jueves, 19 de abril de 2007

Chester Himes: 'Un Ciego con una Pistola'

Chester Himes:

'... y por último pensé que toda violencia desorganizada
es como un ciego con una pistola'

(de la novela 'Un ciego con una pistola')

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Para una selección literaria con el racismo

miércoles, 18 de abril de 2007

Chester Himes: 'Un Ciego con una Pistola'


Párrafo con el racismo

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Chester Himes
...
*Supongo que han descubierto quién empezó el desorden -dijo Andersen.
*Siempre supimos quién fue -dijo Grave Digger.
*Pero no podemos hacer nada -agregó Coffin Ed.
*¿Y por que no?
*Está muerto -contestó Coffin Ed.
*¿Quién?
*Lincoln -replicó Grave Digger.
*No debió liberarnos si no quería darnos de comer -opinó Coffin Ed- Cualquiera pudo habérselo dicho.
*...
*Muy bien, muy bien, ¿quién es el culpable esta noche, aquí, en Harlem?, ¿quién incita a esta gente a la anarquía insensata?
*La piel -dijo Grave Digger.


Chester Himes

('Un Ciego con una Pistola', pag. 158. Ed. Bruguera, 1978)

domingo, 15 de abril de 2007

La Fosa Común

Texto tomado del blog 'Algo que declarar'

del poeta asturiano David González:


"Esta mañana estuve en una Fosa. En una Fosa Común. Que, en realidad, son cuatro. Cuatro Fosas Comunes. En ellas están enterradas las víctimas de la represión franquista. Un poco más allá está el paredón donde a muchas de dichas víctimas las fusilaron. Cuando yo llegué a la Fosa, junto a Luís Pascual (presidente del Ateneo Obrero de Gijón) para preparar el equipo de sonido para el acto en homenaje a dichas víctimas así como también en homenaje al 76 aniversario de la II República Española que tendría lugar a eso del mediodía, aún había poca gente. Sin embargo, ante la Fosa Común 3 había una anciana (que había venido desde Santander) que le estaba hablando a alguien enterrado en la Fosa Común 3. Le estaba diciendo, su voz empañada por la emoción, sus ojos a punto de empezar a disparar lágrimas, le estaba diciendo: ¡Cómo te mataron, amor mío! ¡Cómo te mataron, amor, a ti, con lo bueno que eras!...Después de la ofrenda floral, cuando me llegó el turno de leer un poema, leí el poema de mi abuelo, Tinta, y mientras lo estaba leyendo pensaba en la mujer de Santander: ¡Cómo te mataron, amor mío, con lo bueno que tú eras!...y comprendí, como luego dije (aunque más brevemente) al terminar de leer el poema, comprendí que ahora sí que mi abuelo y todas las víctimas enterradas en las 4 Fosas Comunes y todas las que aún siguen enterradas en Fosas Desconocidas, todos ellos se habían convertido finalmente en tinta, pero en tinta de la buena, la tinta con la que se escribe la historia de la gente buena, sencilla y trabajadora, la tinta de la historia y la tinta de la literatura, una tinta que permanece y permanecerá indeleble en nuestra memoria para siempre, y luego añadí: que ellos, los asesinos, los represores, también se habían convertido en tinta, más bien en un borrón, en una mancha que ensuciaría ya para siempre una de las páginas recientes de la historia de este país, y que ellos, los represores, los asesinos, siempre serían recordados como eso, como lo que fueron: como unos asesinos...Y ahora que no estoy en el cementerio, sino aquí en casa, me gustaría darle más intensidad a la última frase, que quedaría así: y que ellos, los represores, los asesinos, siempre serían recordados como eso, como lo que fueron: como unos asesinos, como unos putos cobardes asesinos de mierda.
Luego sonó el Himno de la República (el mismo que sonó durante el Open de Australia de tenis de hace unos años en representación de los tenistas españoles) y después de cantar la Internacional frente al paredón donde fusilaron a tanta gente que ni se sabe, unos cuantos nos acercamos hasta la tumba de la escritora Rosario Acuña. Es una tumba hermosa. En la tierra. Rodeada de hierba bien cuidada. Pero lo mejor: a sus pies, de la tierra, crecían tres plantas, plantas con claveles (creo que eran claveles), cada planta con claveles de un color, pero todos juntos, todos los colores juntos, los tres colores, dispuestos de la forma en que brotaban de la tierra configuraban una bandera: LA BANDERA REPUBLICANA."


YO AQUÍ NO PUEDO TRAER LAS FLORES QUE CITA EL POETA DAVID GONZÁLEZ DE LA TUMBA DE LA ESCRITORA, PERO PUDE PONERLE ESTA FOTO CON ESTA NIÑA SÍMBOLO DE UNA NUEVA PRIMAVERA QUE VENDRÁ RADIANTE Y REPUBLICANA



viernes, 13 de abril de 2007

14 de Abril: ¡Viva la Repúblika!


Manifestación en Madrid



kontra la Monarkía y su Konstitución

– 14 de Abril de 2007-



Manifestación de Cibeles a Sol



A las seis de la tarde



¡España, mañana, será republikana!

miércoles, 11 de abril de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam 35: FIN... por ahora

35. FIN... por ahora


El color violáceo del vino, su olor, el marrón de la jarra, los grados del vino, que se le habían subido a la cabeza, y las palabras de Omar invitándoles a rezar en nombre del amor, consiguieron secuestrar a Rusten de la bodega y encerrarlo en la celda de sus recuerdos.

Bebía como ausente.

La parte más espiritual de él estaba en otra parte. Las manos pasaban una y otra vez desde la boca hasta el asiento de la jarra.

Y suspiraba viéndola ahí, presente, cerca de él, en la orilla del arroyo, cerca del prado donde pastaban las vacas; jugaba con ella; le había escondido un pañuelo y él lo buscaba en el cuerpo de ella; le agarraba por detrás los hombros y bajaba sus manos a lo largo de los brazos de ella; suaves como la seda; temblaban como campanas sonoras; y temblando abrió sus manos dejando caer el pañuelo y reía azorada...

Levanta la vista de la jarra posándola como un orate en sus amigos; mirando sin ver. Ellos siguen hablando, si bien no dejan de percatarse que algo le pasa...

Retornan sus ojos al vino de la jarra y se contempla reflejado en él; la mesa se mueve; tiembla la jarra; el líquido desfigura su rostro; y, cuando reaparece, es ella quien lo mira moribunda en el muladar; rostro violáceo, labios violáceos, ojos violáceos; tiembla de frío, de pena, de horror, de asco, de nostalgia; musitan los labios; lo oye:

--"¡Ay, Rustem, Rustem, ¿por qué te he abandonado?"

Los ojos manan lagrimas que siembran todo el muladar de violetas; aprieta las violetas como quien lleva un ramo de ofrenda; las acerca a olerlas; el fuerte olor del vino joven le hace recobrar un poco la conciencia; dice en voz alta:

--Lo mismo que yo me hallo ahora, ensombrecido el rostro por preocupaciones amorosas, pensando en esa mujer de la que está esclavizado mi pensamiento... así, antaño, este jarro, modelado en la arcilla por las manos del sensible alfarero -y pasa el dedo por la superficie de la jarra- fue un triste amante prendido de la cabellera de una dama.

Me diréis que por qué digo esto: mirad, mirad, contemplad su asa; ¿¡la veis!?... ese asa, ha sido, sin duda, el brazo que rodeó y acarició mil veces el blanquísimo cuello de una mujer, para él la más querida.

Bebió todo el contenido de la jarra. La abrazó. Colocó su cabeza junto a la jarra y se puso a dormir la mona.

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam 34



34.

Y Omar Khayyam dijo y estas son sus palabras:



--¡Ah, si fuese posible vivir en el reposo! ¡Si con solo alargar la mano obtuviéramos el fruto de la vid! ¡Si tomáramos las uvas sin esfuerzo alguno! ¡Ah, si existiese un final conocido, gratificante, placentero, en esta larga ruta, en este prolongado y ancho camino! ¡Si después de mil años le fuera dable al hombre resurgir de la tierra, igual que nace el césped! ¡Ah, si esto fuera posible!...

martes, 10 de abril de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam 33


33

En la tertulia de la bodega de Al-Jalil, alguien recordó a aquel amigo nuestro de la escuela coránica. Y yo, uno de la tertulia bodeguera, amigo de Omar Khayyam, y de los otros, lo voy a relatar a mi manera:

A pesar de lo niños que éramos, intuíamos que el compañero aquel, tan dulce, tan pálido, tan tierno, tan bueno, no iba a seguir mucho con nosotros; alguien lo tenía destinado para él y se lo quería llevar.

Le enviaba mensajes que, de vez en cuando, nos enseñaba; era en la lengua; era unos signos que cambiaban casi diariamente; nos admirábamos y algo de envidia nos entraba pues a nosotros nadie nos mandaba nada.
Nosotros le queríamos; y sentíamos una suave inquietud cuando jugábamos con él; y nos comportábamos de manera distinta cuando estábamos con él; y, por supuesto, no queríamos que se marchara y menos que nadie se lo llevara secuestrado.

A pesar de los años transcurridos lo recuerdo como si fuera ahora mismo; era... ¿cómo describirlo?... de algodón, pero perfumado, daba gusto olerlo.

Decía que, cuando jugábamos con él, nos portábamos de distinto modo que cuando lo hacíamos entre nosotros mismos. Puede ser, porque temíamos tocarlo con rudeza por si se nos estrujaba o exprimía y luego desapareciera como el olor del perfume.

Pero no se fue tan pronto; tardó en irse; su muerte... nos dolió a todos.
Recuerdo ese día, en su casa, en la que nunca había entrado; toda reluciente como una tacita de plata; un poco oscura; contrastaba con el ataúd tan blanco y tan pequeño; y él, ahí, metido, como un gnomo dormido...
Y no sé por qué, después del entierro, recordamos las marcas de su lengua que él nos enseñaba; aparecían y desaparecían, misteriosamente.

Estábamos, ahora, más convencidos de que eran mensajes enviados por un poderoso señor, avisándole de cuándo lo iba a llevar a su mansión; tan viva fue nuestra creencia que llegó a convertirse en obsesión enfermiza; estábamos convencidos que el sepulcro del cementerio, donde lo habían llevado, era la puerta que comunicaba a esa morada de ese gran señor; y, después de rondar meses, alrededor del cementerio, un día nos decidimos a entrar en él; como uno de la pandilla era hijo del sepulturero, cogió las llaves del cementerio y del sepulcro a su padre.
Muertos de miedo, por los muertos, nos introducimos en el cementerio y luego en el sepulcro; y, efectivamente, no estaba solo: había una calavera, huesos, y polvo, pero no hallamos la puerta de acceso a la mansión señorial que nosotros imaginábamos.

Recuerdo que, entonces, Omar Khayyam nos dijo:

--Fijaos bien, yo creo, mirad lo que os digo, que, ni el más beodo -y con la borrachera más grande vista- de entre los hombres, casi semiinconsciente -es decir: haciendo eses por calles y campos, y a punto de caerse a tierra, como un árbol talado- osaría destrozar una copa llena, hasta los bordes, de vino y de vida. Pues, no sé si sabe él, borracho o cuerdo, pero sabemos todos, ¡cuántos bellos rostros y cuántos cuerpos perfectos han quedado convertidos en polvo!; y todo... ¿por qué, para qué, para quién?...