viernes, 6 de abril de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam 29


29

Al-Jalil tenía clavado en su corazón la tristeza de Fátima, su compañera. Cuando iba llegando a casa se preguntaba si le habría ocurrido algo. La veía languidecer y envejecer. Lo había hecho varios años en poco tiempo. A veces se preguntaba si habría hecho bien alejándola de su mundo. Y no estaba seguro de la respuesta.

Habían venido de la ciudad cuando se le quebró a ella la voz. Fue una tragedia hasta en el escenario. Desde entonces no volvió a cantar.

¡Cómo cambian las cosas! Formaban, antaño, un dúo muy bien compenetrado. Eran vitoreados y aplaudidos cada vez que actuaban en plazas, mercados, teatros... incluso en palacios de personas de la nobleza. En todos los lugares fueron admirados. Y sentían parte de ellos mismos los saludos, los abrazos, los aplausos, las felicitaciones, los agasajos...

Pero aquello se acabó; y de repente: un día en un mercado se le rompió el hilo musical que hasta ese momento había salido limpio y potente de su garganta. Lloró ante el público y en casa. El intentó consolarla pero… en balde… no levantaba el animo… al revés… cada vez se hundía más.

Por eso decidió apartarla del ambiente; tal vez, al no ver los rostros de las gentes, al no ver las calles, las plazas... que la vieran triunfar, se le olvidaría su anterior vida, rehaciendo otra nueva.

No había servido de nada. Se mustiaba como las flores a pasos agigantados. Y se le agriaba su carácter.

Era, a veces, casi inaguantable.

De modo que, aunque él la quería muchísimo, demoraba la llegada a casa y se salía pronto de ella; entre la bodega que había comprado y la tertulia de los amigos, con Omar a la cabeza, pasaba los días.

Y las Rubayatas que, de cuando en cuando, Omar Khayyam les leía, eran un bálsamo para su vida; precisamente, una de ellas se la dedicó a él; era, como todas, de valor universal pero él la personalizó pues parecía que la había calcado de su vida; decía así:

--Por desgracia, el tiempo, inexorable, va fluyendo. Lo vemos por los estragos producidos en las cosas y los hombres; y si no, decidme, por ejemplo, ¿qué fue de Bagdad y de Balk?... Y es que un leve roce puede destruir a la suave y delicada rosa. Bebe, amigo, bebe, y, al contemplar las miles de estrellas que brillan, allá en el firmamento, medita en las culturas que se tragó el desierto.

jueves, 5 de abril de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam 28

28

Pasa los dedos de su mano, por las hojas que tenía la primera cepa de la viña por donde entró; los sarmientos se arrastraban, alargándose, delgados y nudosos, cubiertos de hojas; algunos racimos, acá y allá, del sarmiento, con su peso, lo acercan aún mas a la tierra; cerca del tronco de la cepa, los racimos, se espesan, arrimándose a él protegidos por las hojas.

Coge un racimo, sin arrancarlo; lo sostiene en la palma de la mano, con cariño, como el padre hace con su hijo recién nacido. Prueba una uva. Aún está en agraz. Pero ya va notando el paladar, entre lo agrio, lo dulce.

Buena cosecha para la vendimia. No habrá toneles suficientes en las bodegas. Y un buen vino se alcanzará en la cuba.

--En los campos brotó la vid; las filas de cepas cubrieron por doquier llanos y colinas; brillaban al sol, moradas o doradas, las uvas; desde entonces, yo, como hombre, de todo tiempo y lugar, me vi prendido de su olor y ungido por su esencia.
Se adentra en la viña. En algunos lugares es tan frondosa que casi le cubre. De pronto se tira en la tierra queriéndola abrazar. Se retuerce, tumbado en ella, todo lo largo que es. La coge entre sus manos. La besa. Quiere abrazarla. Luego se da la vuelta y, mirando al cielo limpio, azul, purísimo, se sumerge en él como el sediento en el agua.

--¡Escuchad!, ¡oidme bien, amig@s! Aunque se ría de mi el Derviche, por mi facha de campesino desaliñado y torpe, sin embargo, con mi metal plebeyo, puedo hacerle una llave con la que pueda abrir, el almacén donde se guarda el ánimo; la necesitará, no acbe duda, cuando aúlle su alma, aterrorizada, en los primeros peldaños de la cuesta que inicia el ascenso: el último repecho del tramo postrero.
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Tengo derecho a un alto:
La Zamba Del Riego, de Quilapayún

Composição: Armando Tejada Gómez - Óscar Matus

Por el guaymallén
El duende del agua va
Llevando una flor
De greda y dulzor
Que despertará en el riego
La voz vegetal
Del huarpe que está
Dormido en su paz mineral.
Se va tu caudal
Por el valle labrador
Y al amanecer
Se oye, padecer
La pena del surco ajeno
Verano y rigor
Va de sol a sol
La sombra del vendimiador.
Dorada zamba del riego,
El agua te cantará
Cuando ande en la voz
Del vino cantor
La vendimia de mi pueblo
Y suba un rumor
De acequia y canción
Por el rumbo agrario del sol.
Solar regador
Tonada del totoral
La luna rural
Te ha visto regar
El sueño de mis abuelos
Y luego entonar
Con el regador
El vino sufrido del peón.
Canal fundador
Algún día bajarás
Trayendo en tu voz
De menta y cedrón,
Tonadas de vino nuevo
Y entonces te irás
Conmigo a cantar
Cogollos de amor y de paz.

martes, 3 de abril de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam


Un padre como dios manda

Por la calle corta de nuestro pueblo, que más parece un callejón, esa que llaman 'Abrazamozas', cuyas paredes muestran nuestra historia por los diferentes materiales con que ha sido construida -se explicaba Al-Jalil- el barro pardo, el ladrillo rojo, las amarillentas piedras areniscas carcomidas o los mas recientes de bloques de hormigón cenicientos... viene, en la tarde sofocante del verano, un hombre, gafas oscuras, ya entrado en años y que porta, en la mano derecha, una garrafa y, en la izquierda, una bolsa.

Desde una calleja transversal alguien le grita:


-- ¡Hatamí!, ¿dónde vas con la calor que hace? ¡Te vas a achicharrar, hombre!

-- Pues mira, Al-Jalil... a la bodega. Allí se estará bien –responde a voces sin pararse.

-- Ya se ve que viene tu hijo de vacaciones.

-- Así es. Bueno, Al-Jalil, hasta luego. Perdona que no me entretenga, pero, por Alá el Misericordioso, hace tanto calor…

Hatamí que decía que iba a la bodega, ya sabéis, es de pequeña estatura, regordete; y lleva un turbante de color gris, faldón gris, camisa gris y zapatillas grises. Todo gris. Hasta su expresión era gris, menuda, tímida. Pero... por dentro ¡ah, por dentro! estaba arcoirisado, radiante, exultante.

Tan alegre que se salía de si. Era verdad que había pasado parte del invierno y toda la primavera deprimido. Una desazón, un desasosiego, le había carcomido la moral hasta casi derrotarlo. Afortunadamente... eso había pasado. Su hijo vendría de vacaciones dentro de unas horas (tres escasas, pensó) y como, nada más bajar del coche, le gustaba ir a la bodega... iba a poner el candil, preparar la mesa, colocar unos chorizos en ella, sacar unas guindillas avinagradas de la vasija de barro... Llenaría la garrafa de vino para llevarla a casa y darle unos litros a Fátima, la mujer de Al-Jalil, que soy yo, que tan bien se portaba con él; luego enjuagar dos jarras de vino y llenarlas... Pero no, las jarras las dejaría que las llenara él, su hijo, ¡faltaría mas!... Le gustaba retorcer la espita para que se oyera el chirrido que producía al rozar con el canuto de la cuba... y, cómo no, el ruido del chorro del vino al salir de la cuba y dar en el fondo de la jarra. Recordaba que solía decirle:

--Padre, ¿se da cuenta cómo va cambiando el sonido a medida que se llena la jarra?

Tapaba el agujero. Acercaba la jarra a la nariz y aspiraba exclamando:

--Esto es fluido de dioses, padre. Y la espuma, el adorno. Pétalos blancos para que no se vaya la esencia. ¡Divino!

Llegó a la puerta de la bodega. Sacó la llave. Abrió. Se pasó la mano por la frente.

--La verdad: calienta de cojones.

Tenía razón el Hatamí. Miró alrededor. Algunas plantas habían crecido a los lados de la puerta. Entre ellas varias de diferentes cardos. En la parte norte había musgo medio seco.

Olía a humedad y a vino. Los peldaños de la bodega estaban un poco resbaladizos. Tuvo que agarrarse a un saliente de la pared para no caer. Reconoció que ya no estaba en condiciones de bajar con la rapidez de antes a la bodega; que tenía que andarse con cuidado; eso sí: un sacrificio por los hijos siempre se hace; pero con tino, sin pasarse de rosca no vaya a chirriar como la espita.

Bien sabía él que ese resbalón se debía a que había perdido mucha agilidad en esos meses que le duró la depresión. Apenas había salido de casa. Pero ya estaba curado. Y no iba a dejar que por un pequeño traspiés se hundiera otra vez en el abismo, en esa bodega oscura y tenebrosa que había sido el obsesivo recuerdo de su esposa muerta y del hijo trabajando lejos del lar paterno. ¿Qué diría su hijo si lo viera decaído?... Y su nuera... ¿qué impresión se llevaría?... Por cierto... ¿cómo sería?... Una hermosa hembra, sin duda. Y cariñosa como la madre que había parido a su hijo. No pudo reprimir unas lágrimas al recordar a su esposa.

Siguió bajando peldaños hasta llegar a la plataforma donde se podían apreciar, débilmente, arrimados a las paredes, cubas, garrafas, botellas y vasijas de barro. Todo un poco desordenado.

Puso la bombilla. Limpió la mesa. Ordenó el desorden. Vio la tarea realizada y estuvo de acuerdo con ella. Luego miró la luz que se filtraba por la puerta de la bodega: quedaba aún tiempo para que llegara el hijo con la nuera. ¿Qué mejor sitio donde recibirlos sino allí?... La Fátima se encargaría de avisarles dónde estaba él. Aunque su hijo se lo imaginaría enseguida.

La bodega era como su segundo nacimiento. Por eso siempre estaba tan a gusto en ella. Su segundo nacimiento. Efectivamente. No se le olvida el suceso. Y entonces siente como un estremecimiento: había bajado con su hijo a limpiar las cubas; había que hacerlo antes de meter otra vez las uvas de la reciente cosecha; era un trabajo que se hacía desde hacía muchos años; y nunca pasaba nada; pero esa vez su hijo, que había entrado en la cuba más grande, no salía de ella; lo llamó; nada; silencio...

Inmediatamente supo lo que había pasado; y con rapidez, sin perder un instante, saltó, se subió hasta la abertura y se metió él en la cuba: su hijo estaba inconsciente, se había mareado; eran los gases venenosos que produce la cuba; si no lo sacaba rápido se moriría; con gran esfuerzo lo logró llevar hasta el agujero de la abertura de la cuba para que respirara; poco a poco volvió en si... ¡qué mal lo pasó! Con razón su hijo les decía a todos los amigos que iban a merendar a la bodega que era su segunda cuna.

Por eso consideraba este un sitio apropiado para recibir a su nuera. Y así entablaría conversación con ella. Además, entre que subía, cerraba, bajaba la cuesta y subía la otra que hay hasta su casa se pasaría el tiempo. Tardaría mucho más. Se sentó. Miró al otro lado de la mesa y en voz alta dijo:

--¿Por qué no nos tomamos un trago de optimismo mientras viene mi vástago? ¿Estás de acuerdo? ¿Si? ¡Pues venga!

Se levantó. Destapó la cuba. Llenó la jarra. Volvió a sentarse. Sacó el chorizo de la bolsa y puso las guindillas al lado. Acercó la jarra a los labios...

-- ¡Hatami! ¡Hatami! – se oyó arriba. Era la Fátima, mi mujercita.

-- ¿Han venido ya?... ¿Por qué no le has dicho que estaba aquí?...

-- ¡Hatami!... ¡Me oyes!...

--Si, si. Te oigo.

-- Que dice tú hijo que no lo esperes. A última hora han decidido ir a veranear a la playa. Que ya vendrá otro día. Más tarde. Que te cuides. Que te quiere mucho.

-- ¡Vale, Fátima!

Se bebió un largo trago de vino.

-- ¡A tu salud, hijo mío! Me cuidaré. No hay más remedio. Si no me cuido yo no me cuida nadie.

Las lágrimas resbalaban por su cara, lentamente.

--Nos hemos quedado todos un poco tristes.

--Para remediarlo habría que contar otra que no fuera así... Digo...

--¡Ah!... ¡Ya sé!

lunes, 2 de abril de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam 27


27.
Meditando en la Bodega

Y, ¿qué otra cosa puede haber mejor que beber en la bodega con los amigos?...
Era mas que una pregunta la afirmación de una verdad íntimamente sentida. Esto iba pensando el poeta Omar Khayyam mientras bajaba los escalones de la bodega de Al-Jalil.

--Oídme bien, vosotros, que sois mis amigos...

--Omar, no grites tanto, ya te oímos; si sigues a sí se va a caer la bodega y después ¿dónde bebemos?

--Lo que os quería decir es que cuando muera...

--¡Qué perra! Oye, Omar, espérate un poco a morirte; espera, por lo menos, a que nos sentemos, abramos la espita, llenemos la jarra y bebamos.
--¡Eso! Después te mueres cuando quieras...

Soltaron la carcajada mientras bajaban los escalones de la bodega.
Olía a vino, a humedad y a moho. Las paredes brillaban como si tuvieran una capa de cristal: era la humedad de siglos concentrada en la cara de las rocas. La escalera estaba desgastada en el centro de los peldaños por miles de pies. Y dificultaba la bajada.
Omar Khayyam, a quien agarraba Rustem para no caerse con su pata de palo resbaló, y a punto estuvo de caer llevando consigo a su amigo.

--¿Qué te pasa? ¿Te has propuesto morirte antes de que nos inundemos con vino?

--¡Qué gracioso!... Al-Jalil, lo que tenías es que arreglar los escalones. Gastas menos que rezas y te va castigar el divino Alá.

--Tú, no hables tanto, Rustem, que para bajar a tú bodega hay que saltar como monos. Y, ten cuidado, pues con tu pata chula, un día la diñas y a no tardar, antes que Omar.

Rustem, que acababa de llegar al descansillo de la bodega, le contestó con un suspiro de alivio diciéndole:

--Mi escalera está perfecta.

Y diciendo esto se sentó en la piedra que sujetaba una de las cubas.

Al-Jalil encendió unos candiles. Poco a poco se fueron sentando entre bromas, mientras él abría la espita de una cuba y llenaba una jarra de vino tinto espumeante hasta el borde. El olor del vino era un aroma que solo ellos olían y les llegaba no a la nariz sino a la boca que comenzaba a relamerse. Se sentó. Después del primer trago invitaron a Omar Khayyam a que continuara su charla sobre la muerte.

--Os decía que cuando me muera...

--Perdona, antes de que sigas, ¿hay algo después de la muerte?

--Algo debe haber

--Pero... ¿qué?

--Otro estado de ser.

--Eso ¿qué quiere decir? Explícate, si es que sabes.

--Lo que sé es lo que observo; por ejemplo: a mi se me murió la burra, ¿recordáis? y la enterré en una parcela en la que luego sembré trigo; pues bien: en el mismo lugar creció el trigo más alto, más verde y más fuerte; cuando lo segué en el verano las espigas se diferenciaban considerablemente del resto.

--O sea, que nosotros tenemos algo de burros -saltó Al-Jalil y todos se echaron a reír, menos Omar que le preguntó la razón de su salida.

--Pues claro: hemos comido el pan, luego parte de burra está con nosotros.

--Estará en ti, que cuando hablas, relinchas -replicó uno; y continuaron riéndose.

--No, no os riáis, tiene algo de razón: la burra se transformó en trigo y del trigo... ahora es algo nuestro: ha cambiado de estado.

--Es difícil de entender lo que dices.

--Bueno, vamos a dejar de hablar de esto... Omar te hemos interrumpido varias veces...

--Son cosas mías: quiero que cuando me muera, me lavéis con vino.

--¡Yo!

--No, tú no; con tus manazas le harías daño.

--Si. Que sea él; vosotros sois testigos: que sin contemplaciones me restriegue bien... O sino... hacedlo todos y rezáis

--¡Ah, no! ¿Rezar yo?... Ni hablar.

--Quiero decir que recéis en nombre de la rebeldía, del amor y de las copas...

--¿Para qué esperar a la muerte? -dijo Al-Jalil- recemos en nombre de las copas -y sirvió más vino.

--Luego, cuando venga el Día del Juicio...

--Si tu no crees...

--Da igual; en cualquier caso, si viniere, y queréis encontrarme... estaré en el umbral de la taberna... como todos los días.

--Omar... yo me pregunto... ¿tú vas a morir?... ¡no!... entonces... ¿qué hacemos, como unos bobos, hablando de esto?... Bebamos... que todos somos hermanos...

--Por cierto, ¿os acordáis del padre de Jatami?... -preguntó Jalil- Os voy a contar lo que le sucedió con su hijo... el que se marchó a la ciudad...

-respondió uno.

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam 26


26.

Omar Khayyam, embriagado por la vida que va desarrollando los fugaces instantes, como siempre, la goza sin que ningún dolor físico le atenace en estos momentos; está ahí, junto a su hermosa dama, a la sombra de los parrales que enverdecen el rincón mas alto de su jardín; desde allí restriega sus ojos con el paisaje: hoy ha amanecido soleado; solo algunas nubes dan unas pinceladas algodonosas al cielo azul; un viento suave las va empujando hacia las viñas ensombreciéndolas y aclarándolas sucesivamente; el verde claro de los brotes, en las cepas, destaca, de cuando en cuando, poniendo unos puntos blanquecinos; el claro-oscuro de este día primaveral refleja, fielmente, la fugacidad de la estancia del individuo sobre la tierra: nace iluminado y, de pronto, es empujado por el viento de la historia, con minúscula, hacia el reino de las sombras para no volver nunca, jamás; y de la misma forma que la luz y la oscuridad desaparecen sin dejar rastro, así la vida singular se va concluyendo en la nada del individuo.


Rodea, Omar Khayyam, con un brazo el cuello de su amada y, con la mano del otro brazo, ase el vaso de vino y se lo lleva a los labios; vaso que, tal vez, no se sabe, antaño, fue parte de otro hombre que, como él, rodeaba el cuello de bien amada, contemplando el paisaje y pensando como si no existiese; Omar Khayyam sabe que, en este mundo, que es la vida, todo concluye (salvo para los que viven de estériles quimeras) en la nada sin remedio; y, lo más probable, es que el otro también supiera algo de eso y gozara, al igual que el gran poeta persa, exprimiendo el jugo de esta uva transitoria.


viernes, 30 de marzo de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam 25

25.
Tras del Huracán Viene la Calma de la Muerte


-¡Zorra, mas que zorra!

Estos y otros insultos le decían a la moza que acababa de abrir la puerta de su casa. Miraba perpleja y asustada al grupo de mujeres, pañuelo negro en la cabeza, vecinas todas, que se habían congregado frente a ella.

-Pero... ¿qué he hecho? por que me...

-No te hagas la inocente, mal bicho- interrumpió la madre de Rustem que parecía encabezarlas.

-Juro, por Alá el Misericordioso, que no sé de que me acusáis.

-¡Será descarada! Has dejado abandonado y herido al que te traía en caballo; eso es de mala mujer.

-¡A saber lo que hizo sola por el campo a esas horas!

-¡Y metida en un soto; que varios la vieron!

-¡Y salir con un hombre... !

-¡Puta!... ¡¿No la veis!?... ¡Si es una puta!... ¡Que se marche del pueblo!

-¡Eso, eso! ¡Márchate!

-Pero si yo salí corriendo a avisar...

-¡Mentirosa! ¡Echémosla!

-¡Hay que apedrearla! ¡Solo verla... da asco!

Una lluvia de piedras caía sobre la infeliz moza, hiriéndola. Una de ellas en la frente y tan dolorosa que la obligó a refugiarse en casa. Empero, no por eso terminaron las pedradas, arrecieron en pared, puertas y ventanas. Luego, se hizo el silencio. Y cuando creía que todo se había acabado, oyó ruido en la puerta como si quisieran entrar. Miró por una ventana que tenía los cristales rotos y vio que, efectivamente, estaban intentando derribar la puerta:

-¡Hay que lapidarla! -alguien gritaba.

Se vio perdida, muerta y no encontró otra salvación que huir; huir por el corral, en la parte de atrás; y huir lo más lejos posible.

Anduvo corriendo, hasta que el cuerpo dijo basta, siempre con el grupo de vecinas enfurecidas en su mente. De cuando en cuando, volvía la cabeza por si venían persiguiéndola.

-¡¿Qué he hecho yo, Alá Piadoso?! ¡¿Por que me insultaban?!

Lloraba y corría.

Se tropezó y cayó dándose de bruces en la tierra. Fue como si todo el planeta se hubiera convertido en un mazazo y le hubiera golpeado. Se tocó la frente, la tenía toda cubierta de tierra al pegársele a la sangre de la herida. Y le dolía. Le dolía mucho. Le dolía todo: el cuerpo y el alma.

Se arrastró hasta un árbol que ahí cerca se veía. Apoyó su espalda en el tronco para descansar. Miró sus ramas. Era un almendro y estaba cuajado de flores. La tierra comenzaba a verdear con fuerza, con alegría, con ganas de vivir, de hacerse un hueco en la explosión primaveral.

Volvió a mirar las flores del almendro: un jilguero o ruiseñor cantaba; parecía embriagado de alegría, de amor, en medio de las flores; y se miró a ella: ensangrentado el vestido, herida, amenazada, huida... Se le fueron cerrando los ojos.

Cuando de nuevo abrió los ojos estaba anocheciendo. El dolor de cabeza seguía golpeándole; y ahora las sienes le latían con fuerza. Y seguía golpeándole el recuerdo.

Se levantó. Un camino se abría entre la cerca de una finca y el resto del campo. Echó a andar por él. Tras una revuelta, creyó ver, al fondo, un pueblo nebuloso: sería el humo que se elevaba recto de las chimeneas. No veía bien y lo achacó a la hora en la que estaba. ¡Qué cansada se sentía!

-Parece que estoy borracha.

Y la frase le hizo sonreír. Se tocó la frente. La tenía ardiendo y sangraba. Los labios resecos se le pegaban y los humedeció con la lengua. Tenía mucha sed. Si bebiera un poco de agua se pondría bien. Siguió andando. Al poco rato vio el brillo plateado de una charca. La luna se reflejaba en ella.

-¡Agua! - exclamó.

Y se encamino hacia ella dando traspiés. Se resbaló, cayendo y casi jincando la cabeza en el agua. Estaba dura, parecía hielo pero acercó los labios. Sintió un gran alivio y se tumbó todo lo largo que era, musitando:

-"Rustem, Rustem, amor mío, ¿qué es lo que te he hecho"...


Omar Khayyam había pasado una mala noche. Cuando se despertó quedó sorprendido por el día luminoso que nacía. Y comenzó a dar voces:


-¡Venga, despertaos!... ¡despertaos, durmientes!... ¡es la hora!... ¿No veis que la aurora arrojó, ya, con fuerza, la piedra al piélago nocturno, ahuyentando a los astros y a los heraldos negros de la noche, noche torturadora de los pobres; y el Rojo y Valiente Cazador de Sombras prendió en un haz de luz, cegando la torre tenebrosa del silencio?

miércoles, 28 de marzo de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam 24

24.
Caballo y Mujer Galopando con Ritmo de Romance

Rustem fue a saltar el arroyo, como ya explicamos en otro seguimiento de Omar, con el caballo una noche enlunada de primavera. Mientras el caballo salta sujeta él a su amada. La luna tiembla de gozo y la moza grita de miedo. El caballo se estremece y falla su cabalgar. La mujer se salva empujada por el hombre. Rustem queda debajo. El caballo se levanta y la mujer, al ver su hombre inmóvil, echa a correr.

El queda allí desangrándose. El caballo fiel acompaña su desangrar.

Vuelto en si, ordena al caballo que comunique su caso, su percance.

La madre que está durmiendo, oye su cabalgar.

Ya se levanta del lecho. Pide socorro. Acuden presto amigos y familiares y siguiendo a su caballo lo hallan con mucha sangre derramada. Lo llevan pronto a curar. Por el camino pregunta qué fue de su amiga. Alguien dice haberla visto correr el campo a través.

Ella, en efecto, corrió, corrió, corrió... corrió a campo traviesa. Quiere avisar a los conocidos de todo lo sucedido. Pero la luna se esconde tras de las nubes y oculta todo el camino. Ella se para asustada.

Cuando la luna regresa ve cuatro sombras acercándose. El corazón le brinca en el pecho. No son gente de fiar. Y, muy asustada, vuelve a correr. Azuzando vienen las sombras y ella se esconde en el arbolar. Tras un momento de silencio una voz llega a su oído. Un mozo se halla en el soto. Y la llama a su lugar. Ella lo conoce y acude, grande es su confiar. Las sombras muy cerca están. Él las enfrenta y se marchan. Ella se arroja en sus brazos y, aterrorizada, lo premia hasta gozar.

Mas tarde recuerda a Rustem y retorna, enloquecida, a su lugar. Solo un charco de sangre halla. El arroyo, sin embargo, seguía su sonoro caminar.

Ella regresa al pueblo. Ojos acechando están.

A la mañana siguiente todos hablan de traición: y la insultan, la apedrean y tiene que abandonar el lugar de sus ancestros...

Él mozo acudió al arbolar y en recuerdo de ese deleite fugaz, mandó plantar un almendro. Del almendro nació zarza mala, zarza infecunda, sin mora en el ramaje.

El día que Rustem vuelve sin pierna ya, a la vera del arroyo su madre corrió a plantar un cerezo, que se transformó en pino albar.

Rustem luchó por la vida.

Ella vagando el camino va.

Él vivió con sus amigos.

Ella muere en un muladar.

El lugar donde murió unas violetas nacieron para guardar su recuerdo y ocultar un orgasmo tan fugaz.

Y dice Omar Khayyam:

--En la tierra donde, hoy, nace una radiante y explosiva rosa roja, antaño vertióse la sangre de un príncipe. Y el color del lunar que adorna, embelleciendo, la cara de un efebo, muy bien pudiera proceder del pétalo de esa violeta que florece a la vera del muladar hediondo. Las corolas del jacinto que por doquier crecen en parques o jardines donde se aman los jóvenes nacieron de unas frentes que, un día, fueron tersas y brillantes.