domingo, 3 de diciembre de 2006

León Greiff: HOMENAJE A OMAR KHAYYAM


Mausoleo de Omar Khayyam
Omar Khayyham


Loores al astrónomo persano!
Amor al bardo adorador del Pan! . . .
Mientras el hombro lucha con su hermano
él los astros adora en Khorassán!*
Eterno amor a Omar: el triste humano
brega incansable por lograr el pan;
y él, embebido en escrutar lo arcano
el Cielo busca y vé de Aldebarán!*
Eterno amor a Omar: en su Poema,
Los Rubayata, la verdad extrema
soñando con su cántaro de vino,*
con su libro de versos, con la amada...
Omar, divino Omar! Y en la sellada
noche de los astros ornan tu camino . . .!

León de Greiff

Siguiendo el Hilo (Homenaje a Omar Kayyham) I

Siguiendo el hilo(Rubaiyat of Omar Khayyam)


1.) Amigo, que vagas por ahí, inquieto, dudando de todo, sin rumbo, sin manantial y sin oriente; si, por fin, encuentras una vereda, una senda, algún camino, me alegraría mucho que fuera el de la bodega o el de la taberna; si te fías de mi, digo, no debes aspirar a otra cosa que no sea la de disfrutar de este instante fugitivo que es la vida, charlando y bebiendo con los camaradas y amigos, esos tragos de buen vino, servidos en copas de arcilla, copas que el alfarero ha modelado con sumo respeto, al saber, como sabía, que la masa que tenía entre sus manos había sido antes, en otro tiempo, sin duda, un ser humano, como él o como tu o como yo, que antaño caminaba desconcertado por los intrincados vericuetos del mundo; luego, digo, dirígete a hacer el amor con la mujer querida, que te está esperando anhelante ya hace tiempo; y termina el día escuchando con deleite la otra sustancia, divina como el vino, que es la música. Con la copa en la mano y la bota cargada a la espalda colmada de ese néctar divino, bebe, bebe y canta, querido; después recógete y acuéstate en el silencio, por los siglos de los siglos, amén. Pero antes...


2.) Amigo mío... si estabas inspirado, en trance de esbozar un plan, algún camino, o, aunque solo fuera una estrecha vereda, para tu vida; si querías luego plasmarlo por escrito con todo lujo de detalles, puedes hacerlo, tienes cerebro, inteligencia no té falta y tu imaginación puede hacerte volar llevándote hasta los mas esplendorosos, abundantes y placenteros reinos de Djam o de Jauja; ahora bien, si quieres un consejo -claro, puedes tomarlo o no, eso tu verás- no forjes proyecto alguno para el día de mañana y no te lo digo en bromas, sino muy en serio. ¿Sabes acaso, con una mínima certeza, siquiera, si podrás concluir la frase que empezaste hace un momento?... No, no lo sabes.Mira, atiéndeme bien, mañana, -¡o mucho antes, quizás!-, estemos, tu y yo, tan lejos, tan lejos, tan lejos de esta terrena caravana, como aquellos que se fueron, hace mas de siete mil años, hacia el Misterio.


3.) Tu y yo, -suponemos que alguno más- para qué negarlo, desconocemos el Misterio -quizá por ignorancia- que encierra lo eterno; pero con todo eso -no sabemos por qué- quizá por intuición, o soñación, o imaginación; o por esa soñada imaginación intuitiva... no nos gusta nada, no vamos a cegar lo evidente; hemos tocado la piel de lo que a nosotros nos parece que debería ser la puerta del Misterio, con la potencia de nuestra pobre o rica imaginación, y nos ha parecido un pozo oscuro sin fondo y lleno de cadáveres, como fosas o zanjas de los campos de concentración nazis. Eso sí, creemos saber -de ilusión también se vive-, que detrás de ese Secretísimo Velo, sin duda alguna, algo de tí y de mí, se debe de haber dicho. Cuando éste velo se descorra, en un negro fogonazo de tétrico y gélido silencio, entonces, tú y yo, comprenderemos, por desgracia y de repente, como Sócrates, que no sabíamos nada, que todo, absolutamente todo, lo ignorábamos. Lo que he dicho se refiere sólo a ese, más que dudoso, Mundo Ignoto y no a las pequeñas cosas de la tierra como el Vino...


4.) ¡Amigos!, ¡alimentadme con vino, con vino tinto!, ¡hacer lo posible para que sea bueno!, ¡que se transforme en suave y rutilante rubí el ámbar luminoso de mi rostro!; pues así, con esa aureola, mi paseo, mis paseos, serán como un baluarte inexpugnable, contra el que se estrellarán todas las flechas venenosas del egoísmo, de la vileza, de la cerrazón...; en resumen: toda la mierda del mundo. ¡Ah!... y que cuando muera se me lave con vino, frotándome bien, para que llegue su aroma hasta el último resquicio, hasta el ultimo vericueto de mi cuerpo; así, con esta vaharada, que saldrá por todos los poros de mi cuerpo, ni se acercarán a rezarme todos esos místicos, meapilas e hipócritas que tanto me han hecho sufrir...; permanecerá, por lo cual, puro, el barro del cuerpo, para modelar, una vez más, otra copa de vino; ¡ah!, por último, y ya no os molesto mas, y que no se os olvide, además, que sea construido mi ataúd, con tablas de madera... pero de las cepas de la vid.


5.) Después de darle vueltas y mas vueltas al por qué de mi estancia aquí, en la tierra, o en otro lugar, o en ningún sitio, he concluido con esta pregunta existencialmente angustiosa: --¿Y... yo qué le voy a hacer... qué culpa tengo... si me traen así porque sí... desde un lugar cualquiera del mundo... de aquí para allá, de allá para aquí... igual que un recadero, como un monaguillo, sin pulsar jamás mi libre albedrío?... ¡Y si, en lugar de rayos y diluvios, fuegos e inundaciones, el cielo, al menos, nos quisiera enviar, chaparrones de buen vino; porque es necesario el vino para ahogar miedos, temores o zozobras, recuerdos que, horadando, la mente nos laceral.

Siguiendo el Hilo (Homenaje a Omar Kayyham) II

6) Era la primera vez que había echado a volar. Llegó hasta el primer arbusto. Y descansó. Un poco nada mas. Luego se aventuró hasta un árbol que estaba a mayor distancia. Cuando se posó en él celebró su triunfo cantando; y desde ese mismo instante no paró de volar y de cantar. Los trinos le salían a raudales. Estaba ebrio de alegría. Celebraba la vida nueva. Mas tarde embriagado por demás encontró el camino del jardín. Adentrose aun más en la floresta descubriendo el rostro perfumado de la rosa y de las flores que dan origen al vino; la jarra de Vino estaba al alcance de la mano; mientras tanto, se le fue acercando, con paso imperceptible, un misterioso murmullo que al oído le dijo: -- “Pajarito, pajarito, piénsatelo bien: mira que la vida no retorna jamás; óyeme, atiéndeme, te lo digo muy en serio: no vuelve jamás”.


7.) Venía de muy lejos y como si acabara de nacer. Se acercaba a paso rápido; y a cada zancada se le vía crecer y acumular años en su rostro; ¡ se agrandaba por momentos! Desde la taberna parecían esperarlo. Tenían que decirle algo al caminante. Se paró un momento ante el umbral. Iba a seguir su marcha, cuando desde dentro de la taberna le invitaron: -- Amigo, pasa, siéntate y descansa, bebe saboreando el vino en esta copa de arcilla y, creemos..., no, creemos no, estamos seguros de que gozarás de una felicidad que Mahmud no conoció. Escucha atentamente los melodiosos laúdes de los amantes: son los verdaderos salmos de David. No te preocupes por el pasado ni te entenebrezca el futuro. Que tu pensar no se alongue mas allá de estos placenteros instantes. He aquí, sin añadidos, ni remiendos, sin palabras fraudulentas, el secreto de la paz.


8.) Desde los más remotos tiempos, el reino de las tinieblas, la noche, la oscuridad, ha entenebrecido la vida del ser humano; incluso muchas veces ha sido odiada por los hombres que, queriendo vivir eternamente, saben que morirán sin remedio; mejor dicho, por la razón de los hombres, que ven pasar una horas como muertos, horas robadas, cuando la vida se les escapa a pasos de gigante.Al amanecer, cuando la luz ha vencido brillantemente a las tinieblas, Omar Khayyam se levanta, saluda al alba henchido de alegría y dirigiéndose a su acompañante dice:· ¡Oh mi hermosa amada!, para empezar a olvidar las amarguras de las sombras, canta; pero solo para mi no necesitamos auditorio y escancia vino en mi copa de arcilla. Recuerda que el transcurrir del Tiempo ha entoñado para siempre cien mil reinos de Djem y kais bajo tierra.


9.) A Omar Khayyam le llegan noticias preocupantes de su antiguo amigo, Hassam el Sabbah, al que luego han apodado los cristianos El Viejo de la Montaña y que lucha en pro de la pureza del Islam. ¡Cómo ha pasado el tiempo! ¡Parece que fue ayer, cuando estudiaban en Naishapur y junto con Nizam al Mulk, los tres amigos, firmaban un pacto de sangre solemne de ayuda mutua!Preocupado, desde su palacio contempla, abajo, el ajetreo de la calle más cercana; levanta la vista, un poco mas allá, en el mercado, las voces de las vendedoras pregonan sus mercaderías; y los santones, unos sinceros y otros tratando de embaucar incautos, predican en la plaza ante un numeroso corro de gente, en nombre de Alá el Misericordioso... -- ¡Ay, querido amigo!... también yo, lo mismo que tu, lo mismo que otros, sembré la semilla de la sabiduría, y me he sacrificado esperando día y noche sin apenas un minuto de descanso para que germinase... Empero yo cosecharé estas innegables verdades: que de algún lugar ignoto y sin querer llegué como el viento y... que a algún lugar desconocido y sin que cobije el más absoluto deseo me iré como el agua. Y decidido a que las elubraciones no lo aplasten sale a reunirse con los amigos en la taberna.


10.) Se hallan reunidos, en torno a una mesa, ante unas jarras de vino, en un rincón de la taberna. Rostros tristes, serios, taciturnos, como sumidos en hondas y graves preocupaciones. Fuera, el sol hace del día una promesa radiante. Y la temperatura, suave, anticipa el otoño. Y fuera también, en la terraza, debajo de una parra, otros feligreses como ellos, en otra mesa beben y ríen de lo lindo. Dentro el tabernero se afana tras el mostrador. De repente uno de ellos exclama: -- ¡Tabernero! ¡Otra ronda de vino!· ¡Ya es hora! Hoy, amigos, vuestra mesa parece un velatorio. ¡Caray! No sé que os pasa. Mientras esperan al tabernero uno de ellos, quizás Omar Khayyam, no se ve bien, les dice a sus camaradas:-- Algunos de nuestros buenos, leales y fieles amigos se han ido marchado. Se los llevó la Muerte, con su guadaña, cuando ellos menos lo esperaban. Y nosotros, claro, tampoco. Solíamos reunirnos aquí, a charlar, a cantar, a beber; a beber y a cantar y a charlar; aquí, como todos sabéis, en esta taberna. Pero oídme bien, Amigos Borrachos, tan solo cayeron una o dos rondas, una o dos rondas nada mas, antes que nosotros, así que los recordaremos bebiendo a su salud.

Siguiendo el Hilo (Homenaje a Omar Kayyham) III

11.) Del taller de un platero, sale, maldiciendo y llorando, un hombre; maldiciendo al dueño que lo ha dejado sin trabajo; y llorando por la mujer y por sus hijos a los que no podrá alimentar hasta que no encuentre un nuevo trabajo; eso si lo encuentra, que están los tiempos difíciles. Cae de rodillas y llorando, con lagrimas tan conmovedoras o más como las de un chiíta, implorando a los cielos. Omar Khayyam que por acaso pasaba allí, y sin ninguna consideración (muy propio de su mal carácter) al lamento del trabajador, a ese llanto para Khayyam estéril, le dijo: -- A esa bóveda estrellada, azulada e inmensa, a la que llaman firmamento o cielo, bajo la cual vivimos y morimos los hombres y las mujeres, no intentes levantar tus ojos, llorosos e implorantes. ¿Para qué vas a hacer ese mínimo esfuerzo muscular? No lo dudes, ni por un momento, que ella gira y gira, como tú y como yo, impotente, por todo el universo. De todo esto (y con la palabra ‘esto’ nos referimos al universo y cosas así) piensan y discuten, a veces, los sesenta y un sabios.Pero a ellos le sobra el tiempo y no tienen que trabajar para ganar el sustento diario como el pobre platero.


12.) Salen estos sabios en fila india, serios, circunspectos, pagados de sí mismos y de su saber... Un poco cansados, eso si, de no hacer nada, sino discutir acerca del ‘sexo de los ángeles’... ¡bueno, qué exageración por nuestra parte!... también discuten de alguna que otra cosa importante. Se sientan en la taberna. Apenas hablan. Les sirven vino blanco. Lo prueban a sorbitos cortos.Se miran. Intercambian algunas palabras. El vino es bueno y lo reconocen. Llegan, luego, numerosos platillos con diversas tapas. Que comen con ganas. El vino se agota. Uno de ellos grita: --¡¡tabernero, más vino!! Y se ríen. La conversación se anima. Las voces se elevan. Omar Khayyam suscita la discusión sobre los astros. Los sabios, -los ha contado, son sesenta y dos- discuten, se acaloran, se contradicen, ora negro, ora blanco... ¡Qué paridas defienden! Khayyam piensa para sí:· ¡Ay, Vino! Tú logras siempre, siempre, que se enreden, que se líen, que se embrollen, con fervorosa y encarnizada lógica... ¡quién lo diría con lo finos, serios y fríos que eran o son!... los setenta y dos sabios... que sin cesar discuten en las academias... academias que un poeta calificó de “horribles blasfemias”... ¡Ay, Vino! eres el alquimista, el mago, el taumaturgo, que trasmutas en oro el pesado plomo de nuestras cotidianas, amargas y grises existencias.


Dos Rubayatas


A. 13) El sol, en su cetro. Y la mar, en calma. Y no necesita ella remos para sacar chispitas. Le basta con el sol y el suave movimiento de las olas. Hoy va a contemplar a la madre; a esa vieja madre, con sus largos años a la espalda; la madre pobre, humilde, antigua y señorial, rejuveneciéndose solo con la esperanza de que llegue pronto y bien de allende los mares. Remos lentos y melodiosos, goteando estrellas fugitivas, avanzan al encuentro del barco. Espera ver pronto su semblante, que siempre era risueño, en medio de la charla y floración de los pañuelos. Y, por lo demás, solo pide ese instante de dicha, ese instante de calma, para su sufrimiento. Sufrimiento, quizá, absolutamente libre de esperanzas. Pero hoy brilla rojo, generosamente rojo, el sol. El sol rojo del Irán de Omar Khayyam. La esperanza también enrojece generosamente. La esperanza siempre enrojece... hasta el último momento. Por lo que espera verla pronto aparecer, floreciendo entre la muchedumbre de sonrisas y pañuelos, para darle un fuerte abrazo y desgastarla a besos. Remos lentos y melodiosos, generando estrellas rutilantes en huida, avanzan a su encuentro. Asoma en lo alto de la cubierta. La bajan del barco. Lentamente. Con muchísimo cuidado. Todos la ven. Confirmada su hermosura. Reafirmada la belleza de su cara oscura... pura... pálida... y helada... tras el cristal del ataúd. Omar Khayyam, que, mas tarde, ha acudido al entierro de la dama, reflexiona:· La vida es como un tablero de ajedrez, donde el Hado, siempre imprevisible, nos mueve cual simples peones, dándonos mates y más mates, por lo general, con penas. Pero es que, además, en cuanto da por terminado el juego, nos saca sin contemplaciones del tablero arrojándonos, a todos, sin excepción alguna, al cajón, al cofre, al baúl... de la Nada.


B. 14) Omar se refugió, después del entierro, en la biblioteca de su palacio, otra vez a vueltas con el significado de la vida. Se sentó. Enfrente tenía las estanterías donde había colocado sus poetas favoritos. En el canto podía leer sus nombre. Cogió uno. Al azar. Sabía, no obstante, que en los libros no estaba el secreto de la vida. Eso lo tenía claro. Si algo sabía de la vida, era que ella era movimiento, y fluía y cambiaba... Y en los libros eso no se daba... Le gustaba... le gustaba... leer los libros de los poetas al sentirse como reflejado en lo que decían... Y, a pesar de la quietud que emanaba de ellos, algún hálito de vida había... bueno, mejor dicho... una reflexión congelada del tiempo vivido por el poeta. Abrió el libro que había cogido: <<”... pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, // ni mayor pesadumbre que la vida consciente. // ... Ser, y no ser nada, y ser sin rumbo cierto, // ... Y el espanto seguro de estar mañana muerto, // ...y la carne que tienta con sus frescos racimos // y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, // y no saber a dónde vamos, // ni de dónde venimos...”>> Estuvo leyendo un rato. Luego se levantó y se fue a la bodega. El vino procedía de unas viñas donde se encontraban, de vez en cuando, huesos de seres humanos. Decían que, antiguamente, en esas tierras, se había dado una gran batalla y la carnicería fue atroz. Allí mismo enterraron a los muertos en combate. Abrió la espita. Llenó una jarra y se sirvió una copa. Al sentir, como él sentía, el anhelo de encontrar el secreto de la vida, posó con suavidad sus labios en el borde de la copa de vino modelada por su amigo, el alfarero, con arcilla del terreno de sus viñas. Una voz, que parecía surgir de dentro mismo de la copa, susurrole: -- “En tanto que vivas, bebe, que los muertos nunca vuelven, nunca; me has oído: no vuelven nunca de ese otro mundo que nos predican los meapilas”. Y bebiendo se encamina a su rincón favorito en el jardín

Siguiendo el Hilo (Homenaje a Omar Kayyham) IV


15.) Alza la vista del libro y mira al campo: las viñas, el bosque, las laderas de las montañas y al fondo, las sierras; todo tiene el color que anuncia el otoño: algunas hojas caídas, pocas, y el color anaranjado pero con muchos matices y no en todos los sitios: acá domina el amarillo, allá el amarillo limón, mas allá el rojo; en todas partes se va adueñando el naranja; en las viñas abunda el morado de la uva tinta.
Los rayos de sol chocando con las hojas movidas por la brisa despiden destellos multicolores que aureolan el bosque; en los prados la hierba amarillea y, ya, asomando, brilla, la fugaz otoñada. Algún que otro pico aparece nevado y excepcionales vendimiadores, los más temerosos quizás, se dirigen con sus carros a las viñas. Todo anuncia la vendimia. Retorna la mirada al libro. Antes de hundirse en su lectura recuerda, desordenadamente, el destino de algunos reyes: Amín que muere a manos de Mainun; Dahhak encadenado sobre el Monte Demawand; Nondhar, nada mas hecho con el poder, se encierra en sus habitaciones a comer y a beber como un cerdo, sin preocuparse mas que de atesorar oro y más oro; el territorio convertido en paraíso de ladrones y bandidos; y a él claro lo matan; Mardevig, lo ciegan para deponerlo más tarde... Pensando en su amada y embriagado por el ambiente y un poco achispado por el vino se dice:
--· Unas gotas de vino del color del rubí, del color de las guindas, del color de la esmeralda o de cualquier otro color; un pedazo de pan, un buen libro de versos y tú, tú... tú, mi querida amiga, en un solitario lugar, como este, son más valiosos, para mí, mucho más, donde va a parar, que los reinos de todos los sultanes.

16.) De cuando en cuando, como un fogonazo a su conciencia, le viene a Omar Khayyam el recuerdo del platero, expulsado de su gremio, implorando a los cielos con lágrimas tan estremecedoras como el llanto ancestral de un chiíta; y entonces, solo entonces, desde su palacio expresa, a su amiga del alma, un deseo que no se le ocurre decir a los demás:
--· Querida mía, si fuera posible que el Destino nos dejase disponer del triste plan del mundo a nuestro antojo, querríamos, sin duda alguna, ¡buum!, dinamitarlo, explotarlo, reducirlo a pedazos, como aquellos rebeldes zang, esclavos que trabajaban de sol a sol en las zonas pantanosas dirigidos por Alí ben Muhammad al-Burqui.
--· Y todo esto... ¿para qué?: para hacerlo de nuevo y acorde con los deseos de los que se han movido en torno a las llameantes banderas de la rebelión a lo largo de la historia; desde Kawe, el herrero, con su mandil de cuero por bandera, pasando por Hamdam Qarmat, que, poco después de ser ahogada en sangre, la rebelión de los esclavos negros zang, ya enarbolaba la bandera de la justicia y de la igualdad entre Kufa y Wabit; hasta desembocar en mi amigo -bueno, mi amigo de antaño- el hoy considerado, por los cristianos, Viejo de la Montaña, en Alamut; este amigo, al que, por cierto, le vienen sus ideas de Hamdam Qarmat, pues al triunfar en Daylam le prepararon el terrero.

17.) Aunque parezca mentira pasé la tarde con ella; y digo eso de ‘aunque parezca mentira’ pues, ambos, nos debatíamos entre conceptos casi teológicos como el Placer y la Virginidad. Y es que, a estas alturas, hay quien medita sobre los dogmas de la religión por placer.
Nosotros, también.
Y hay quien oscila, quien se mueve, angustiosamente, como en un péndulo, entre Certeza y Duda.
Como el onagro ese, que se veía, ahí, al fondo del paisaje, por entre las celosías del seto, donde estábamos, debatirse penosamente; lo hacía entre unas jugosas hierbas, que crecían en lo alto de un lindón y, empezando a trepar hacia ellas, para comérselas, retrocedía; y el agua del río, cuyo margen tenía una cierta pendiente hasta el cauce; e inclinándose, con la intención de bajar, abandonaba su empeño de beber; y volvía al lidón; así una y otra vez: de hierbas a agua y de agua a hierbas y... vuelta a empezar.
Así nosotros, en una tarde calurosa de verano, a la sombra del emparrado, de racimos de uvas lleno, desnudos ambos, nos acercábamos y nos acariciábamos, para luego separarnos.
Pasábamos la tarde, con placer infinito, entre el Deseo y la Contención, juntándonos y separándonos; reteniendo el Hambre y la Sed.
De vez en cuando, mirábamos hacia la ribera del río viendo al burro, sin haber zanjado su dilema y... nos reíamos.
Otra vez, era yo solo quien fingía olvidar a mi amada para que mi corazón se calmara; pero era mas violenta entonces mi pasión; y no pudiéndolo resistir acercaba mis labios y mi lengua a sus labios mayores y menores que latían sin control; luego ella apasionadamente lamía mi glande y todo mi cuerpo se estremecía; así una y otra vez, juntándonos y alejándonos.
Hay que decir que solo las ideas de Chamil, y no nuestra impotencia, nos abstenía.
Empero al cabo de un buen rato, como si un ave del desierto latigara, con sus alas, nuestro corazón, comenzábamos a suspirar con violencia y con dolor.
Estábamos dejándonos la vida en el intento de darnos placer y al mismo tiempo conservar la Virginidad.
Y, como saliendo de ningún lugar concreto, sino del espacio infinito, se oyó, de pronto, a un heraldo que gritaba: -- ¡Estúpidos! ¡Mas que estúpidos! Todos esos son falsos dilemas.
De la celosía nos venía una brisa refrescante y suave. El burro dirimió por fin su problema introduciéndose violentamente en el río a beber.
Entonces nos abrazamos, riéndonos, con ansiedad, como si en ello nos fuera la vida y...

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