jueves, 23 de septiembre de 2010

Iswe Letu: Salam aleikun - Aleikun salam

Sin saber por qué se fijó en él. Lo vio por la ventana. Le pareció tan solo... En un ángulo de la plaza. Sentado en un banco de granito. Imagen que le hizo pensar en lo desvalido del ser humano tomado así, sin más ni más, uno por uno. Las técnicas de acercamiento de objetos por las cámaras fotográficas pueden describir muy bien esa invalidez. La televisión utiliza esos métodos muy a menudo para representar a la Tierra dentro del Universo infinito. La Tierra entonces es un punto insignificante. Pero si ese tomavistas sigue acercándose a nuestro planeta nos muestra campos inmensos con sus pueblos y ciudades que son apenas poco más que manchas reducidas. Y esas manchas se agrandan si el objetivo las acerca y sus habitantes nos aparecen como pequeños puntos moviéndose de aquí para allá. Punto como el que está sentado ahí, en el banco de la plaza, en un ángulo de la misma. Solo.

Pero incluso la soledad tiene sus grados. Y ésta, de éste hombre, se la imaginó en grado sumo. ¿Por qué? No sabría explicarlo.

Por lo que podía apreciar desde la ventana parecía su rostro quemado por muchos fríos y soles. Cara arrugada. Nariz aguileña. Cabello blanco. Bigote entrecano. Gafas oscuras.

De cuando en cuando metía la mano en su vestimenta extrayendo un pañuelo negro con el que limpiaba sus gafas y sus ojos llorosos. Otras veces miraba en derredor con un aire -se lo imaginó- como quien se pregunta para si qué hago aquí.

Dos niños se le acercaron. Le acariciaron. Le quitaron un gorro blanco de la cabeza. Él les pasó la mano por el pelo. Mecánicamente.

Los niños se alejaron. Corrían. Jugaban. Entonces se colocó en el banco con pose extraña. ¿Extraña? ¿Eso que quiere decir? No sabría decir el por qué le pareció asi esa postura del hombre en el banco. Pero fue la palabra que encontró para definirla. Postura rara y de desmañada elegancia. Como de señor de un lugar al que los que le rodean están acostumbrados a escucharle cuando habla. Colocado así se llevó la mano a los ojos a modo de visera como queriendo protegerse de sol, para mirar a lo lejos, al horizonte, esa línea en que, según nos enseñaban en la escuela, parece que el cielo se junta con la tierra. Inútil gesto porque allí, precisamente allí, en aquel lugar, no había horizonte... ni horizonte, ni tierra, ni cielo, solo calles, casas y coches.

Por eso es posible -pensó- que mirara esas calles, casas y coches como el que mira en torno suyo sintiéndose trasplantado de golpe a otro planeta. La tristeza entonces se volvería angustiosa desesperación produciéndole un nudo en la garganta o en el estómago. Y si no fuera por el instinto, o voluntad consciente, de seguir viviendo se hubiera hundido en la negra o blanca muerte. Porque nadie le obligó...

Aquí se pararía para recapitular o recapacitar acerca o sobre los empujones, patadas, golpes, empellones... que da la vida a los individuos como él moviéndolos a tomar decisiones que entran de lleno en lo que podría denominarse heroicidades. Si, heroicidades. No de esas que brillan condecorando un pecho militar. No. Sino de las otras: íntimas, humildes en las que la sangre vertida, si se vierte, es la de héroes como él al que nadie conoce salvo los suyos seres queridos. A veces, muchas veces, infinitamente más valiosas bravuras o hazañas que las que representan esos relucientes oropeles en guerreras y uniformes.

Los dos niños se le acercaron una vez más. Y cogiéndole de la mano le forzaron a levantarse. Mas pronto lo soltaron y continuaron con sus juegos y correrías.

Caminó por la plaza. Con un andar extraño. Lo sentía por segunda vez pero no encontraba otra palabra para definir su andadura. Con cierta elegancia y arrogancia. Eso creyó el que miraba por la ventana. Un servidor de ustedes. Con perdón, porque el sirve no es libre. Decíamos que caminaba de forma rara, quizás como si levitara. O como si no sintiera el suelo bajo sus pies. O como si en lugar de caminar volara... Se metió las manos en los bolsillos de su vestido. El viento se los movió como si quisiera espantar su tristeza. Ahuyentaba la tristeza ondulando al tiempo su caminar, su levitar, su volar... y de paso lo transformaba en una mariposa. ¿Mariposa? Raro especimen en un lugar sin horizontes. Y sin cielo, ni tierra. Y sin flor donde posarse.

Volvió a posarse... digo sentarse.

Los que pasaban, cuando lo miraban, que no lo hacían siempre, lo hacían de reojo. Estaba claro que no tenía amigos o conocidos o familiares. Nadie con quien hablar. Así la soledad es más auténtica. Cruzó las piernas. Se metió una vez más la mano en el bolsillo. Sacó el pañuelo negro. Se quitó las gafas. Estaba limpiándose los ojos, llorosos, cuando uno que pasó cerca de él, joven, fuerte, ancho de hombros, cabeza redonda, pelo corto, camiseta roja que ponía en la espalda con letras amarillas 'Yo soy español español español' (español tres veces) lo miró y le dijo:

-Maldito seas, moro.

Pero él creyó entender 'Salem aleikun' ('La paz sea contigo').

-Aleikun salam -respondió.

-Tu puta madre por si acaso, cabrón de mierda -ladró el español uno y trino.

La tristeza del sentado en el banco de granito se desvaneció en una amplia sonrisa.

Y el que miraba por la ventana, viéndolo así, con la sonrisa en ristre, en ese ángulo de la plaza, sentado en el banco de granito, supo que si una cámara o tomavistas lo gravara en ese momento lo lanzaría al aire del espectador con la dignidad de un hombre que sabiéndose pequeño en el mundo es al mismo tiempo consciente de que es El Hombre: un ser que lo controla todo.

Y tarde o temprano volverá a poner la mano, cual visera ante los ojos, para otear, de verdad, el horizonte.

martes, 7 de septiembre de 2010

José Mª Amigo Zamorano: Una persecución muy racial


Estaba echado dormitando. La mañana era soleada, suave, moderada en todo, como sueño de paraiso terrenal. Levantó la cabeza y la siguió con los ojos. Gesto que, salvando las distancias de todo tipo, había visto a unos jóvenes sentados en la terraza de un bar. Pasaban tres chavales. Uno de ellos altísimo. Y los siguieron con la vista. Como el medioadormilado a ella. Los siguieron con la vista y se quedaron cuchicheando. Los tres chavales eran moros. Nada mas. Bueno, nada más no: eran moros. Y eso en España marca la diferencia  con el resto de emigrantes. Pero seguro seguro que el que estaba dormitando no pensaba nada en ello. Su gesto de izar la cabeza se debió a un acto instintivo porque la sintió pasar. El que lo está contando, un servidor de ustedes, ha hecho un paralelismo casi absurdo.

De momento no ha notado más que eso: un movimiento de cabeza y un seguimiento hacia el femenino ser con sus ojos semicerrados, soñolientos. Nada más. Si este se fijó en ella fue también quizás, está elucubrando un servidor de ustedes, por su color; un colorido entre negro y marrón; eso que llama la gente color café con leche. 

En fin, tiene que reconocer ante ustedes que son extraños paralelismo, extravagantes asociaciones de imágenes en el momento de contarlo porque los chicos, los tres chicos moros, uno de ellos muy alto, tenían la tez blanca, eran blancos. ¿Qué quiere decir eso de blanco o blanca? Bueno, pues que no se diferenciaban lo más mínimo del común denominador racial del resto de españoles... Me paro un poco aquí porque he puesto 'racial'. Ha sido sin querer. Perdón. Ahora tengo que remediar esta metedura de pata. He pecado de antihistórico, anticientífico y contrario a lo que los ojos ven diariamente: españoles blancos, también morenos, casi negros algunos, aceitunados, rubios, ensortijados, aterciopelados y... canarios que viven cerca de África. Esto en cuanto a varones. A las hembras les ocurre el mismo variopinto color de la tez. De modo que si a las palabras escritas anteriormente se les termina en 'as'... ya está arreglado el problema, porque es el mismo pluriracial  femenino. Dicho lo cual se llega a la conclusión de que los españoles o las españolas, lo que se dice tener rasgos raciales comunes... Como que no, que cada uno es hijo de su padre y de su madre.

Esto en cuanto a lo que vemos. Si lo leemos en las páginas de la Historia vemos aparecer pueblos y más pueblos: íberos, celtas y celtíberos, que fue una mezcla de ambos, luego godos, alanos, visigodos,  vándalos, cristianos, árabes, benimerines, judíos, bereberes... También de su padre y de su madre. 

O si nos acercamos a la ciencia antropológica nos muestra bien a las claras que el origen del hombre está en el mono y nos remonta al África como cuna de la Humanidad... De modo que eso de 'racial', de común denominador 'racial', no tenía ni pies ni cabeza. 'Racial' salió desmembrada palabra. 

Y desmembrado relato el que está saliendo, el que se está convirtiendo esta descripción de la actitud de él, por el simple hecho, en el duermevela, de ir mirando hacia ella. Mas por necesidades de la verdad, un servidor de ustedes, se tiene que desviar hacia estos derroteros. Porque es que, además, cuando introducimos la palabra 'racial', que nunca la debimos de meter, queriamos decir que esas miradas de las terrazas confluyendo en los tres muchachos moros, uno de ellos altísimo, tenían un brillo... ¿para qué negarlo?... de odio. Un odio a lo que viene de fuera (que en este caso tenía el agravante de alto), un odio a la lengua que hablan (que como no la entienden le parecen ladridos), a su escritura que, aun siendo tan hermosa, a ellos le parece garabatos, odio a unas costumbres como venidas de alguna galaxia. Pero, sobre todo, un odio ancestral, odio acumulado de siglos de luchas de moros y cristianos, odio trasmitido de padres a hijos, odio del subconsciente porque, tal vez, esos que miran, no sepan nada de Historia; un odio venido de luchas fraternales durante siglos (8 siglos) por el mismo suelo, los mismos pastos, la misma agua... una lid en la se derramó sangre, mucha sangre de hermano contra hermano... En 800 años ¿quién puede decir que es puro? ¿quién puede asegurar que él era el primero en ocupar aquellas tierras?... Y más recientemente, los que quedaron, los llamados cristianos, tienen el recuerdo de que igualmente contra los moros lucharon sus abuelos y padres derramando sangre en abundancia en el Desastre de Annual; o que esos mismos moros traídos por el dictador fascista Franco llenaron de salvajadas sangrientas el suelo patrio aterrorizando a los españoles republicanos. 

Es un odio, por cierto, dificil de combatir. Y más ahora, con la crisis, porque el parado español odia al moro que trabaja. Odio que el patrono atiza, que la patronal alienta. Al tiempo que emplea al emigrante en detrimento del aborigen porque éste trabaja por un sueldo más miserable. Dentro de su inmersión en el sistema capitalista, en su rueda de la competencia, se beneficia con esa transación casi sin querer.  Como este servidor de ustedes que observando a él y a ella con toda la mirada objetiva y neutral que es, porque estos ojos míos no miran más que con objetividad, también se beneficiaria de la derrota de ella en caso de que él la atacara. Que eso está por ver. 

Y no vayan ustedes a creer que a mi me gustan ellas... ¡uf, qué asco! Asco me debe de venir de la intrahistoria porque, y siguiendo con esas asociaciones de imágenes extravagantes, o como se dice ahora extrapolándolas, recuerdo un verano en el barrio chino de Salamanca que arrendé los servicios de una joven negra, más bien café con leche, y al verle su seta, 'seta' decíamos entonces, tan rosácea en medio del pinar café con leche, me paralizó las ganas de hembra. De modo que con esto les indico que no es beneficio sexual. Aunque ahora no sabría decirles si he superado aquel racismo coñocutáneo. 

Decía antes que el patrono se ve obligado a contratar emigrantes, pero fuera de eso patrono y parado español son españoles. Y se abrazan en una bandera. Y se entusiasman con La Roja ondeando la bandera; una bandera que para unos es la de la abundancia y para los otros la de la escasez. Pero españoles al fin. ¡Ahí es na! ¡Se dice pronto: españoles!

Ahora, una vez aclarado lo erróneo de intrroducir la palabra 'racial', quería decir que a esas miradas, siguiendo el curso de los tres jóvenes moros, uno de ellos altísimo, les separa un delgado hilo de la agresión física.

Todas estas ideas se me pasaron por la cabeza al ver izar la suya a él, para ver pasar a la otra una y otra vez. Hasta que sus ojos se le abrieron del todo. Y enseñando su boca. Desperezándose. Y luego echando chispas, brillándole los ojos como dos ascuas, mirándola fijamente, se puso en pie. Dio primero un salto y a continuación corrió tras ella. Saltaba, brincaba y corría. Como ya habíamos barruntado con anterioridad. Siempre con la limpia mirada de la objetividad beneficiosa. Durante un buen rato ella huyó de aquí para allí. Pero él no se dio tregua y siguió corriendo, saltando o brincando. 

Mas las fuerzas llegan siempre a su agotamiento. Ella paró un momento. Siendo imitada por él, fijos los ojos en ese ser extraño de color marrón o negro o cafeconleche. O del color que fuese. Eso no le importaba. Su instinto le decía que no era de su especie. Y había venido a invadir su hábitat. A competir con él. No podía consentirlo ni por lo más remoto. 

¿Que estaba ella cansada? Sin duda. Por eso se había detenido. Pero él acezaba y todo su cuerpo se  conmovía. Abría la boca intentando meter la mayor parte de oxígeno en el menor tiempo posible. Pues en cualquier momento podía reanudarse la persecucuión y... o ella se iba o... terminaría con la destrucción del más debil y... y no había comparación porque... el más fuerte era él. 

El final estaba determinado de antemano. 

El mundo no es justo. No. Siempre vence el más fuerte.

Como ella reanudara su huida, desesperadamente, no por ello el perseguidor se compadeció sino que siguió erre que erre, lamiéndose los labios con anticipación mientras saltaba, brincaba y corría de acá para allá.

El desenlace se desarrollaría en pocos segundos.

El destino de ella estaba marcado en la casilla de los perdedores.

El día era tibio, agradable, moderado en todos los aspectos como sueño de un edén. La brisa corría de cuando en cuando agitando las cortinas. Respiré profundamente. 

Se barruntaba ya el dulce otoño.

Por fin él dio un salto a la cortina aprovechando que ella volvía a descansar. La boca abierta, las uñas sacadas. Dio un salto como solo un felino sabe hacer. El gato saltó hacia la mosca que, efectivamente, se había posado en la cortina. Cortina que movida por la brisa de finales de verano dejó un espacio, un pequeño resquicio, por donde la mosca huyó, volando, a la calle.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Iswe Letu: Menos que el pedo de una hiena vieja (4)

4.


Cualquier pretexto era bueno para no salir a la calle. Se pasaba todo el tiempo con su esposa, a la que contaba una y otra vez la escalada por la parte más empinada del ya mentado risco. Ella lo escuchaba poniendo suma atención en lo que decía, preguntándole, de cuando en cuando, sobre cierta parte que no entendiera del todo o que le agradara oír; como, por ejemplo: qué sintió cuando despertó después de su noche de amor, cómo tenía ella el rostro cuando la contempló antes de salir a pasear, de si estaba tapada o por el contrario dormía a pierna suelta, de si la besó o no, de si la acarició o no, y, si lo hizo, dónde la tocó y ella qué actitud tomó, tal vez se estremeció, le dijo alguna palabra, lo invitó a quedarse, o... porque no se acuerda apenas de nada, solo que le oyera entre sueños que se iba a dar un paseo. Y lo que si recuerda es que se ovilló en la cama porque sintiera que le acariciaban su 'chocho', esa fue la palabra que utilizara Beatriz riéndose, 'chocho'; con esa risa alegre y cantarina, que siempre era el comienzo de una serie de caricias y roces que acercaban los labios de ella hacia el pene del Ángel que se endurecía de repente y que a ella le producía una sonora carcajada a la que se iba acostumbrando; y que, ya, ahora, en lugar de desconcertarle, como antes, se estiraba y alargaba sus manos para acariciar los cabellos de la cabeza de ella; o bien ella ponía hincapié en que describiera el canto del halcón peregrino, su plumaje, el pico, el vuelo rápido rozando su cabeza, el peligro que pasó, en quién pensó, si pensó en ella, aunque fuera un momento, confesándole él que si, que pensó en ella, cómo no iba a pensar en ella, con lo que la quería y ella lo besaba y le daba las gracias; si bien para sus adentros se decía que, en este punto, se contradecía ya que unas veces decía que no había pensado en nadie más que en 'su pellejo', esa expresión utilizó 'su pellejo' cuando se lo contara la primera vez, pero que quizás, y apartaba esos pensamientos, no hubiera oído bien... y muchas más preguntas; al tiempo que declaraban una y otra vez amor eterno en aquellos días... nada del otro mundo en dos enamorados recien casados... de modo que así estuvieron esos días como en un nido, un nido de amor.

El cuarto o quinto día, cree, a la hora de comer, la televisión, en la segunda cadena, daba un reportaje sobre la vida de animales en la naturaleza como era costumbre; y como era costumbre un conocido ecologista narraba, con mucho detalle, los avatares acerca de la existencia del animal que hubieran programado; y un fotógrafo acercaba su objetivo al nido o madriguera del animal en cuestión; y al fotógrafo siempre le acompañaba otra persona.

El reportaje llamó la atención de los sentados a la mesa desde el primer momento por varios motivos: porque en este caso se trataba del halcón peregrino, porque los paisajes les resultaban conocidos y porque la persona que acompañaba al fotógrafo era Ángel.

El fotógrafo decía a los televidentes que, pocos días antes, le había llamado Ángel por teléfono comunicándole el hallazgo del nido del ave predadora, su intento fallido por llegar hasta él y cómo, ambos, con cuerdas, desde la plataforma del risco, conocido por esa zona como Risco del Suicida, habían llegado hasta el nido y habían sacado numerosas fotografías.

Beatriz miró a sus padres y a continuación a su esposo y exclamó:

-¡Anda, si es verdad todo lo que has contado! Mira, Ángel, eres tu.

Aquel, pensó, no podía ser él sino un monigote puesto por la televisión para rellenar el reportaje de pocos minutos. No podía ser su persona aquello que resumía en un breve instante sus inquietudes de macho en la noche de bodas, su salida del tálamo creyéndose un ser que no había dado la altura ante la hembra, porque la risa de ella cortaba de raiz sus ansias, porque la risa de ella le transportaba hacía un rincón de menosprecios y ridículos, tanto que quedó corrido y cortado por la risa de ella, o bien la risa le hacía deribar a su cerebro hacia especulaciones acerca de redes lanzadas por una hembra con objeto de ser mantenida, y, sobre todo, que su palabra valía menos que el pedo de una hiena vieja...

-Me voy a la habitación. Te espero -eso es todo lo que dijo el aludido.

Se fue rumiando la frase leída y aprendida en un libro sobre animales africanos acercándose a la conclusión de que es mejor hacer que decir. Los hechos quedan. Las palabras se van como el humo.

Beatriz desconcertada por las palabras de su esposo se quedó en la silla viendo la tele sin verla. Luego, indecisa, más que marcharse se deslizó en silencio, temerosa, y con un nudo en su garganta, donde su esposo le había indicado. Abrió la puerta y vio con sorpresa a su marido desnudo. Más salido que un garbanzal. Por supuesto, con el pene tieso. Angel la desnudó inmediatamente, nervioso, anhelante, casi con prisas, diciéndole:

-Hoy me voy a transformar en halcón peregrino. Voy a cubrirte una y otra vez para que nadie diga nada de gatillazos. Hoy van a ser otros labios, no los de tu boca, los que laman mi polla. Ponte de rodillas en la cama, cariño, te voy a joder al estilo halcón. ¡No! ¡No digas nada! Mejor así. En silencio. Las palabras valen menos que el pedo de una hiena vieja.

Aquel episodio lo almacenó en la faltriquera de su memoria para siempre. Con él llegó a la conclusión, creemos haberlo escrito varias veces, que su palabra no valía nada. Como humo. Menos. 'Menos que el pedo de una hiena vieja'. Una frase que leyó una vez en un libro, como ya hemos dicho, sobre animales africanos. Porque, aunque no era un hombre muy leído, le gustaba mucho la naturaleza y cuando su trabajo de escayolista se lo permitía leía todo lo que la biblioteca de su pueblo tenía sobre animales y plantas.

Eso, 'menos que el pedo de una vieja hiena' era el valor de su palabra, se repetía cuando lo recordaba. Aunque estuviera basada en hechos, como fue el caso que hemos narrado.
 
Otros, por lo que constató en el pueblo de su esposa, eran los dueños del valor de la palabra y la repartían conscientes de que se creería como verdad absoluta.
 
Fin

jueves, 2 de septiembre de 2010

Iswe Letu: Menos que el pedo de una hiena vieja (3)

 3.
Cuando regresó Recio de su pesquisitoria el salón de la casa estaba en silencio. Los rostros de Beatriz, de su madre y de las dos vecinas semejaban propios de un velatorio. Y los ojos de las que velaban, al abrir este la puerta, se lanzaron ansiosos pidiéndoles explicaciones. Y se las dio: lo que había podido averiguar era que Ángel estaba vivo y sin herida alguna; que al parecer si había intentado matarse, aunque él asegura que no, que había seguido a un halcón peregrino (cosa que nadie ha creido) hasta el risco del suicida y nada más; que lo misterioso del caso está en que lo vieron hablar por teléfono y que al poco tiempo se subió a un coche con alguien y que desde entonces, hace ya casi cuatro horas, nadie lo ha vuelto a ver.

Beatriz se puso a llorar, la madre acompañó su llanto, llanto al que se unieron las dos vecinas.

Este cuadro se encontró Ángel cuando abrió la puerta de la casa de sus suegros. Miró, sorprendido, todas y cada una de las caras, sin comprender nada. 

Beatriz, tras la sorpresa, se lanzó a sus brazos. El padre le reprochó a voces el disgusto causado a su hija. La madre miraba alelada. Las vecinas, temerosas de Recio, que por algo lo llamaban así, se despidieron. Ángel, en un principio, no entendía nada, por lo que oscilaban sus ojos del padre a la hija pasando por la suegra. Poco a poco fue aclarandose la neblina en su cerebro por lo que tuvo que volver a contar su historia, como ya la había contado por el pueblo, pero más pormenorizada: desde las seis o siete de la mañana, cuando salió a pasear, hasta las doce en punto que marcaba, sonoro, en esos momentos, el reloj de pared del salón. 

Y comenzando por desmintir lo del suicidio, una vez más.

-Yo no tengo por qué suicidarme. Soy feliz con Beatriz. La quiero. Y me hallo a gusto en la vida. -Pero... ¿por qué fuiste a dar un paseo tan temprano? Y recién casado. No lo entiendo. -No sé. No lo sé. Me gusta pasear. Me dcesperté a la hora de siempre. Contemplé el rostro de vuestra hija. Ta hermosa. Y no sé... me fui a dar una caminata. Tal vez a decirle a los campos, a las aves, a las plantas... lo feliz que era. El pueblo estaba en silencio. Solo un perro ladraba. Ya en corrales se oía el trajinar de los labradores. Y alguna que otra chimenea ahumaba. Comenzaba debilmente a amanecer. Y andando andando, no sé, llegué al pinar. Los pájaros se desperezaban. Se oía bullicio entre las ramas de los árboles. Un halcón peregrino cruzó el cielo. Lo conozco desollado. Me gusta ese animal. Y seguí su vuelo con la vista hasta donde se posó. Me adentré en el pinar llegando hasta el Risco El Suicida. Allí tenía su nido. El Risco es imponente. Había oído hablar de él, pero una cosa es eso, que te lo digan, y otra muy distinta verlo. Sobrecogía. Tan alto. Di una vuelta entorno a él. Subí por una parte, la del oeste. Por allí la subida facil. Cuando llegué arriba comprobé que el nido se hallaba en la parte este y que por donde había subido no podía alcanzarlo. Volví a bajar. Brincaba de roca en roca como un mono. Me encontraba a gusto, muy a gusto. Era feliz. Poco más les puedo decir. Por la parte este se podía llegar justo hasta el nido. Pero por esa parte la pared caia a pico. Era pura pared. Observándolo bien hallé que tenía numerosa grietas y salientes y que podría salvar el obstáculo. Lo había hecho en otras partes. De modo que emprendí la subida por esa pared rocosa. Poniendo todo el empeño de que era capaz. Y más. La alegría me salía por los poros del cuerpo y del espíritu. Después de un rato de subida, tengo que decirles, comencé a notar que me faltaban las fuerzas. Paré un rato. Miré hacía el nido y aun estaba lejos, por lo que decidí abandonar el empeño. Mas cuando cuando me disponía a descender miré para abajo: ¡Jesús! ¡Casi me mareo! Demasiado lejos del nido y del suelo. Además me entró un cierto miedo:  bajar no se podía. Solo tenía una alternativa: subir, la cima estaba mas cercana. A no ser que quisiera matarme bajando...

-¿Y lo querías?... -apostilló Recio.

-Otra vez con eso... ¡Qué no !... ¡Joder!... ¿Me deja continuar?...

-Perdón. Sigue sigue.

-Y no, no quería matarme pero...

Miró a su suegro. En el rostro vio reflejada la incredulidad. Pensó que era inútil continuar porque su palabra era como humo... Valía menos que humo... 'menos quizás que el pedo de una hiena vieja'. Frase que leyó en un libro sobre animales africanos y repetía a menudo para indicar el poco aprecio que se tiene por una cosa.

-Me voy a duchar. Lo necesito -dijo interrumpiendo su relato.

... y ya en la habitación recien duchado le contó a ella aquel miedo que le entró al mirar para el suelo por lo que se vio obligado a seguir trepando pared arriba sin ocurrírsele por nada del mundo volver la vista abajo que por otra parte en el abajo ya solo se veía pinos y tiene que decirlo en esos momentos no se piensa ni en esposa ni en padres ni en nadie ni en nada solo en salvar el pellejo que estaba en peligro cierto de rasgarse para siempre y que cuando vio el nido más cerca casi al alcance de la mano lo que menos pensó era en el nido pues su mente estaba invadida por la idea fija de llegar a una plataforma que a la parte de la derecha se veía a pocos metros aunque se alejara del nido del halcón peregrino al notar que se le agotaban las fuerzas y que si ocurría eso era su final y que ese pensamiento esa  plataforma le insufló fuerza optimismo valentía para seguir  y entonces en esa preciso momento el halcón peregrino que estaba acechando hizo acto de presencia en un vuelo rasante que casi lo hizo desprenderse de la roca y caer al vacío y ¡joder desde casi cuarenta o cincuenta metros! empequeñeciósele el corazón lo que produjo un movimiento decidido por agarrarse a las rocas con más fuerza lo que hizo metiendo sus dedos en unas grietas con la fuerza de la desesperación y desde allí descubrió que poco más hacía la derecha en dirección a esa plataforma salvadora había un arbolito y  que pensó cómo podría llegar hasta su tronco porque si lo lograba treparía por el tronco cuya cima daba casi a un saliente que tenía algo de tierra y desde allí a la plataforma había calculaba unos pocos metros fáciles de escalar y eso hizo si bien antes el predador peregrino volvió a asomar su vuelo peligroso en varias pasadas aunque con menos peligro porque ahora se hallaba ojo avizor y cuando veía aparecer su pico ganchudo apretaba su cabeza casi ocultándola entre las rocas en el hueco de ellas y el halcón no lograba alcanzarlo a riesgo de romperse la crisma en la roca y que quería decir que fueron pocos escasos metros y pocos escasos minutos en el tiempo hasta subir conquistando la plataforma pero que a él esos metros y minutos le parecieron infinitos de tal manera que cuando arribó a la dichosa plataforma nunca mejor dicho dichosa se sentó apoyando su espalda contra la pared de una roca y allí estuvo un rato largo hasta que logró aquietar sosegar tranquilizar su cuerpo y su alma y que podía dar fe constatar que ambos cuerpo y alma lejos de querer quitarse la vida habían hecho esfuerzos sublimes para consagrarla...

-¿De verdad, cariño?

-Esa es la realidad.

Su mujer le acarició el pecho recostándose la cabeza en él. Ángel mientras tanto acariciaba su pelo. Beatriz movió su cabeza y con la lengua le lamió un pezón haciéndole estremecerse visiblimente: se le puso la carne de gallina. -¿Te gusta? -Si -respondió casi tímidamente. -¿No estarás quejoso de mi? 

Ella paseó su mano pecho abajo hasta llegar a su pene y testículo. Arrimó su boca y le comenzó a lamer el miembro que se endurecía a ojos vistas. -¿Te gusta hacerme esto? -preguntó Ángel extrañado porque no había visto nunca hacer semejante a cosa a una mujer. A una mujer nunca. Si a los hombres. O a los niños. O a los animales. Pero a una mujer... -Bueno... Tampoco me disgusta. Es suave a los labios como un helado de fresa. Agradable.

Y se echó a reir. Sorprendiéndole a Ángel la risa de ella. Y esa sorpresa no pasó desapercibida a ella que después de lamerle el glande lo miraba sonriendo. -Verás... no te mosquees... es que me hace gracia ver como se te empina cada vez que te la chupo. Y volvió a reirse. -Si no te gusta no tienes por qué hacerlo. -Lo que quiero es que estés contento. Que no sufras por mi...

No recuerda ahora cuantos días estuvo en casa de sus suegros hasta volver a su pueblo. Menos de cinco. En esos días tuvo que contar su aventura del halcón peregrino muchas veces. Generalmente la narracción empezar así:

-Anda, Ángel, cuéntanos lo del pajarraco ese -le animaba uno. 

Luego el círculo de oyentes prorrumpía en sonoras carcajadas antes de comenzara a hablar. Y al final siempre los mismos comentarios sobre el gatillazo y sobre el suicidio del anterior marido de Beatriz, su esposa.

Hasta que un día le animó a narrar su ascensión al Risco El Suicida un individuo que, estaba seguro, ya se lo había contado días antes. Entonces se fijó en su cara burlona mientras hacía alusión a la impotencia del primer amante de su mujer. De repente Ángel le dijo:

-Si... Eso... Eso debe de ser tremendo para la hombría de un recién casado.

Y se levantó dejándolo con la palabra en la boca.

Marchó a casa de sus suegros y no volvió a salir a la calle.

(seguirá)

martes, 31 de agosto de 2010

Iswe Letu: Menos que el pedo de una hiena vieja (2)

2.

Beatriz, la hija de Recio, abrió los ojos cuando ya los rayos de sol entraban con fuerza por la rendija de la persiana. Se sentó en la cama. De pronto se dio cuenta que estaba casada. Recién casada. Miró al otro lado de la cama y al no ver a su marido se alarmó. Angustiada, por unos instantes, recordó que hacía justo ahora cinco años le ocurrió lo mismo con el primer marido y que, al poco, le comunicaron su muerte. Pero enseguida advirtió que, medio dormida, Ángel, su nuevo marido, le había dicho que se iba a dar un paseo. Le pareció normal porque le gustaba muchísimo el campo, la soledad de los campos, el andar entre los pinares, la observación de los pájaros y las plantas. Además, su comportamiento, como macho, había estado a la altura que, según ella creía, debía  de tener un hombre de pelo en pecho. Había gozado y él, eso es lo que ella creyó, terminó satisfecho. Se lo vio en la sonrisa que le esbozó antes de dormirse. Podía constatar, para más señas, que la había penetrado hasta... Y al pensar en esto llevó sus manos a la entrepierna, comprobando así que no soñaba porque tenía todo el entorno de sus órganos genitales dolorido y no tenía bragas. Se estiró en la cama. Colocose boca abajo restregándose con las sábanas imitando el movimiento de la cópula. Luego se quedó quieta. Gozando del momento. Mas como sintiera algo, quizás una voz más alta que lo habitual, saltó de la cama, se vistió y salió al salón donde se oía hablar. Al verla, su madre, su padre y dos vecinas se callaron.

-¿Qué pasa? -preguntó al observar el silencio repentido. -No, nada... Siéntate hija -respondió su madre a la que se le apreciaba una cierta inquietud. Beatriz enseguida se sintió transportada hacia otros momentos aciagos de su vida. -Algo ha ocurrido. ¿Le ha pasado algo a Ángel? -No, no no -insistió su madre. -¿Cómo que no? -dijo Recio, su padre, que no era amigo de esconder los problemas con negativas. -¡Ay, Dios mío! Me lo han matado -asi se expresó la recién casada que vio su vida desgraciada de nuevo. -No hija. Eso no -volvió a negar su madre. -Dicen que ha querido suicidarse -atajó la brutalidad de su padre- Al parecer se volvió atrás en su propósito. -Lo vieron venir del Risco El Suicida herido, sucio y con los vestidos rotos -completó una vecina. -Bueno, herido, lo que se dice herido, no -matizó la otra vecina. -¡En qué quedamos? -voceó Recio que no entendía de dobles versiones de hechos que los ojos pueden relatar con todo lujo de detalles y máxime siendo a esas horas de la mañana que la luz del sol reina con toda su potencia. -Unos dicen que si y otros que no -sentenció tímidamente una de las vecinas.

A Beatriz se le ponía los colores y se le quitaban de la cara a oleadas. No entendía esas contradicciones a no ser que respondieran a un hecho luctuoso y que quisieran prepararla para recibir tan dolorosa noticia como fuera la muerte de su Ángel. ¡Qué desgracia la suya! No le duraba la felicidad apenas nada. Para salir de dudas se dirigió a la puerta de la casa.

-¿Dónde vas? -le preguntó su padre impidiéndole llegar hasta ella. -A buscarlo. A ver que han hecho de mi marido. -¡Tu te quedas aquí! Ya voy yo -resolvió autoritario su padre.

(seguirá)

lunes, 30 de agosto de 2010

Iswe Letu: Menos que el pedo de una hiena vieja (1)

 1.
Aquel episodio lo tiene gravado para siempre. Y ese episodio le hizo ser muy muy callado, sopesando cada palabra que decía como si le costara un triunfo abrir la boca; o pensara que no valía la pena mover los músculos de esa abertura de la cara para resultado tan pobre como era el que una vez despegadas ambas carnosidades de la boca se juntaran a los pocos segundos; y precisamente por eso le daba poca trascendencia a lo que decía, pues pensaba que valía menos que el pedo de una hiena vieja.

En fin como no sabemos si se han entendido, convenientemente, las anteriores palabras, narraremos los hechos tal y como sucedieron. Pero antes reconozcamos que, para muchos de los habitantes de aquel pueblo, para la inmensa mayoría, los hechos resultaron extraños y muy difíciles de creer. Y tal y como él insistió en contarlos, la verdad, daba toda la impresión de ser eso, un cuento.

Empecemos: A primeras horas de la mañana de un día de verano entra por una calle, que desemboca en la plaza del pueblo, un hombre joven, moreno, de cara alargada, nariz aguileña, sudoroso, algo cansado, con un pantalón negro de domingo, todo polvoriento, una camisa blanca, manchada y rota, y se dirige, decidido, a una cabina de teléfonos.

Algunos madrugadores que a la sazón se hallaban esperando la apertura de un bar que rezaba en su rótulo Bar La Plaza lo miran extrañados. En los pueblos cualquier individuo forastero que aparece de improviso atrae la atención y más con aquella apariencia. Y las preguntas no tardan en llegar entablándose una conversación que dura todo el tiempo del mundo y del ultramundo hasta que terminan sacándole punta aguzando el lapicero del cerebro. Y en este caso la chispa del extraño prendió en los mirones que enseguida se interrogaron acerca del personaje que había hecho su aparición en la plaza como un rayo extraño en el cielo sereno del amanecer de su pueblo: -Ese, ¿quién es? -preguntó uno. -No lo he visto en mi vida -respondió otro.

Mas uno de los espectadores de ese espectáculo mañanero, que nosotros nos atreveríamos a calificar de la mar de corriente, les fue sacando de dudas mostrándoles quién era el mozo que hablaba en la cabina de teléfonos... -¿No lo conocéis? ¿De verdad? -Pues no. No lo conocemos.

Primeras preguntas por parte del interviniente que le hicieron comprender que, de verdad, y no de coña, los otros que le escuchaban efectivamente desconocían al mencionado invasor de la plaza de su pueblo -Pues, es Ángel, el marido de la hija de Recio. Así se llama. 

Al nombrar a la hija de Recio la atención o el interés momentáneo se desvió del personaje extranjero aparecido de improviso hacia la hembra citada y su recio padre -¡Coño! ¿Se ha casado Beatriz? No lo sabía. -Claro, no vas por la iglesia.

Puede que el que no esté familiarizado con las costumbres de los pueblos o de la santa iglesia católica apostólica y romana les sorprenda el engarce del desconocimiento del casorio con no visitar una iglesia, pero es el caso que la vida espiritual es regida por la dichosa iglesia y el hecho de querer  juntarse dos que desean vivir unidos en pareja los tiene que uncir, como los bueyes, la coyunda de la santa madre iglesia y para que el mundo sepa de esa coyunda, para que se entere, en los templos católicos se anuncia el casamiento de los amantes con varios semanas de antelación ante los feligreses que son generalmente la mayoria de los habitantes del pueblo. La mayoría. Porque siempre hay alguna oveja negra, descarriada, (para mayor honra de la negra o descarriada) que se sale del  común y se atreve, osa, desafiar esas costumbres y vive rebelde a los inquisidores sacerdotales.

-Es verdad. No voy por allí. Me dan repelús las iglesias. ¿Y cuándo fue la boda? -Ayer. Yo fui invitado.

Entonces, ante ese ayer categórico y cercano día, aunque pasado muy presente, surgen las preguntas, más preguntas y más lógicas; muchas de ellas salidas de los órganos genitales de jóvenes, porque eran jóvenes, los cuales oyentes de un ayer que es casi en este momento y como momento que no da tiempo a nada cuando se está deseando todo; salidas, si, de jóvenes berracos, tal vez; y jóvenes de pueblo; pero que, cuando la sangre hierve, hierve aquí y en París y lo que no se entiende no se entiende  -¡¿Ayer?! ¡¿Y en vez de estar encamado viene del campo?! ¡¿A estas horas?! Y además del lugar de donde ha venido. No sé... No sé... Aquí hay busilis. Lo digo yo: busilis. -Ya sé lo que estás pensando. Lo mismo que yo -se atrevió a decir otro. -¡Ojo! Que no es pensar mal. No lo conozco de nada. Pero venía del mismo risco y... - De allí venía sin duda. -¡Hombre! Puede haber ido a pasear por el pinar... -lo excusó el que dijo haber ido a la boda.

Excusa que provocó la risa de los otros. Tan sonora risotada hizo que varios que acudían al bar preguntaran el por qué de tanta alegría. Y en ese momento salió el tal Ángel de la cabina y el que había ido a su enlace matrimonial, separándose del grupo, se dirigió hacia él saludándolo. -¡Eh, muy temprano has dejado sola a la mujer. -Pues si. Me desperté y como estoy acostumbrado a madrugar, salí a dar un paseo. Me gusta. -Ya ya... Claro... Te gusta... -se quedó en suspenso sonriendo- Y... por el camino te has caído.-¿Por qué dices eso? -¿Por qué? Que por qué... ¿Tú te has visto? Mira como vienes...

Sorprendido miró y remiró sus vestidos reconociendo que estaba hecho un adefesio. Se sacudió el polvo de los pantalones y al ver su camisa rota dijo:

Qué desastre, hasta la camisa! Bueno... verás... a lo mejor no te lo crees... la verdad es que... paseando oí a un halcón peregrino... miré al cielo y vi que se dirigía hacia un risco... -¿El Risco del Suicida? -Ese, ese... Allí tenía el nido. Di vueltas al risco pero solo se llegaba al nido por la parte del talud. De modo que comencé a gatear... -¿Comenzaste a subir? ¿Por la parte más empinada? -replicó incrédulo- Muy peligroso, ¿no? -Y tanto... Subí, subí y subí... Mas  como tardaba mucho en llegar me arrepentí. Y decidí bajar. Pero... ¡hostias!... cuando miré abajo me dio miedo: estaba muy arriba del suelo. A si que no tuve más remedio que seguir trepando hasta llegar a la plataforma y... Bueno, me tengo que ir. Otro día hablamos.

El recién casado se alejó por una calleja, al fondo de la cual torció a la izquierda.

Cuando el invitado a la boda se unía al grupo de madrugadores del Bar La Plaza Ángel entraba en otro bar cercano a la casa de los padres de su mujer y se puso a conversar con los pocos parroquianos que, a esa hora, estaban allí y que conocía por ser amigos de Recío, su suegro; tuvo que responder a sus preguntas curiosas contándoles el seguimiento que había hecho al halcón peregrino.

Pronto la gente fue atando cabos e inmediatamente se fue corriendo por el pueblo que el marido de la hija de Recio se había intentado suicidar. Afortunadamente, en el último momento, se había arrepentido. Pero con todo y con eso estaba herido, pero vivo...

No así el primer marido de Beatriz, todos lo recuerdan, que murió una mañana temprano. Se habló mucho de ello y de los motivos. Sobre todo del posible gatillazo. Eso lo trastornó. Lo cierto es que se subió al Risco El Suicida y desde arriba se tiró. 60 metros. Murió instantaneamente.

... y un viejo en el bar le reflexionaba a Ángel diciéndole que qué habría ganado con ello pues nada te lo digo yo porque mira ahora ella es tu mujer se ha casado contigo y es que un gatillazo lo tiene cualquiera se bebe y mucho y eso que parece que a uno le da más potencia es todo lo contrario y se baila se baila hasta altas horas es agotador y luego uno no puede y es natural ¿por eso matarse? no merece la pena te lo digo yo que ya he vivido años muchos años y hasta la mujer y los hijos se me han muerto pero yo continúo aquí dando la matraca y mira también tuve tentaciones de suicidarme pero lo pensé mejor y me dige no merece la pena no señor no merece la pena la muerte que venga si pero cuando quiera hazme caso de modo que te digo que si que has hecho bien muy bien la muerte que venga cuando tenga que venir pero ¿por un gatillazo? ¿morirse por un gatillazo? ni hablar ni hablar del peluquín la valentía la fortaleza es seguir...

Así le razonaba el anciano a Ángel y por más que le asegurara que él no tenía nada que ver con el antiguo marido de su esposa, que no había tenido ningún gatillazo, ni, por supuesto, había ido a quitarse la vida a ningún sitio, su acompañante de mesa, seguía erre que erre sermoneándolo.

Esperaba a un amigo, si no ya se hubiera ido del bar para no aguantar la cantinela del viejo. Por eso se hubiera ido y porque, bueno, además, habían entrado muchos del pueblo y observó que las miradas convergían en ellos dos y cuchicheaban.

-¿Por que nos miran? -No nos miran. Te miran a tí -le respondió el anciano. -¿Qué pasa? ¿Tengo monos en la cara? -No te enfades. Te miran y se acuerdan del suicidio del otro. -Pero cómo tengo que decir que... -se paró porque de repente pensó que sus palabras tal vez, para ese viejo, valíeran menos que el pedo de una hiena vieja.

En ese momento llegó la persona que esperaba y se marchó apresuradamente del bar. Le estaba fastidiando ya todo lo del antiguo marido de su mujer.


(seguirá)


jueves, 19 de agosto de 2010

José Mª Amigo Zamorano: El, Ella y El Otro (y 8)

8: Los pelos en el puño


Iba por la calle El balanceando su bolsa de verduras como si exibiera un trofeo, al tiempo que movía su cuerpo como un mono, la cabeza erguida. Frente a él, a pocos metros cerca de su casa, venían una madre, a la que conocía, y su hijo. El niño lo apunta desde esa distancia y le dice a la progenitora:

-Mamá, un hombre.

Él se dijo para sus adentros que si, que era un hombre.

El niño vuelve a insistir:

-Mamá, mira ese hombre.

Entonces a Él le extrañó que el niño pusiera tanto empeño en que la madre mirara. Y pensó que no tenía nada de particular para que la criatura redoblara sus exigencias a fin de que la señora tuviera que fijar su mirada en su humilde persona.

El niño esta vez agarrándose a las faldas de su madre exclamaba:

-¡Mamá, mamá! Mira al hombre. Tengo miedo.

-Adios El -lo saludó la mujer.

-Adios -le respondió el de la bolsa.

-Mamá, ¿lo conoces? Me da miedo.

Le resonaba en sus oídos la conversación cuando El entró en casa. Ella aun tenía los pelos del gato en la mano. Mano que apretaba sus órganos genitales. Cerró el puño y apartó su mano de la entrepierna. Su marido dejó la bolsa encima de la mesa del comedor. Miró a su mujer. Y viéndola así, con la blusa pegada a su piel por el sudor, los pezones puntiagudos, le entró una comezón, un desasosiego, una inquietud... De modo que fue a sentarse en uno de los sillones echando al gato que marchó azuzando y se despatarró.

Ella observó el color de la bolsa de plástico y le dijo sorprendida:

-¿Dónde has comprado las verduras?

-Donde tu novio.

-Ya empiezas otra vez.

-Mi dio de repente por comprárselas al verdulero.

-Pero ya te he dicho que no quiero que vayas por allí. Es muy caro...

-Me las ha regalado.

.No te lo creo.

-Ha dicho que te diera recuerdos. Aun te quiere.

-Tu que sabrás si...

-Anda, ven acá, cariño.

¡Ah, cariño cariño! Sabía lo que quería decir eso de 'cariño'. Como siempre. Y se volvía violento si se negaba. De modo que se acercó a Él. Tenía ya el pene entre las manos que para eso si le servían. Ella estaba, en cierto modo propicia para la cópula, pues con su excitación se le había humedecido la vagina. El le levantó la falda, le bajó las bragas y la penetró sin más prolegómenos. Ella le pasó los brazos por el cuello y ladeó su cara a la derecha por no verle la parte izquierda rechiseca, el labio torcido y el ojo hundido y pequeñito.

-¿Qué, te gusta así? -le dijo Él empujando su pene.

-Espera, espera. Hazlo poco a poco.

-¿Así?

-Si. Así. Así. Con cuidado.

Separó de El la cara y lo observó. Luego se fue acercando poco a poco. Los pelos de la melena de Ella se acercaban a su cara. Entonces lo abrazó. Y empujo su monte de Venus hasta pegárselo a los pelos de su marido. Notó que el pene de El se endurecía. Y empujó y empujó y empujó... Su cuerpo (el de Él) se revolvía, se agitaba y cuando más se revolvía y se agitaba más se le endurecía el pene provocándole a Ella una viva excitación, un gozo nunca sentido.

-Me ahogo -se le oyó a El decir.

-¡No, por favor! ¡Ahora no! ¡Joder! ¡Aguanta! -Y siguió moviendo su cuerpo contra el del marido. ¡Qué gozo, qué placer! Ellá, era, ahora, quien dirigía, y profundizaba o se quedaba en la superficie quitando lastre. A su servicio. Regía los tiempos sin ser consciente de ello. Dejaba deslizarse esa cosa que no sabría describir... como una lengua suave, cálida y dura... que quería aprisionar para que no se moviera, pero que, no obstante, quería que se fuera, y resbalaba, resbalaba, resbalaba... y Ella se iba, con eso, por un tobogán... que angustiaba y producía, al mismo tiempo, un placer infinito... esa cosa, a cada embestida, se alargaba, se adentraba más y mas y mas...


-No puedo más. Me ahogo -repitió empujándola de si.

Obligada a separarse de El contempló como temblaba el cuerpo de su esposo. La cara roja, casi amoratada. Aliviado, sin duda, del ahogo había cerrado sus ojos, mientras acezaba con la boca abierta. Su pecho subía y bajaba rapida y violentamente.

-Me he visto morir -dijo con voz temblorosa- A lo mejor... eso es lo que querías... que me muriera... ¿No?...

-Por favor, no me digas eso. Me ofendes. Y quien tenía que estar enfadada era yo que me has dejado con las ganas...

-Si muero te podrías ir con el verdulero que tiene buenos dineros.

-No sigas con eso, por Dios te lo pido.

-Dejarías así de ver mi cara monstruosa. Y joderías con gusto con El Otro. Bien sé que eso es lo que piensas. Si follas conmigo es porque te mantengo.

-No me atormentes más -dijo ella llorando.

-Eres una verdadera zorra. No has dado palo al agua en tu vida. Otras parejas trabajan los dos y tienen coche y piso y van de vacaciones y... nosotros... nosotros... no tenemos ni donde caernos muertos -A El cada palabra que salía de su boca lo iba enfureciendo más y más y apretaba los puños- ¡Quítate de mi vista! ¡Hostias! ¡Me das asco!

Ella, arrodillada ante Él, con el pene aun en su vagina, se sentía ofendida e indignada; la cara se le puso roja, apretó los puños también Ella y... Y notó algo en su mano. Abrió los dedos: eran los pelos del gato. Los miró. Lo miró a Él. Giró la vista en derredor: toda la casa estaba en silencio, las persianas bajadas...

En la semioscuridad de esa mañana calurosa brilló un relámpago, sonó un trueno que hizo retumbar toda la casa y comenzó a llover golpeando las gotas en los cristales. Tenía que terminar así, en tormenta, estaba previsto: el cielo se había ido aborrascando.

Fue una mañana de calor, pero de calor 'sahariano', cuando, digámoslo así, sucedió aquel 'accidente tormentoso'.

Ese vocablo 'sahariano'... lo hemos dicho ya... pero lo volvemos a repetir, lo tomamos del escritor Eusebio García Luengo. Lo usaba cuando quería describirnos el calor de Madrid. Y a continuación decía que él nunca había estado en el Sahara. Nosotros tampoco. Pero su influjo era patente.