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miércoles, 28 de enero de 2009

Aimé Césaire: Un grito de alegría, dos traducciones

'Un grito de alegría, dos traducciones'. Así hemos titulado este trozo, este texto, del poema de Aimé Césaire 'Cuaderno de un retorno al país natal' (cahier d'un retour au pays natal-en francés en el original-). Este trozo, este texto, según Senghor, es capital para la comprensión del poeta de la Martinica, porque opone el espíritu de la civilización negro-africana al espíritu de Occidente.
De estas dos versiones, de estas dos traducciones, la primera es de la prestigiosa escritora cubana Lydia Cabrera, de la otra se nos olvidó anotar el nombre del traductor de una obra de Leopol Sedar Senghor de donde la tomamos. Posiblemente sea de Julian Marcos. Si no recordamos mal así se llamaba el traductor de algunas obras de Senghor. Pero no estamos seguros.
He aquí las dos traducciones:

¡oh! luz amiga
¡oh! fresca fuente de luz
los que no han inventado ni la pólvora ni la brújula
los que jamás supiero domeñar ni el vapor ni la electricidad
los que no exploraron los mares y el cielo
mas sin ellos la tierra no sería la tierra
corcova tanto más benéfica que la tierra desierta,
más que tierra
silo donde se preserva y madura lo que tiene de más tierra la tierra
mi negrura no es una piedra, su sordera abalanzada contra
el clamor del día,
mi negrura no es una mancha de agua muerta en el ojo
muerto de la tierra
mi negrura no es una torre ni una catedral
se hunde en la carne roja del suelo
se hunde en la carne ardiente del cielo
perfora la postración opaca con su paciencia recta
¡Eia por el Kailcedrato real!
¡Eia por los que no inventaron nada
por los que jamás han explorado nada
por los que jamás han domeñado nada
mas no se abandonan sorprendidos a la esencia de todas las cosas
ignorando la superficie, poseídos por el movimiento de todas las
cosas
despreocupados de dominar, pero jugando el juego del mundo
en verdad los hijos con más años del mundo
aire fraternal de todos los soplos del mundo
lechos sin acequias de todas las aguas del mundo
chispa del fuego sagrado del mundo
¡carne de la carne del mundo palpitando con el mismo palpitar del mundo!


_-_-_

¡oh! luz amiga
¡oh! fresca fuente de la luz
los que no han inventado ni la pólvora ni la brújula
los que nunca han sabido domeñar ni el vapor ni la electricidad
los que no exploraron los mares ni el cielo
pero sin los cuales la tierra no sería la tierra
gibosidad más bienhechora que la tierra desierta,
ante todo la tierra
silo donde se almacena y madura lo que la tierra tiene de más
terreno
mi negritud no es una piedra, su sordera se precipita contra
el clamor del día
mi negritud no es una nube de agua muerta sobre el ojo
muerto de la tierra
mi negritud no es una torre ni una catedral
y se sumerge en la carne roja del suelo
se sumerge en la carne ardiente del cielo
horada la postración opaca de su enorme paciencia
¡Brindemos por el Kailcedrat real!
¡Brindemos por aquellos que nunca han inventado nada!
por aquellos que nunca han explorado nada
por aquellos que nunca han domeñado nada
pero que se abandonan, como poseidos, a esencia de todo
ignorantes de las superficies pero poseídos por el movimiento de todas las
cosas
sin pensar en domeñar, pero jugando el juego del mundo.
Son los verdaderos primogénitos del mundo
agitados por todos los vientos del mundo
zanja de desagüe de todas las aguas del mundo
chispa del fuego sagrado del mundo
carne de la carne del mundo palpitante del movimiento mismo del mundo!

viernes, 30 de mayo de 2008

Aimé Césaire: 'Es un hecho obvio'



Es un hecho obvio: la negritud ha traído peligros. Ha tendido a convertirse en una escuela, una iglesia, una teoría, una ideología. Estoy a favor de que la negritud sea vista como un fenómeno literario y como una ética personal, pero estoy en contra de construir una ideología de la negritud. [...] Rechazo absolutamente cualquier panafricanismo confuso e idílico... Como resultado, aunque no rechazo la negritud, la miro con ojo extremadamente crítico. Crítico, eso es básicamente lo que quiero decir: lucidez y discernimiento, no una mezcla confusa de todo. Además, mi concepción de la negritud no es biológica, es cultural e histórica. Pienso que siempre hay cierto peligro en basar algo en la sangre negra de nuestras venas, las tres gotas de sangre negra.

Palabras de Césaire en una entrevista

Tomado de:

http://weblogs.clarin.com/revistaenie-nerdsallstar/archives/2008/04/el_poeta_que_criticaba_la_negritud.html

martes, 27 de mayo de 2008

José Mª Amigo Zamorano: Buscando su camino

(A la memoria de Aimé Césaire)


Cuentecillo contra el racismo:

El estudiante, que era negro, la piel de su rostro así lo delataba, miraba por el ventanal del café a la plaza. Se había apostado, al poco de llegar a París, tras unas breves escaramuzas, a una defensa legítima ante el ambiente hostil que, en un primer momento, lo sorprendió desarbolándolo. Y supo llevar a cabo con valor su resistencia.

Si tuviera que hacer un recorrido mental, y ahora lo hacía,
por las lluvias que había visto o le habían mojado, desde que llegó a la Francia desde la Martinica, diría que habían sido innumerables. Unas lluvias mansas, si, pero incesantes. Y un cielo encapotado, gris oscuro, colocado sobre su cabeza oprimiéndola.

Ahora, en este momento, comenzaba a clarear. El suelo de la plaza, por tanto, brillaba con más intensidad. El agua corría por ella como por un arroyuelo dirigiendo su líquido al oeste. Dos ancianas caminaban, muy juntas, debajo de sus paraguas. Una de ellas, a cada paso, curvaba su espalda hacia la izquierda, como si le faltaran las costillas de esa parte. A otra, más atrás, le costaba tanto el andar que parecía que el cuerpo tiraba de de sus piernas remolcándolas. Iban, sin duda, a un templo de la iglesia católica que se hallaba unos doscientos metros en dirección sureste.

Miró su reloj. Aun quedaban algunos minutos para que llegaran sus amigos. Unos africanos y otros caribeños. Todos negros como él. Entre los más cercanos a la amistad, un senegalés y un guadalupano. Estudiantes de las colonias en la Escuela Normal Superior. Buenos estudiantes. Muy buenos. Y, como tal, acudían, tras terminar sus deberes diarios, al café, para intercambiar ideas y sentimientos. Lo necesitaban. Al ser de raza negra, recibieron desde el principio el impacto de las miradas de asombro y extrañeza, cuando no el arañazo del menosprecio o del rechazo.

Iban acumulando experiencias o anécdotas que conformaban un cuerpo, casi sólido, muchas veces maloliente, nada agradable para ellos.

En la espera, este estudiante que decimos, recordaba varias. Una de ellas, la que más le impresionó, fue la siguiente: yendo un día por la calle, venía enfrente una mujer con un niño de la mano; el niño extiende el brazo y apuntándole con el dedo índice le dice a la hembra:

-¡Mamá, mira, un negro!

No le dio importancia porque él era de raza negra. Obvio. De padre y madre negros. Tenía la piel morena. Se sonrió orgulloso de llamar la atención de un niño.
Casi a su altura, el niño, tiró de la falda de su madre mientras exclamaba:

-¡Mamá, mamá, un negro, un negro! -insistió el niño, quien con cara de susto exclamó llorando- ¡Tengo miedo!

Dejó de sonreir el estudiante y quiso hablarle al niño, pero la matrona se puso delante, cruzada de brazos, las piernas en uve, entre él y el hijo, protegiéndolo:

-¡Ni se te ocurra tocar a mi hijo, negro de mierda!

Desistió de hablar con el nene, ante la actitud agresiva de su señora madre.
No era lógico lo que acababa de oír. Ni lógico, ni razonable, ni justo. Era negro. Pues si, pero... ¿por qué daba miedo o a qué se debía eso de 'negro de mierda'?...
Y recordó su primer diálogo con uno de los camareros del café:

-Traigame un café, por favor.
-Perdone... quería preguntarle...
-¿Si?
-Es que no me atrevo... Acabo de llegar de mi pueblo... No he servido nunca a uno de su raza... Bueno, tampoco al de otras razas...
-Pregunte.
-Ya... pero... es que me da miedo...
-¿Miedo?
-No sé... dicen tantas cosas... que si son ustedes canívales...
-¡Por Dios! ¡No me como a nadie!... ¡Póngame el café, joder!
-Enseguida... señor.

Se había enfurecido, pero fue como un chaparrón en medio de la lluvia mansa, pronto se pasó. Cuando volvió con el café le dijo que perdonara su enfado y que cuando tuviera tiempo pasara por la mesa que le explicaría algunas cosas.

Paseó la vista por la plaza mientras pensaba en todo ello. Luego, miró al camarero que estaba detrás del mostrador charlando con un cliente. Se cuzaron sus miradas y el camarero le saludó sonriéndole. Ya se había acostumbrado a la presencia del joven estudiante negro. Solía pensar: 'Que bien habla'... A pesar de ser negro'.

La coletilla 'A pesar de ser negro' le duró mas bien poco, porque era un joven inteligente y de mente abierta a lo nuevo, aunque... esta es otra historia que algún día contaremos. Si lo mencionamos aquí y ahora es porque, al verle, así, inteligente, pero falto de cultura, le dejó el estudiante negro al camarero blanco un libro sobre la trata de esclavos y al devolvérselo le dijo:

-Usted es negro descendiente de esclavos y yo blanco. Sin embargo, es más libre que yo, porque estoy esclavizado al trabajo del patrono de este café. Usted, en cambio, está estudiando...

No sabía el camarero que si él estudiaba era por una beca. Como tampoco sabía lo de su madre:

-'Y mi madre que por nuestra hambre insaciable sus piernas pedalean, pedalean de día, de noche, de noche me despiertas esas pìernas infatigables que mueven el pedal de noche, y la mordida áspera en la carne blanda de la noche de una Singer cuyo pedal mueve mi madre por nuestra hambre, día y noche'(*).

Los pedaleos de su madre lo sostenían en momentos de moral baja. Eran un acicate ante el ambiente racista que lo impregnaba casi todo. En esos momentos el recuerdo de su madre, sacrificando su vida hasta altas horas de la noche, le infundía energía suficiente para soportar toda clase de sinsabores o de agravios.

La convivencia diaria en clase estaba llena de miradas aviesas, de sonrisas maliciosas, sobre todo cuando interrogaba al profesor por alguna cuestión de historia relacionada con la trata de esclavos. Luego, en los pasillos, o en el patio de recreo, (era ya una costumbre casi mecánica), se acercaría algún grupo, cosa que no hacían normalmente. Y con mucha finura, porque, hay que decirlo, todos o casi todos eran refinados, corteses, pulcros... unos hipócritas redomados... le preguntarían acerca de esa esclavitud, con la intención de rebatirle con argumentos teñidos de una capa intelectualmente conmiserativa o paternal. Siempre ensalzando la civilización occidental en general y la francesa en particular.

-El hecho de que tú estés aquí, demuestra que nuestra civilización se ha elevado por encima de prejuicios raciales. Y a los que, milagrosamente, se separan del orden de los simios, los acoge en su seno con amor de padre. Nace esta generosa amplitud de miras de los principios morales superiores inmersos en la civilización judeo-cristiana que, reconócelo, ha derrotado, en todos los campos, al grosero paganismo...

En uno de esos fugaces encuentros, se acercó otro grupo en el que estaba un estudiante de color, que ya había visto más veces pero nunca se había atrevido a dirigirle la palabra. Y salió en su defensa con un punto de vista que conciliaba la negritud con los aportes cristianos. Todo ello expresado con una brillantez y exuberancia que lo dejó con la boca abierta. A algunos convenció y a otros, bueno, se callaron de momento, respetándolo, en el grado que un blanco de élite puede hacerlo con uno de color. Además, sus conceptos no eran nada peligrosos.

Y su origen de clase siendo, como era, hijo de propietario y de la casta noble de Senegal, contribuían a hacerlo más digerible. En la discusión, ambos se sintieron atraidos participando, como participaban, de sentimientos similares. Y los acontecimientos históricos, como una hoz, los había agabillado, aun teniendo sus diferencias, porque las tenían. El nexo de unión estaba en Africa. Allí brotó el árbol. Pero las ramas se extendían en varias direcciones, por lo que las divergencias eran innegables: uno, hijo de propietario, el otro, de gente humilde; uno, vástago en primera línea de Africa, el otro, descendiente de esclavos, de la isla Martinica.

Diferencias que se borraban debido a su juventud y a causa de la lejanía de su ambiente, libres de las ataduras que las sociedades imponen a los individuos. A él no se le olvida ese poder de las estructuras sociales en el comportamiento de las personas; poder que se reflejó en el hermano de una novia que tuvo: fueron a un campamento veinte días; se hicieron muy amigos; una amistad sincera, limpia, sana, pura... como se quiera denominar a dos corazones que se juntan... cuando regresaban en el autobús siguieron charlando casi como hermanos..

-Pero a la vista de la ciudad se fue volviendo silencioso, se le cambió el rostro, se hizo duro, aspero, distante... como se quiera llamar a la persona que se cierra al trato... no era el mismo con el que yo había intimado en el campamento; ya no era libre, era blanco e hijo de ricos y el otro, yo, era negro e hijo de pobres.

Pero allí, en Francia, ante una sociedad que hacía tabla rasa de orígenes o etnias a la hora de tratarlos: idénticos prejuicios arañaban su existencia. Ellos, fuera de su ambiente de donde habían sido arrancados de cuajo, eran jóvenes, eran libres, eran cultos, eraan, eso si, de clases diferentes, pero... eran negros lo que les impulsaba a la hermandad, a la amistad, a la unión, a la supervivencia, a la lucha.

De modo que la ligazón fue aumentando hasta el extremo de sentir, como estudiantes negros, la idea de defenderse, legitimamente, de los ataques racistas, llegando a idear una organización o grupo de presión que contribuyera a difundir la cultura africana: su historia, literatura, costumbres, folclore... comenzando primero con una tertulia... en el café donde se hallaba en ese momento esperando la llegada de otros miembros de esa tertulia.

Seguía la lluvia cayendo con parecida mansedumbre desde hacía varios días. Y lo que parecíó un clarear esperanzador se fue como el humo de la hoguera, y el cielo se tiñó de gris oscuro.

Desde que llegó a París hubo años en que la lluvia duraba meses o si no la lluvia el cielo cubierto del nubes sin dejar pasar el sol, cuando esto ocurría se le ponía como un peso en la cabeza y tenía que enfrascarse en sus estudios para no pensar en ello, porque sino se desesperaba. No quería que eso le venciera, le derrotara definitivamente. Algunos no habían aguantado este peso y se habían suicidado. Pero a él no iba a ocurrirle esto porque en una asociación de imágenes recordaba el sol, el calor, la flora de su tierra y se pasaba horas en ese retorno a su tierra natal salvándole de la tentación de quitarse la vida. Que si alguna vez la tuvo, el recuerdo de su madre pedaleando en la máquina de coser le volvía valadí ese sentimiento.

Al principio de su llegada, no era ni su madre, ni su tierra natal, principalmente, el recuerdo que le venía. Era una moza que dejó allí. Se llamaba... No recuerda ya su nombre. Ni había vuelto a saber nada de ella.

-Habrá encontrado novio. Tendrá ya... hasta hijos.

Pero le gustaba rescatar momentos. En concreto, aquella tarde en el jardín: tras enseñarle las letras griegas, ella le escondió el pañuelo; nada, era una disculpa, un juego para acariciarse; él le dijo: lo tienes tu; y como que buscaba el pañuelo, comenzó a acariciarle los brazos; ella temblaba; y soltó el pañuelo de la mano, mientras él la besaba y le acariciaba los senos; tenía el pelo negro, ojos de azabache y piel fina y muy blanca... ¡curioso!... ¡piel blanca!

-¡¿Qué será de ella!?, se terminaba preguntando.

Eso era antes, recién llegado. Luego cada vez menos. El recuerdo se diluyó en la lluvia de Francia. Y solo quedó su madre. Su madre querida. Su madre inolvidable. Era como una fortaleza su recuerdo. Un baluarte inexpugnable de resistencia.

Pero entonces, recién venido, también es curioso, era la moza la que primero aparecía. En los primeros meses. Aun lo recuerda porque, como ahora, siempre estaba lloviendo, pero aquella lluvia no era como esta: aquella taladraba de frío como un berbiquí. Los canalones lanzaban sus chorros a coro con los surtidores de las fuentes.

Se sintió anonadado, empequeñecido, solo. Y en la habitación comenzó a llorar. A punto estuvo de abandonar Francia, de dejarlo todo, de salir corriendo y embarcarse en el mismo barco que lo había traido desde la Martinica. Pero recordó que le había prometido a... ¿cómo se llamaba?... ser valiente. La misma promesa que a su madre... No podía defraudarlas. Se quedó dormido encima de la cama.

Lo pasó muy mal y eso que no quería acordarse de las peleas con un chulo de su clase, porque esa parte de su vida de quince años ya quedó atrás.

Al año conoció a otro negro, era de Guadalupe una isla cercana a Martinica y la estancia se le hizo menos cuesta arriba. Miembro del Partido Comunista le enseñó el camino de la lucha. Era uno de los que se reunían en el café. En sus charlas se dieron cuenta de la necesidad de publicar una revista para mostrar a sus conciudadanos negros sus fallos y para rebatir las ideas racistas. Ideas que es dificil de erradicar, en parte porque el diferente da miedo y en parte porque las lleva uno impresas sin querer.

De esto ultimo adquirió conciencia a raiz del encuentro con un negro en un autobús. Participó de ese racismo. Como un canalla. Como un canalla cobarde. Así lo contó él mismo:

-Una Tarde en un tranvía frente a mí un negro. / Era un negro grande como un pongo que pugnaba por hacerse chico en un banco del tranvía. Trataba de despojarse en este banco pringoso del tranvía, de sus piernas gigantescas de sus manos temblorosas de boxeador hambriento. Y todo le había abandonado, su nariz se parecía una península abandonada en una rada y hasta su misma negrura que se decoloraba bajo la acción incansable de una curtidura en blanco. Y el curtidor era la Miseria. Un murciélago orejudo, repentino: en ese rostro las heridas de sus garras habían cicatrizado en islotes de sarna. Era un obrero incansable la Miseria trabajando en el algún cartucho horripilante. Se veía muy bien como el pulgar industrioso y malévolo había modelado el bulto de la frente, agujereado la nariz en dos túneles paralelos e inquietantes, alargado desmesuradamente el belfo y caricaturesca obra maestra había cepillado, pulido, barnizado la oreja más dimimuta y graciosa de la creación. / Era un negro desgarbado, sin ritmo ni medida. / Un negro que movía los ojos en una lasitud sanguinolenta. / Un negro sin pudor, los dedos de sus pies crujiendo hediondos en el fondo del cubilete entreabierto de sus zapatos. / La Miseria, no puede decirse otra cosa, se había esforzado en acabarlo. / Había ahondado la órbita de sus ojos, se los había cubierto con una pasta de polvo mezclada de legañas. / Había estirado el espacio vacío en tre el sólido encaje de la mandíbula y los pómulos de la vieja e deslustrada mejilla. Encima había planteado los estacas pequeñas y lucientes de una barba de varios días. Le había enfermado el corazón y encorvado la espalda. / El todo representaba perfectamente un negro repugnante, un negro gruñón, un negro melancólico, un escombro de negro que unía las manos en plegaria sobre un bastón nudoso. Un negro enterrado en un viejo chaleco raído. Un negro cómico y feo; las mujeres a mi espalda reían al mirarle. / Me volví hacia ellas y mis ojos proclamaban que yo no tenía nada en común con este mono. / Era COMICO Y FEO. / COMICO Y FEO ciertamente(*).

Alboreó una sonrisa estúpida de complicidad con las carcajadas de las mujeres del tranvía. / ¡Halló de nuevo su cobardía, cuanda deseaba acercarse a ellas y retorcerles el cuello! Pero no encontró el significado nauseabundo, en su fealdad meridiana, hasta que no lo contó en la tertulia del café donde se encontraba ahora, pensativo, mirando la lluvia empapar plaza y soportales.

Y es que cuando terminó de relatar lo sucedido en el tranvía, uno de sus amigos, el senegalés, leyó un trozo breve de una obra clásica de la literatura castellana titulada 'El lazarillo de Tormes' que le hizo sonrojarse. La vergüenza le inundó todo su ser y casi no podía moverse por miedo a que sus huesos se rieran de él. El texto dice así:

'Ella y un hombre moreno, de aquellos que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Este algunas veces se venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces de día llegaba a la puerta en achaques de comprar huevos y entrávase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame con él e avíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas, de que vi que con si venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños, a que nos calentábamos.
De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba e ayudaba a calentar.
Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre e ami blancos y a él no, huía de él con miedo para mi madre y, señalando con el dedo, decía: '¡Madre, coco!'
Respondió él riendo: '¡Hideputa!'
Yo, aunque bien muchacho, noté aquella palabra de mi hermanico y dije entre mi: '¡Cuántos debe de haber en el mundo, que huyen de otros, porque no se ven a si mismos!'(1).

-Vale. Con eso ya me has dicho todo. Hasta se me ha puesto la carne de gallina. De vergüenza... ¡Qué vergüenza!... ¡Soy una mierda!...

Había escondido la cara entre sus manos. Pidió perdón por su cobardía. Y miró en derredor por si alguien más hubiera notado algo. Nadie. Todos los camareros estaban trabajando y los clientes ensimismados en sus cosas.

El guadalupano intervino para decirle que esa era un actitud hipercrítica. En realidad con la sonrisa hermanada a las risas de las mozas del autobús, había realizado un acto de cobardía interior que pudiera trascender un día a la realidad. De momento solo había sido eso: un espíritu arrugado ante la realidad racista. Pero de los errores se aprende para no volver a cometerlos. Hasta ahora lo más grave, había seguido razonando el guadalupano, es que ese negro grandullón había sido derrotado por el sistema esclavista y él en vez de haber sentido un compromiso de rebeldía ante él se unió a la chacota general: lo que implicaba en buena manera una traición hacia todos los esclavos del mundo, hacia todos los explotados del mundo... en espíritu. Y ¿eso que es? Nada. Un materialista dialéctico debe entender que es el movimiento y no la quietud lo que transforma la realidad. Dicho de otra manera: cuando de verdad tendrías que hacerte autocrítica es cuando tu acción se uniera a la de los enemigos de clase. Por lo que tu angustia es una simple actitud hipercrítica de naturaleza moralmente burguesa.

No entendió del todo el discurso del guadalupano, pero se dio cuenta de que sus disgustos tenían menos importancia real de la que él le había dado. Fue así mismo como una cura de humildad. Quería decir que su acción por muy sonora o sangrienta que hubiera sido no dejaba de ser eso: un hecho individual que nada hubiera cambiado en el orden evidente de la discriminación racial.

Estuvo unos días mal, debatiéndose entre el orgullo de ser negro, de su negritud sin tacha, que no cuajaba con su comportamiento en el tranvía o su inmersión en la Humanidad, una Negritud sin soberbia, sin odio, pertrechada de autocrítica, empezando por los de su raza con los defectos y virtudes que había ido acumulando a lo largo de la Historia con mayúscula.

-Me niego a considerar mis hinchazones como glorias venideras. Y me río de mis antiguas imaginaciones pueriles. Me escondía tras una vanidad estúpida.. y he aquí el hombre derribado. Su frágil defensa dispersa. ¿Mas qué extraño orgullo súbitamente me ilumina? Oh luz amiga... soy de los que no inventaron ni la pólvora ni la brújula, ni el vapor ni la electricidad, ni exploraron mares, ni cielos... mas sin ellos la tierra no sería tierra... mi negrura no es una piedra... se hunde en la carne roja del suelo, en la carne ardiente del cielo... (*)

Esa era su Negritud, una comunión con los suyos sin malquerencias hacia los demás, pero sin dejarse pisar por nadie. Y para eso necesitaban una publicación donde plasmar sus posturas ante la vida...

Al fondo de la plaza ya aparecían algunos de los esperados. Dos viejas, camino de la iglesia, les miraron con miedo apartándose de ellos. Pero a estas alturas de la historia ya no les importaba. Los rostros negros del senegalés y el guadalupano se confundían con el gris del ambiente. Caminaban deprisa envueltos en gabardinas negras. Tenían que debatir muchos puntos. Entre ellos el título de la revista: 'El Estudiante Negro' o talvez 'Legítima Defensa'. O, quién sabe... otra cualquiera como... El tiempo lo diría.

El estudiante, que era negro, la piel de su rostro así lo delataba, los miraba desde el ventanal del café, se había apostado, al poco de llegar a París, tras unas breves escaramuzas, a una defensa legítima ante el ambiente hostil que, en un primer momento, lo sorprendió desarbolándolo. Y con ellos llevará a cabo su...

(*) Cuaderno de un retorno al país natal: poemario de Aimé Césaire.
Reeditado en España por la Fundación Sinsonte con el título 'Retorno al país natal'. Diciembre de 2007. Zamora.

(1) El Lazarillo de Tormes, Anónimo.


Fdo: José María Amigo Zamorano


miércoles, 14 de mayo de 2008

José Mª. Amigo Zamorano: Lectura social del 'Cuaderno' de Césaire



Título en francés, en el original: Cahier d'un retour au pays natal
Rótulo en castellano: Retorno al país natal
Autor: Aimé Césaire
ILustraciones: Wifredo Lam
Grafismo: Spectre
Edita: Fundación Sinsonte
Ciudad: Zamora
AÑO: 2.007

Aimé Césaire, el poeta antillano, fundador, con Senghor y otros, del movimiento Negritud, nominado para Premio Nobel en numerosas ocasiones, murió el jueves 17 de abril de 2008. Había nacido en Basse-Pointe (Martinica) el 26 de junio de 1913. Su poemario más citado Cahier d'ún retour au pays natal (Cuaderno de un retorno al país natal) comienza a escribirlo a los 26 años en París, donde estudiaba, y lo publica, poco después, en la revista
Volontés el año de 1939. Hay otras ediciones de él en años posteriores, corregidas y aumentadas.

Para el lector castellano publicó una traducción la escritora cubana Lydia Cabrera en 1942/45? siguiendo la primera versión del 'Cuaderno', de la que, numerosos autores, hablaban y prácticamente innencontrable. Que sepamos, ninguna otra traducción a nuestro idioma se ha vuelto a hacer. Como tampoco fue reeditada, hasta que, el año pasado, 2007, lo hizo una pequeña editorial, Fundación Sinsonte, radicada en Zamora, con el título original que le puso antaño la escritora cubana, 'Retorno al país natal', pero aumentada con poemas que le agregó su autor para la edición francesa de la revista 'Presence Africaine'. Estos versos añadidos aparecen en color, para diferenciarlos de los traducidos por Lydia Cabrera, informándonos de que han sido volcados al castellano por otra cubana, Lourdes Arencibia.
Esta reedición es, sin duda, un acontecimiento cultural de primer orden. Pero nos tememos que pasará desapercibida, para el gran público, al ser, como es, esta editorial una pequeña empresa con apenas 3 o 4 títulos y con escaso poder de penetración en el mercado. Además, las grandes editoriales ya se encargarán de que no tenga ni un segundo de publicidad ya que ellas copan ordenando lo que es y no es importante, dentro de la cultura impresa.
Y por otra parte, razones de índole económica ya que el todopoderoso mercado impone su ley, no estando este tipo de literatura muy acorde con los gustos del lector de este tiempo. El amodorramiento de las masas no apetece de un libro que les haga despertar de su modorra. Y el avance del racismo en toda Europa no hará muy atractivo a este autor que, para más inri, es negro. Como lo son los pobres que quieren asaltar el paraíso europeo en pateras, cayucos... hartos de pasar hambre. Atraídos por el escaparate multicolorista de los medios de comunicación social.
Y, en llegando a las urbes, descubren que no es, todo lo que brilla, oro. Que el oro real está en manos de unos pocos. Hallan de golpe la miseria, los mendigos, las ratas que son universales y no estaban en el escaparate. Y encuentran en España a 8 millones de pobres, según las estadísticas, que no se veían en el mostrador. Y ya de paso, se enteran de que la mayor parte de los jóvenes ganan menos de 1.000 euros. Y los llaman mileuristas. Si, esos que no tendrán una casa en su puta vida. Y son autóctonos. No foráneos. Son del país. No extranjeros. Son hijos de la patria. Son de España. ¡Cazi na!
Bien, para esos jóvenes mileuristas, para esos que apenas tienen para ir tirando, pero que aun no conocen las ratas universales, ni los cartones donde se envuelven los mendigos para poder dormir un poco calientes, ni las llagas, ni el hambre hambre, para todos ellos sería muy conveniente leer esta primera obra de Aimé Césaire. Una lectura poética muy aleccionadora. Una cura de humildad. Una arcada intelectual. Les revolvería, quizás, las tripas e insuflaría un ánimo ciertamente revolucionario. Se darían cuenta que, la solo bulla rockera, no les conducirá a liberarse de sus múltiples esclavitudes. Que los matrix peliculeros deben ser ellos mismos, reunidos en muchedumbre, pero no esa 'extraña muchedumbre que no se junta, que no se rebela; hábil en descubrir el punto de castración, de fuga, de desvío', advierte Césaire; esa que 'se arrastra sobre las manos sin que jamás le venga en ganas hendir el cielo cobrando una estatura de protesta'.
Para comprender este libro haya que leerlo 'al morir el alba' (utilizamos la frase muy repetida del autor) y exclamar (como el poeta) ya desde el principio: 'lárgate, jeta de policía, cara de vaca, lárgate, odio a los lacayos del orden y a los abejones de la esperanza'. Porque no la hay, porque no existe, ahí, flotando, como una dama hermosa. Está en uno mismo como muchedumbre. Como clase de esclavos. Y cual esclavos necesitan dejar de serlo, pero para ello tienen que retornar a si mismos. Como son: una mierda jincada en un palo tomados así: uno a uno.
En el prefacio a este libro que comentamos, Lourdes Arencibia dice: 'las Antillas aparecen como el reino del engaño, la mentira, la resignación, las falsas promesas y el silencio'. Bueno, pues así se nos mostraría Europa a cada uno de nosotros, tras ese retorno al centro de cada uno, tras ese viaje introspectivo: una Europa de los mercaderes, de unos pocos, que son el Capital, donde reina la precariedad, el tente mientras cobro, la insolencia del jornalero prácticamente sin un euro, la ignorancia, estupidez y el orgullo de ser blanco, mientras se ríen, a carcajada limpia, por ejemplo, es un ejemplo, los banqueros blancos, negros, amarillos o aceitunados.
Ese viaje, es un viaje desde la altura. Al morir el alba. Al rayar el día. Desde un cielo o firmamento. En planos casi cinematográficos: la ciudad en su conjunto que se nos acerca, mostrando, cada vez más, los detalles: el barrio; la calle; las casas... hasta aterrizar de golpe: en golpe doloroso, en tremendo golpazo. Es como si bajáramos de un cielo nebuloso, o estrellado, de fantasía, hasta el áspero suelo de la tierra, dándonos una gran hostia en la cabeza; y justo precisamente 'donde derrama el mar sus inmundicias, sus gatos muertos, sus perros reventados'.
Es la primera parte de la aventura, pues nada más tocar tierra hay que proseguir el camino. Partir. Para hacerse hombre. Pero una clase de hombre especialmente sensibilizado: 'seré un hombre judío / un hombre cafre / un hombre hindú de Calcuta / un hombre de Harlem que no vota...'
Partir. 'Y regresando me diría a mi mismo: y sobre todo mi cuerpo y también mi alma, guardaos de cruzar los brazos en actitud estéril del espectador, pues la vida no es un espectáculo, un mar doloroso no es un proscenio, un hombre que grita no es un oso que danza...'
Aimé Césaire lo escribe al principio de la partida. Lo hace como principio. Pero es conclusión final de viaje. Finiquito de una jira por el mundo. Lección primera que nos da la vida: hay que comprometerse, remangarse los brazos, meter las manos en el barro, en el cieno, en el limo, en el barrizal, en el légamo... para mostrarlas en alto, al claro pentagrama del día, para que resalten. Lo hace, a su vez, con la malévola y meridiana intención de sacudir a los parados, demostrando, así, que no va a permanecer quieto, inmovilizado, inerte, sentado en el poyo, a la puerta de su casa, para ver pasar el cadáver de su enemigo. No. Quiere actuar, moverse.
Ejemplos, modelos, héroes, mártires, los tienes a paladas. Pero escoge uno: Toussaint, Toussaint Louverture. El cochero. El cochero haitiano. El cochero haitiano esclavo. Que se levantó en Haití. Que sublevó a la negrada esclava. Que la puso en pie. Y logró la primera victoria: el ser libres. 'Es mío / un hombre sólo preso de blancura / un hombre solo desafía los gritos de la muerte / blanca', aludiendo a la agonía de Toussaint, el rebelde, en la cárcel helada de Francia, donde murió, lejos de su cálida Haití natal.
Y todo el cuaderno, todo el poema en prosa son '¿Palabras? Ah si, palabras', dice Césaire. Añadiendo:'Quien no me entiende tampoco entenderá el rugido del tigre'. Y, si, todo el poema, del gran poeta antillano, de influencia surrealista, es un rugido violentísimo. Gritos, aullidos, frémitos. Porque sabe, como sabemos, y como intuyen todos los mileuristas españoles más avanzados, todos los trabajadores europeos mas conscientes, todos los asalariados del mundo con conciencia de clase, que a pesar de 'no haber inventado ni pólvora ni brújula', 'ni explorado mares ni cielos', 'se han encorvado de tanto arrodillarse' y sin embargo 'sin ellos la tierra no sería la tierra'.
'Y yo me digo Burdeos y Nantes y Liverpool / y Nueva York y San Francisco / ni un pedazo de este mundo que no lleve mi impresión digital'. Constata Aimé Césaire con orgullo.

Pero en un viaje de retorno, después del partir, en llegando no se va a poner a halagar a sus conciudadanos de la Martinica. No va a acariciar los oídos. No lo ha escrito para eso. Si lo leemos hoy, ahora, en este momento, nos quedarán prendidos en el ojal de la memoria estos versos: 'Me niego a considerar mis hinchazones como glorias verdaderas / y me río de mis antiguas imaginaciones pueriles', porque 'quiero convenir que fuimos, en todos los tiempos muy ramplones lavaplatos, limpiabotas sin embergadura, y considerando las cosas lo mejor posible, hechiceros bastante concienzudos siendo el único record indiscutible que hemos batido el de la paciencia en soportar el látigo...'.
Si, reconozcámoslo, a pesar de estar jodidos, de estar machacados por muchas horas de currelo, por menos de 1000 euros al mes, angustiados por hipotecas que cuelgan de nosotros como sogas, del dolor del cabeza cada vez que llega la letra del coche y un largo etcétera, nosotros, muchos, muchísimos de nosotros, morimos sin un lamento. Luego... hay que reconocerlo, también soportamos pacientemente el látigo.
Esto es 'cómico y feo', Aimé Césaire pone con mayúsculas la comicidad y fealdad de su acción: en alguna ocasión se ha reído de algún hermano, como nos hemos reído de nosotros mismos pensando que nos reíamos del vecino. Por eso deberíamos cambiar. Llenarnos de humildad y valentía. Y prorrumpe Césaire: '¡Hacedme rebelde a toda vanidad, pero dócil a su genio / como el puño al extremo del brazo!'; 'ha llegado el tiempo de ceñirme la cintura como un valiente. / Mas (al hacerlo) preservadme, mi corazón, de todo odio'. '¡Ved el árbol de nuestras manos! / Gira para todos', 'para todos trabaja la tierra'.
Ha encontrado su sitio Aimé Césaire. Ha hallado su lugar en el mundo. Retornado a si... : 'Y ahora estamos de pie mi país y yo, al viento los cabellos, mis manos pequeñas en su puño enorme y la fuerza no está en nosotros, sino por encima de nosotros, en una voz que perfora la noche y el oído con la agudeza de una avispa apocaliptica'. ¿Es el final del camino?...

Casi al instante se da cuenta que su lucha no termina ahí, 'pues no es cierto que la obra del hombre ha terminado', 'mas la obra del hombre apenas ha comenzado'.
Por eso, porque no ha terminado el camino, mileuristas de todos los países, uníos por encima de razas. Hay aun mucho por hacer. Ligaos todos. Decidlo con Aimé Césaire:
'Liga mi negra vibración al ombligo / del mundo. / Lígame áspera fraternidad'.

Pronunciadlo. Total, nada tenéis que perder. Porque nada tenéis. Ni tan siquiera una puta casa donde meter el culo. Seguro. A no ser que os mováis como una muchedumbre organizada. Y eso... está por ver.




martes, 22 de abril de 2008

Yolanda Wood: 'Césaire y Lam: inquietudes y reflexiones'

Foto de Wifredo Lam
Foto de Aimé Césaire

Césaire y Lam: inquietudes y reflexiones

Por la Dra. Yolanda Wood(*)

Wifredo Lam (1902-1982) y Aimé Césaire (1913) se conocieron en Martinica. [1] En el año 1941 se produjo el encuentro de dos antillanos fundadores. Uno y otro estaban de regreso al país natal provenientes de la Europa en guerra. Ambos en circunstancias de ansiedad ante las urgencias del presente y los apremios del porvenir. Un encuentro breve pero trascendente por su significación cultural. Para ambos se inauguraba un nuevo período de inquietudes y reflexiones. Desde sus respectivos países desplegaron una labor mayor y decisiva que marcaría un momento esencial en la evolución de sus propias obras y en el impacto que adquirirían en el contexto regional e internacional.
Los dos habían marchado muy jóvenes a Europa a realizar estudios. Lam, once años mayor que Césaire, tuvo experiencias muy intensas durante sus años en España. Allí aprendió el arte de los grandes maestros, formó una familia y la perdió –esposa e hijo– por la miseria y la tuberculosis. Allí tomó partido por la República española participando en las milicias que defendieron Madrid. Césaire regresó a Martinica en septiembre de 1939 ante la inminencia de la guerra a la edad de 26 años cuando su trayectoria artística se revelaba ya exitosa en Francia. Lam de manera brusca tiene que abandonarlo todo después de 18 años de ausencia. Regresó a su país en 1941 con 39 años de edad donde era un desconocido. En el primer lustro del 40 están los dos de retorno en el país natal, desde donde inauguraron una nueva aventura de intensas formulaciones y novedosas propuestas.
Por primera vez se produjo una tal proyección de notoriedad intelectual y reconocimiento artístico de artistas del Caribe desde el Caribe mismo. En ello tuvieron mucho que ver la madurez alcanzada por ambos en sus etapas europeas precedentes y el modo en que asumieron el reto de una reinserción creadora en circunstancias tan complejas. Igualmente importante fue el desplazamiento de una comunidad de importantes intelectual desde Europa a América en esos tiempos de guerra, entre ellos André Breton, quienes activaron una red de relaciones entre artistas e instituciones de Latinoamérica y el Caribe, y de ellos con los Estados Unidos. Se trató de una coyuntura sin precedentes.
La guerra había debutado en Europa en 1939. Ese mismo año apareció publicada en la revista Volontés (Paris, No. 20), la primera versión de Cahier d´un retour au pays natal, obra con la que Aimé Césaire adquiere un amplio reconocimiento como poeta negro y antillano. En 1943 fue traducida a la lengua española en La Habana por Lydia Cabrera, y publicada con prólogo de Benjamín Peret e ilustraciones de Wifredo Lam. [2] En 1947 se publicó en Estados Unidos una edición bilingüe con prefacio de André Breton, cuyo texto había publicado originalmente, en el año 1944, la revista Tropiques (1941-1945) que fundó y dirigió Aimé Césaire en Martinica. En esta concatenación de acontecimientos se teje un entramado contextual en el primer lustro de la década del 40 que interconecta Lam, Césaire y Breton; Francia, Martinica y Cuba.
Esta relación de nombres y acontecimientos bastaría por sí sola para distinguir su importancia en el contexto caribeño. Sin embargo se trató de un proceso mucho más profundo por el modo que el Caribe se insertó en una itinerario cultural que se desplazaba desde Europa y que a través de América, conectaba el viejo continente con los Estados Unidos. Se redefinía un mapa cultural que inauguraba la configuración de un nuevo poder simbólico para el hemisferio occidental en vísperas de la segunda mitad del siglo XX. Se trató de un importante cambio de paradigma.
Césaire y Lam, aún bajo los influjos del surrealismo, transitaron por una nueva experiencia en las que el contexto impuso sus jerarquías para revelar, fuertemente, la legitimación de otras fuentes originarias, fundamentalmente la africana, mítica y ancestral. Lam y Césaire fueron símbolos de esa nueva trayectoria crítica de apropiaciones de lo europeo, que tan bien conocían; y de puesta en valor de sus propias raíces culturales en discursos artísticos que mostraban los inusitados caminos de la antillanidad.

Césaire y Tropiques


En ese primer lustro de los años 40, Césaire fundó una publicación que fue su plataforma de acción y reflexión durante los años de la guerra europea. Desde ella aglutinó fuerzas y formó conciencias. Fue una revista de pensamiento intelectual por la índole de sus propuestas: Tropiques, una revista ejemplar, que logró mantener la indagación y la observación crítica durante su corta –pero intensa– existencia en Martinica, una isla –que con palabras del poeta– estaba “completamente fuera del mundo”. [3]
Bien que la revista se propuso ser cultural, no escapó a las contradicciones y complejidades de su tiempo por lo que pudieran perfilarse ciertos paralelismos con otras publicaciones en el Caribe, como Revista de Avance (Cuba) o 'la Révue Indigène (Haití). Césaire quería que Martinica se reencontrara en sus páginas y por ello no podía ser una revista cultural en abstracto. Le inquietaba que las Antillas fueran exclusivamente consumidoras culturales, y decía, “(…) he trabajado para que puedan expresarse ellas mismas, hablar, crear. Por eso era necesario un centro de reflexión, un espacio de pensamiento, una revista”. [4]
Césaire y el equipo de Tropiques, eran conscientes del momento “ingrato y políticamente peligroso” en que viviría la publicación. Algunos de los integrantes habían tomado parte, como René Ménil, en una publicación precedente, Légitime Défense (1932), de vida efímera, pero de una gran profundidad en sus textos. La nueva revista fundada ahora por Césaire, no escapaba a las tendencias de su tiempo, y según el poeta, cuando André Breton leyó los tres primeros números “creyó que yo era surrealista (…) lo cual no era ni enteramente falso ni enteramente cierto”. El encuentro de Césaire y Ménil con Breton en Martinica y el interés que mostró el francés por las ideas sobre las cuales giraban sus autores en aquella revista que encontró en la vitrina de una pequeña librería en Fort de France; fueron un acicate –una revelación– para ellos: “Yo diría que el encuentro con Breton fue una confirmación de las verdades a las que yo había llegado por mis propias reflexiones. Eso nos permitió ganar tiempo, ir más de prisa, llegar más lejos (…) fue un encuentro extraordinario (…) para mí algo MUY IMPORTANTE, como había sido el encuentro con Senghor, diez o quince años antes”. [5]
Tropiques estuvo sometida a la censura y a una lectura “entre líneas” con palabras de Ménil. A silencios y vacíos cargados de significación para los lectores de su tiempo y proceder con modos discursivos que se apoyaron en la retórica del lenguaje y de la poesía. En su multiplicidad de puntos de vistas, Tropiques, ha dicho Ménil, “fue la expresión de las perspectivas, de las esperanzas, de la voluntad de la izquierda revolucionaria antillana en los años 40”. [6] Es de resaltar esa voluntad inclusiva de lo antillano y caribeño que se perfila en la publicación donde aparecieron contribuciones de los cubanos Lydia Cabrera y Alejo Carpentier.
Roger Toumson en su prefacio a Anthologie poétique de Aimé Césaire, calificaba a Tropiques como “una revista de combate”, una modesta publicación trimestral que ejerció una influencia intelectual e ideológica considerable”. En lo cultural, precisa, “contribuyó a la definición de una identidad colectiva antillana poniendo el acento sobre la comunidad de destinos de los pueblos negros y sobre la necesidad de revalorizar el legado africano”. [7]
En la revista se encuentra una extensa obra poética de Césaire realizada durante esos años que se integrarían, en gran parte, su libro Les armes miraculeuses (1946). Como ya se ha indicado, en 1947, aparecerá en Estados Unidos, el volumen Cahier d´un retour au pays natal, con prólogo de André Breton.


Cuadro de La Jungla de Wifredo Lam


Lam y La Jungla


Entre 1941 y 1945, Lam está en Cuba. En esos años se define su personalidad artística y su lenguaje simbólico. Fue uno de los primeros artistas plásticos de la región, y el primer cubano, en haber tenido la experiencia de un itinerario antillano [8] en época tan temprana de la década del 40 cuando aún la perspectiva de “lo caribeño” era muy limitada en la conciencia y la subjetividad regional. El artista escapa de Europa sin otra alternativa.
El encuentro de Lam con el Caribe fue físico y espiritual. Desde su llegada a Martinica, Lam inauguró el camino de las auto-revelaciones y el viaje hacia sí mismo, por la naturaleza viva que lo transportó a sus orígenes, por el encuentro con Césaire y por la huella de africanidad que debió adquirir dimensiones cada vez más importantes en su memoria. La obra de Lam remite a un mundo que integró, en una dimensión cubanísima y antillana, los aportes del imaginario mítico africano. Se trata de una simbiosis de elementos diversos que alcanzan su apoteosis en La Jungla, obra que legó una zona mágica para todo el arte posterior. A diferencia de Césaire, Wifredo Lam se encuentra más sólo y aislado en su espacio creativo desde donde entabla un nexo profundo con sus orígenes culturales.
Fue en la revista Tropiques donde apareció en 1945, el primer importante ensayo de la pluma de Pierre Mabille sobre La jungla de Wifredo Lam, obra que entonces ya había sido adquirida por el MoMA de Nueva York.
En estos años de creación, Lam mantiene un predominio figurativo, pero resemantiza sus referentes y crea una personal iconografía de carácter sígnico visual. En ese sentido supera todo aspecto factual de lo visible y penetra al sentido de sus indagaciones visuales desde lo simbólico-expresivo. Lam construyó en el Caribe su espacio artístico original y su poética de misterios ocultos.
Al referirse a su obra en 1947, Césaire decía que “Lam fija sobre la tela la ceremonia por la que todo existe: la ceremonia de la unión física del hombre y del mundo (…) Lam celebra la transformación del mundo en mito y convivencia (…) en definitiva lo que por su intervención triunfa en las Antillas es el espíritu de la creación”. [9]
Lam y Césaire, construyeron un andamiaje discursivo para la resistencia cultural en el Caribe desde sus universos artísticos respectivos y lo proyectaron, con una obra consistente, excepcional y liberadora, al ámbito internacional. Ambos fueron referentes culturales de su tiempo y de nuestro tiempo, aún. Vivieron años convulsos y contradictorios. Con modos de inserción y actuación diferentes, se inscribieron en esa temporalidad histórico-cultural tan fecunda y compleja. La obra de Lam y Césaire en ese primer lustro de los 40 marcó un antes y un después en las artes caribeñas y fue porque en ambos se distinguió lo que el propio Césaire definiera como la naturation: “Un retour à la nature profonde de soi-même”, retorno intenso y productivo en el espacio y en el tiempo hacia los inicios de todo. Una inflexión a lo originario donde se encuentra lo original. Una vuelta a las islas prometedoras. Retorno indagatorio, reflexivo y trascendental.

(*) Directora del Centro de Estudios del Caribe de la Casa de las Américas.

[1] Wifredo Lam ha dicho que “en aquel lugar reconoció su paisaje de niño; por doquier la vegetación le era familiar. De algún modo estaba de vuelta a casa”. Núñez Jiménez, Antonio. Wifredo Lam, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1982, p. 158
[2] Cf. Aimé Césaire: Retorno al país natal, Fundación Sinsonte, España, 2007. Traducción de Lydia Cabrera y Lourdes Arencibia. Prefacio de Benjamín Péret. Postfacio de Lourdes Arencibia. Ilustraciones sobre dibujos de Wifredo Lam. Fundación Sinsonte. España. 2007.
[3] Jacqueline Leiner : “Entretien avec Aimé Césaire”. Tropiques. Tome I. Nos. 1 a 5, avril 1941-avril 1942. Editions Jean-Michel Place. Paris, 1978. p. V. Traducción Y.W.
[4] Ibid, p.V Traducción Y.W.
[5] Ibid, p.VI. Traducción Y.W.
[6] René Ménil : Pour une lectura critique de Tropiques. Ibid., p. XXXIV.
[7] Aimé Césaire. Anthologie Poétique. Presentación y notas de Roger Toumson. Imprimerie Nationale.1996, p. 11. Traducción Y.W.
[8] Después de Martinica, Lam tendrá una estancia breve en Santo Domingo.
[9] Aimé Césaire: “Wifredo Lam y Las Antillas”. Citado por Antonio Núñez Jiménez, Op.cit, p. 163.

jueves, 17 de abril de 2008

Dejó de existir Aimé Césaire

AFP - hace 1 hora 2 minutos

PARÍS (AFP) - El poeta martiniqués Aimé Césaire, considerado el padre de 'la negritud', falleció este jueves a los 94 años de edad en Fort de France (Martinica), en el centro donde se encontraba hospitalizado desde el 9 de abril, informaron fuentes gubernamentales.





Desde su ingreso en el hospital Pierre Zobda-Quitman por problemas de "naturaleza cardíaca" se dispararon los rumores alarmistas sobre su estado de salud, considerado "preocupante" por sus médicos.
Aimé Césaire fue, junto al senegalés Leopold Sedar Senghor y el guayanés Leon-Gontran Damas, uno de los impulsores de la corriente 'negritud'.
Los martiniqueses esperaban estos últimos días con serenidad y discreción la evolución de su estado de salud, sobre todo en Fort de France, la ciudad de la que fue alcalde durante 56 años, entre 1945 y 2001.
El gabinete de la ministra francesa de Interior y Ultramar, Michèle Alliot-Marie, informó este jueves de que se organizará un funeral nacional por Césaire en una fecha que todavía no ha sido fijada.
Alliot-Marie asistirá a esa ceremonia, cuya organización se prepara en estrecha colaboración con la familia del poeta, las autoridades martiniquesas, así como con la Presidencia francesa, según el ministerio.
Antes de que se celebre el funeral, se organizarán varias ceremonias en la Francia metropolitana en honor del poeta, en particular, una jornada de duelo.

domingo, 15 de julio de 2007

Gladys Zaldívar: poeta del exilio


Pequeña sinfonía para sordos
(del poemario “Viene el asedio”)
Bajo la yerba

Yo también creceré(José Martí)
“En las aguas mitrales de la castración me han sumergido

Y con mis genitales han adornado sus sueños
Y con mis dientes han ataviado sus atroces muñecos de odio.
En cojines de sombra transportan mi palabra,
En pinos calcinados inyectan esta sangre que padezco
Y al fondo de la mar sus buzos ciegos
Si van tras mis peces de luz y mis ventanas.
En las tierras lustrales de la muerte me han castrado
Y con mis huesos fabrican una arquitectura clavileña
Y con mi recuerdo engalanan la casa de miedo y de ceniza.
Pero crecen desde mi cráneo las espigas,
Se asoman por el blanco enrejado de mi pecho
Y en la pelvis fragmentada se agolpan verdinegramente,
Se hacen fuertes en la memoria del amor
Y rompen hacia arriba como un canto y abrazan
Fronteras innombrables, cisternas ensangrentadas y castillos.
Bajo la yerba, yo también creceré, seré el verdor
Que abriga de estatura la montaña y viajaré hasta el extrremo
De la yerba para ver un sol verde y luna verde”.

Gloria Zaldívar (*)


(*)Gladys Zaldívar nació en Cuba, en 1936. Licenciada en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Maryland en College Park, EEUU. Recibió en Cuba el premio Rubén Martínez Villena. Considerada Autora Distinguida en 1977 y 1988 por la Miami Book Fair International. Reside en EEUU desde 1968. Es poeta y ensayista.
Ha publicado, entre otros, los libros de poemas: El visitante, Artes Gráficas Soler, Valencia, España, 1971; Fabulación de Eneas /The Keeper of the Flame, traducción al inglés de Elias L. Rivers. Colección Vórtex, Ediciones Universal, Miami, Florida, EEUU, 1980; y Viene el asedio, Colección Mester, Asociación de Hispanistas de las Américas, Miami, Florida, EEUU, 1987; La soledad fulgurada, Ediciones Universal, Miami, Florida, EEUU, 2001.
Severo Sarduy ha dicho de Fabulación de Eneas: «Todo es en él intenso y áureo: barroco. Energía y lucidez que son muy suyas. También geometría y color escarchado . . .»

jueves, 5 de julio de 2007

Aimé Césaire: La Belleza

La Amante

-¿Qué es la belleza sino ese peso completo de amenazas que fascina y seduce a la impotencia el batir desarmado de un párpado?

El Rebelde

-¿Qué es la belleza sino el cartel lacerado de una sonrisa sobre la puerta abatida de un rostro? ¿Qué es morir sino la faz pedregosa del descubrimiento, el viaje feura de la semana y del color en el revés del sol?

El Rebelde

-Mi corte, un montón de osamentas; mi trono, carnes podridas; mi corona, un círculo de excrementos.

... es inútil que pinten de blanco el pie del árbol, la fuerza de la corteza desde abajo grita...

El Rebelde
-No soy un corazón árido. No soy un corazón sin piedad.
Soy un hombre de buena sed que circula alrededor de charcas envenenadas.


Mi apellido: Ofendido; mi nombre: Humillado; mi estado: Sublevado; mi edad: La Edad de Piedra.


Aimé Cesaire

miércoles, 13 de diciembre de 2006

CONQUISTA DEL ALBA (1)


Morimos nuestra muerte en bosques de eucaliptos gigantes acariciándonos
con las encalladuras de paquebotes absurdos.
en el país donde crecer
impelerá lo irrespirable
pastoreando en las embocaduras de las sonámbulas claridades
ebria
muy ebria guirnalda arrancando demostrativamente
nuestros pétalos sonoros
en la lluvia campanularia de sangre azul.


Aimé Cesaire
(Conquista del alba. Poema del libro "Las Armas Milagrosas" )

CONQUISTA DEL ALBA (2)


Morimos

con miradas crecientes en amores estáticos en salas carcomidas,

sin palabras de impedimento en nuestros bolsillos, como una isla

que se hunde en la exploración brumosa de sus pólipos

por la noche,



Aime Cesaire

(conquista del alba)

LAS ARMAS MILAGROSAS ^Les armes miraculeuses^

CONQUISTA DEL ALBA (3)


Morimos

entremezclados a las sustancias vivas henchidas anecdóticamente

de premeditaciones

arborescentes que sólo regocijan, que sólo se insinúan en el

corazón mismo

de nuestros grifos, que sólo reverdecen con voces de niño, que sólo

trepan a lo ancho de los párpados en la marcha maltrecha de los

miriápodos sagrados

de las lágrimas silenciosas,



Aimé Cesaire

(conquista del alba)

LAS ARMAS MILAGROSAS `Les armes miraculeuses´

CONQUISTA DEL ALBA (4)


Morimos de una muerte blanca floreciendo con mezquitas su pecho

espléndido de ausencia donde la araña de perlas saliva su

ardiente melancolía de manera convulsiva

en la inenarrable conversión del FIN.


Aimé Cesaire

(conquista del alba)

LES ARMES MIRACULEUSES *Las armas milagrosas*

CONQUISTA DEL ALBA (5)


Maravillosa muerte de nada


Una esclusa alimentada en las fuentes más secretas del árbol del viajero

se evade como grupa de gacela desatenta



Aimé Cesaire

(conquista del alba)

LAS ARMAS MILAGROSAS "Les armes miraculeuses"

CONQUISTA DEL ALBA (6)


Maravillosa muerte de nada


Las sonrisas escapadas del lazo de las complacencias

venden sin precio las joyas de su infancia

en lo más fuerte de la feria de las sensitivas con delantal de ángel

en la estación liminar de mi voz

sobre la dulce pendiente de mi voz

gritando a voz en cuello

para adormecerse


Aimé Cesaire

(Conquista del alba)

LES ARMES MIRACULEUSES ^Las armas milagrosas^