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viernes, 9 de marzo de 2012

José Mª Amigo: De la borrachera... al camino (relato)


A Jesús, con 26 años de edad, se le ha muerto su madre hace pocos días. Fue un duro golpe. La quería muchísimo. No solo porque fuera su madre, sino porque al morir su padre en accidente de tráfico, cuando él tenía 6 años, siempre la tuvo a su lado casi como una amiga. 

Además, ayer lo expulsaron del trabajo. Le quedan dos años, escasos, de subsidio de paro. Vive en una casa de alquiler con una chica que tampoco tiene trabajo. De modo que, mas allá de sus narices, lo ve todo muy negro.

Durante varios años creyó que aun le quedaban tres miembros de su familia: sus abuelos maternos Roque y María y su tío Tomás. Si bien, de esos gajos familiares, el de su tío se rompió en el momento en que comenzó a trabajar para él y el de su abuelo Roque -su abuela no cuenta, hace lo que le dice el marido- se quebró hace dos horas, cuando le ha negado el aval para un crédito. Negativa acompañada por un discursito:

-A partir de ahora puedes venir a comer cuando quieras a esta casa. Un cacho de pan nunca te faltará. Pero... que yo te de dinero o te avale... ni hablar. Ya eres mayorcito para salir adelante tu solo.

Se acordó de lo que le hizo a Lázaro el ciego aquel estrellando su cabeza contra la piedra. Y de la lección que en ese instante extrajo el lazarillo de cuidarse de si mismo, de lo contrario nadie lo haría por él. Tenía un parecido Lazaro de Tormes con su situación: se halló solo ante el mundo. ¿Le pasarían las mismas penalidades que al salmantino?...

En la puerta del banco se queda quieto. Inmóvil. Tieso. Mira al frente y no ve mas que sus entrañas. Lo demás, el mundo exterior, es un telón de frialdad e indiferencia. Tiene miedo de dar un paso y que se rasgue el decorado sin que tras él no haya mas que un agujero sin fondo.

-Sin un aval no podemos proporcionarle un crédito. Lo sentimos. El banco no puede arriesgar...

El empleado del banco, de baja estatura, joven y ya calvo, con gafas de montura dorada, hablaba sin parar. Manaba palabras. Repetía como un lorito lo que incontables veces decía a jóvenes, y no tan jóvenes, como Jesús. En ese momento se había sentido hermanado en la desgracia con millones de personas. Y, sin duda, el mismo impulso de agarrar al chupatintas por la chaqueta y... Había dejado de mirarlo porque conociéndose, cono se conocía a él mismo, es muy probable que la ira se habría desbordado sin control. Recuerda que se levantó del asiento y lo dejó con la palabra en la boca.

Por la calle, una calle estrecha, no pasaba nadie. En la sucursal no había ningún cliente. A la izquierda de la calle, en la acera de enfrente, tres o cuatro casas mas abajo, había un bar del que salían las notas de una canción. Y su sonido fue como un bálsamo de fatalismo. De repente le dio igual todo, preparando, así, su espíritu, con un mullido de protección, para que los golpes no le afecten o lo hagan con el menor impacto. 


El empleado del banco, que le había atendido, se levantó de su asiento y desapareció en algún despacho. El cajero, por su parte, se puso a leer un periódico. 


La sucursal estaba muy bien iluminada y calentita. 

Entre la puerta de entrada de la entidad bancaria y la de la calle hay un espacio, como un zaguan, sin iluminar, casi en penumbra. A la izquierda hay un rinconcito con un cajero automático. Jesús siente una ganas incontenibles de cagar. Mira alrededor. No hay retrete. Podía acercarse al bar pero poseido por la venganza, por la irritación, por su mala leche producida por el abuelo, el tió, el chupatintas y acorazado por ese bálsamo de fatalidad, se acerca al rincón y sin importarle nada ni nadie, arropado por la penumbra y el silencio deposita sus heces. Luego, indiferente, se sube luego los pantalones y, sin mirar a atrás, se encamina al bar citado a tomar unos vinos.
-
Desde hace varios años, todos los viernes cena en la Sociedad Gastronómica P. del barrio  de S. E. Y ese día acude a ella con la seguridad de que no volverá. A no ser que ocurra un milagro y halle trabajo. Así podría pagar la cuota...

El local está a oscuras. Aun no ha llegado nadie. Al encender las luces, los reflejos del acero brillante y pulido de la encimera de la cocina, de las cazuelas colgadas, de las botellas de las estanterías, le pegan en sus ojos y eso dolor luminoso es un saludo de bienvenida. Que agradece. Se halla a gusto allí. Es parte de él. Con sus colegas y amigos la construyó. Se acerca al casillero y examina las cuentas. Pronto la cuadrilla va entrando incorporándose cada uno a su tarea. Antes saludos, bromas, un trago de vino. La cocina se enciende. Las chuletas se doran... La cena está preparada.

En la charla de sobremesa sale el tema del paro. Y su amigo Abilio cuenta lo que le sucedió en el hospital donde se recuperaba de una dolencia. Tenía por compañero de habitación un corredor de apuestas del Pais Vasco; este era de Cestona, pueblo del Valle del Urola en la provincia de Guipuzcoa; Abilio le dice que lo acaban de echar del trabajo, despues de varios años de haberlo explotado; y está inquieto, claro, por el porvenir; el otro le contesta que no se preocupe que a él, antaño, le sucedió algo parecido: estuvo en una clínica curándose de un accidente de trabajo por el que perdió dos dedos; 'y me enseñó la mano'; un fin de semana fueron a verle dos compañeros de trabajo; eran comunistas; militaban; querían atraerlo a su partido y le dejaron, para que se entretuviera leyendo, el 'Manifiesto del Partido Comunista'; 'y si que lo leí'; de todas las ideas que contenía el libro se quedó con la  de que a los obreros los explotaban los patronos; 'es decir, que a mi me explotaban; osea, dicho de otra forma, me robaban'; cerró el libro concluyendo: 'a mi no me vuelven a robar'; luego, cuando se curó y se acercó al taller, le dieron el finiquito; lo cual le agradó porque así no tuvo que enfrentarse a los patronos diciéndoles que se iba; -'Y aquí me ves: corredor de apuestas; ganando dinero sin peligro de que una maquina me corte la mano; y solo por vocear: ¡ogeita bi, ogeita iru, ogeita lau etc!; haz tu lo mismo'. Abilio le contesta que por estos lares no hay incautos aficionados a la pelota que se jueguen los cuartos. 'Siempre hay algo. Búscalo' -le cortó rotundo el vasco.

Abilio, al terminar de contar esto, añade a su amigo Jesús:

-Pues eso: teníamos que indagar el modo del vivir del cuento.

-Es muy fácil decirlo.

-¿Crees que no podemos abrirnos camino? Yo creo, como decía el corredor de apuestas, que algo siempre hay. Y si no acuérdate de ti y de mi con el búlgaro cuando quisimos comprarnos una moto...

-Habla mas bajo.

-Vale... -y se puso a hablar bajito- digo que cuando desvalijamos la joyería con Dimitri...

-Que hables mas bajo, ¡joder!... Si. ¿Y qué? Él se fue con las joyas y nosotros nos quedamos a dos velas como unos gilipollas. ¡Vaya ejemplo que pones! Además... eso pasó porque éramos unos críos. Y no sé yo si es buen camino... 

-Peligroso si que lo es. Entonces... lo que podemos hacer es montar una fábrica de pompas de jabón.

Y los dos amigos se echaron a reir.
-
Después de la cena acostumbraban a ir a tomar unas copas a varios pubs. Jesús no quiso seguir la juerga con Abilio y los otros de la sociedad. Se despidió a la salida del local y marchó directo a su casa. No había nadie. La chica con la que vivía le dijo por la mañana que se iba con sus padres. Reharía su vida. Y es que tenían pensado abrir un bar pero, al no concederle el crédito el banco, ese proyecto se desvaneció. No le importó. La idea era de ella: un bar de comidas con estritis: distraer los bocados con tetas al aire: hasta estaba dispuesta a desnudarse. A Jesús, francamente, no le entusiasma la idea. Aunque se da cuenta que puede funcionar. Y el tiempo de estrecheces en el que la sociedad se hunde no está para despreciar salidas de emergencia. Mas el camino seudo erótico se cegó. Adios a la carne.

Sentado en el sofá del salón se pone a reflexionar sobre lo que ha hablado con su amigo Abilio. El atraco en la joyería fue una chiquillada. Eran muy jóvenes. No pensaron en las consecuencias. Tampoco, es cierto, sabían hasta que punto el Dimitri era tan violento. Parece talmente que lo ve entra en la joyería, mientras ellos, Abilio y él, esperan con el coche en marcha. Desde la calle no pueden saber lo que Dimitri y el empleado hablan pero si ven que el búlgaron le atiza un puñetazo y que el empleado cae para atrás. Acto seguido el atracador sale de la tienda y les dice que todo ha salido mal y que lancen el coche a toda velocidad. Se enteran, por la prensa, que el empleado ha quedado paralítico, ya que, al caerse, se da en la sien con la esquina de un armario. El búlgaro huye y -otra sorpresa- con algunas joyas de valor considerable.

Cada vez que lo piensa, como ahora, se le queda la cara estúpida. Le dan ganas de llorar al pensar en el empleado, trabajador como él, al que ayudó a quedarse paralítico. Y, ¡qué vergüenza!, ve muchas veces como lo pasea su madre por la calle en la silla de ruedas...

La policía hizo indagaciones por el barrio, pero nunca se acercaron a interrogarle. Dimitri tenía muchos conocidos y, pensaría la poli, era demasiado trabajo interrogar a tantos para tan poca cosa.

El búlgaro era un lider, inteligente, simpático, de labia fácil y, se le ocurre de pronto, posiblemente estuviera unido a alguna red mafiosa para la que trabajara. De hecho no se volvió a saber nada de él. Como si le hubiera tragado la tierra. ¿Que quería decir esto? Que alguien lo ocultó. La organización. No le cabe duda.

Tiene sus ventajas eso de estar organizado. Si se lanza una mirada en torno se ve por doquier organización en todas partes: en partidos, en clubs, en escuelas, en ayuntamientos, en empresas... 

¿Quería Jesús estar organizado? Lo que quería era trabajar, divertirse, ir los fines de semana a la Sociedad con los colegas, follar de vez en cuando, ver alguna película, charlar en los bares con los amigos... Pero no le dejaban vivir tranquilo: su madre se le muere, su abuelo le niega ayuda, lo expulsan del trabajo... su tío, su propio tío, el hermano de su madre, lo echa del trabajo.

-Ahí tenéis la carta de despido. Con harto dolor tengo que cerrar la empresa. Llevo varios meses, como sabéis, con pérdidas y...

-¡Cabrón! -pensó para si- y antes, cuando entraban los euros a raudales en tu bolsillo, ¿por qué no repartiste las ganancias? No, todo para ti. Con lo que nos has explotado tendrás las sacas bien llenas. Ahora te retiras. Y a los demás que nos den por el culo. ¡Cabrón! ¡Ojalá revientes!

Empero, lo reconocía, su tío en algo tenía razón: no había trabajo; se pasaban el día sin hacer casi nada; alguna chapuza de vez en cuando; poca cosa.
-
¿Por qué? ¿Por qué ha ocurrido esto?, se interrogaba. Por mas que exprimía sus sesos no lo entendía. Antes, hace tan solo dos o tres años, fluían los euros. Un albañil se llevaba a casa tres mil euros todos los meses. Él mismo ganaba dos mil y pico. Ahora, todo se ha desvanecido. Hasta lo han dejado sin trabajo. Era cosa misteriosa, de magia. De repente, la mayor parte de los currantes no tiene un duro. Sin embargo, las tiendas están llenas de cosas que nadie compra. O compra solo lo necesario. Miles de casas vacías y a muchas personas las desahucian por no pagar la hipoteca y las echan de sus hogares. Bares llenos de botellas, pero vacíos. Pocos consumen. De un estado de locura compradora, hemos pasado a una quietud del mírame y no me toques. 

Jesús vuelve a hacerse la misma pregunta: ¿por qué? Bueno, la respuesta, en parte, es obvia: nadie tiene un duro; aunque nadie, lo que se dice nadie, no es la palabra adecuada: el 1% tiene muchos duros; y no quiere desprenderse de ellos; habría que robárselos... ¡Me cagüen...!

-¡Qué hostias digo! -exclamó- Si yo no...

Miró en derredor. Los objetos del salón lo miraban como riéndose de él. 

-¡Qué cojones miráis!

Estaba un poco bebido. Y solo. Se levanta del sofá. Pasea por él salón. 


A lo largo de una de las paredes había colocado botellas vacías de vino. Hacían bonito. O eso creía. Vio en una revista que algunas casas las decoraban así. Piensa que si estrella una botella contra otra dándole un puntapié producirá un sonido agradable... Sería como meter un gol. Lo deshecha y sigue andando. Luego se rie por lo bajo insistiendo en el pensamiento anterior. Se para y pregunta:

-¿Y por qué no?

Y dicho y hecho: rompe de una patada una botella contra otra. Y luego otra y otra... Entró en un frenesí iracundo rompiendo botellas, pegando patadas a paredes, sillas y sillones, tirando ceniceros, revistas, libros, cuadros... Y a cada acción grita como un poseso:

-¡Malditos seais abuelos, tíos y banqueros miserables!

Después de una orgía de golpes, ya cansado, se sienta en el sofá. Al poco ronca. Cuando despierta por la mañana contempla el salón asustado. Parece un campo de batalla. Hasta hay cristales incrustados en las paredes. Tras un momento de incertidumbre levanta sillas, coloca ceniceros, tapetes, cuadros. Los pocos libros los coloca en las estanterías. Entre ellos -se fija-  están el Lararillo de Tormes que tanto le gusta; el Manifiesto del Partido Comunista; de este se acuerda por el corredor de apuestas vasco: Jesús lo había leído antaño, obligado por un profesor del instituto.

Se pone a barrer. Lo hace maquinalmente mientras su pensamieno volaba hasta el Manifiesto Comunista y el corredor de apuestas de Cestona. Según le contó Abilio, el trabajo del vasco le metía buenos euros en el bolsillo; él, solito, se había resuelto la vida... Se pregunta Jesús al respecto:

-¿El solo? ¿Seguro? ¿No estará ligado a alguna empresa como Asegarce? Porque Asegarce y Aspe, piensa, manejan todo el cotarro de la pelota. ¿Los corredores no pertenecen a ese mundo?...
-
Desayuna e iba a sentarse a leer, picado por la curiosidad, el Manifiesto Comunista, pero se acuerda que es sábado y ha quedado con su amigo Abilio a las 12 para ir a la manifestación contra la Ley de la Reforma Laboral. Los muy cabrones, quienes la hayan hecho -pensó- le han dejado tan solo 20 días por año trabajado de los 45 que le correspondían. Se lo dijeron en el sindicato cuando fue a consultarles. De eso se aprovechó su tío miserable, 'miserable, si', para dar de baja a la plantilla de trabajadores. Había que hacer una huelga y machacar a todos los tíos miserables, 'me cago en la madre que los parió', del mundo. 


Algo parecido decía  León Felipe en Good bye Panamá. Lo leyó en el instituto. 

Abilio y Jesús caminan hacía el lugar de donde partirá la manifestación. Y como ellos, cientos de personas. Hasta niños con sus padres. Al fondo, ondean banderas. Se oyen por los megáfonos distintas consignas. Los dos amigos se meten entre el gentío. Se colocan, a indicación de Jesús, donde flamean numerosas banderas republicanas. El motivo es que se acuerda en ese momento de su madre que le contó algunas veces sobre la fe republicana de su progenitor. Comienza a moverse la gente y comienzan a gritarse distintas consignas. Abilio le da con el codo a su amigo señalando a dos jóvenes:

-Mira, ¿que hacen Pedro y Said aquí?

-Lo de siempre: pasando maría -contesta Jesús al ver como el tal Said le da un papelito blanco a una persona y esta le entrega unos billetes y se va para atrás. 

-Esos si se lo han sabido montar sin dar palo al agua en su vida. ¿No te parece?

Su interlocutor no le contesta porque en ese momento grita una consigna que le parece de perlas: '¡Obrero despedido, patrón colgado!' La única que le llena.

-¿Qué me decías?... ¡Ah!... Si... Venden costo y nos observan como nosotros a ellos -y los saluda con la mano-. Luego le chivan a la policía lo que han visto.

-¿Por qué? No hacemos nada mal.

-No me refiero a nosotros. ¿O si? Depende de lo que le interese a la poli.

-¿Nos han visto?

-Claro. Puede que la secreta le pregunte por gente de este bloque. Por lo que veo nos hemos colocado en uno de los mas radicales.

Mientras avanzan, Jesús y Abilio recuerdan sus días de adolescentes en la cuadrilla del barrio. Llegaron a ser cerca de treinta. Dimitri, Pedro y Said entre ellos. Luego, pasada la adolescencia, se fue disgregando porque unos pasaron a la universidad, otros comenzaron a trabajar, en la construcción sobre todo, varios se trasladaron con sus familias a otros barrios. Se comentó que algunos de estos destacan en asambleas de 'Indignados'. Hubo quien se alisté en el ejercito o se hizo poli o guardia civil. De todo hubo. Jesús y Abilio se fueron a la universidad. A mitad de curso Jesús se puso a trabajar con su tío Tomás en la construcción y luego, a petición de Abilio, consiguió que su amigo trabajara con él. Dimitri desapare, como ya se ha dicho. Pedro y Said continuan en el barrio, parados. Con el tiempo se supo que se han hecho camellos. Cada cual buscó su salida. 

Y ahora, él, engordaba el paro. Y engrosaba esta masa de manifestantes que, al paso, se dirigen a no se sabe donde. Está deshubicado. Se ha paralizado como la vida laboral. Ignorando el camino a seguir. A su amigo Abilio le pasaba algo similar. 

Sin embargo, conocía a numerosos que el destino lo tenían claro. Saben lo que quieren. Y hacia ese objetivo encauzan sus actos. Hasta a su expareja los sueños le alimentaban. Está convencido que desnudándose o no alcanzará sus metas. 
-
Lo que ve en esta manifestación le hace pensar. Está clara su preparación concienzuda. Las pancartas, banderas, pegatinas, octavillas... no salen de la nada: alguien las hace. Tiene sus fines: ir contra la Ley de la Reforma laboral. Los que fueran estaban organizados. Era él el que no estaba ubicado. No pertenecía a nada. Se había sumado, si, pero no había hecho nada. Si supo de esa manifestación es porque la vio anunciada en un cartel a la puerta del sindicato. Había ido a consultar sobre su despido al sindicato... 


Y, por cierto, que le afirmaron corresponderle cerca de 10.000 euros y no los 3.000 que le ofreció el abogado de su tío. Que si no lo denunciaba, ya, se quedaría sin la pasta. 

-¡Joder, qué cabrón! -murmura mientras uno a su lado grita '¡Manos arriba, esto es un atraco'! y todo el mundo lo repite. -¡Qué tío mas miserable!

Su pariente también estaba organizado en la patronal. Y organizó el despido. La patronal organizaba. El estado organizaba. El sindicato organizaba. La Iglesia organizaba... ¿Y él? Bebía, comía, cagaba, pensaba, se desesperaba...

Cabreado se sale de la manifestación. Cabreado consigo mismo. Lo hace en el mismo momento que la policía, también organizada, iniciaba una carga. Le aporrean en una esquina. Cerca del banco que le negó el crédito. Uno de los polis, se fijó y lo conoció, era uno de los de su cuadrilla quien optó por esa forma de salvarse de la crisis. El poli lo aporrea y sonríe. 

-Será hijoputa -pensaba, mientras se defendía obillándose e intentando taparse la cabeza y otras partes. 

Eran tres sacudiéndole y se desmayó. Herido lo dejan en el suelo. Manifestantes, organizados, lo recogen trasladándolo a una ambulancia. Se lo llevan. Nada. Una brecha en la cabeza. Mucha sangre. Puntos de sutura y... para casa.

Come algo. Se sienta en el sofá a descansar. Llaman a la puerta. Eran Said y Pedro. Se enteraron de lo que le había pasado y pasaron a verlo. Hablan con él un poco. Se ofrecen para lo que sea y se van. Luego llega Abilio.

-¿Qué hacían esos aquí?

-Han venido a verme. O... vete tu a saber.

También Abilio se fue al poco rato.

Agradeció la visita de su amigo. Y la de Pedro y Said. Vinieran a lo que viniesen.

Sentado allí, en el sofá, estira los brazos y chocan, sus manos, con libros de la estantería. 


Coge el Lararillo de Tormes y el Manifiesto del Partido Comunista. Abre el primero y lee hasta donde quería recordar: 

"E assi me fuy para mi amo, que esperandome estaua.
Salimos de Salamanca y, llegando a la puente, está a la entrada della vn animal de piedra que casi tiene forma de toro, y el ciego mandome que llegasse cerca del animal e, alli puesto, me dixo:
-Lázaro, llega el oydo a este toro e oyrás ruydo dentro dél.
Yo simplemente llegué, creyendo ser ansi. Y, como sintió la cabeça par de la piedra, afirmó rezio la mano y diome vuna gran calabaçada en el diablo del toro, que mas de tres días me duró el dolor de la cornada y dixome:
-Necio, aprende: que el moço del ciego vn punto ha de ser mas que el diablo.
Y rió mucho la burla.
Paresciomme que en aquel instante  desperté de la simpleza en que como niño dormido estaua.
Dixe entre mi:
-Verdad dize éste, que me cumple abiuar el ojo y auisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer."

Luego comienza el otro. Las páginas le parecen que hablan de él. Y del tiempo que está pasando. A pesar de haberse redactado hace casi 200 años.

Se le quedó grabado eso de: 'Ante nuestros ojos se está produciendo un movimiento similar'. Y describía la crisis que de forma periódica cuestiona la existencia de todo el sistema. Durante ella, leyó, se destruyen productos elaborados y las mismas fuerzas productivas... Como lo querían destruir a él entre su tío, su abuelo, y el banco... Y lo hacen en el momento absurdo en que hay de todo. Es la 'epidemia de la superproducción'. Así lo llama el libro. Y conduce todo el sistema a un callejón sin  salida para los trabajadores asalariados, porque la burguesía... (es decir: todos los tíos, abuelos y banqueros miserables)... quiere salvarse preparando crisis mas extensas y violentas... De modo que, dentro del sistema de tios, abuelos y banqueros miserables, no hay salida. 

-La salida está en mi -piensa Jesús.

Lo cree, porque el libro afirma que todo el tinglado en el que vive produce 'las armas que le darán muerte' y 'los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios'. Y él es un obrero.

-Habría que encontrar esas armas. Yo no las tengo. Tendré que pensar en esto.

Pero, sobre todo, el libro le da una lección de vida práctica. Al menos eso es lo que saca en conclusión. Así lee lo siguiente: 'todo lo estamental se evapora': es decir: la familia, con todos sus tíos y abuelos miserables (nunca se cansará de repetir esa palabra); la iglesia, que se ha unido a la patronal aprobando esta reforma asquerosa; la cuadrilla, que desaparece deshecha; la policía, con su antiguo colega apaleándole... Y al fin, agrega el libro, la persona, forzada, tiene que contemplar el mundo con mirada fría, y fijar una posición ante la vida, con el fin de que nuestros actos tengan sentido.

Cierra el libro, como si hubiera hallado la salida a sus problemas. E, igual que hizo aquel corredor de apuestas vasco natural de Cestona, exclama:

-¡Juro que no me volverán a explotar!

Llama a su amigo Abilio. Se corren una juerga mayestática. 


Y cuando por la mañana despierta de la borrachera ya sabe el camino que tomará en la vida.

martes, 27 de mayo de 2008

José Mª Amigo Zamorano: Buscando su camino

(A la memoria de Aimé Césaire)


Cuentecillo contra el racismo:

El estudiante, que era negro, la piel de su rostro así lo delataba, miraba por el ventanal del café a la plaza. Se había apostado, al poco de llegar a París, tras unas breves escaramuzas, a una defensa legítima ante el ambiente hostil que, en un primer momento, lo sorprendió desarbolándolo. Y supo llevar a cabo con valor su resistencia.

Si tuviera que hacer un recorrido mental, y ahora lo hacía,
por las lluvias que había visto o le habían mojado, desde que llegó a la Francia desde la Martinica, diría que habían sido innumerables. Unas lluvias mansas, si, pero incesantes. Y un cielo encapotado, gris oscuro, colocado sobre su cabeza oprimiéndola.

Ahora, en este momento, comenzaba a clarear. El suelo de la plaza, por tanto, brillaba con más intensidad. El agua corría por ella como por un arroyuelo dirigiendo su líquido al oeste. Dos ancianas caminaban, muy juntas, debajo de sus paraguas. Una de ellas, a cada paso, curvaba su espalda hacia la izquierda, como si le faltaran las costillas de esa parte. A otra, más atrás, le costaba tanto el andar que parecía que el cuerpo tiraba de de sus piernas remolcándolas. Iban, sin duda, a un templo de la iglesia católica que se hallaba unos doscientos metros en dirección sureste.

Miró su reloj. Aun quedaban algunos minutos para que llegaran sus amigos. Unos africanos y otros caribeños. Todos negros como él. Entre los más cercanos a la amistad, un senegalés y un guadalupano. Estudiantes de las colonias en la Escuela Normal Superior. Buenos estudiantes. Muy buenos. Y, como tal, acudían, tras terminar sus deberes diarios, al café, para intercambiar ideas y sentimientos. Lo necesitaban. Al ser de raza negra, recibieron desde el principio el impacto de las miradas de asombro y extrañeza, cuando no el arañazo del menosprecio o del rechazo.

Iban acumulando experiencias o anécdotas que conformaban un cuerpo, casi sólido, muchas veces maloliente, nada agradable para ellos.

En la espera, este estudiante que decimos, recordaba varias. Una de ellas, la que más le impresionó, fue la siguiente: yendo un día por la calle, venía enfrente una mujer con un niño de la mano; el niño extiende el brazo y apuntándole con el dedo índice le dice a la hembra:

-¡Mamá, mira, un negro!

No le dio importancia porque él era de raza negra. Obvio. De padre y madre negros. Tenía la piel morena. Se sonrió orgulloso de llamar la atención de un niño.
Casi a su altura, el niño, tiró de la falda de su madre mientras exclamaba:

-¡Mamá, mamá, un negro, un negro! -insistió el niño, quien con cara de susto exclamó llorando- ¡Tengo miedo!

Dejó de sonreir el estudiante y quiso hablarle al niño, pero la matrona se puso delante, cruzada de brazos, las piernas en uve, entre él y el hijo, protegiéndolo:

-¡Ni se te ocurra tocar a mi hijo, negro de mierda!

Desistió de hablar con el nene, ante la actitud agresiva de su señora madre.
No era lógico lo que acababa de oír. Ni lógico, ni razonable, ni justo. Era negro. Pues si, pero... ¿por qué daba miedo o a qué se debía eso de 'negro de mierda'?...
Y recordó su primer diálogo con uno de los camareros del café:

-Traigame un café, por favor.
-Perdone... quería preguntarle...
-¿Si?
-Es que no me atrevo... Acabo de llegar de mi pueblo... No he servido nunca a uno de su raza... Bueno, tampoco al de otras razas...
-Pregunte.
-Ya... pero... es que me da miedo...
-¿Miedo?
-No sé... dicen tantas cosas... que si son ustedes canívales...
-¡Por Dios! ¡No me como a nadie!... ¡Póngame el café, joder!
-Enseguida... señor.

Se había enfurecido, pero fue como un chaparrón en medio de la lluvia mansa, pronto se pasó. Cuando volvió con el café le dijo que perdonara su enfado y que cuando tuviera tiempo pasara por la mesa que le explicaría algunas cosas.

Paseó la vista por la plaza mientras pensaba en todo ello. Luego, miró al camarero que estaba detrás del mostrador charlando con un cliente. Se cuzaron sus miradas y el camarero le saludó sonriéndole. Ya se había acostumbrado a la presencia del joven estudiante negro. Solía pensar: 'Que bien habla'... A pesar de ser negro'.

La coletilla 'A pesar de ser negro' le duró mas bien poco, porque era un joven inteligente y de mente abierta a lo nuevo, aunque... esta es otra historia que algún día contaremos. Si lo mencionamos aquí y ahora es porque, al verle, así, inteligente, pero falto de cultura, le dejó el estudiante negro al camarero blanco un libro sobre la trata de esclavos y al devolvérselo le dijo:

-Usted es negro descendiente de esclavos y yo blanco. Sin embargo, es más libre que yo, porque estoy esclavizado al trabajo del patrono de este café. Usted, en cambio, está estudiando...

No sabía el camarero que si él estudiaba era por una beca. Como tampoco sabía lo de su madre:

-'Y mi madre que por nuestra hambre insaciable sus piernas pedalean, pedalean de día, de noche, de noche me despiertas esas pìernas infatigables que mueven el pedal de noche, y la mordida áspera en la carne blanda de la noche de una Singer cuyo pedal mueve mi madre por nuestra hambre, día y noche'(*).

Los pedaleos de su madre lo sostenían en momentos de moral baja. Eran un acicate ante el ambiente racista que lo impregnaba casi todo. En esos momentos el recuerdo de su madre, sacrificando su vida hasta altas horas de la noche, le infundía energía suficiente para soportar toda clase de sinsabores o de agravios.

La convivencia diaria en clase estaba llena de miradas aviesas, de sonrisas maliciosas, sobre todo cuando interrogaba al profesor por alguna cuestión de historia relacionada con la trata de esclavos. Luego, en los pasillos, o en el patio de recreo, (era ya una costumbre casi mecánica), se acercaría algún grupo, cosa que no hacían normalmente. Y con mucha finura, porque, hay que decirlo, todos o casi todos eran refinados, corteses, pulcros... unos hipócritas redomados... le preguntarían acerca de esa esclavitud, con la intención de rebatirle con argumentos teñidos de una capa intelectualmente conmiserativa o paternal. Siempre ensalzando la civilización occidental en general y la francesa en particular.

-El hecho de que tú estés aquí, demuestra que nuestra civilización se ha elevado por encima de prejuicios raciales. Y a los que, milagrosamente, se separan del orden de los simios, los acoge en su seno con amor de padre. Nace esta generosa amplitud de miras de los principios morales superiores inmersos en la civilización judeo-cristiana que, reconócelo, ha derrotado, en todos los campos, al grosero paganismo...

En uno de esos fugaces encuentros, se acercó otro grupo en el que estaba un estudiante de color, que ya había visto más veces pero nunca se había atrevido a dirigirle la palabra. Y salió en su defensa con un punto de vista que conciliaba la negritud con los aportes cristianos. Todo ello expresado con una brillantez y exuberancia que lo dejó con la boca abierta. A algunos convenció y a otros, bueno, se callaron de momento, respetándolo, en el grado que un blanco de élite puede hacerlo con uno de color. Además, sus conceptos no eran nada peligrosos.

Y su origen de clase siendo, como era, hijo de propietario y de la casta noble de Senegal, contribuían a hacerlo más digerible. En la discusión, ambos se sintieron atraidos participando, como participaban, de sentimientos similares. Y los acontecimientos históricos, como una hoz, los había agabillado, aun teniendo sus diferencias, porque las tenían. El nexo de unión estaba en Africa. Allí brotó el árbol. Pero las ramas se extendían en varias direcciones, por lo que las divergencias eran innegables: uno, hijo de propietario, el otro, de gente humilde; uno, vástago en primera línea de Africa, el otro, descendiente de esclavos, de la isla Martinica.

Diferencias que se borraban debido a su juventud y a causa de la lejanía de su ambiente, libres de las ataduras que las sociedades imponen a los individuos. A él no se le olvida ese poder de las estructuras sociales en el comportamiento de las personas; poder que se reflejó en el hermano de una novia que tuvo: fueron a un campamento veinte días; se hicieron muy amigos; una amistad sincera, limpia, sana, pura... como se quiera denominar a dos corazones que se juntan... cuando regresaban en el autobús siguieron charlando casi como hermanos..

-Pero a la vista de la ciudad se fue volviendo silencioso, se le cambió el rostro, se hizo duro, aspero, distante... como se quiera llamar a la persona que se cierra al trato... no era el mismo con el que yo había intimado en el campamento; ya no era libre, era blanco e hijo de ricos y el otro, yo, era negro e hijo de pobres.

Pero allí, en Francia, ante una sociedad que hacía tabla rasa de orígenes o etnias a la hora de tratarlos: idénticos prejuicios arañaban su existencia. Ellos, fuera de su ambiente de donde habían sido arrancados de cuajo, eran jóvenes, eran libres, eran cultos, eraan, eso si, de clases diferentes, pero... eran negros lo que les impulsaba a la hermandad, a la amistad, a la unión, a la supervivencia, a la lucha.

De modo que la ligazón fue aumentando hasta el extremo de sentir, como estudiantes negros, la idea de defenderse, legitimamente, de los ataques racistas, llegando a idear una organización o grupo de presión que contribuyera a difundir la cultura africana: su historia, literatura, costumbres, folclore... comenzando primero con una tertulia... en el café donde se hallaba en ese momento esperando la llegada de otros miembros de esa tertulia.

Seguía la lluvia cayendo con parecida mansedumbre desde hacía varios días. Y lo que parecíó un clarear esperanzador se fue como el humo de la hoguera, y el cielo se tiñó de gris oscuro.

Desde que llegó a París hubo años en que la lluvia duraba meses o si no la lluvia el cielo cubierto del nubes sin dejar pasar el sol, cuando esto ocurría se le ponía como un peso en la cabeza y tenía que enfrascarse en sus estudios para no pensar en ello, porque sino se desesperaba. No quería que eso le venciera, le derrotara definitivamente. Algunos no habían aguantado este peso y se habían suicidado. Pero a él no iba a ocurrirle esto porque en una asociación de imágenes recordaba el sol, el calor, la flora de su tierra y se pasaba horas en ese retorno a su tierra natal salvándole de la tentación de quitarse la vida. Que si alguna vez la tuvo, el recuerdo de su madre pedaleando en la máquina de coser le volvía valadí ese sentimiento.

Al principio de su llegada, no era ni su madre, ni su tierra natal, principalmente, el recuerdo que le venía. Era una moza que dejó allí. Se llamaba... No recuerda ya su nombre. Ni había vuelto a saber nada de ella.

-Habrá encontrado novio. Tendrá ya... hasta hijos.

Pero le gustaba rescatar momentos. En concreto, aquella tarde en el jardín: tras enseñarle las letras griegas, ella le escondió el pañuelo; nada, era una disculpa, un juego para acariciarse; él le dijo: lo tienes tu; y como que buscaba el pañuelo, comenzó a acariciarle los brazos; ella temblaba; y soltó el pañuelo de la mano, mientras él la besaba y le acariciaba los senos; tenía el pelo negro, ojos de azabache y piel fina y muy blanca... ¡curioso!... ¡piel blanca!

-¡¿Qué será de ella!?, se terminaba preguntando.

Eso era antes, recién llegado. Luego cada vez menos. El recuerdo se diluyó en la lluvia de Francia. Y solo quedó su madre. Su madre querida. Su madre inolvidable. Era como una fortaleza su recuerdo. Un baluarte inexpugnable de resistencia.

Pero entonces, recién venido, también es curioso, era la moza la que primero aparecía. En los primeros meses. Aun lo recuerda porque, como ahora, siempre estaba lloviendo, pero aquella lluvia no era como esta: aquella taladraba de frío como un berbiquí. Los canalones lanzaban sus chorros a coro con los surtidores de las fuentes.

Se sintió anonadado, empequeñecido, solo. Y en la habitación comenzó a llorar. A punto estuvo de abandonar Francia, de dejarlo todo, de salir corriendo y embarcarse en el mismo barco que lo había traido desde la Martinica. Pero recordó que le había prometido a... ¿cómo se llamaba?... ser valiente. La misma promesa que a su madre... No podía defraudarlas. Se quedó dormido encima de la cama.

Lo pasó muy mal y eso que no quería acordarse de las peleas con un chulo de su clase, porque esa parte de su vida de quince años ya quedó atrás.

Al año conoció a otro negro, era de Guadalupe una isla cercana a Martinica y la estancia se le hizo menos cuesta arriba. Miembro del Partido Comunista le enseñó el camino de la lucha. Era uno de los que se reunían en el café. En sus charlas se dieron cuenta de la necesidad de publicar una revista para mostrar a sus conciudadanos negros sus fallos y para rebatir las ideas racistas. Ideas que es dificil de erradicar, en parte porque el diferente da miedo y en parte porque las lleva uno impresas sin querer.

De esto ultimo adquirió conciencia a raiz del encuentro con un negro en un autobús. Participó de ese racismo. Como un canalla. Como un canalla cobarde. Así lo contó él mismo:

-Una Tarde en un tranvía frente a mí un negro. / Era un negro grande como un pongo que pugnaba por hacerse chico en un banco del tranvía. Trataba de despojarse en este banco pringoso del tranvía, de sus piernas gigantescas de sus manos temblorosas de boxeador hambriento. Y todo le había abandonado, su nariz se parecía una península abandonada en una rada y hasta su misma negrura que se decoloraba bajo la acción incansable de una curtidura en blanco. Y el curtidor era la Miseria. Un murciélago orejudo, repentino: en ese rostro las heridas de sus garras habían cicatrizado en islotes de sarna. Era un obrero incansable la Miseria trabajando en el algún cartucho horripilante. Se veía muy bien como el pulgar industrioso y malévolo había modelado el bulto de la frente, agujereado la nariz en dos túneles paralelos e inquietantes, alargado desmesuradamente el belfo y caricaturesca obra maestra había cepillado, pulido, barnizado la oreja más dimimuta y graciosa de la creación. / Era un negro desgarbado, sin ritmo ni medida. / Un negro que movía los ojos en una lasitud sanguinolenta. / Un negro sin pudor, los dedos de sus pies crujiendo hediondos en el fondo del cubilete entreabierto de sus zapatos. / La Miseria, no puede decirse otra cosa, se había esforzado en acabarlo. / Había ahondado la órbita de sus ojos, se los había cubierto con una pasta de polvo mezclada de legañas. / Había estirado el espacio vacío en tre el sólido encaje de la mandíbula y los pómulos de la vieja e deslustrada mejilla. Encima había planteado los estacas pequeñas y lucientes de una barba de varios días. Le había enfermado el corazón y encorvado la espalda. / El todo representaba perfectamente un negro repugnante, un negro gruñón, un negro melancólico, un escombro de negro que unía las manos en plegaria sobre un bastón nudoso. Un negro enterrado en un viejo chaleco raído. Un negro cómico y feo; las mujeres a mi espalda reían al mirarle. / Me volví hacia ellas y mis ojos proclamaban que yo no tenía nada en común con este mono. / Era COMICO Y FEO. / COMICO Y FEO ciertamente(*).

Alboreó una sonrisa estúpida de complicidad con las carcajadas de las mujeres del tranvía. / ¡Halló de nuevo su cobardía, cuanda deseaba acercarse a ellas y retorcerles el cuello! Pero no encontró el significado nauseabundo, en su fealdad meridiana, hasta que no lo contó en la tertulia del café donde se encontraba ahora, pensativo, mirando la lluvia empapar plaza y soportales.

Y es que cuando terminó de relatar lo sucedido en el tranvía, uno de sus amigos, el senegalés, leyó un trozo breve de una obra clásica de la literatura castellana titulada 'El lazarillo de Tormes' que le hizo sonrojarse. La vergüenza le inundó todo su ser y casi no podía moverse por miedo a que sus huesos se rieran de él. El texto dice así:

'Ella y un hombre moreno, de aquellos que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Este algunas veces se venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces de día llegaba a la puerta en achaques de comprar huevos y entrávase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame con él e avíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas, de que vi que con si venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños, a que nos calentábamos.
De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba e ayudaba a calentar.
Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre e ami blancos y a él no, huía de él con miedo para mi madre y, señalando con el dedo, decía: '¡Madre, coco!'
Respondió él riendo: '¡Hideputa!'
Yo, aunque bien muchacho, noté aquella palabra de mi hermanico y dije entre mi: '¡Cuántos debe de haber en el mundo, que huyen de otros, porque no se ven a si mismos!'(1).

-Vale. Con eso ya me has dicho todo. Hasta se me ha puesto la carne de gallina. De vergüenza... ¡Qué vergüenza!... ¡Soy una mierda!...

Había escondido la cara entre sus manos. Pidió perdón por su cobardía. Y miró en derredor por si alguien más hubiera notado algo. Nadie. Todos los camareros estaban trabajando y los clientes ensimismados en sus cosas.

El guadalupano intervino para decirle que esa era un actitud hipercrítica. En realidad con la sonrisa hermanada a las risas de las mozas del autobús, había realizado un acto de cobardía interior que pudiera trascender un día a la realidad. De momento solo había sido eso: un espíritu arrugado ante la realidad racista. Pero de los errores se aprende para no volver a cometerlos. Hasta ahora lo más grave, había seguido razonando el guadalupano, es que ese negro grandullón había sido derrotado por el sistema esclavista y él en vez de haber sentido un compromiso de rebeldía ante él se unió a la chacota general: lo que implicaba en buena manera una traición hacia todos los esclavos del mundo, hacia todos los explotados del mundo... en espíritu. Y ¿eso que es? Nada. Un materialista dialéctico debe entender que es el movimiento y no la quietud lo que transforma la realidad. Dicho de otra manera: cuando de verdad tendrías que hacerte autocrítica es cuando tu acción se uniera a la de los enemigos de clase. Por lo que tu angustia es una simple actitud hipercrítica de naturaleza moralmente burguesa.

No entendió del todo el discurso del guadalupano, pero se dio cuenta de que sus disgustos tenían menos importancia real de la que él le había dado. Fue así mismo como una cura de humildad. Quería decir que su acción por muy sonora o sangrienta que hubiera sido no dejaba de ser eso: un hecho individual que nada hubiera cambiado en el orden evidente de la discriminación racial.

Estuvo unos días mal, debatiéndose entre el orgullo de ser negro, de su negritud sin tacha, que no cuajaba con su comportamiento en el tranvía o su inmersión en la Humanidad, una Negritud sin soberbia, sin odio, pertrechada de autocrítica, empezando por los de su raza con los defectos y virtudes que había ido acumulando a lo largo de la Historia con mayúscula.

-Me niego a considerar mis hinchazones como glorias venideras. Y me río de mis antiguas imaginaciones pueriles. Me escondía tras una vanidad estúpida.. y he aquí el hombre derribado. Su frágil defensa dispersa. ¿Mas qué extraño orgullo súbitamente me ilumina? Oh luz amiga... soy de los que no inventaron ni la pólvora ni la brújula, ni el vapor ni la electricidad, ni exploraron mares, ni cielos... mas sin ellos la tierra no sería tierra... mi negrura no es una piedra... se hunde en la carne roja del suelo, en la carne ardiente del cielo... (*)

Esa era su Negritud, una comunión con los suyos sin malquerencias hacia los demás, pero sin dejarse pisar por nadie. Y para eso necesitaban una publicación donde plasmar sus posturas ante la vida...

Al fondo de la plaza ya aparecían algunos de los esperados. Dos viejas, camino de la iglesia, les miraron con miedo apartándose de ellos. Pero a estas alturas de la historia ya no les importaba. Los rostros negros del senegalés y el guadalupano se confundían con el gris del ambiente. Caminaban deprisa envueltos en gabardinas negras. Tenían que debatir muchos puntos. Entre ellos el título de la revista: 'El Estudiante Negro' o talvez 'Legítima Defensa'. O, quién sabe... otra cualquiera como... El tiempo lo diría.

El estudiante, que era negro, la piel de su rostro así lo delataba, los miraba desde el ventanal del café, se había apostado, al poco de llegar a París, tras unas breves escaramuzas, a una defensa legítima ante el ambiente hostil que, en un primer momento, lo sorprendió desarbolándolo. Y con ellos llevará a cabo su...

(*) Cuaderno de un retorno al país natal: poemario de Aimé Césaire.
Reeditado en España por la Fundación Sinsonte con el título 'Retorno al país natal'. Diciembre de 2007. Zamora.

(1) El Lazarillo de Tormes, Anónimo.


Fdo: José María Amigo Zamorano