lunes, 7 de febrero de 2011

José Mª Amigo Zamorano: Antonio Varas, poemas bajo la lluvia


Ayer domingo fui a ver una muestra de pintura. Exponía Antonio Varas. Madrileño de 1954. Diez años más joven que yo. Es decir, jovencísimo. Licenciado en BB. AA por San Fernando de Madrid. 'Catedrático de Bachillerato en Bejar primero y luego en un instituto de Salamanca', según rezan las 'notas biográficas' del catálogo. 

Catedrático. ¡Ahí es na! 

Según me informaba mi amigo, el escritor Eusebio García Luengo, catedrático es un grado muy superior al de profesor. Me supongo que profesor es un grado muy superior a maestro. Yo fui profesor. Un tiempo. Corto. Hasta que el gobierno de turno decidió que habrían de llamarnos, a los profesores de las escuelas de niños, maestros. Maestros, como se decía antaño. A este amigo le gustaba más la palabra maestro que profesor. Y a mi, también.

Fui a ver la exposición con unos amigos y amigas. La muestra la componían cuadros de calles de ciudades (no todos) que, al artista catedrático, le son, pienso, más entrañables: Madrid, Salamanca, Avila, Valladolid... 

(Los puntos suspensivos quieren decir que tal vez hubiera alguna más, pero ahora no recuerdo. Este olvido, a mi amigo Eusebio García Luengo, que en paz descanse, el escritor ya citado, con 90 años le sublevaría. ¡Cómo se revolvía cuando no le venía a la memoria algún nombre!)

Cuadros de calles (la mayoría, he dicho, no todos pues también hay paisajes) con personas paseando bajo la lluvia con paraguas -los paraguas deben ser una obsesión- sin palo o cayado o vara, o como sea que se llame, por donde agarrarlo. Airosos. Paraguas airosos. Etéreos. Como etéreo es el momento que, al que ve y lo plasma en el cuadro, le trasmite el aire a su espíritu. Y lo transforma en instante eterno. O pudiera transformarlo. Salvo que antes de esa eternidad luminosa algo lo destruya: unos bárbaros, los gusanos, la lluvia, un terremoto, el fuego... Mas si eso no ocurre, esa milésima de segundo ofrecido a la vista queda gravado en la retina del artista 'Catedrático de Bachillerato' y volcado, el poema visual de singular cotidianeidad, en un cuadro. Para siempre. 

Eterno poema para placer de la vista. Poético instante del transcurrir de los días. Que no se da siempre. Que es un chispazo que se va como el humo si no es retenido. Un momento original. Originalísimo. Y no vuelve a repetirse nunca. Jamás. Ni en objetos, ni en personas, ni en colores, ni en luces, ni en temperatura sentimental. No hay tiempos iguales. Similares, quizás. Y esa riqueza que nos viene (y más al artista) hay que apresarla en la red de los colores. Una riqueza cromática que nos acaricia o nos araña (de todo hay en la Viña del Señor, no en la Viña Varas que es risueña, amable, cordial, o eso parece) y tenemos la necesidad de aprisionarla para que no se esfume como humo y devolverla envuelta en caricias o rasguños (no en el caso de Antonio Varas) que solo algunos pinceles logran perpetuar. 

Esto, para nosotros (me incluyo, claro) lo ha conseguido Antonio Varas. Cuya calificación, por supuesto subjetiva, es de sobresaliente. Así lo hice constar en un cuaderno que, en Las Navas del Marqués, tiene el Espacio Cultural de la Caja de Ahorros, a disposición del público contemplador.

Y para que conste en Internet lo hago en este blog. Por supuesto, el artista no necesita mi comentario. Pero si sirve para que otros vayan a ver sus pinturas habrá valido la pena.





Para mayor información:  http://www.antoniovaras.com/biografia.asp


jueves, 3 de febrero de 2011

Agustín Millares Sall (*): No vale (1)


Te digo que no vale
meter el sueño azul bajo las sábanas,
pasar de largo, no saber de nada,
hacer la vista gorda a lo que pasa,
guardar la sed de estrellas bajo llave.


Te digo que no vale
que el amor pierda el habla,
que la razón se calle,
que la alegría rompa sus palabras,
que la pasión confiese: Aquí no hay sangre.


Te digo que no vale
que el gris siempre se salga
con la suya, que el negro se desmande
y diga 'cruz y raya',
al júbilo del aire.


Vuelvo a la carga y digo: Aquí no cabe
esconder la cabeza bajo el ala,
decir 'no lo sabía', 'estoy al margen',
'vivo en mi torre' y 'no se nada'.


Te digo y te repito que no vale.
__________
(*)  http://es.wikipedia.org/wiki/Agust%C3%ADn_Millares_Sall

(1) Título tomado de del libro '40 Poemas', Editorial Helios, Madrid 1970, colección 'Saco Roto'.


lunes, 17 de enero de 2011

El 'Nunca se sabe' de Isabel Escudero, por J. Mª Amigo

Con fecha de octubre del 2010, la prestigiosa editorial valenciana Pre-Textos ha editado la obra de Isabel Escudero 'Nunca se sabe', título sugerente y juego de palabras muy usado por el común de las personas de habla castellana. Consta de 12 partes, a saber: 'Harapos I, II y III; 'Flor de vejez'; 'Ceniza de rosas'; 'Farolillos y candiles'; 'Poca cosa'; 'Ropa tendía'; 'Tu y yo'; 'Aullidos'; 'Coplas libertarias'; y 'Adivinanzas'; además un epílogo de rótulo 'De las mujeres'.

Poemario compuesto, generalmente, con poemas que denominan de arte menor; es decir: de pocos versos: coplas, proverbios, canciones, acertijos que, como la autora escribe, 'imitan al pueblo (que, al no ser nadie, es el solo dueño de la lengua viva) en los juegos de sabia polimetría, asonancias y otros trucos'. 'Y, en cualquier caso, -seguimos leyendo la introducción de Isabel Escudero- poco pueden parecerse a lo que hoy día se produce y se vende como poesía, ¡qué se le va a hacer!'.

Pero la raíz, el origen de estas composiciones, no está solo en el pueblo sino que, en numerosos casos, son expresión de los sentimientos que embargan a la creadora y otras, las menos, emanan de haikus o josrasani japoneses de Abbas Kiarostani, Taneda Santôka e Issa Kobayasi.

 (Este último tiene el mismo apellido que Takiji, escritor comunista japones nacido en 1903 y muerto, tras brutal tortura por la policía secreta, el 20 de febrero de 1933; su novela 'Kanikosen, el pesquero', en el que se reflejan los jóvenes japoneses sin empleo o con empleo precario, ha estado en el primer puesto de ventas en Japón y traducida y editada en España en marzo de 2010)

Otras influencias tiene la poesía de Isabel: la lírica tradicional, Antonio Machado, los cantaores andaluces, y sabemos, por otros poemarios, de José Bergamín. En este, nosotros hemos creido hallar influencias del poeta yanqui Robert Mezey: juicio aventurado pues, tal vez, no lo haya leído en su vida. Decimos aventurado, ya que nosotros no somos expertos en este tipo de poesía y puede que el arte menor toque, en otros paises, los que en el nuestro.

Las tres primeras partes y la siguiente (con poemas más largos que destacan del resto del libro), creemos nosotros, son las más líricas. Las tres primeras estás dedicadas a la memoria de Miguel Angel Velasco, poeta balear muy querido por Isabel Escudero y Agustín García Calvo. 'Harapos I' es, a nuestro juicio, un tenebroso vaivén, un ácido transcurrir de versos que reflejan el recuerdo doloroso del joven muerto y de la certidumbre en la caducidad de la vida, pero no de la vida en general, que se sabe desde que uno nace y es una sabiduría que resbala pues los muertos son los otros, sino la propia, la personal, la particular en cuanto que se ve acercarse peligrosamente.

Pondremos algún ejemplo. Y que la poetisa y la editorial nos perdonen ya que nuestra intención es dar a conocer la obra.

¿Qué pasa?:
lo mismo, lo de siempre,:
tu sombra, el agua,
el viento que aulla,
para nada.
---
Sin dejar huella:
vivir es verlas caer,
hojas y almas revuelas.
---
Entre dos muertes ando:
esa que ha de venir
y esta que va pasando.
---
Escalofrío:
sola en mi lecho,
me ha besado la noche,
blando murciélago.

Pero poco a poco, a lo largo de los tres 'Harapos', la tristeza, o la amargura, o el mal sabor de boca, se va atemperando casi hasta desaparecer. 'Los muertos mueren y las sombras pasas; lleva quien deja y vive el que ha vivido, yunques sonad, enmudeced campanas', aconsejaba Machado. Luego, aparecen de cuando en cuando: son rachas o ráfagas que llegan y pasan. El epílogo es como una explosión de alegría y es una gozada de los sentidos leer por ejemplo: 'Guirnalda de flores y frutos'. Los temas de estos poemillas titulados 'Nunca se sabe' ocupan, prácticamente, todo el arcoiris de las preocupaciones del Hombre: religión, política, economía, vida, muerte, amor, odio, celos...

Solo hay que dejar mecerse, llevarse, por la música y el ritmo de la palabra, de las palabras, sumergirnos y bañarnos en los recuerdos, que nos suscita la poeta extremeña, de la niñez o juventud, de pájaros, flores y plantas, de aromas... y volar, volar...

Al cerrar el libro podemos exclamar, pero no irónicamente como lo hacía el poeta, yanqui cómo no, Mark Strand:

La tinta chorrea de la comisura de mis labios. 
No hay alegría como la mía.
He estado comiendo poesía.

miércoles, 12 de enero de 2011

EL VII CONGRESO DE LA INTERNACIONAL COMUNISTA Y LA LUCHA CONTRA EL FASCISMO, por C. Hermida

Enero 11, 2011 por PCE (m-l)  

Publicado en: Artículos

La crisis económica que comenzó en 1929, conocida como la Gran Depresión, fue la más devastadora de cuantas había experimentado hasta ese momento la economía capitalista. Se inició en Estados Unidos con el desplome de las acciones  de la Bolsa de Nueva York, pero rápidamente se extendió por todas las ramas de la economía. La producción industrial se derrumbó y el paro alcanzó la cifra de 16 millones de desempleados en 1933. La contracción del consumo hundió los precios agrícolas y llevó a la ruina a cientos de miles pequeños agricultores, el comercio se redujo drásticamente y el sistema bancario quedó desorganizado. El papel central que jugaba Estados Unidos en la economía mundial hizo que la crisis se extendiera con celeridad a Europa y al resto del mundo. Entre 1929 y 1933 el capitalismo entró en una situación de crisis y marasmo económico sin precedentes. La catástrofe social afectó a los obreros fabriles,  agricultores, pequeños comerciantes y clases medias. Sólo la Unión Soviética, con su economía planificada, quedó al margen de la depresión. Embarcada en las tareas del Primer Plan Quinquenal, la URSS se industrializaba a marchas aceleradas, alcanzaba el pleno empleo y realizaba inmensos progresos culturales y científicos. No es de extrañar que se convirtiera en un referente para los obreros y campesinos del resto del mundo, hundidos en el desempleo, la miseria y el hambre.

La crisis económica agudizó la lucha de clases y los conflictos sociales se intensificaron en todos los países.  El ascenso del movimiento obrero,  la creciente influencia de los comunistas y la atracción que ejercía la Rusia soviética en las masas populares llevaron a la burguesía a un replanteamiento profundo sobre el sistema político. Puesto que la democracia parlamentaria no podía contener las aspiraciones de los trabajadores, era necesaria otra forma de dominación que destruyera completamente las organizaciones obreras e impidiese su existencia legal, a la vez que encuadraba y controlaba férreamente a los trabajadores. Esa forma de dominación fue el fascismo.

Con su desbordada demagogia, mezcla de consignas anticapitalistas y anticomunistas, su nacionalismo exacerbado, su antisemitismo y su retórica pseudorrevolucionaria, los movimientos fascistas, que habían aparecido al finalizar la Primera Guerra Mundial, aumentaron su influencia entre la pequeña burguesía y las clases medias, aterrorizadas por la crisis, la perdida de estatus social y el temor a la revolución socialista. La generosa financiación de las organizaciones patronales permitió que los grupúsculos fascistas fundados entre 1919 y 1920 se convirtieran en poderosos partidos de masas que contaban con el apoyo de una buena parte del aparato del Estado.

El 30 de  enero de 1933 Hitler fue nombrado canciller de Alemania y en seis meses implantó en  el país la dictadura nacionalsocialista. Todos los partidos fueron prohibidos, las organizaciones sindicales destruidas y miles de socialistas y comunistas fueron detenidos, torturados y encerrados en campos de concentración. En el país de Marx y Engels, que contaba con un poderosísimo partido comunista (KPD), se había impuesto la barbarie nazi, y en buena medida el triunfo de Hitler se debió a la profunda división del movimiento obrero. Ante al enemigo común, socialistas y comunistas estuvieron divididos y enfrentados. Las traiciones de la socialdemocracia, su negativa a enfrentarse al fascismo de forma consecuente y su oportunismo y colaboración con la burguesía contribuyeron de forma decisiva a la victoria del fascismo alemán, pero también era evidente que los comunistas debían reflexionar sobre la táctica que la Internacional Comunista (IC) había marcado en su VI Congreso, identificando fascismo y socialdemocracia.

Los acontecimientos de Alemania dieron una señal de alarma inequívoca: o la clase obrera se unía en un frente único o el fascismo terminaría apoderándose de Europa. La Internacional Comunista no tardó en reaccionar y  lanzó el 5 de marzo de 1933 un llamamiento a los obreros de todos los países en el que se formulaba un programa concreto de lucha antifascista basado en la unidad de acción con los partidos socialdemócratas. El acercamiento de socialistas y comunistas se hacia cada vez más patente en todos los países, pero fue en Francia donde por primera vez se concretó esa unidad. En febrero de 1934 socialistas y comunistas salieron juntos a las calles de París a combatir el intento de las bandas fascistas de tomar el poder y el 27 de julio del mismo año ambos partidos firmaron un pacto de unidad frente al fascismo. El frente único de socialistas (SFIO) y comunistas (PCF) fue un referente para los trabajadores europeos. La lucha de los obreros austriacos y españoles en 1934 constituyó también un hito importante en la unidad antifascista.

La nueva orientación política del movimiento comunista internacional se concretó definitivamente en el VII Congreso de la Internacional Comunista. El Congreso se inició en la Casa de los Sindicatos de Moscú el 25 de julio de 1935 y concluyó el 20 de agosto. Los 513 delegados representaban a 65 partidos comunistas y  varias organizaciones afines. Había  entre ellos figuras tan destacadas del movimiento comunista y obrero internacional como  José Díaz, Dolores Ibárruri, Bela Kun, Ho Chi Ming,  Thorez, Togliatti, Dimitrov, W. Pieck, W. Ulbricht, W. Foster y Manuilski, entre otros.

El orden del día del VII Congreso de la IC constaba de los siguientes puntos: 1. Informe sobre la actividad del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (W. Pieck); 2) Informe sobre la labor de la Comisión Internacional de Control (Z. Angaretis); 3. La ofensiva del fascismo y las tareas de la Internacional Comunista en la lucha por la unidad de la clase obrera contra el fascismo (J. Dimitrov); 4. Preparación de la guerra imperialista y tareas de la Internacional Comunista (M. Ercoli-P. Togliatti), y 6. Elección de los órganos dirigentes de la Internacional Comunista.

El acontecimiento cumbre del Congreso  fue el informe de Dimitrov. En su brillante exposición definió el fascismo como “la dictadura terrorista declarada de los elementos más reaccionarios, más nacionalistas, más imperialistas del capital financiero…. Es la organización de la represión terrorista  contra la clase obrera y la parte revolucionaria de los campesinos e intelectuales… El fascismo no es la sustitución ordinaria de un gobierno burgués por otro sino la sustitución de una forma estatal de dominación de clase de la burguesía  –la democracia burguesa– por otra de dominación, la dictadura terrorista abierta…”. Ante el avance del fascismo, Dimitrov propuso que la tarea de los comunistas era crear un amplio frente popular antifascista  sustentado en el  frente único del proletariado, en el que estuviera incluido el campesinado y la masa fundamental de la pequeña burguesía, planteando la posibilidad  de crear gobiernos de frente único antifascista:

“Respecto a la pregunta de si en el terreno del frente único preconizamos los comunistas solamente la lucha por las reivindicaciones parciales o si nos hallamos dispuestos a contraer la responsabilidad de ello, incluso si se tratara de crear un gobierno sobre la base del frente único, contestamos con total conciencia de nuestra responsabilidad: Sí, admitimos la eventualidad de que un gobierno de frente único proletario o de frente popular antifascista sea no solamente posible, sino indispensable en interés del proletariado. Y en tal caso, intervendremos sin ningún género de vacilaciones para la creación de este gobierno”.

Sobre la base de este trascendental informe, las resoluciones finales del Congreso establecían un cambio táctico y estratégico para el movimiento comunista internacional, rompiendo con anteriores dogmatismos y sectarismos, y adaptando la actuación de los comunistas a las nuevas condiciones objetivas y a la nueva correlación de fuerzas sociales impuesta por la crisis económica y el ascenso de los fascismos. La creación de una amplia alianza antifascista no significaba, como argumentaron Trotski y sus seguidores, el abandono de las posiciones de clase y el paso al reformismo pequeñoburgués, sino la aplicación dialéctica del marxismo a la nueva realidad política, social y económica de los años treinta del siglo XX.

Fruto de esta nueva orientación fue la formación en España y Francia de coaliciones electorales de Frente Popular integradas por socialistas, comunistas y partidos republicanos de izquierda,  que se alzaron con la victoria  en las elecciones de 1936. En ambos casos fueron los comunistas quienes impulsaron decididamente la unidad antifascista en defensa de las libertades democráticas amenazadas por la barbarie fascista.   
          
Cuando se cumple este año el 75º aniversario del triunfo del Frente Popular en las elecciones celebradas en España en febrero de 1936, nuestro país se encuentra sumido en una profunda crisis económica. Las medidas neoliberales impulsadas por el gobierno del PSOE –abaratamiento del despido, privatizaciones, recortes presupuestarios, rebajas salariales para los funcionarios, congelación de pensiones, ventajas fiscales para las grandes empresas , etc.–  están provocando un deterioro acelerado del nivel de vida de amplios sectores de la población.  El incremento del paro y el aumento de los niveles de pobreza van acompañados de una progresiva restricción de las libertades, la proliferación de actos violentos por parte de las bandas fascistas y un preocupante enaltecimiento del régimen franquista por determinados grupos de comunicación que cuentan con el respaldo de la derecha política. La reciente militarización de los controladores aéreos es una muestra evidente de la fascistización de la monarquía juancarlista.

La España actual no es la de 1936, tampoco la Historia  se repite, pero podemos extraer importantes lecciones del pasado histórico. Si el Frente Popular fue un eficaz instrumento para frenar al fascismo, hoy necesitamos  forjar una sólida  unidad popular para liquidar el régimen monárquico y establecer una República Popular y Federal que lleve a cabo profundas transformaciones estructurales en el orden político, social y económico.  La actual dispersión organizativa de las fuerzas antimonárquicas y anticapitalistas debe superarse mediante la formación de un amplio Frente Republicano que sea la expresión política de un bloque social antioligárquico integrado por la clase obrera española, los trabajadores inmigrantes, clases medias, pequeña burguesía e intelectuales, dotado de un programa mínimo que incluya la organización federal del Estado, la vertebración de la economía en torno a un poderoso sector público industrial, financiero y de servicios sociales fundamentales, el abandono de las organizaciones internacionales que limiten la soberanía nacional, la separación integral de la Iglesia y el Estado, el ejercicio real de las libertades civiles y la investigación exhaustiva de los crímenes del franquismo. Si no somos capaces de construir la alternativa republicana, lo que nos espera, a nosotros y a las próximas generaciones, es un estado policial sin derechos sociales y  sin libertades, un futuro basado en la barbarie generada por nuevas formas de fascismo.


miércoles, 5 de enero de 2011

Historias de esclavos: Fingimientos, subterfugios (*)

Historias de esclavos: Fingimientos, subterfugios (*)

 La mayor parte de los propietarios se encontraba de vez en cuando con un esclavo que le había engañado 'fingiéndose inútil' o usando algún otro subterfugio. Ejemplos: un negro se echó mostaza en la lengua para que el médico que tenía que auscultarlo estimara que estaba enfermo; otro convenció a su amo de que el reumatismo lo había incapacitado totalmente, hasta que un día se descubrió que era capaz de remar con fuerza; un propietario de esclavos encontró a dos de ellos quejándose (grunting era el término usado): uno de ellos lamentándose de una parálisis parcial y el otro de paraplejia; enseguida observó, no obstante, que 'movían con facilidad sus miembros cuando les daba la gana'; durante varios años un esclavo de una plantación de Mississsippi eludió todo trabajo logrando convencer a su amo de que estaba a punto de volverse ciego; sin embargo, tras la guerra de Secesión, consiguió 'llegar a recoger hasta dieciocho cosechas por su propia cuenta' convirtiéndose de ese modo en uno de los 'más importantes granjeros de la región' (1).

(De la obra de Kenneth M. Stampp titulada 'The Peculiar Institution', 1956)

__________
(*) Título nuestro
(1) Southern Cultivator, XVIII (1860), p. 151.


domingo, 19 de diciembre de 2010

Marqués de Sade: El engañador engañado (*)



Remontémonos a las épocas gloriosas en las que Francia tenía numerosos señores feudales que gobernaban tiránicamente sus haciendas, en vez de treinta mil siervos envilecidos ante un solo rey. Cerca de Fimes moraba el señor de Longeville, en su vasto feudo, con una castellana morena, no demasiado bella, pero muy impulsiva, avispada y sumamente amante de los placeres. Ella tenía unos veinticinco o veintisiete años de edad y él, como mucho, treinta; pero, como llevaban casados ya diez años, cada uno hacía lo que podía con objeto de procurarse las distracciones necesarias para aplacar el aburrimiento matrimonial. La población, o más bien la alquería de Longeville, no ofrecía grandes estímulos; sin embargo, desde hacía dos años él se las arreglaba discreta y satisfactoriamente con una campesina de dieciocho años, tranquila y cariñosa, llamada Louison. La agradable tortolita iba cada noche a las habitaciones de su señor a través de una escalera secreta, construida a tal efecto en una de las torres, y por la mañana volaba antes de que la señora entrara en la alcoba de su marido, cosa que solía hacer a la hora del desayuno.
Desde luego, la señora de Longeville estaba perfectamente al tanto de las incongruencias de su marido, pero como ello le daba la placentera libertad de distraerse también por su cuenta, fingía ignorarlo todo. Nada mejor que las esposas infieles, ya que están tan entretenidas escondiendo sus propias aventuras que vigilan las del prójimo mucho menos que las mojigatas. Quien le alegraba a ella era un molinero llamado Colás, un musculoso jovenzuelo con menos de veinte años, moldeable como harina y bello como una rosa, que al igual que Louison se introducía secretamente en el castillo, acudía a la alcoba de la señora y se metía en su lecho cuando todo estaba en silencio. Nada hubiera quebrado la felicidad aplacible de estas dos adorables parejas si no hubiera sido por el diablo, que se metió por medio, y se les hubiera podido poner como ejemplo en toda Francia.
No se ría, estimado lector, por el uso que hago de la palabra ejemplo, pues cuando la virtud está ausente, siempre es preferible el vicio oculto y prudente. ¿No es lo más acertado pecar sin ocasionar escándalo? ¿Qué peligro puede tener la existencia de un mal que nadie conoce? Además, por muy criticable que pudiera parecer ese comportamiento, ¿no constituirán un ejemplo más edificante el señor de Longeville, agradablemente recostado en los cálidos brazos de su tierna campesina, y su respetable esposa, discretamente abrazada a su apuesto molinero, que una de esas duquesas parisinas que cambian cada mes de amante a los ojos de todos, mientras su marido, manirroto, derrocha doscientos mil escudos anuales para mantener a una de esas pelanduscas deshonestas que usan el lujo como máscara para ocultar su desenfreno?
Así pues, repito, nada tan acertado como este discreto arreglo que procuraba la felicidad de nuestros cuatro personajes, si no fuera porque pronto vino la discordia a envenenar sus dulces existencias. Ocurría que el señor de Longeville, como tantos maridos ignorantes, tenía la injusta pretensión de ser feliz sin que su esposa lo fuera también, y pensaba, como le sucede a las perdices, que nadie le vería con solo esconder la cabeza; de modo que cuando descubrió los manejos de su mujer le invadieron los celos, como si su propia conducta no justificara largamente la de ella, y decidió vengarse.

-Que me ponga los cuernos con un hombre de mi propia clase, pase -se decía-. ¡Pero no con un molinero! ¡Eso sí que no! Colás, bribonzuelo, tendrás que irte a moler a otro molino, ya que no quiero que nadie diga que el de mi mujer sigue abierto para acoger tu simiente.

Y dado que el despotismo de estos señores feudales se manifestaba siempre con la máxima crueldad, acostumbrados como estaban a disponer legalmente de la vida y de la muerte de sus vasallos, el señor de Longeville tomó la decisión de hacer desaparecer al infortunado molinero en el foso que rodeaba el castillo.

-Clodomiro -ordenó un día a su cocinero- tú y tus muchachos tienen que librarse de ese infame que está mancillando mi honra y la de mi mujer.

-Muy fácil. Si lo deseas, podemos degollarlo y entregártelo trinchado como si fuera un cochinillo.

-No, no será necesario tanto -respondió el señor de Longeville- bastará con que lo metan en un saco lleno de piedras y lo dejen caer al fondo del foso con ese equipaje.

-Haremos lo que mandas.

-Sí, pero antes habrá que darle caza.

-Lo atraparemos, señor; demasiado listo tendría que ser para escaparse de esta. Lo atraparemos, puedes estar seguro.

-Hoy, como siempre, llegará al castillo a las nueve de la noche -explicó el ultrajado esposo- Vendrá atravesando el jardín; desde allí entrará en el primer piso y se esconderá en la salita que hay junto a la capilla, donde permanecerá oculto hasta que mi mujer piense me he dormido y vaya en su busca para llevarlo a la alcoba. Dejaremos que haga todo esto, pero lo tendremos bien vigilado y lo atraparemos cuando menos se lo espere. Entonces le dan de beber, para que se le calme el ardor.

El plan era perfecto, y sin duda el desgraciado Colás hubiera servido de alimento a los peces si todo se hubieran mantenido en silencio. Pero Longeville había confiado sus planes a demasiada gente. Uno de los ayudantes del cocinero, que estaba prendado de la señora y que, probablemente, aspiraba a compartir con el molinero los favores de ella, en vez de alegrarse por la desgracia de su rival, como hubiera hecho cualquier otro hombre celoso, corrió a desvelar el proyecto de su marido, y recibió por ello un beso y dos relucientes escudos de oro que a él le parecieron de mucho menos valor que aquel ósculo.

-Desde luego -comentó disgustada la señora de Longeville a una de sus doncellas, que era partícipe de todos los líos de su patrona- mi marido es muy injusto. ¿No hace él su santa voluntad? Y yo no digo ni pío. Pero luego se niega a que yo me resarza de todas esas noches de ayuno que me hace padecer. Pues no lo voy a tolerar, eso sí que no. Escucha, Jeannette, ¿querrás ayudarme con un plan que he maquinado para salvar a Colás y para poner en evidencia al señor?

-Claro, señora, haré todo lo que me pidas... Ese pobre Colás es un joven tan guapo, con esas caderas tan firmes y esos colores tan frescos. Claro que sí, señora, ¿qué es lo que tengo que hacer?

-Debes avisar enseguida a Colás para que no se acerque al castillo hasta que yo no se lo mande. Y dile que te de la ropa que suele ponerse para visitarme por las noches. Luego busca a Louison, la amante del bellaco de mi esposo; explícale que vas de parte de él, y que es su deseo que esta noche se ponga esas ropas, que tú llevarás preparadas en el delantal; dile también que esta vez no venga por el camino habitual, sino que atraviese el jardín, que entre por el patio al primer piso y que se esconda en la sala que hay junto a la capilla hasta que el señor vaya a buscarla. Si te pregunta el por qué de estos cambios, le contestas que es por los celos de la señora, que está sospechando y que puede tener vigilada la senda habitual. Y si la ves nerviosa, haz lo que sepas para que se calma, pero sobre todo, insiste una y otra vez en que no deje de acudir a la cita, ya que el señor tiene que tratar con ella asuntos de la máxima importancia, relativos a la escena de celos que ha mantenido conmigo.

Como la doncella cumplió el encargo a la perfección, allí estaba escondida la infortunada Louison, a las nueve de la noche, en la sala aneja a la capilla y vestida con las ropas Colás.

-¡Este es el momento! -ordenó Longeville a sus secuaces-. Todos han visto esta infamia, ¿verdad, amigos?

-Así es, y vaya con el molinero, lo guapo que es.

-Pues ahora entráis de golpe, le tapáis la cabeza con un trapo para que no grite, lo metéis en el saco y al agua con él.

Así lo hicieron. La pobre Louison no pudo ni abrir la boca para que salieran del error y al poco rato ya la había lanzado al foso por la ventana de la sala, metida en un saco lleno de cantos.
Una vez terminada la batalla, el señor de Longeville corrió a sus aposentos para recibir a su amada, que según él pensaba debería estar al llegar, pues lejos estaba de pensar que se encontrara en un lugar tan húmedo. En medio de la noche, inquieto al comprobar que nadie aparecía, el infeliz amante decidió ir personalmente a la casa de Louison, aprovechando la clara luz de la luna. (¡Ah!, por cierto, que este es el momento que aprovechó la señora de Longeville, para meterse en la cama de su esposo, al que había estado vigilando.) Todo lo que pudo averiguar por boca de sus familiares es que su amada había ido al castillo a la hora de costumbre, aunque del extraño atuendo que llevaba nada le dijeron, ya que ella lo había mantenido en secreto y había salido de la casa sin que nadie la viera.
Ya de regreso en su alcoba, y a oscuras, porque la vela se había apagado, se acercó al lecho y entonces es cuando sintió el aliento de una mujer, que él no pudo menos que confundir con el de su bella Louison. Así que, sin pensárselo dos veces, se introdujo entre las sábanas y comenzó enseguida a acariciar a su esposa y a emplear con ella las tiernas efusiones que solía dedicar a su amada.

-¿Por qué me has hecho esperar tanto, bella mía? ¿Pero dónde estabas, mi pequeña?

-¡Bellaco! -gritó entonces la señora de Longeville, iluminando la estancia con una lámpara que tenía escondida-. Yo soy tu esposa, no esa ramera a la que tu entregas el amor que sólo a mi me corresponde.

-Me parece -respondió él fríamente-, que estoy en todo mi derecho, máxime cuando llevas tanto tiempo engañándome de un modo tan desvergonzado.

-¿Engañarte yo? ¿Con quién, si puede saberse?

-¿Crees que no sé de las citas que mantienes con Colás, el molinero, uno de los más viles de mis vasallos?

-Yo no podría rebajarme hasta tal punto. Estás loco. No sé de qué me hablas. Te desafío a que lo demuestres, si es que puedes -respondió ella con arrogancia.

-Siendo sincero, eso me va a resultar un poco difícil, ya que acabo de lanzar al foso a ese miserable que mancillaba mi honor, de modo que no podrás volver a verlo nunca más.

-Esposo mío -replicó la castellana con descaro inusitado- si a causa de tus celos desvariados has ordenado lanzar a algún desdichado al agua, serás culpable de una terrible injusticia, porque como te he dicho, el molinero no ha venido jamás al castillo a visitarme.

Pero bueno! Al final voy a pensar que estoy loco...

-Pues nada más sencillo para aclarar este enredo. Que venga ese vasallo del que estás tan ridículamente celoso. Que vaya Jeannette a buscarlo, y ya veremos lo que ocurre.

La doncella, que estaba al tanto de todo, obedeció en seguida y trajo al molinero. Al señor de Longeville le costó creer lo que veía, y ordenó que fueran a averiguar quién era, en ese caso, el arrojado al foso. Pronto trajeron un cadáver, el de la desdichada Louison.

Cielos! Es la mano de la providencia la causante de todo esto, pero no me lamentaré ni indagaré más. Sin embargo, algo te voy a pedir: ya que has logrado quitarte de en medio a la causante de tu desasosiego, desembaracémonos también de quien me inquieta a mí. Que el molinero abandone la comarca para siempre ¿Trato hecho?

-Sí, estoy de acuerdo. Que la paz y el amor renazcan entre nosotros, para que nada pueda distanciarnos nunca más.

Colás se fue para siempre, Louison fue enterrada y desde entonces no se ha visto en toda Francia otro matrimonio más unido que el de los Longeville

(*) El título es nuestro