lunes, 16 de agosto de 2010

José Mª Amigo Zamorano: El, Ella, y El Otro (5)

5: Cabo a la fuerza

En Valladolid, El Otro, si que sirvió, de verdad, a la patria: lo nombraron cabo. Si bien antes de ese nombramiento las pasó putas por su negativa a ser eso: cabo. Fueron tres negativas que le valieron su ración de prisión.

-¡Tu vales para cabo! -No, mi sargento. Yo no sé mandar. -¡Al calabozo una semana!. Para que lo pienses.

Luego la segunda:

-¡Soldado! Tienes madera de cabo.-Es que, mi sargento, no sabría por donde empezar. -Pues aprendes. -No, mire, prefiero seguir de soldado. -¡A prisión quince días! Asi reflexionarás.

La tercera:

-¡Soldado, lo tuyo es el mando! -Gracias, mi sargento, pero ya le he dicho que prefiero ser un soldado como cualquiera. -¡Soldado, pues a chirona! Pero esta vez serán... -Espere, mi sargento, lo he pensado mejor: acepto lo de cabo. Y para si se dijo: 'cabo, sargento, coronel, lavaplatos... Lo que ustedes manden'. 

El único momento agradable fue cuando, por la radio, citaron a Él. No lo entendió bien. Al parecer había escrito una carta a la emisora. Y les reprochaba haber insultado a un emigrante diciendo que burro se escribía con be y no con uve. Era como llamar ignorante a ese emigrado que se dirigió a la Radio Nacional de España, emisora del régimen franquista, por carta. No se enteró muy bien. Ahora que lo piensa cree que su antiguo amigo (ese que ahora venía calle arriba) tenía un hermano trabajando en Alemania y se sintió indignado. Seguro. 

Lo cierto fue que se llevó una gran alegría en un tiempo en el que, entre los calabozos y las misiones absurdas, estúpidas, según su modo de ver, en las que tuvo que participar, le tenía la moral carcomida. El día anterior, sin ir más lejos, recuerda, se halló vigilando, en la estación de Valladolid, varias horas, un paquete. Paseaba con el cetme al hombro, paso marcial, al lado del paquete, hasta el fondo de la estación y al llegar allí media vuelta y otro paseo. De cuando en cuando lo miraba. Al paquete. Entre curioso y harto de estar cuidando una caja horas y horas. Obsesionado. Con la caja. En un arranque de fastidio le pegó una patada: tenía tres paquetes con munición de caza. Pequeñitos. Y eso lo derrumbó aun más. Algún compañero le dijo después que eran balas muy caras. Para caza mayor. Pero llegó la radio y lo salvó en el momento que más lo necesitaba. Se lo agradecíó, contándoselo, cuando ambos regresaron de la mili al pueblo. 

-Me encontraba aburrido, hacía un frío de narices. Solo. No sé... con el ánimo decaido. Casi desesperado. Y entonces sonó tu nombre por la radio. ¡Dios! ¡Qué alegría!

Pareció no entender Él su alegría. Ni la aversión a la mili que El Otro tenía, cuando el que había recibido el palo era Él

Su proceder con la familia, amigos y conocidos fue, de Él, al principio, normal, pero al poco tiempo ya se vio que no era el mismo. Le costaba hablar. Eso si, cuando abría la boca era para vanagloriarse de sus hazañas en el cuartel. Y de lo conquistador de  mujeres que fue. Todas se le rendieron a sus pies. Por cierto, nada más llegar al pueblo, cuando se enteró que su novia (tenía una apañito en el pueblo) se había quedado un poco coja a causa de una caida, la dejó. Algo impensable en su anterior personalidad.

Se iba acercando Él. La mirada fija en el suelo. Quizás, lo pensó de repente, iba asi, cabizbajo, por no enseñar su cara marcada, de la que antes se sentía orgulloso. Y es que, con el paso del tiempo, la cicatriz se le había ido ahondando y toda la parte izquierda de la cara había disminuido visiblemente, de modo que lo que, al principio, parecía un rostro agraciado, con una pizca de picardía y ferocidad pirata por su cara rajada, ahora aparecía una mitad de la cara llenita y sonrosada y la otra semiseca.

(seguirá)


domingo, 15 de agosto de 2010

José Mª Amigo Zamorano: El, Ella, y El Otro (4)

4: El bastonazo

Y fue con un suboficial con el que Él tuvo unas palabras de las que salió marcado para siempre. Le había llamado el capitán a su despacho para decirle que, como pronto volvería al cuartel de Viriato,  en Zamora, que se pasara por su casa. Allí le encomendaría algunas labores. Para lo cual tenía que llevarse del cuartel algunas herramientas y le mandó que las fuera recogiendo ya. ¿Cuándo? ¡Inmediatamente!

Cuando lo contaba a unos pocos solía agregar:

-¡Qué labores ni que cojones! ¡De chacha para la mujer del capitán! Así serví a la patria. Aunque no me quejo porque apenas pisé el cuartel.

Pero prosigamos: venía Él del despacho del capitán. Y absorto, meditabundo y distraido, como iba con sus pensamientos, pasó de largo, sin darse cuenta de que allí, a su lado, estaba el Sargento 'Chusco'. Este se le quedó mirando y de repente voceó:

-¡Soldado! Ya no se saluda a los mandos.

-¡A sus órdenes, mi sargento! Es que no le he visto.

-¿Tan invisible soy? Pues para que otra vez me veas bien, vas a dar 100 vueltas corriendo al patio.

-Pero es que...

-¡Ni es que, ni hostias! ¡Inmediatamente!

-No puedo, mi sargento. Tengo que cumplir...

El sargento, que tenía un bastón en la mano, enfurecido, le dió con él en la cabeza y otro bastonazo con saña en la cara, tal que lo tumbó sin conocimiento en tierra. De resultas de los golpes le quedó una cicatriz en la parte izquierda de la cara desde el ojo al labio. Su tiempo de cura en el hospital lo volvió huraño, desconfiado, cruel y hasta altanero al reflexionar, como reflexionó, llegando a la conclusión de que había que andarse con cuidado y no contar más que con sus propias fuerzas.

Altanería, dicho sea de paso, pensó El Otro, para con los compañeros de cuartel, quizás en venganza por tener que servir de criada, todo el tiempo, de la esposa de su capitán. Por lo que su hombría quedó en entredicho. De criada y de otras cosas: carpintero, albañil, electricista... Otros dicen, riéndose, que se vengó del Sargento 'Chusco' follándose a la mujer del capitán. Pero eso... ¿quién lo sabe? Se dicen muchas cosas. Como se contaba que cuando pasaba el Sargento 'Chusco' cerca de El musitaba:

-¡Hijo de puta, algún día me las pagarás!

Todo eso se lo contaron a El Otro soldados de su reemplazo que estuvieron, después de El Ferral, en el cuartel de Viriato. Lo dice para que conste al no ser testigo presencial pues, tras la jura de bandera, lo enviaron a Valladolid. De modo que lo que sabe lo sabe de oídas. También le contaron que su crueldad para los nuevos reclutas, por parte de Él, fue proverbial: untarle de mierda por la noche introduciéndole excrementos entre las sábanas, era una novatada que a muchos de los soldados repugnaba, no a Él que gozaba viéndolos sufrir cubiertos de vergüenza. Y otras no menos crueles y repugnantes. Tan despiadadas fueron que la mayor parte de los compañeros terminó mirándole con suspicacia.

Se iba acercando poco a poco, la mirada baja, taciturno. Desde su puesto de verduras lo miraba y sus recuerdos de otro tiempo acudían al teatro de su memoria cuando los clientes se lo permitían. El día se había vuelto gris, hacía bochorno y la atmosfera era neblinosa en esos momentos. Decían que era polvo del desierto. Polvo o no, lo cierto es que hacía calor, mucho calor.

(seguirá)

sábado, 14 de agosto de 2010

José Mª Amigo Zamorano: El, Ella, y El Otro (3)

3: El Ferral

El Otro (así llamaremos al tercero en discordia) lo vio venir ya desde lejos con su cara adusta, la cabeza baja, balanceándose al andar como un mono... A pesar de vivir en un pueblo relativamente pequeño hacía tiempo que no lo veía y eso que por su trabajo siempre estaba él, El Otro, en la calle colocado tras el puesto de frutas y verduras. Habían sido muy amigos. Habían. Pasado. Hasta que fueron a la mili. Después ya... se acabó. Todo se acaba... Le vino al recuerdo la canción que cantaban con ganas los soldados cuando se iban de los cuarteles ya licenciados:

 Campamento del Ferral
matadero de reclutas
la quinta el sesenta y dos
las está pasando putas.

¡Cómo cambió desde aquello que le sucedió en el Ferral! 

Porque fue eso que le pasó en el dichoso campamento lo que lo transformó. O eso creía él, El Otro. 

El Ferral era un campamento donde enviaban a los reclutas hasta que juraban bandera. Solo eran unos meses. Pero ¡qué meses!: además de sufrir a los mandos, sus órdenes absurdas, tenían que comer aquel el rancho asqueroso (rancho denominaban los soldados a las comidas cuarteleras). Y no se le olvida el frío, un frío que se metía hasta los huesos. 

Allí fueron Él y El Otro. Al Ferral. Tardaron poco en adaptarse porque, tanto uno como el otro, no se diferenciaban del resto de reclutas soldados; salvo, como en la vida civil, esa pizca de singularidad que todos tenemos, pero sin que ese poco entrara en conflicto radical con el resto, excepto en raras excepciones. Ya en el tren se unieron a otros como ellos que resultaron de pueblos cercanos y bebieron y cantaron hasta llegar al destino. 

Lo primero que supieron, o eso recogió su cerebro, fue el castigo de 'pena de muerte', ya que, alguien, un mando sin duda, les habló y habló y habló y su perorata terminaba siempre con 'pena de muerte'. Eso les heló el ánimo. Es decir hicieras las travesuras que hicieses, leves, graves, o monstruosas, te condenaban a la 'pena de muerte'. Eso es con lo que se quedaron. Luego en corros se animaban unos a otros riéndose de 'la pena de muerte'. 

Entre las cosas que más les llamó la atención fue la arenga de un militar (cree recordar que el de mayor graduación del campamento)  usando palabras tan corrientes, tan de ellos que se quedaron con la boca abierta; al tiempo, si bien lo analizaron, su estilo era entre soberbio y campechano, mitad chulo de barrio y mitad manso compadre. En ese discurso las voces gordas, los palabros, abundaban: hostias, cojones, coño... Intentaba parecer cercano a la tropa. 

Pero solo desde el estrado donde peroraba. Luego en el día a día había unas barreras tan infranqueables que el acercamiento se hacía imposible. Practicamente ningún trato. Los mandos mandaban y ellos, los reclutas, obedecían sin rechistar. Y si les llevabas la contraria, eso piensa El Otro, aunque fuera de una manera tenue, educada y hasta pidiéndole perdón por disentir, ¡ay de ti!, mejor sería que te tragara la tierra.

Y hasta los mandos, si mal no recuerda, tenían dos categorías, oficiales y suboficiales: así, clubs de unos y de otros. Los suboficiales eran más asequibles. Aunque algunos de ellos, que les llamaban 'chusqueros', eran brutales.

(seguirá)

viernes, 13 de agosto de 2010

José Mª Amigo Zamorano: El, Ella, y El Otro (2)

2: Soñando despierta

El portazo dejó la casa vibrando. Los pelos se le cayeron a Ella de las manos. Los miró, allí, en el suelo, comprendiendo la salida intempestiva de su esposo. Había contemplado sus nauseas muchas veces y su reacción posterior. Se inclinó a recoger los pelos. Con ganas se los hubiera metido en la boca cuando hizo alusión al 'novio'. ¿El novio? ¡Estúpido! Si eso fue ya hace mucho tiempo... Para Ella representó bien poco. Y, sí, lo recuerda a menudo, pero no por el noviazgo sino porque, cuando llegó al pueblo con sus progenitores (su padre, minero de León y enfermo de silicosis, se mudó a ese pueblo zamorano recomendado por los médicos) justo al lado de la casa que su padre alquiló vivía él (el 'novio' al que se refería su marido) con él jugó en la callé ese mismo día y por la mañana acudió a la escuela con su madre y con el mismo niño; el maestro se enteró de que la casa de la nueva alumna estaba colindante a la del niño y los puso juntos en el mismo pupitre. 

Fueron muy amigos y cuando acabó el periodo escolar hasta se hicieron 'medio novios' dos o tres años, hasta que el joven marchó a la mili. Después Ella se casó con El.

No olvidó del todo el primer amor porque eso nunca se olvida por completo. Pero, vamos, que ella, ahora, a sus años, no necesitaba novios. Novios... ni marido... Si bien nada más pensado lo anterior se dijo para si:

-Miento. Marido si. A estas alturas de mi matrimonio no voy a dejarlo así como así. Eso lo tengo claro. Mis dolores me ha costado. Y por otra parte... malo malo no es. Un poco ácido a veces. Pero se puede aguantar. Solo que cuando se pone irónico, o caústico, o provocativo... (porque la provocaba en numerososas ocasiones, ¡vaya si la provocaba!)... 

En esas ocasiones se le subía la sangre a la cabeza y amenazaba desbordarse rompiendo todos los diques. Afortunadamente, sabía controlarse y con mano izquierda, como se dice, y hasta ayudada de la derecha, refrenaba sus impulsos al tiempo que aquietaba a su marido. 

Cuando se quedaba sola, en casa, después de alguna de esas escenas de celos, como ahora, su imaginación volaba incontinente consiguiendo una estado de felidad plena casi orgásmica. Y sin el casi. Se sentaba en uno de los dos sillones viéndose Ella acercarse al marido, lujuriosa, insinuante, para excitarlo sexualmente. Y cuando El la penetraba cerrando los ojos, abriendo la boca y acezando de placer, Ella, en el colmo de la ardorosa frialdad, le introducía la mata de pelos del gato en la la boca hasta... La cara de El se ponía roja, la boca se le torcía hacia el lado izquierdo, los párpados del ojo izquierdo se movían con extrema rapidez, excupía intentando desembarazarse de los pelos, el cuerpo se retorcía convulso, mientras su pene, en los estertores de la muerte se endurecía; Ella había oído que eso le sucede a las puerta de la muerte a los ahorcados... Y sentía, porque lo sentía de verdad, la dureza del miembro y empujaba, empujaba, empujaba... hasta sentir ese orgasmo que nunca había tenido... 

-¡Dios mío, este si que es un polvo como Dios manda!... 

Sus manos bajaron hasta la entrepierna. Ella se iluminó. En cambio, fuera, en el cielo, algunas nubes ocultaron el sol sin que el ambiente se resfrescara por ello. El calor humedo y el sudor pegaron a su cuerpo la blusa. Los pezones se le veían bien erguidos intentando taladrar el tejido. El gato se restregaba contra sus piernas. 

(seguirá)

jueves, 12 de agosto de 2010

José Mª Amigo Zamorano: El, Ella, y El Otro (1)

1: Los pelos

Aquel verano fue muy caluroso. Pero la mañana en la que sucedió aquel, digamos, accidente tormentoso,  el calor era sahariano. Eso de 'sahariano' lo hemos tomamos del escritor Eusebio García Luengo que lo aplicaba al calor de Madrid, aunque añadía a continuación:

-'Yo no he estado nunca en el Sahara'.

Lo cierto es que, junto al sol, echaban fuego las paredes, el asfalto, el aire... Todo. Pudiera decirse que el infierno nos había invadido. Hasta el cielo comenzó a trastornarse aborrascándose. Los dos gatos dormitaban tumbados en los sillones del salón. Las persianas estaban bajadas y las ventanas abiertas para recoger algún aire fresco que milagrosamente pasara por allí y quisiera colarse. Toda la morada estaba en silencio, silencio solo interrumpido de cuando en cuando por el grifo del agua sobre el fregadero de la cocina.

El (así llamaremos al inquilino de la casa) aplanado por el calor, sentado a la mesa del comedor, se miraba las manos, colocadas en el borde del mueble. No tenía nada que hacer y, lo más grave, es que no sabía en que ocupar su tiempo. Ella (así denominaremos a la inquilina de la casa) por el contraio, si tenía cosa que hacer y si no las tenía se ingeniaba parar conseguirlas.

En la calle se oía el silbato del afilador.

-Hoy o mañana llueve -dijo Ella desde el fregadero de la cocina.

No le pareció a El que lo que acaba de oir fuera congruente, pero se guardó para si su pensamiento.

-Hoy o mañana llueve -repitió la mujer añadiendo- Eso se decía en mi niñez, allá, en el Norte de España, cuando aparecía el afilador.

-Qué tendrá que ver una cosa con la otra -se dijo para su coleto El- Lo más probable es que el afilador -continuó razonando- se presentara en épocas propicias a los aguaceros y por una de esas casualidades acurriría que las nubes descargaran su líquido elemento cuando el silbato se hacía patente penetrando en las casas. Y las mujeres, idiotas por naturaleza, unieron ambos sucesos atribuyéndole al afilador cualidades mágicas. 

Mas para qué discutir con Ella. No serviría de nada.

Siguió mirándose las manos. Manos que no le servían para casi nada. En fin...

Uno de los gatos se acercó a El. Comenzó a restregarse contra su pantalón. Luego se apartó un poco y mirándole comenzó a maullar suavemente. Le lanzó una patada pero no lo alcanzó. El felino le adivinó la intención y se escurrió en dirección de la cocina donde Ella faenaba.

-¿Qué quieres, pesao? -se oyó a ella decir- Ven, que te voy a dar de comer.

Ella pasó por detrás de El seguida por el gato. En un recipiente depositó unas bolitas de color marrón que el animal comía con evidente gusto.

Mientras comía el animal Ella miró a El. El era su marido y Ella, claro, la esposa. Desde donde lo veía Ella, así, de perfil, el lado derecho de la cara, El era hasta guapo. Si acaso lo afeaba, amén de otras cosas, su expresión adusta, seria, casi amarga.

-¿Por que no te vas a dar un paseo?

-Me aburro andando por ahí.

-Más te aburrirás ahí sentado, sin hacer nada.

-¿Te molesto?

-¡No! ¡Por Dios! ¡Qué cosas dices!

-¿Esperas a alguien?

-¡Bueno, bueno! ¿A quién voy a esperar?

-No sé... Al novio.

Ella se sonrió. Luego se puso seria. No le contestó. La estaba provocando y la mujer lo sabía. El hombre  miró a hurtadillas viendo cómo peinaba al gato.

De repente le dijo:

-¿En qué puedo ayudarte?

-En nada.

-¡Joder! No dices que no me muevo...

-¿Quiéres ayudarme?... ¿de verdad?...

-Si.

-Pues... necesito tomates y lechuga para la ensalada.

-Iré a comprarlos.

Ella extraía del peine con los dedos de la mano los pelos del gato. Lo que a El le produjo una arcada. Los pelos le llegaban, de una manera casi enfermiza, solo verlos, a la boca, bajaban por el esófago y se establecían en el estómago. Eran imágenes que el cerebro no podía rechazar, corrían a su libre albedrío por esos conductos y, claro, el estómago intentaba expulsar a los intrusos conmocionando todo su cuerpo. Lo pasaba mal, muy mal. Siempre. Algunas veces se había tenido que echar la mano al pecho. El remedio era apartar de su vista toda pelambre. Y aun así le duraba un tiempo el malestar.

Se levantó rapidamente de la silla y dando un portazo salió a la calle en busca de los tomates y la lechuga.

(seguirá)

jueves, 8 de julio de 2010

José Mª Amigo Zamorano: Sobre 'Kanikosen. El pesquero' y 'Los Hermanos de la Costa'



Frente a mi tengo las portadas de dos libros: 'Kanikosen. El pesquero' de Takiji Kobayashi y 'Los Hermanos de la Costa. Piratería libertaria en el Caribe' de Bernardo Fuster. Tienen de común denominador el color negro. El primero absolutamente negro y el segundo negro y gris. Resumiendo así los editores el contenido de los libros.
Aunque el uno es novela y el otro es un relato histórico, ambos  tienen algunas semejanzas: el mar, el robo, la esclavitud, la rebeldía... Los autores no tiene, personalmente, nada en común: ni son coetáneos, ni de la misma tierra, ni hablan la misma lengua, ni... destino vital parecido o semejante: el uno fue asesinado por la policía del Imperio del Sol Naciente y el otro... vive y come, suponemos que felizmente, por los madriles. Tal vez si se hubieran conocido... No sé. El caso es que... los tengo aquí. Y los he leído.
'Vamos hacia el infierno', comienza diciendo el primero. Y el otro viene a decir que camina hacia el paraiso.
El que se apresta a ir al averno y el que se dirige al edén tienen ambos su ración de desdichas y placeres porque todo no es uniforme en la vida. Ella tiene sus altibajos.
Me explicaré: 'Kanikosen. El pesquero'  trata de la tripulación de un barco que faena en busca de cangrejos. Allí se han enrolado, atraidos por grilletes de ilusión, alegres y esperanzados porque se ven caminando hacia un edén, mineros, campesinos, estudiantes, huyendo de bajos salarios, labores ruinosas del campo, vida miserable en tierra... para terminar aherrojados en el mar por jornadas agotadoras e interminables, frío, escasez de comida y bebida... en las faenas de esa pesca. Ya han entrado en el infierno. 
Tan infernal es su vida que hasta los marcan con hierro candente si no rinden lo que los patronos quieren. Y tanto los exprimen, los explotan, y los desprecian, y los maltratan... y tanto les cubre la mierda o les comen los piojos, tanto les pisan los cojones... que se rebelan como un solo hombre. Fin. 
Se dice pronto: fin; pero el calvario se ha notado, se ha sentido, se ha olido; lo mismo que su disgusto, su desesperación, su angustia...; en la portada, abajo, se le compara a esta novela con 'Las uvas de la Ira'; se me ocurre que si aquella de Steinbeck era 'uvas de la ira' esta de Tobayashi es 'cangrejos del odio' puestos a punto para clavar sus pinzas en el sistema capitalista e imperialista japonés. 
La suerte perra de los trabajadores, transformados en esclavos, se va metiendo en el lector; esclavos, digo, porque en poco se diferencian, estos trabajadores japoneses que aparecen en la novela, de los esclavos africanos que conducían los negreros en el Pasaje Medio hacia América
Del otro libro, 'Los Hermanos de la Costa. Piratería libertaria en el Caribe', se puede decir que describe un movimiento similar; movimiento histórico por el que hace que surjan los piratas del Caribe: la huida de la opresión de las monarquías, de la férula de la iglesia católica, de las hogueras inquisitoriales... de modo que una serie de individuos de distintas procedencias, de variadas religiones o de pensamientos dispares, converjan, rebeldes, en la isla de la Tortuga y alrededores, donde van formando una comunidad sin dios, sin patria y sin rey. Lema de rabiosa actualidad en medio de meapilas de distintas civilizaciones. 
Al decir del autor, es la primera experiencia libertaria del mundo; que duraría unos 60 años del siglo XVII. El libro es el relato de los orígenes y desarrollo de estos primeros 'anarquistas' hasta su desaparición. Si bien el entusiasmo del autor por esa forma de vida es innegable lo que le aporta su punto positivo y negativo para algunos: el sentimiento y la subjetividad; subjetividad que José Bergamín elogiaba diciendo aquelllo de que no somos objetos sino sujetos.
La obra acaba con poemas sobre piratas de poetas románticos muy conocidos como Lord Byron, Espronceda o Victor Hugo y letra de algunas canciones de piratas. Por cierto, el libro viene acompañado de un disco (CD) con canciones.
Físicamente, los párrafos del libro están separados desigualmente, sin uniformidad, ya que es mas ancha en unos que en otros. La única explicación a esto (se me ocurre) es que el autor haya escrito todo el 'libelo' (así lo llama) a golpes, como si fueran apuntes o reflexiones a lo largo de su indagador interés por la piratería y que los dejara así, como independientes, para un posible engarce más concienzudo en un tiempo posterior. Todo puede ser. 
Me he acercado a él, al libro, para saber qué influencia pudieron tener los negros cimarrones en esa colectividad 'ácrata'. Me he quedado con las ganas porque de eso apenas trata. Solo alguna frase que otra. No obstante lo comprendo: es un estudio inicial, primeras pinceladas, quizás pionero en el tema, y solo traza, a grandes rasgos, el devenir histórico. 
Sobre los autores: 
1º. Takiji Kobayashi escribió esta novela allá por 1930 y el Imperio Japonés lo premió asesinándolo tras horribles torturas. Antes lo habían expulsado del banco donde trabajaba, por su labor en pro de los trabajadores. Fue detenido varias veces por su lucha sindical. Era comunista. Y con eso bastaba para la monarquía japonesa. 
2º. Bernado Fuster, que ha escrito este relato histórico, es músico; autor de  canciones como la famosa 'La puerta de Alcalá' y otras de éxito; fundador de Suburbano, vive y come en la España actual, monárquica heredera del franquismo, aunque no sabemos que hubiera hecho la dictadura franquista, con él, de haberlo apresado cuando militaba en el FRAP y componía canciones antifascistas. Pero no fue así. Mejor para él.
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Ficha de los libros comentados:
Título: Kanikosen. El Pesquero
Autor: Takiji Kobayashi
Editorial: Ático de los libros
Primera edición: marzo de 2010
Número de páginas: 146
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Título: Los Hermanos de la Costa. Piratería libertaria en el Caribe
Autor. Bernardo Fuster
Editorial: El Garaje Ediciones SL
Primera edición: enero de 2009
Número de páginas: 259

miércoles, 30 de junio de 2010

Osvaldo Gallone: Un posmoderno se ensaña con Miguel Hernández

» Le Monde Diplomatique; Año IV, Numero 37 Junio 2010


Poeta por encima de toda sospecha - Mie, 06/16/2010 - por Osvaldo Gallone

Un posmoderno se ensaña con Miguel Hernández - Osvaldo Gallone

Dos estremecimientos complementarios parecen signar la dinámica de la posmodernidad (concepto tan lábil como lábiles son las bases que lo sustentan): la laboriosa reivindicación de la ramplonería y la no menos laboriosa demolición de lo legítimamente consagrado; ambos estremecimientos alimentados por el pan de la pretendida relatividad de los valores (cuando si hay algo que caracteriza a los valores es su carácter absoluto).
Ejemplo de lo primero –para no remitirse más que a un nivel estrictamente local– es la curiosa revalorización de los filmes perpetrados por Armando Bo y protagonizados por la señora Isabel Sarli (hace unos meses se exhibió una retrospectiva fílmica de la pareja en el espacio cultural Malba) definiéndolos como consumados paradigmas de pornografía ingenua sostenidos en una estética adelantada a su tiempo. A riesgo de precipitarse en la injusticia crítica, cabe señalar que en las remotas fechas de su estreno (las décadas de 1960 y 1970) las películas de Bo-Sarli resultaban grotescas; vistas hoy, no han hecho más que acentuar su impecable estolidez. Ejemplo de lo segundo –con sus más y sus menos, sus idas y vueltas, sus matices y atenuaciones– es la biografía, aún no difundida en Argentina, de Miguel Hernández, con motivo de la conmemoración del centenario de su nacimiento, escrita por Eutimio Martín, licenciado en Filología Románica y catedrático emérito de la Universidad de Aix-en-Provence (1).

El erotismo desbocado

En El oficio de poeta, Eutimio Martín concluye: “El final fue tan digno que está por encima de las pequeñas concesiones que hizo en su vida”. Huelga decir que el biógrafo se ocupa con escrupuloso énfasis “de las pequeñas concesiones”.
Resulta indiscutible que Hernández encarnó como pocos la esencia constitutiva de la causa republicana: la conquista de la libertad personal contra la opresión económica y la asfixiante hegemonía clerical. No es menos evidente, como define Martín de modo impecable, que su muerte fue un “asesinato a fuego lento” (como el propio poeta declara en carta clandestina desde prisión: “Se me cura a fuerza de tirones y todo es desidia, ignorancia, despreocupación…”) y que la Iglesia católica no sólo pudo haber evitado la muerte y el abyecto periplo carcelario al que fue sometido, sino que también podría haber mediado para que fuera trasladado a un sanatorio para tuberculosos.
Pero el biógrafo se detiene, entre otras cosas, en la presunta precariedad de la situación económica de Hernández. No fue tal, advierte: Hernández era capaz de mentir “con apabullante desfachatez sobre su situación material” a fin de construir una imagen tan conmovedora como propicia para la previsible acuñación del mito personal; es decir, agrega, que lo que Hernández trató de cultivar fue lo que hoy se denominaría un look propagandístico. El lector familiarizado con los datos biográficos del poeta podría sorprenderse: al fin y al cabo, puede pensar, se ha probado hasta el hartazgo que Hernández era pastor de cabras. Pero Martín investiga a fondo, cala hasta el hueso y revela la impostura: sí, pastor de cabras, pero de las cabras de su padre. Aun aceptando como insospechable el descubrimiento de Martín, cabría aclarar que este dato no convierte a Hernández en un capitalista salvaje o –dispénsese en este punto la utilización de una jerga setentista– un chancho burgués: en una aldea española de principios del siglo XX (que no otra cosa era Orihuela, tierra natal de Hernández) o en cualquier otra aldea de similares características, ser propietario de una veintena de cabras no aseguraba, necesariamente, un porvenir venturoso para el poseedor y sus generaciones futuras.
Martín pone el acento en un rasgo que resulta, cuanto menos, sorprendente, en especial porque no queda claro si lo censura con cierta acritud o meramente lo enuncia: Hernández no sólo era un hombre apasionado, sino que estaba dotado de una sensibilidad “erótica muy intensa”. Intuye con acierto el saber popular cuando declara que “lo que abunda, no daña”. Pero puntualmente en el aspecto que señala Martín, nunca más sensato aquello de que más vale que sobre y no que falte. Parecería injusto imputarle a Hernández una sensibilidad “erótica muy intensa”.
Pero precisamente a causa de la bendita sensibilidad erótica, se abre cauce en la biografía una figura que termina por ser blanco privilegiado de los dardos del biógrafo: Josefina Manresa, la esposa del poeta. A estar por la poesía de Hernández, a la que algún crédito habría que darle, Josefina Manresa es aquella que le inspira algunos de los poemas de amor más conmovedores de la lírica castellana: desde “Te me mueres de casta y de sencilla” hasta “Canción del esposo soldado” pasando por “Hijo de la luz y de la sombra”. A estar por Eutimio Martín, más le hubiera valido a Hernández un celibato a cal y canto que la unión con Josefina. Dios sabrá qué documentación habrá manejado el biógrafo para indicar sin ambages ni sombra de duda que Josefina, “víctima de una educación religiosa”, jamás estuvo a la altura de la intensa sensibilidad erótica del poeta. Como para terminar de convertirla en la Jantipa de Sócrates, Martín añade que nunca fue a visitarlo en la cárcel, salvo cuando Hernández estaba en Orihuela. Valdría la pena situar el texto en contexto: entre 1939 y 1941, Hernández pasa por las prisiones de Huelva, Sevilla, Madrid, Palencia, Ocaña y Alicante, donde muere en 1942, a la edad de treinta y un años. Por esas fechas, el segundo hijo de Manresa y Hernández (el primero había muerto prematuramente) contaba con dos años, un padre en la cárcel y una madre en absoluta soledad; ¿se le podía pedir a Manresa, en tales circunstancias, que se trasladara por media España siguiendo el itinerario de su marido y con un bebé en brazos?
El imperativo de un biógrafo es investigar, pero también y fundamentalmente la biografía es un ejercicio de honda comprensión humana: del biografiado, de su entorno y de sus circunstancias.

Un artista mayor

Resulta esencial no perder de vista que Hernández no es memorable por su más o menos intensa pulsión libidinal, por el número de cabras que tenía y ni siquiera por haberse constituido en un símbolo de la resistencia republicana durante la Guerra Civil Española, sino por ser, lisa y llanamente, uno de los más grandes poetas del siglo XX en lengua castellana.
Perito en lunas (1933), Imagen de tu huella y El silbo vulnerado (ambos de 1934) muestran a un Hernández de una notable ductilidad para la rima y la metáfora, pero también notoriamente influido por el neogongorismo y las resonancias cultistas, de las que se irá desprendiendo a medida que encuentre su estilo, vale decir, su modo de respirar (que no otra cosa es el estilo: la respiración personal e intransferible de un escritor). Con todo, en esos tres primeros libros no se pueden obviar dos temas que serán relevantes en su obra posterior: el tratamiento del amor sensual (plano en el que Hernández halla una perfecta y rara confluencia de dos tonos: virilidad y ternura) y un misticismo cuyo carácter y desarrollo lo emparienta íntimamente con lo sagrado (concepto que se distingue con claridad de lo religioso: Hernández se aboca a un panteísmo elevado al terreno de la sacralidad y expurgado de capillas y artículos de fe).
El rayo que no cesa (1935), donde incluye la demoledora “Elegía” dedicada a su amigo Ramón Sijé, supone para el poeta el reconocimiento unánime de sus pares, y hasta Ortega y Gasset, el meridiano por donde pasa la cultura española de la época, le solicita colaboraciones para Revista de Occidente. En El rayo que no cesa ya hay un Hernández de un equilibrio estilístico notable en cuya poesía se plasma el maridaje entre aliento lírico y reflexión intelectual, tal y como ocurre en la obra de uno de sus poetas más admirados, Jorge Guillén.
En Viento del pueblo (1937), El hombre acecha (1939) y Cancionero y romancero de ausencias (1941) ya se constituye el Hernández militante y poeta, nocturno y luminoso, que dejaría escritos de una vez y para siempre un puñado de poemas que se niegan tenazmente al olvido: “Vientos del pueblo me llevan”, “Aceituneros”, “El hambre”, “Menos tu vientre” o “El niño yuntero”, entre otros.
Hernández, como queda dicho, muere en 1942; hicieron falta treinta años para que gran parte del mundo hispano supiera que había vivido. En 1972, Serrat musicaliza y difunde diez poemas de Miguel Hernández y lo sitúa en el centro de la atención popular. Más allá de la bizantina discusión acerca de la legitimidad de musicalizar un poema, resulta imposible dejar de reconocer el indiscutible acierto del cantautor catalán al popularizar a Hernández, resucitar su lírica y alcanzar el fin más alto que se pueda desear: que la poesía se convierta en pan cotidiano. Con motivo del centenario del nacimiento de Hernández, Serrat ha editado en estos días otro trabajo con los poemas de Hernández, Hijo de la luz y de la sombra. El poema que da título al disco y “Canción del esposo soldado”, por mencionar sólo dos, son soberbias versiones musicales. Por fortuna, nuevamente Serrat le ha hecho justicia a Hernández; justicia poética.

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*Escritor y crítico literario. Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.