe Letu: 'Miedo al diferente'

Relato contra el racismo
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1. La niña impertinente


Tras un invierno frío y una primavera bastante fresca, el verano se había estrenado con un día soleado que invitada a pasear.


Los pájaros piaban por doquier de contentos. Desde sus jaulas los canarios se contestaban unos a otros. En el cielo chillaban miles de vencejos y golondrinas trazando vuelos en apariencia anárquicos. Las rapaces planeaban y de cuando en cuando se lanzaban en picado hacia un prado donde se decía que habían aparecido varias víboras pero que con el año tan lluvioso se escondían entre la maleza.


Desde la ventana de su casa, Luis contemplaba todo este movimiento de la vida volandera. Se sentía feliz en comunión con la naturaleza. Casi levitaba. No le podía pedir más a la vida.


Le volvió a la realidad el sonido del teléfono móvil. Era Miguel, su amigo, quien por el comunicador, como solía llamar al móvil, le invitaba a dar un paseo, por la tarde, hasta la fuente llamada ‘Palancarruca’ y, de paso, llenar unas garrafas de agua, pues la del grifo olía y sabía mal.


Se lo dijo a Pepa, su mujer, y, a la caída de la tarde, salieron a la calle. El reloj de la torre de la iglesia daba las siete cuando emprendieron la subida hasta la fuente. En la plaza daba vueltas el camión de bomberos. Los coches pasaban con la música a tope. Recuerda el golpeteo tozudo y machacón de una pieza musical de rap repitiendo insistentemente: ’11 de septiembre, 11 de septiembre’. El rap es música pegadiza surgida en los Estados Unidos en los barrios marginales de negros y chicanos. Aquí no había ni negros, ni chicanos. Aunque, eso sí, tenían una colonia muy numerosa de magrebíes.


Su amigo Miguel venía acompañado de su mujer Juanita, de cara casi cuadrada, regordeta y muy habladora. Se inventaba fantasmas que estaban siempre mirándola, cuchicheando o incluso dispuestas al acecho para atacarla a lo largo de la conversación. Entonces, se enfrentaba a ellos casi a voz en grito, de tal modo que, muy a menudo, las gentes que pasaban se quedaban, efectivamente, mirándola. Si se exaltaba demasiado, Miguel la reprendía diciéndole irónicamente:


--Tú, Juanita, siempre haciendo amistades.


Por lo general cansaba su charla continua e incesante, pero los que la acompañaban encontraban vericuetos o sendas para evadirse de su diluvio de palabras. Ella era ella y nadie más: la reina del baile. Y quería estar siempre en el centro de la pista. Hay que decir en su favor que conseguía, a veces, atraer la atención por el colorido, gracia y salero que adquirían los acontecimientos, bien fueran imaginados o reales. En ambos casos llegaban a encarnizarse en Juanita. Entonces su charla tenía chispa.


Salieron de la población y emprendieron la subida, como ya hemos dicho, hasta la fuente que se encontraba en un alto. Arrastraban unos fardos, donde llevaban las garrafas de plástico, que eran los carros de la compra.


Miguel y Luis iban delante. Juanita y Pepa detrás. A la cola caminaba Silver, el gato de Juanita. El gato no seguía siempre el camino recto y a veces se desviaba metiéndose por entre los cardos y las amapolas que adornaban los bordes del camino. Entonces Juanita le gritaba


-¡Silver, no! ¡No! ¡Por ahí, no!


Y el gato obediente volvía al camino trillado. Mientras tanto, su ama se extendía en consideraciones que Pepa evadía atendiendo al riachuelo que dejaba oír su fluir cantarino en la lejanía, pero que ya antes de oirlo había captado su línea metálica grisácea. A ratos esa línea se cortaba en trozos blancos. Era donde el arroyo estaba cuajado de flores. Entre espacios blancos y metálicos el río se perdía a lo lejos entre el verde del prado. Un buitre y una cigüeña negra pareció asustar al gato que corrió, como una centella, a refugiarse entre unas rocas. Duró poco el susto porque, casi enseguida, se le vio beber en el arroyo. El sol calentaba molestando las molondras desvalidas.


En la fuente, afortunadamente, no había más que una niña de 4 o 5 años que llevaba una pajita en la boca. Cerca, en un banco de piedra, un hombre cuidaba un cochecito que contenía un bebe de pocos meses. Sentadas en un prado cercano tres mujeres. Se notaba que eran árabes por los pañuelos de la cabeza y sus largas vestimentas negras. Y más allá, mujeres y hombres, en derredor de la fuente, charlaban. Un hombre, que le costaba mucho andar, se sentó en otro de los bancos que rodeaban la fuente. Apenas lo hizo cuando el perro que le acompañaba comenzó a ladrar a algo que surgía de la tierra como un palo. Era una culebra que levantaba la cabeza asustando al hombre que se cayó del banco mientras el perro conseguía ahuyentar al reptil. Juanita y Miguel, con otras gentes, corrieron a socorrerlo. Era un vecino suyo. Su rostro, de un color rojo como el tomate, se había vuelto pálido como la cera de la emoción.


Una vez tranquilizado volvieron a la fuente. Allí tenían sus carros de los que la niña de la paja en la boca se había encargado de sacar las garrafas y tirarlas por el suelo.

Estaba metida de cabeza en uno de los fardos como queriendo buscar algo.


-¡Niña! ¡Qué nos has hecho! –gritó Juanita- Eso no se hace –la amonestó.


La niña miró a ella, luego al gato. Temerosa del animal se apartó de la fuente con una mirada que a los adultos les pareció entre lela, tímida, atrevida y extraña, como si en ella algo le impulsara al desafío. Inquietaba, sin llegar a dar miedo, la mocosa. Molestaba.


Cogió del suelo Juanita la primera garrafa, la enjuagó y la puso a llenar.


-Recuerdo… –dijo- Y conto una historia por ella vivida que, mira por donde, era en realidad el romance de las tres hijas de un moro.


Lo hizo porque al fondo estaban sentadas en el prado tres mujeres de origen árabe.


La niña tiró una piedrecita a una de las garrafas que estaba en el suelo, rebotó en el plástico y fue a dar en la pierna derecha de Juanita.


-¡Niña!... ¡Mira, me has hecho daño! –dijo a voces- ¡Coño! Me está poniendo nerviosa la cría esta.


Luego, Pepa y Luis se pusieron a llenar sus recipientes, mientras Juanita y su marido se alejaban de la fuente. Al pasar junto a la niña Miguel le acarició la cabeza y la niña sonrió.


Fuera por esa caricia o porque el gato se fue tras ellos, la cierto es que la niña se acercó a la fuente. Luis metió la primera garrafa en el carro y la niña se puso a hurgar allí.


-Estate quieta.


La niña insistía en tocar el carro de la compra.


-Estate quieta.


Mas seguía en su tarea de tocar todo el carro, ajena a la frase repetida. Era como esas avispas que se acercan a una persona y dan vueltas en torno a ella sin hacer caso a los manotazos que les lanza. Molesta.


-¡Ay que joderse! ¡Y ellas, tan tranquilorras! –exclamó Pepa.


-¿A quién te refieres?


-A sus madres. Allí. Tan panchas. Las moras.


Pepa no lo sabía. Sospechaba que era hija de alguna de ellas. La niña, en efecto, tenía un color ligeramente cobrizo. La cara parecía sucia sin estarlo. Sus rasgos, tomados uno por uno, no mostraban diferencias apreciables con los de cualquier niña del entorno. Pero en conjunto, si, la hacía distinta. A los extranjeros se les nota la diferencia enseguida. Los aires, los fríos, los soles, las arenas, las nieves, la forma de las montañas, el color del cielo… en fin, todos los elementos de su lugar de origen, tanto naturales como espirituales, se aúnan para modelarlos de modo que su persona se hace inconfundible, pues, sin dejar de ser igual, es diferente.


Metió la última garrafa, mientras la niña cobriza seguía, erre que erre, hurgando y manoseando. A él, como a Juanita, le estaba poniendo nervioso al no comprender, como no comprendía, la razón de esa insistencia, los impulsos que movían a la niña. Más incomprensible era, aun, su mutismo: no decía nada, no abría la boca, tenía los labios apretados como con rabia. Llegó a considerarla muda o anormal.


Cerró, apresurado, el carro teniendo que apartar con fuerza la mano de la niña que no quería dejarlo. Parece mentira pero es verdad que respiró tranquilo cuando inició la marcha en dirección a la pareja de amigos que los esperaban unos metros más allá.


La niña se quedó con la boca abierta viendo como se iban. De repente echó a correr hacia ellos y empujó el culo de Pepa que era quien llevaba ahora el carro. Pepa la apartó a un lado. La niña lanzó un grito seco, como un disparo. Sonido impensable en un ser tan pequeño. Tan escandaloso que hizo levantar el vuelo a grajos, palomas y pardales. Congregó miradas, convocando a que, el llanto, saliera de los ojos de la niña. Una de las mujeres, que estaban sentadas en el prado contiguo a la fuente, se levantó de un salto y corrió hacia la niña a la que abrazó hablándole algo y señalando a Pepa. La mujer árabe se dirigió a Pepa con tono suave. Pero, claro, incomprensible para ella, señalándole el carro.


-No entiendo –titubea Pepa.


La mujer sigue hablándole pero cada vez más alto.


-No le entiendo, señora –repite Pepa.


La mujer tras una indecisión se acerca al carro e intenta extraer una garrafa. Pepa se opone. Se produce un forcejeo.


Juanita desde lejos vocea:


-¿Qué pasa?


-Quiere llevarme una garrafa.


-¡Pero bueno! ¡Hasta ahí podíamos llegar! –grita Juanita que se acerca apresuradamente. Otras personas hacen lo mismo. La mora se agacha y coge una piedra del suelo. Pepa tiembla pero no suelta el carro. Las otras moras que se habían acercado también sujetan a su compañera, le cogen la piedra y la tiran. Ellas mismas se van llevando a la mujer hacia atrás. Los que se han acercado la increpan. Comienza la gente a exaltarse. Juanita, que está en su salsa, cuenta con gracia sus experiencias con la población de Libia y Marruecos.


-Son malos – concluye.


Miguel, su esposo, le dice que se calle para no encender más los ánimos que, de por sí, ya están un poco alterados. Consigue arrastrarla apartándola de los alrededores de la fuente porque ha visto a la Guardia Civil y porque se ha dado cuenta de que algunos vecinos han avisado con los teléfonos móviles a otras personas.


Ya bajando la cuesta hacia el pueblo ven subir a numerosos jóvenes extranjeros y por una callejuela paralela aparece un nutrido grupo de oriundos.


Juanita se acuerda de su gato:


-¡Silver, Silver! ¡Bis, bis, bis!


El gato, que se había metido entre cardos y amapolas, aparece junto a su ama.


-Pues sí, Miguel, son malos…


-Habrá de todo –responde Miguel.


Y se enzarzan en una discusión interminable que produce en Pepa una tranquilidad que necesitaba.


2. Epílogo:


El segundo día de verano, como el primero, había amanecido soleado. Los balcones de las casas llenos de geranios. Los árboles agradecidos movían ligeramente sus ramas de un verde luminoso como el día. El cielo estaba limpísimo. Las nubes habían emprendido viaje rumbo a otros inviernos o primaveras. Los pájaros a esa hora de la mañana estaban en sus nidos. Los canarios en sus jaulas comienzan a desperezarse. Luis se despertó con el recuerdo de la mora empuñando la piedra. No lo entendía. Y por mucho que Juanita asegurara que los árabes eran malos, él estaba con la opinión de Miguel: unos lo serán y otros no.


En esta reflexión estaba cuendo su mujer entró en la casa. Pepa traía en carro de la compra. Había salido al mercadillo.


-¿Qué haces?


-Aquí, pensando en lo de ayer.


-Ah, pues el diario dice que hubo incidentes racistas entre jóvenes que fue parado por la Guardia Civil.


-¡No jodas!


-Eso dice, mira.


-Ya lo leeré…


Pepa se sentó. Lo miró y se sonrió.


-¿Por qué te sonríes?


-Verás, ¿te acuerdas que la niña llevaba una pajita en la boca?


-Si.


-Pues debió de caérsele dentro del carro. Eso es lo que buscaba con tanta insistencia.


-¿La has encontrado tu en el carro?


-No.


-Entonces…


-Era una de esas pajitas que se venden en las chucherías. Llevan caramelo dentro. Y con el calor y el agua se derriten. Estaba todo el fondo del carro pegajoso…


-De modo que la señora no nos quería quitar la garrafa… En fin…


jueves, 1 de mayo de 2008

Iswe Letu: Trato vejatorio

Luchando contra el racismo:

Como viene siendo cada vez más a menudo, el racismo enseña sus uñas de gata malparida. En España. Los malos tratos policiales, también. En este caso una venezolana ha sido vejada por la policía española.

Pueden leer en el blog que les indico mas abajo la carta de protesta que ha dirigido al presidente Zapatero.

Quede aquí constancia con esto de nuestra indignación por tales hechos. Y como protesta contra ese racismo que, además, solo se aplica a gentes sencillas. Los del dinero son respetados sean de la raza que sea.

Esta es la dirección donde se puede leer la carta:

http://www.espacioblog.com/c-rmencit-/post/2008/04/28/dirigido-al-sr-jose-luis-zapatero#c3159096


http://www.espacioblog.com/c-rmencit-/post/2008/04/28/dirigido-al-sr-jose-luis-zapatero


http://www.espacioblog.com/c-rmencit-

martes, 15 de mayo de 2007

Aimé Cesaire: Unos botones de muestra


Aimé Cesaire, que, como ya sabéis, y si no lo sabéis deberíais saberlo, es un gran poeta negro, martiniqués para más señas, de expresión francesa, viendo el destrozo causado por la esclavitud en África, se dolía, angustiado, por el porvenir del continente negro. Sin habitantes, ¿qué sería de la tierra?...

Pero en sus versos late un hondo sufrimiento por los queadn: los ancian@s, las mujeres, los hombres débiles, los niños, los lisiados, los cereales, las flores, los anchos baobabs...

Y también, es cierto, lleva implícita la rabia contenida, la violencia. No es un espíritu sumiso el que se adueña de sus versos, sino el Rebelde el que se apodera de la casa. Una casa generosa que es toda la Tierra Negra (por algo es el fundador de la Negritud(*) junto a Leopol Sedar Senghor). El poeta Cesaire es un Clarividente: ve ya la Violencia Ciega, el Terrorismo sin ese nombre, El Terrorismo que es el arma de los que ven todo negro en pleno día y la Aurora no se vislumbra por parte alguna.

Cesaire nos presenta una tierra, la tierra africana (otra no entra en sus preocupaciones) vacía, donde la codicia de unos pocos (los dueños del mundo son pocos) la han abocado a la ruina, a la casi desaparición. Sin saberlo está describiendo a toda la tierra en la que vive el Hombre. Y sin querer pinta un mundo en que la clase de los esclavistas está poniendo en peligro no solo a los habitantes de África sino a todos nosotros.


Unos botoncitos poéticos:

'Mis manos heridas en zarzas de estrellas
pero recogidas con espuma
desatan antes de tiempo
las armaduras del candado'
...

'Mis lebreles
mis sienes malditas
y las minas de radio
escondidas
en el abismo de mis inocencias
saltarán desgranadas
en el comedero de los pájaros'
...

'y las amazonas del rey de Dahomey
restauran con sus palas el paisaje desmoronado
de los rascacielos de vidrio desteñido,
de las vías privadas, de los dioses lluviosos
veeduría y herencia de las rosas confundidas'
...

'oh Chimborazo violento
tomar por los pelos la cabeza del sol'
...

'en lo que a mi se refiere a nada temo
soy de antes de Adán
no dependo siquiera del mismo león
ni del mismo árbol
soy de otra caloría y de otro frío
oh mi infancia leche de luciérnaga
y estremecimiento de reptil'
...

'el hambre de las horas frustradas
excitó
el águila huraña de la sangre'
...

'y he ahi la tierra sola,
sin temblor y sin estremecimiento
sin hozadura de raíz
y sin perforación de insecto
vacía'

Aimé Cesaire
('Las Armas Milagrosas')


(*) Como a una generación sigue otra, la siguiente a estos escritores criticó ese concepto de 'Negritude' y Wole Soyinka, el Premio Nobel de Nigeria, sentenció: "Lo mismo que un tigre no necesita proclamar su 'Tigritud', el negro no necesita vocear su 'Negritud' ''.