miércoles, 20 de diciembre de 2006

José Mª Amigo Zamorano: ENCEFALOGRAMA PLANO


León Saldaviel Anqaua, El Sefardí, nieto, biznieto y tataranieto de rabinos salió a la calle a pasear sin norte ni rumbo. No podía tenerlo. La vida le había enseñado que sin una idea a donde ir, no había camino que tomar ni meta donde llegar; luego le inculcaron que "sin ideología revolucionaria no hay movimiento revolucionario"; lo cual le pareció de perlas, en consonancia con lo que la vida diaria le mostró a lo largo de los años. Pero había mas: le afirmaron aquello de que "el que no tiene ideología, es como el que no tiene alma".
Con el paso de los años las ideas comenzaron a tambaleársele; y ahora, prácticamente, no tenía nada de eso: tampoco tenía casi resto de lo otro, ni brizna de lo de mas allá: ergo, no tenía alma. Era un desalmado desarmado. Y de los desalmados se podía esperar cualquier cosa: había que precaverse de ellos.
Desalmados sin la ideología revolucionaria, faro, brújula, quinqué, linterna o candil que les alumbrara el camino: no tenían camino que seguir. De modo que al salir de casa pueden torcer hacia una calle o hacia otra: depende del humor del instante. Ya se comprende perfectamente el por qué caminaba sin norte, ni rumbo: al albur.
Era por lo tanto inútil y peligroso para la sociedad, a pesar del desarme, en razón de que los diseñadores, los encauzadores sociales --arreadores todos-- no podían programar nada con garantía fiable de éxito dadas las singulares reacciones que semejante individuo podía tomar. Así no había diseño posible. Tenían que estar alerta: desposeído, sí; y monstruoso, también.
Él se lo estaba creyendo; bueno, por mejor decir, flotaba en un mar de incertidumbres; mas todavía: en un encrespado piélago: primer paso, pensaba, para su devastación completa.
Ya en la puerta del edificio, se paró un buen rato en el peldaño, mirando la rosa de los vientos, hasta determinar su andariega trayectoria; por fin encaminose a la izquierda; por inercia. Escasos transeúntes se aventuraban, esa noche, con la niebla espesa que se había cernido sobre la metrópoli.
La humedad, la helada humedad que, no obstante, preludiar la primavera, taladraba, como un berbiquí, hundiéndose en los huesos. Y mas a él que, por toda protección, tenía una chaqueta de entretiempo: poca defensa, escaso abrigo, ante tamaña fresquera meteorológica. Se estremeció.
Coches y mas coches surgían de improviso al escenario de su mirada para evaporarse rápidos tras el cortinaje neblinoso; pero no sin antes enviarle una vaharada de humo y niebla helada que le hacía toser provocándole arcadas. Se arrimó a la pared y vomitó la poca comida y el mucho vino que se había echado al coleto.
No podía acusar a los automóviles, ni a los automovilistas, de su estropicio estomacal sin incriminarse a él mismo, máxime teniendo, como tenía ya hace años, un pequeño vehículo. Si no lo usaba se debía simplemente a que el escaso combustible que le quedaba en el depósito lo retenía para casos relevantes.
Si le preguntaran, y alguno podría interrogarle, no sabría determinar, en esos precisos instantes, las características de esos realces; siendo completamente veraz, y lo era, no apreciaba protuberancia, cresta o altibajo por parte alguna; no lo advertía ni en él ni en su entorno: todo era ... ¡eso!, como un encefalograma plano, liso, llano, raso... Palabreja esta, "encefalograma", que aún teniendo concomitancias necrológicas --o por tenerlas precisamente-- le venía ahora a la memoria produciéndole un ligero escalofrío.
Y ese "encefalograma" corroía lo poco que quedaba de sus, ya desgastadísimos, fundamentos ideológicos --ideas que le enseñaron los remendones socialistas con los que hablara, antaño, siendo un adolescente-- que le empujaron a contender sin tregua ni cuartel contra las "ideas generales":
-- "Análisis concreto de la situación concreta, muchacho: nada de ideas generales sustento de la burguesía que quiere hacer el mundo a su imagen y semejanza" --le recomendaban siempre.
¿Qué podía analizar él, aquí y ahora?, ¿dónde encontrar esas concreciones?: no había salientes, relieves, volúmenes... que pudiera columbrar desde diversos ángulos; comparar el juego de iluminaciones y obscuridades para, por ejemplo, sitiar, acosar y, finalmente, marginar demarcaciones tenebrosas: no había nada de nada.
Y lo que hubiera, que él no lo veía por ningún sitio, se le escurría como pez de entre las manos. Lo que se le presentaba a la observación, mecánica tal vez, era esa indefinida realidad; y le indicaba el éxito de todo aquello contra lo que había luchado: la victoria de las ideas, de los conceptos generales; por todas partes y a todas horas; lo concreto estaba oculto, no se veía.
Bueno él era un hecho concreto; pero no contaba para la patraña con mayúscula; era un encefalograma liso, raso; y para mas inri, desalmado y desarmado; es decir: triplemente plano.
Había, eso sí, coches, muchos coches; calles, muchas calles; niebla, mucha niebla; frío, mucho frío... muy común, muy general, todo.
Al separarse del paredón luego del vómito y continuar su desequilibrado callejeo le sale al paso una espantajo, un fantasma: nada específico, solo la voz:
--Una limosna, señorito, ¡por amor de Dios!; tenga compasión de esta madre con cinco hijos y un padre en paro que no puede alimentarlos.
--A bueno has ido a pedir; si yo te contara... -- contesta.
--¡Ojalá te mueras de frío, cabrón!
Prosiguió adentrándose en la niebla.
Cada vez siente mas frío. La chaqueta se le ha humedecido y ya no le sirve para nada.
Le asalta la luz de un bar. El rótulo pregona "Bar Israfel". Enfrente del mismo unos negros bobos de Burkina Fasso han puesto un tenderete de venta ambulante.
Para espantar el frío del cuerpo se dan palmadas a la espalda cruzando los brazos. Se introduce en el bar casi a trompicones y se da de bruce contra el mostrador. Cuando alza la vista queda prendida de un retrato:
-- ¡Coño!, a ese lo conozco yo... ¡claro!, Edgar Poe.
Pide un vaso doble de vino tinto.
--¡A ver, el dinero!; que te conozco como si te hubiera parido -- le espeta el del mostrador.
--Dame el vino, joder: que tengo dinero.
En un santiamén se bebe dos dobles; su cuerpo se entona al contrarrestar el calor del vino y del local al frío de la calle y de la chaqueta.
En la televisión están debatiendo sobre la juventud: uno de los contertulios generaliza diciendo que ésta, la juventud se entiende, nada en la abundancia; luego interviene otro y otro... están de acuerdo todos en que les han educado mal: viven en la despreocupación y la molicie.
Piensa que no todos los jóvenes son iguales; sin ir más lejos y para muestra, los negros bobos de Burkina Faso que están ahí en la calle; pero inmediatamente se retracta de su consideración diciéndose que es posible que tengan razón; al fin y al cabo su anterior pensamiento ha sido quizás puro reflejo de la ideología que tuvo y que ya no tiene al abandonarla por fracasada, como lo ha sido, en todos los frentes; ahora dominan las ideas generales; los encefalogramas planos.
Y por si le cupiera alguna duda ahí están, sin ir mas lejos, esas eminentísimas estrellas del debate televisivo demostrándoselo con argumentos que, sin convencerlo del todo...
Un movimiento de los parroquianos del establecimiento le hace desviar la vista del púlpito moderno en dirección de las cristaleras que dan a la calle: un grupo de "cabezas rapadas" ha irrumpido a patadas tirando el puesto de venta a los negros que aterrorizados huyen.
¡Pobres negros! piensa con una mezcla de conmiseración y desprecio, contemplando la escena; y, contemplándose a él y a los clientes del bar; convendría ahora, en ese preciso momento, analizar el caso concreto en la situación concreta, pero no puede llegar a ninguna conclusión al ser, a todas luces, el movimiento corporal prácticamente un encefalograma plano: solo se han movido más que los ojos.
Una patada en la puerta que se abre astillada, voces, aullidos -- "¡mirones, inútiles, jilipollas!"-- unos puntapiés en el culo, "judío de mierda", oye; y casi de inmediato le golpean la cabeza con algo duro, quizás un bate de béisbol y cae al suelo al suelo todo lo largo que es, lo que ha conseguido interrumpir su casi conclusa encefalogramada reflexión.
Con la misma rapidez que entraron los rapados emprenden la huida.
Se apodera el silencio del local tan solo roto por la cháchara de la televisión; uno de los bonzos o sacerdotes de la cultura insistía perorando -- bla, bla, bla-- sobre la despolitizada y apática juventud de hoy en día.
Alguien le ayuda a levantarse. Tiene la cabeza abierta y la cara ensangrentada. Medio grogui pregunta al camarero:
--¿Que te debo?
--Nada: no me debes nada; y vete a curarte pronto; de lo contrario la vas a diñar.
--Gracias -- dice y abandona el local mientras se van animando las opiniones en los corrillos de los clientes: que si "¡qué cabrones!, ¡racistas!", etc --bla, bla, bla-- que si "conmigo iban a dar", que "no hay gobierno", que...
La niebla se ha espesado muchísimo, hasta el extremo de no verse más que algún metro delante del que camina.
Atraviesa la calle y se adentra, con paso vacilante aunque decidido, en la espesura. Un camarero, que sale a la terraza cabreado porque iba a cerrar, tiritando saluda al sol que se ha sentado, tan pancho, a tomar un helado.
Y un estudiante pobre se acerca a la mesa para aprovechar la luz y el calor del astro: lleva esperando horas y la patrona del piso no ha venido aún de gastarse el mes de los pupilos.
En el mismo centro de la calle, una tribu de negros --bobos de Burkina Faso-- ha levantado su fuego ancestral: en plena calle; tocan el tam - tam; bailan; se van a cenar un cabeza rapada que, asándose en las parrillas como un san Lorenzo, llora como una Magdalena ¡él, tan hombre!; había concebido una estratagema: entrar en los estómagos de los africanos para zurrarles la badana a los hígados africanos con un bate de béisbol; pero no se lo han permitido cortándole las manos .
Cansado de andar entre la neblina se para con los negros con ánimo de congraciarse con ellos; dolidos, como están, por su pasividad, no le hacen ni caso.
Ha perdido mucha sangre; y se siente dulcemente extenuado.

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