miércoles, 22 de agosto de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Corrida del Gallo, Añacea del Gallo


Por J. Mª Amigo Z.

Corrida del Gallo, Añacea del Gallo en Guarrate(*) (Zamora)
La, así denominada, ‘Corrida del Gallo’ o ‘Fiesta del Gallo’ es digna de ser estudiada por esos que indagan en las tradiciones y costumbres de los pueblos, como hicieron el antropólogos inglés Bronislav Kasper Malinowski o el español Julio Caro Baroja y otros. Ahora, más urgente el estudio si cabe porque está desapareciendo, obligada por la disminución alarmante de comunidades campesinas en el mundo entero.

Siempre nos ha obsesionado este festejo de algunos pueblos de la provincia de Zamora (España) que, creemos, es una preparación o introducción al mundo adulto. Pareciéndonos, quizás nos confundamos, a ceremonias iniciáticas; teniendo puntos de contacto con las que celebran numerosas aldeas africanas que se rodean de ritos secretos, o semisecretos, algunos dolorosos o sangrientos: recordamos la extirpación del clítoris en las niñas que terminan la pubertad. Aquí, ya se ha perdido esa aureola secreta, misteriosa (si es que la tuvo alguna vez), pero guarda un cierto sabor añejo a sangre derramada.

Nosotros, como puede leerse, la hemos rebautizado con una palabra en desuso ‘Añacea’ para darle más antigüedad al asunto: en vez de ‘corrida’ o ‘fiesta’, añacea.

Si no nos falla la memoria, creemos recordar que se celebra, o celebraba, en invierno, apellidándola ‘del gallo’ por ser este animal un elemento esencial de la ceremonia, al que todos miran, del que todos hablan y al que todos se dirigen, no en vano anuncia el amanecer con su kikirikí; es decir: la apertura de un nuevo día y el fin de las tinieblas que hunde al mundo en la oscuridad, escondiendo la podredumbre que por doquier se alza; y donde se fraguan, también, las más siniestras canalladas. Lo llevan a las afueras del pueblo. Y, atado por las patas, lo cuelgan de una cuerda que une dos vigas, colocadas a ambos lados de un camino cualquiera. Hacia allá se encaminan, a la caída de la tarde invernal, los habitantes de la comunidad. Luego, acuden los quintos. Todos los de la quinta de ese año. Lo hacen a caballo, vestidos de militares y con espada al cinto.

La fiesta, en si, no comienza hasta que el capitán (el mayor de los jóvenes que entran en quinta) presenta, dirigiéndose al gallo tutelar, desde su caballo, al resto de sus compañeros. Lo hace en verso. A veces, son solo ripios. Pero eso, es lo de menos. Luego de terminada la presentación, le pide a la orquesta (siempre hay, o había, una orquesta que eran unos pocos músicos colocados al lado del camino) que interprete una pieza mientras ellos galopan un buen trecho del camino. De regreso de la primera cabalgada, uno tras otro, los componentes de la quintada, todos a caballo y con espada al cinto, van recitando unas composiciones poéticas llamadas ‘Relaciones’ pidiéndole, cada uno, a los músicos que toquen algo mientras invitan a sus caballos, espoleándolos, a una nueva galopada.

(Por cierto, así nombra, 'relación', su monumental poema, Martín Fierro, el poeta argentino José Hernández: “Y atiendan la relación / que hace un gaucho perseguido, / que padre y marido ha sido / empeñoso y diligente, / y sin embargo la gente / lo tiene por un bandido”)

El último en declamar su ‘relación’ es el capitán.

La forma de estas ‘relaciones’ se ajusta a cánones predeterminados: en primer lugar se enumera (hace una relación) la vida del mozo que, éste, quiere destacar; y se reparte el gallo a trozos, simbólicamente, pues el ave sigue vivito y coleando en la cuerda, a pesar de los intentos de cortarle el cuello que, con las espadas, hacen los caballistas; espadas que no saben manejar. En el reparto, las partes mejores se la llevan la madre, el padre y la novia (si la tiene): el corazón (generalmente para la madre), los muslos (al padre)...; y las partes peores se las entregan, imaginariamente, a las personas más detestadas: patas, tripas, plumas...

Las composiciones serán mejores o peores dependiendo del bardo que las escriba. Porque hay, o había, ciertos campesinos a los que se les daba muy bien eso de componer coplas, tanto que muchos mozos acudían, de varios pueblos a la redonda, para solicitar sus servicios poéticos.

Si, a pesar de la escasa natalidad, ha pervivido esta tradicional justa poético/caballeresca, se debe a la incorporación de la mujer a la Fiesta del Gallo, a la Corrida del Gallo: cuando escaseó el número de mozos, las mozas cubrieron el hueco. Y es que, en este terreno, como en otros, la mujer ha metido la cabeza para no volverla a sacar. Se venían de los más alejados núcleos de población, hasta el pueblo de sus padres, para participar en este festejo de origen iniciático. Con todo, hay que decirlo, el abandono del campo sigue goteando, es continuo el derrame; hay años que no se puede realizar esta celebración porque tan solo hay un mozo o una moza o nadie... Por eso decimos que es urgente que se recojan en libros estas fiestas... Que se publique el mayor número de ‘relaciones’... Para ello hay que hurgar en la memoria de las gentes... A lo mejor, tal vez, ya se ha hecho... Nosotros lo ignoramos...

Eso sí, en otro post, lo prometemos, escribiremos una relación hecha por nosotros en octavas reales como lo hizo José Hernández en su Martín Fierro.

Del texto: José María Amigo Zamorano


Podéis consultar la página de Guarrate sobre la Fiesta del Gallo en: http://www.fuentelap.com/la%20villa/pueblos/guarrate/hojas/gallos.htm

martes, 21 de agosto de 2007

Literatura antirracista: 'Emmanuel Bundzeki Dongola'


Oración y arrepentimiento
de un pequeño cristiano

Señor,
¿por qué has hecho esta mañana
tan gris, tan triste?
¿Acaso porque pequé
anoche?
¿Hasta ese punto estás enfadado,
Señor?



Ni siquiera el arrogante gallo
cantó su kikirikí esta mañana.
Ni aún los pequeños gorriones
abandonaron bajo el techo su nido.


Señor, Señor,
pequé, lo confieso.
Pero no es mía toda la culpa
cuando hundí mi mirada en el fondo de sus ojos.
(Oh, Señor, esos ojos

hubieran podido obligarme a hacer cualquier cosa,
hubieran podido obligarme a comer carne el Veirnes Santo,
hubieran podido obligarme a abandonar mi cruz,
hubieran podido obligarme a faltar al respeto del Santo Padre-el-Papa)
La besé y olvidé la hora del catecismo.



Señor, Señor,
pequé, lo confieso.
Confieso
que encontré las largas trenzas de su negra cabellera
más hermosas que las de la Santa-Virgen-María.
(Oh, Señor, me avergüenzo de mi mismo)
Hazme sufrir el castigo de los pecadores,

no tengas piedad de mi.
Reconozco mi irreparable, mi imperdonable, mi mortal
pecado.



Pero, Señor,
ten piedad de mi tío, que desea una buena cosecha de vino de palma para su dote;
ten piedad de mamá, que necesita una extraordinaria cosecha de maíz y yuca;
ten piedad de esa esmirriada hormiga negra, que carga su pesada cruz de paja.


Señor,
reconozco mi irreparable, mi imperdonable, mi mortal
pecado.
Pero, a ellos, Señor, a todos los que no hicieron nada,
devuélveles ese sol resplandeciente que hace la alegría de sus vidas;

devuélveles ese cielo azul purísimo que les hace embriagarse de amor
y dale a mamá el sol que tanto desea para su cosecha de maíz y yuca.


Pero, a mí, no me dejes vivir
porque falté a la clase de catecismo el domingo.

Emmanuel Bundzeki Dongola



(El poema 'Oración y arrepentimiento de un pequeño cristiano' está tomado del libro 'Diwan africano. Poetas de expresión francesa', de Rogelio Martínez Furé. Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1988. Nosotros le hemos puesto signos de puntuación y hemos cambiado algunas palabras. Pocas. Lo demás, es de Rogelio Martínez Furé, incluso su traducción al castellano. Mas, si uno quiere leerlo tal y como venía en el 'Diwan' con que le quite los signos y las mayúsculas, lo tiene logrado)

lunes, 20 de agosto de 2007

Jean-Joseph Rabearivelo: 'Amanecer'




Camaradas, amigos, una pregunta tan solo:
¿No habéis visto ya a la aurora dirigirse,
como una coqueta, al paraíso de la noche?
Pues contemplazla ahora mismo, que retorna
por los anchos senderos del cardinal Este
invadidos, llenos, de gladiolos floreados:
toda ella embadurnada, maculada, de leche
como una niña criada antaño por terneras:
sus manos, que sostienen una antorcha,
están negras y azules cual labios infantiles
hartos de masticar las moras de las zarzas.



La anteceden, se escapan, alzando el vuelo,
los pájaros que, en la celada, ella encerró.



Jean-Joseph Rabearivelo

('Amanecer', versión libre, muy libre, por José Mª Amigo, de este poema del libro 'Presque-Songes', 1934)

domingo, 19 de agosto de 2007

José Mª Amigo Zamorano: El África zamorana

Texto contra el racismo

Oíd una verdad aún no proclamada:

Los arenales de la Tierra del Vino

fueron traídos en sacos desde Tumbuctú.

Y los cardos, picos y espinos

son la flora africana de Zamora.

Firmedumbre, para quien sepa oír,

difundida por los tam tam al viento

y recogida por los ruiseñores y jigueros

de nuestras choperas, negrilleras y alamedas.

Esto, claro está, llena de carraña

al vigía chupacirios europeo.

Y en frémito deyecto asobará

venganza, promoverá desbarradas

que tarde o temprano terminarán

por incendiar nuestros oasis

si antes no lo amaromamos.

Y esta es otra verdad que nadie

se ha atrevido a proclamar aún.


Fdo: José Mª Amigo Zamorano



sábado, 11 de agosto de 2007

Iswe Letu: Una Dama en la Cumbre


Salió a pasear su ociosidad. Mas, antes de seguir su sendero, quería dejar constancia que le hubiera gustado tenderse en prado de fina yerba, al lado de una piscina hecha para él solo.

Ya antes de comenzar la cuesta, la vio en su cama o en su casa o en su nido, que todo viene a ser lo mismo donde uno descansa.

Salió, como digo, a dar una vuelta por el pueblo; a ver, cómo, la vida corría sin necesidad de su concurso; a comprobar, una vez más, que el fluir de la existencia sigue imparable sin importarle que, garbanzo o un pimiento, más o menos, entre en la cocedura.

Con esta amarga conciencia, de realismo extremo, caminaba calle arriba oyendo el rodar y rozar de coches sobre el asfalto mojado. Con el calor que hacía, seguro que saltaba de contento ante el doble despilfarro de agua. Doble porque, por una parte, el agua venía saltando tapias de jardines privados y, por otra, tenía su origen en el desbordamiento de setos, por donde pasaba la tubería de goma, del llamado riego por goteo, que los empleados del ayuntamiento hacen pasar al lado de las plantas que el ayuntamiento puso hace años o de los alcorques de árboles plantados en la calle.

Árboles y plantas, adornaban de manera irregular todo lo largo de la calle. Adorno irregular, si, pues, puestos, como lo fueron, hace años, que ya he dicho, no habían sido cuidados con el debido esmero y, claro, numerosos se secaron, quedando de planta a planta, claros demasiado patentes, lo que hacía de esta irregularidad, para qué negarlo, un verdadero adefesio.
Pero bueno, irregular o no, las fincas, con sus casonas a ambos lados de la carretera, lo agradecían. O, por lo menos, seguro que su precio se había incrementado un poco más. A los dueños, posiblemente, les importaría, un bledo, unas plantas mas o menos; ya, de por sí, sus jardines estaban de flora a rebosar. Y, por cierto, bien protegidos, por muros de considerable altura, impidiendo que su intimidad fuera violada por miradas impertinentes. De modo que, los setos y árboles callejeros, ni los veían.

Había salido a pasear.

Dicen los higienistas que es muy bueno para la salud…
Y él decía, porque tenía su opinión al respecto, que, igualmente bueno para la salud… ¿igualmente bueno?... ¡no!, mucho más, era tumbarse en una hamaca bajo palmeras rumorosas y ruborosas de playas caribeñas, por ejemplo, como las de Cuba; o tirado en arena suave y blanquísima de paraíso tropical cualquiera (para qué discriminar a nadie) con olas de movimiento cansado mecidas por brisa con aromas de jazmines (u otros aromas cualesquiera, buena gana de relegar a unos por otros) Agua casi en calma chicha…

Bueno, sí -lo reconocía- es verdad la bondad del pasear, sin necesidad que higienistas u otros ‘istas’ lo digan; pero siempre en unas determinadas condiciones… "porque, pienso yo -se decía- el solo pasear, sin más ni más, no vale… porque, vamos a ver, ¿alguno ha tenido en cuenta el efecto malsano que puede tener el cabreo que produce, en el caminante, como yo, la cara insultante de las mansiones citadas, exhibiendo, obscenas, su riqueza?…" No. No lo han tenido en cuenta. "Son científicos de andar por casa, de tres al cuarto, de pacotilla, o... me callo porque sino… la lío".

"Pero… -y se paraba- no, no, yo lo voy a decir… Voy a decir lo que hago frente a esas putas casas: aprieto los puños, arrugo el ceño y sigo adelante, ya de mala leche, todo el camino. No me queda otro remedio. Aunque bien quisiera asaltarlas, nacionalizarlas, municipalizarlas, comunizarlas… Pero sigo el paseo. Y eso que estoy convencido de que estaría mejor junto a una piscina echado a la bartola. O zambulléndome en el agua sin que nadie pudiera atisbar ni un pelo de mi poblada piel de mono hecho hombre. ¡Ah, qué gozo, qué placer!... sería tirarme en la yerba todo lo largo que soy… ser acariciado por el aire y el suave y húmedo césped…".

Sin ir mas lejos como esa que se veía ahí arriba. Y que la había atisbado nada más emprender el camino calle arriba. En ese rascacielos verde. Como un abeto, grandísimo. Exhibiendo su veraneo en la cúspide. En la cima. En lo más alto. Y en medio de la finca. De esa mansión. "Para envidia de los que vamos a ras de suelo", pensó.

La miró fijamente: allí estaba con su colorido binario: como una gran dama: de blanco y negro: en actitud lánguida: desmadejada: suelta: toda tumbada, como a él le hubiera gustado hallarse, en lugar de pasear respirando el humo, la mierda que despiden por los tubos de escape, a veces, casi a chorros negros y otras, en suaves humos de un gris blanquecino, los automóviles que pasan continuamente.

Respirando muerte lenta, pero muerte.

Y además, para mas INRI, contemplados, desde los ventanales de los palacetes, porque algunos lo eran, por ricachones que, a esas horas, se levantarán de sus camas o poltronas. O permanecen en ellas riéndose de los que, como él, observan con envidia, no sólo porque quisiéran poseer la casa, sino yacer con su matrona y, si fuera posible, en el propio tálamo.

"Pero no tenemos otra alternativa -se dice para si- que seguir zambulléndonos en el aire viciado, ya que no podemos hacerlo en la propia piscina, por el humo de los coches. Muchos conducidos por hijos, sobrinos o nietos de esos mismos gandules que, sin haber dado un palo al agua, tienen todo el agua que quieren, piscinas enteras… ¡hostias!"

Se paró en mitad de la cuesta. Miró hacia atrás. La volvió a ver. En el abeto rascacielos. El negro de su vestimenta se disimula un poco con el verde oscuro del rascacielos, pero el blanco, ¡ah el blanco!, cae hacia un lado. Como escurriéndose. Una demostración palpable… "¡Alto ahí! -exclama para sus adentros- Más que palpable, que más quisiera yo, visible... de cómo se deja acariciar por el viento de la altura. De esa altura donde goza del verano, sin importarle lo más mínimo lo que puedan murmurar, para murmurar ya lo hace ella, los mirones como yo, que la contemplo alelado."

Su equilibrio sobre el abismo da hasta miedo; y envidia y rencor por no poder estar donde ella se halla.

No se puede aguantar más y coge los prismáticos. Como un viejo verde. Como un voyerista. Es un placer que se puedo permitir. Ese sí. Un instrumento que le hace volar de nido, de ventana en ventana. Ahora lo ve perfectamente. No es lo que pensaba. Ni por asomo. ¡Pobre! La cigüeña está muerta en el abeto centenario. Su cuello y su pico caen de un lado, nido abajo. Eso es lo que semejaba una postura desmayada, desmadejada, tumbada…

"Los del chalé, por lo que se ve, se han cansado de oír el machaqueo del ajo de la cigüeña. Y, como está en su finca, la mataron. ¡Malditos! ¡Ricos tendrían que ser para ser buenos! Una república les bajaría..."



jueves, 9 de agosto de 2007

Iswe Letu: La Llama

La mía. La llama. Ilumina mi noche. Si, si, la que me ilumina.
 
Esa que ilumina mi noche como una radiante columna.
Pues esa, radiante columna, se derrumba por el día.
Si, si. Se apaga. Nada más ver a mis semejantes.
A la masa de los míos. Con caras duras. Como las rocas.
Con caras, duras como las rocas. Mis semejantes. Los míos.
Endurecidos. Caraduras. Mis semejantes. Los míos. Mis iguales.

lunes, 6 de agosto de 2007

Artenavas 07: Las Navas del Marqués, varios olvidos y un inciso

Por José Mª Amigo Zamorano

Cuadro de Aute en Artenavas 07

Las Navas del Marqués


En el post anterior hablamos de una visita que hicimos a una exposición de arte contemporáneo que, con el rótulo de Artenavas, comenzó allá por el año 2002, con ínfulas de feria de arte, en Las Navas del Marqués y que ha terminado con tan solo 14 expositores.

Fue, como acabamos de decir, en la villa abulense de Las Navas del Marqués. Villa que está situada, casi, en la Sierra del Guadarrama, a pocos kilómetros de El Escorial. Lope de Vega en unos versos decía: “Yacen al pie de Guadarrama helado / Las Navas del Marqués ese es su nombre / donde el florido prado viste un prado / que no hay escarcha o nieve que lo asombre”. Un pueblo que mas que mirar para Ávila, se inclina hacia Madrid de donde le vienen los forasteros en el verano y el trabajo todo el año. Se hizo tristemente célebre a últimos del pasado año y principios de este, pues el Ayuntamiento del PP (el alcalde y el secretario están imputados) Al parecer desde el Ayuntamiento consintieron la tala de 4 o 5.000 pinos cuando ya el Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León había prohibido construir, una denominada Ciudad del Golf, en ese sitio protegido donde anida la cigüeña negra y otras aves. Ya en años anteriores, su castillo (tiene uno llamado Magalia) recibía la visita del que fuera presidente del gobierno de España, Felipe González. Y como se viera, aquel, por entonces, envuelto en casos de corrupción, algún que otro malicioso dio en llamar al castillo, la cueva de Alí Babá.

Por otra parte, por aquí anduvieron el escritor Lope de Vega (citado más arriba) y el humanista, asesor de Felipe II, Arias Montano. En el año 1917 se encontraron, veraneando, Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre. Se hicieron amigos y Dámaso Alonso inoculó el veneno de la poesía a Vicente Aleixandre. Todos sabemos el resultado: V. Aleixandre, premio Nobel. Por los años cincuenta, pasaron por él pueblo numerosos personajes, de los cuales destacamos, porque nos da la gana, al escritor extremeño Eusebio García Luengo o al director de cine Bardem, donde escribió el guión de una de sus películas más emblemáticas: Calle Mayor.

Varios olvidos:

Bien, cuando hicimos esa rápida mirada a Artenavas 07 se nos pasaron por alto, en un primer momento, 3 artistas que exponen en la exposición que membramos: Aute, Canogar y Casañé. Un olvido no intencionado, pero injusto sino lo remediáramos. Es lo que tienen las prisas, que son como miradas a medias y, como dice el refrán: las medias, no son buenas ni para las piernas… Olvidarnos de ese Aute, tan famoso… y por tanto de sus círculos concéntricos del dolor que manan lágrimas… de este Diego Canogar, ¡Ah, Canogar!... de casta le viene al galgo… sus esculturas de hierro se tienden en el espacio como telas de araña. O ese Albert Casañé, cuyo hierro sale de sus manos adquiriendo blandura algodonosa.


Un inciso sobre José Luis Menéndez:

Curioso, que fueran, sobre todo, escultores del hierro,herreros modernos del Arte, los que se nos olvidaran ya que su buen hacer, sin menospreciar a los restantes artistas, nos había complacido. Particularmente José Luis Menéndez. El de raíces férreas, cabellos de hierro al viento, endurecidas entrañas y nervios de acero que se hunden en la tierra.

José Luis Menéndez que, suponemos, al tiempo que trabaja, medita. Y sus meditaciones nos llegan con esas claves metafóricas, con esos sms que se van introduciendo en el ordenador de nuestro cerebro. Nos gusta creer que son el espíritu de su creador, José Luis Menéndez hecho Hombre: El Hombre fuerte como el hierro. El Hombre, creador del mundo en que vivimos, desafiando a los cielos de donde procede el rayo destructor. El Hombre, con mayúsculas, hecho además Mujer que se enfrenta, al tiempo que se ofrece, (recordamos otra mujer: la del monumento al poeta Curros Enriquez, en La Coruña, quien, con el torso desnudo, desafía al Destino, quizás al Mar Incógnito) Decimos que se ofrece, porque lo engendra con placer y lo pare con dolor. Esa mujer, que desafía los vientos tormentosos de la Vida, con sus cabellos al viento y la mano abierta para seguir abonando y sembrando la tierra, es capaz de sacrificarse, si fuera preciso, en acto heroico de pervivencia de la especie; no por casualidad el corazón lo tiene a la altura de la vulva y los testículos. Homenaje, pensamos, de José Luis Menéndez a su padre, a su madre, o a él mismo.

Una conjunción de barras de hierro, retorcidas, que se engordan y adelgazan para lograr, como un mago del hierro, de la materia inerte un acto, vivísimo, de objetivo dramatismo.

En fin, asi es el Hombre de grandioso. Y lo sabe. Y es consciente de esa elevada estatura, capaz de las más grandes hazañas.

Mas, no queda ahí su reflexión, sino que la transforma en meditación dialéctica. Lo decimos porque el Hombre, lo mismo que se eleva a las alturas, se abaja hasta las más repugnantes y criminales acciones: ama y odia: acaricia o hunde a sus semejante, con la daga asesina, en la más negra noche que es la muerte: señor, por tanto, de la Vida y de la Muerte: de la Paz y de la Guerra. Así nos habla, nos grita, José Luis Menéndez en sus creaciones: ¡mirad al Hombre!

Sobre el hierro vuelca sus reflexiones, sus inquietudes más profundas, porque le parece la materia más apropiada: permanente y degradable: hueso y carne: igual que el artista como individuo: podrá pervivir en el recuerdo de las generaciones futuras, enraizarse en el recuerdo de la Humanidad; o, como las raíces, hundirse en el polvo, en la tierra y desaparecer: es la caducidad: el final de todo ser vivo: volverse elemento químico: hacerse Nada creadora para seguir alimentando la Vida a las futuras generaciones.

Eso significan sus esculturas de hierro hechas raíces, convertidas en cabellos, transformadas en huesos y vísceras... Es el Hombre: fuerte como sus huesos, débil como su carne y quebradizo como las finas hebras de pelo.

Aunque, tal vez, por qué no, este artista, al que no conocemos de nada, al que no hemos tratado en ningún momento, no haya pensado, jamás, en estas cosas, ni haya visto, no oído, nunca, nada sobre el monumento a Curros Enriquez. También podría ser. Sin embargo, nos gusta verlo así... Qué se le va a hacer. Alguno tenía que laborar sobre los grandes temas del Arte...