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domingo, 18 de diciembre de 2011

Pablo Bilsky: Erasmo y la hipocresía católica: Pedofilia en Holanda


Pablo Bilsky (REDACCION ROSARIO)


Entre mediados del siglo XV y principios del XVI, un sacerdote católico holandés, hijo de otro sacerdote más o menos célibe, escribió una serie de obras en las que denunció los abusos, la corrupción y la hipocresía de la Iglesia Católica. Se llamó Erasmo de Rótterdam, y siempre reafirmó su fe en Dios, en Cristo y en las Sagradas Escrituras. Sus críticas apuntaban a los excesos de poder de la institución, a su dogmatismo, a su ignorancia y al culto a los rituales vacíos, sin sentimientos verdaderos ni fe. Fue cruelmente perseguido y censurado. Más de cuatro siglos después, sus ideas parecen cada vez más necesarias en Holanda, donde denunciaron que "decenas de miles de menores" fueron abusados sexualmente en la Iglesia católica holandesa entre 1945 y 2010. Hay 800 presuntos autores identificados.

Erasmo nació el 28 de octubre de 1466 en Rótterdam, fue hijo no reconocido de un casto sacerdote de Gouda y su criada Margaretha Rutgers. Erasmo, que inspiró y dio letra a la reforma protestante, nunca deseó abandonar la Iglesia Católica, cuyos abusos denunció en sus escritos. Se convirtió en la sombra negra de la Europa católica y el poder del Papa. En España, especialmente, sus textos y sus lectores alimentaron las hogueras de la Santa Inquisición.

Y más de cuatro siglos más tardes, los cambios para la Iglesia que pedía Erasmo no han llegado todavía. Los abusos sexuales y el enriquecimiento ilícito y obsceno continúan. Decenas de miles de menores fueron abusados sexualmente en la Iglesia católica holandesa entre 1945 y 2010 y 800 presuntos autores han sido identificados, afirmó este viernes 16 una comisión investigadora independiente al presentar su informe final.

"Varias decenas de miles de menores enfrentaron formas leves, graves o muy graves de conductas sexuales que iban más allá de los límites entre 1945 y 2010 en la Iglesia católica holandesa", indicó un comunicado de la comisión, cuya investigación comenzó el 24 de agosto pasado.

Estos casos se suman a otros miles en todas partes del mundo. Las autoridades de la Iglesia lo encubrieron durante años, y sólo cuando el escándalo adquirió proporciones globales y descomunales la institución salió a dar tímidas y cínicas respuestas corporativas, en el marco de una verdadera cultura de la ocultación.

La cultura de la ocultación fue acatada durante décadas por los clérigos hasta que en 2000 estalló un grave escándalo de pedofilia en Estados Unidos, seguido por otras denuncias en varios países de Europa -incluyendo Alemania, el país del Papa- y de América Latina, como México, Brasil y Chile.

No son excepciones

El filósofo esloveno Slavoj Zizek hace referencia a los casos de pedofilia que involucran a sacerdotes católicos en el libro donde analiza las diferentes clases de violencia (Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales, Paidós, 2008). El pensador intenta desentrañar “el corazón de las tinieblas”, esto es la violencia fundante que se halla en el mismísimo centro vital de las instituciones, y que así constituye su reverso negado, tapado, pero sin el cual la institución no podría siquiera existir.

Para Zizek, lejos de ser excepción, y lejos de ser asignable a los individuos, la pedofilia de los sacerdotes católicos es “indispensable” para la supervivencia de la Iglesia.

La pedofilia de los curas católicos no es algo que atañe sólo a las personas que, a causa de razones accidentales de su historia privada sin relación alguna de la Iglesia como institución, eligieron el sacerdocio como profesión. Es un fenómeno que concierne a la Iglesia católica como tal, que está inscripto en su propio funcionamiento como institución socio-simbólica. No concierne al inconsciente privado de los individuos, sino al inconsciente de la propia institución: no es algo que ocurra porque la institución deba adaptarse a las realidades patológicas de la libido para sobrevivir, sino que se trata de algo que la institución necesita para reproducirse”, señala Zizek, que hace referencia a la noción de “inconsciente institucional” como algo que está más allá de las decisiones y las opciones individuales de las personas que integran una institución.

Uno puede imaginar un sacerdote heterosexual (no pedófilo) que, tras años de servicio, se ve implicado en la pedofilia porque la misma lógica de la institución lo induce a ello”, agrega el filósofo esloveno, que insiste en designar esos hechos como “la cara obscena y oculta” que, precisamente por ser negada, sostiene y da vida a la institución.

Cuando Zizek analiza por qué estos hechos se encubren, es posible trazar un claro paralelo con lo que sucede en otras instituciones poderosas y verticalistas: el ejército, y la policía, donde no les suele ir muy bien a aquellos individuos que patean el tablero y, rompiendo con los códigos internos, denuncian, por ejemplo, hechos de corrupción.

En otras palabras, no es sólo que por razones conformistas, la Iglesia intente encubrir los escándalos de pedofilia, sino que al defenderse la Iglesia defiende su secreto obsceno más íntimo. Ello implica que identificarse con este lado secreto es un elemento clave de la auténtica identidad de un sacerdote cristiano: si un sacerdote denuncia (no sólo retóricamente) se excluye a sí mismo de la comunidad eclesiástica”, señala Zizek al tiempo que ofrece una interesante propuesta: “La propia Iglesia como institución debe ser investigada en cuanto al modo en que crea de forma sistemática las condiciones para que se cometan tales delitos”.

En la Argentina

La Argentina no es la excepción. La Asociación Protege a tus hijos (Protegeatushijos.org) denuncia unos 800 casos que involucran a sacerdotes. En 2010, estalló en Rosario el escándalo en torno del comportamiento del titular de la Parroquia Nuestra Señora de Pompeya, Reynaldo Narvais. En este sentido, el vicario general de la orden de los Canónigos Regulares de Letrán, Raúl Lutz, sostuvo consultado por el diario La Capital, que durante la investigación realizada por la congregación de las denuncias contra un sacerdote “se detectaron ocho casos de acoso sexual”. Narvais, fue apartado del cargo tras las denuncias.

En abril de 2011, la Cámara Penal de Santa Fe anuló la sentencia dictada en 2009, que condenó a monseñor Edgardo Gabriel Storni a ocho años de prisión por abuso sexual agravado y ordenó que se dicte un nuevo veredicto. Hizo lugar así parcialmente a la apelación planteada por la defensa del ex arzobispo de la capital santafesina, que había pedido también la anulación de todo el proceso. El escándalo estalló tras la publicación del libro de Olga Wornat "Nuestra Santa Madre", quien dedicó un capítulo al entonces jefe de la Iglesia santafesina que tituló "El Rosadito", apodo que —asegura allí— usaban los jóvenes seminaristas a quienes el arzobispo invitaba a su dormitorio. Con amplia repercusión, la Iglesia reanudó una investigación que terminaría con la renuncia de Storni.

El caso Grassi también tuvo gran repercusión mediática a nivel nacional. En septiembre de 2010, la Cámara de Casación Penal de la provincia de Buenos Aires rechazó todos los recursos presentados por la defensa del cura Julio César Grassi, acusado por dos hechos de abuso sexual. La Justicia ratificó la condena a quince años de prisión a Grassi, que había sido dictada en 2009 por un tribunal de Morón que lo encontró culpable.

El caso Irlanda

En julio de 2011, el primer ministro irlandés, Enda Kenny, acusó a la Santa Sede de haber obstruido las investigaciones sobre un informe que revelaba actos de pedofilia por parte de autoridades religiosas de ese país. En tanto el Vaticano ordenó volver a Roma a su embajador. El Vaticano llamó "a consultas" a su nuncio apostólico en Irlanda, en un gesto que ilustra la tensión entre la Santa Sede y ese país católico traumatizado por centenares de casos de pedofilia.

La inusual medida se anunció que el primer ministro irlandés, Enda Kenny, acusara a la Santa Sede de haber obstruido las investigaciones sobre un informe que revelaba actos de pedofilia cometidos en 1996 y 2009 por 19 sacerdotes de la diócesis de Cloyne, en el sur del país, informó AFP. "La violación y la tortura de niños fueron subestimadas o 'gestionadas' para preservar la institución, su poder y su reputación", denunció Kenny.

El Vaticano consideró que esas alegaciones eran "exageradas". Según Kenny, "el informe Cloyne pone en evidencia la disfunción, la desconexión (de la realidad), el elitismo y el narcisismo que dominan la cultura del Vaticano". El informe, publicado el 14 de julio, señala que las cuarenta víctimas en las que se centró la investigación se sintieron "abandonadas por la Iglesia". "Tuvieron la impresión (...) de que la única preocupación (de la Iglesia católica) era proteger a la institución, más que el bienestar de los niños", agregó. Varios eclesiásticos mencionados ya fallecieron, pero tres de ellos fueron denunciados ante la justicia.

La Iglesia de Irlanda sufre una fuerte merma de prestigio desde la publicación en noviembre de 2009 de un informe que reveló abusos sexuales de niños cometidos durante décadas por sacerdotes y miembros de órdenes religiosas y los esfuerzos de la jerarquía eclesiástica de la región de Dublín para acallar las denuncias.

El papa Benedicto XVI denunció, tras la divulgación de ese documento, la inercia de la jerarquía católica de Irlanda y exigió medidas "concretas" para restaurar la credibilidad moral y espiritual de la Iglesia.

Benedicto XVI también envió un mensaje pastoral a los católicos irlandeses, que se convirtió en el primer documento firmado por un Papa en el que se aborda el tema de la pedofilia. En su Carta Pastoral, el Papa expresa su "vergüenza" y sus "remordimientos" y afirma que los sacerdotes culpables de abusos sexuales deberán responder tanto "ante Dios" como ante la justicia.

La Iglesia sigue manteniendo las pútridas miserias que hicieron necesarias las críticas de Erasmo. Continúa erigiéndose en árbitro de la moral y la ética, con cada vez menos autoridad y más autoritarismo y cinismo. Por ejemplo, desaconseja el control de la natalidad, una idea que, de ser acatada por muchos, causaría un desastre planetario. También desaconseja el uso de preservativos, condenando así a muerte a millones de personas, en lo que constituye uno más de los tantos genocidios que ha venido perpetrando la Iglesia católica, ya sea en forma directa o bien desde las sombras, como cómplice de dictadores y déspotas. La Iglesia tiene una malsana obsesión por el sexo. Sólo los pornógrafos la igualan en el cultivo y el desarrollo de esta idea fija, irrefrenable. La Iglesia fisgonea las alcobas ajenas, pero oculta las propias: allí se practican las formas más aberrantes, violentas y patológicas de la sexualidad. Y las víctimas son menores. Más allá de las conocidas dificultades de traducción de la Biblia, nada indica que la famosa frase de Jesús “Dejad que los niños vengan a mí” (Marcos 10:14) tenga la patológica interpretación que decenas de miles de perversos sacerdotes pretenden darle.

jueves, 22 de abril de 2010

Pederastia: la ambigüedad clerical


Tomado de:  http://www.jornada.unam.mx/2010/04/22/index.php?section=edito

Ayer, durante una audiencia pública en la Plaza de San Pedro, en Roma, Benedicto XVI se comprometió a que habrá acciones de la Iglesia católica para contrarrestar el escándalo por abusos sexuales contra menores cometidos por sacerdotes, que en los meses recientes ha hundido a esa institución en un descrédito internacional.

Lo dicho por Joseph Ratzinger podría ser saludable y plausible si no se expresara en un discurso ambiguo y confuso de la jerarquía vaticana en lo que toca a las acusaciones referidas, y por una renuencia a reconocer la cuota de responsabilidad que a ella misma le corresponde en estos episodios. El propio Ratzinger ha insistido en días recientes, ante los numerosos señalamientos de abusos cometidos por sacerdotes, en llamar a los católicos a hacer penitencia para restañar a una iglesia herida por nuestros pecados, pero ha eludido referirse a esos casos como lo que son: delitos que deben ser sancionados conforme a las leyes seculares y que han permanecido impunes debido a una vasta red de encubrimiento que involucra a la jerarquía eclesiástica y a las autoridades civiles de distintos países.

 Una incongruencia aún peor fue exhibida ayer por el alto clero español, el cual se congregó en una misa de desagravio en la que los obispos ibéricos expresaron a Ratzinger su adhesión incondicional, y en la que el arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, señaló que el poder del mal arrecia con inusitada fuerza contra el actual pontífice. Tales declaraciones resultan lamentables por partida doble: por un lado, porque en la circunstancia actual los actos de desagravio no tendrían que ir dirigidos al obispo de Roma, sino a las víctimas de las agresiones sexuales cometidas por clérigos; por el otro, porque al vincular las acusaciones de pederastia con conceptos de filiación teológica, como el poder del mal, los religiosos españoles restan credibilidad a las demandas de justicia y esclarecimiento procedentes de diversas feligresías, las cuales parecieran quedar reducidas, con tal expresión, a la condición de instrumento de Satanás.

Por lo que respecta a nuestro país, una actitud semejante ha podido observarse en la respuesta de la jerarquía eclesiástica a la nueva demanda –interpuesta anteayer en la Corte Federal de Los Ángeles– contra los cardenales Norberto Rivera Carrera y Roger Mahony, por presunto encubrimiento del cura pederasta Nicolás Aguilar. Los intentos de la arquidiócesis de México por minimizar acusaciones de larga data y hasta ahora no desmentidas en contra del obispo mexicano, van en contra de lo dicho por éste en días recientes de que no tolerará ni defenderá casos de abuso sexual cometido por sacerdotes. Si Rivera es inocente de los actos que se le imputan, no hay razón para que no se someta al proceso legal correspondiente ni para que el arzobispado siga resistiéndose mediante triquiñuelas legales al esclarecimiento judicial de los señalamientos referidos; en la medida en que esto no ocurra, el supuesto compromiso formulado por el purpurado quedará ante la opinión pública como un mero acto de simulación.

En suma, la Iglesia católica no podrá remontar la caída de su credibilidad y su propio desprestigio en tanto persistan las posturas arrogantes y los baños de pureza con que ha respondido hasta ahora a las acusaciones por los casos de pederastia. Es necesario que los jerarcas de esa institución a todos los niveles muestren un cambio de actitud, y que se apresten, con voluntad efectiva y buena fe, a colaborar con las autoridades seculares en el esclarecimiento y la impartición de justicia por los cada vez más numerosos casos de abuso sexual y de encubrimiento que han ido saliendo a la luz pública en años, meses y semanas recientes.

http://www.jornada.unam.mx/2010/04/22/index.php?section=edito

La foto, a modo de ilustración, se la hemos puesto nosotros tomada de Internet

martes, 13 de abril de 2010

Pedofilia eclesial en Santa Clara de Avedillo

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Animados por un amigo a que hiciéramos esfuerzos por recordar algún caso de pedofilia de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana de España, nos vino a la memoria un sucedido en Santa Clara de Avedillo, pueblo de la provincia de Zamora.

Pueblo que tiene una iglesia sin duda digna de mencionarse y una ermita recoleta que está entre árboles a la vera de un arroyuelo. El pueblo, bueno la mayoría del pueblo, celebra una fiesta que llaman de la Santa Cruz y es a primeros del mes de mayo, si no recordamos mal.

Pueblo quien, como la mayoría de los pueblos de Castilla, se está despoblando; no por pedofilia ni porque se esté mal, no, porque es un pueblo muy agradable. Es que el campo  se está quedando sin trabajadores.

A lo que íbamos: corría la década de los años sesenta del siglo pasado. En plena dictadura franquista. Quien, como todo el mundo sabe, o debería de saber, estaba íntimamente unida a la iglesia de Roma por unos fuertes lazos. Tantísimos que, en la represión sangrienta, contra los leales republicanos españoles, los curas fueron los primeros en mandar al patíbulo a cuanto rebelde republicano hubiera en sus parroquias. Es decir: estaba unida a la dictadura con lazos de sangre.

En ese ambiente, una maestra de Santa Clara de Avedillo nota algo raro en una alumna. Una niña de 8 o 10 años. La interroga. Suavemente. La niña se le abre. Se le echa en sus brazos llorando. Por lo que averigua la maestra el cura a intentado abusar sexualmente de ella. La profesora la tranquiliza. Pero pone en conocimiento del asunto a la familia. Suponemos que sería un palo para esa familia. Un varazo tremendo. Lo que si sabemos es que el padre, lógicamente, lo tomó muy mal. Se enfureció. Se descontroló. Se salió de sí. Se salió de madre, desbordándose. Cogió la escopeta de caza, salió a la calle y avanzó decidido hacía la casa del cura pedófilo. Al doblar una esquina se dio de bruces con un amigo. Y con varios vecinos. Quienes más serenos lo detienen. Hablan con él. Intentan convencerlo de que lo que va a hacer es muy peligroso y desgraciado. De tal manera que lo único que va a conseguir es desgraciar a toda la familia. A hundirla en la miseria. Y no merece la pena. Al fin y al cabo el burro salido del cura no ha llevado a cabo lo que pretendía porque la niña se le ha ido corriendo de su abrazo pegajoso. Tiene que tranquilizarse... El hombre se aquieta. Le da la escopeta a uno de los vecinos, por si acaso, porque no está seguro de lo que puede hacer. Y vueve a casa con el amigo y los vecinos.

Como es un pueblo pequeño la noticia corre. Enseguida se entera del suceso todo el pueblo. Es un golpe moral a sus creencias. Las mujeres se escandalizan. Hasta las de mayor edad boicotean las ceremonias religiosas. Las misas se celebran con el templo sin feligreses. La iglesia se vacía de fieles. Es la ruptura total. De momento.

Poco después el cura se va. Mejor dicho: lo trasladan a otra parroquia.

Por supuesto, de esto no se entera nadie. No sale en la prensa. La radio no dice nada. Solo los vecinos de ese pueblo y de pueblos aledaños saben algo.

Los píos y pías de Santa Clara de Avedillo retornan al templo. Ha llegado un nuevo cura. También católico, apostólico y romano. Todo vuelve a su ser como si no hubiera pasado nada. Pero pasó. Y nada se va sin dejar su huella. Este escrito es la marca dejada.

El cura pedófilo como burro empalmado, ¿volvió a hacer de las suyas con alguna otra niña?

¡Ah! Eso no sabemos. Pero, si lo hizo, desde luego nadie se enteró. Ya se encargaba la dictadura franquista y la jerarquía eclesiástica católica, apostólica y romana, de entoñar todo crimen con el silencio. Allá por la década de los sesenta del siglo pasado.