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miércoles, 15 de octubre de 2008

V Conferencia Internacional Panafricana Tcham Bissa en la UNED de Madrid

Luchando contra el racismo

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JORNADA PANAFRICANISTA EN MADRID

(tomado de: http://kevinvazquez.blogspot.com/

La noticia de este pasado fin de semana que no salió en los medios de comunicación fue la de la prohibición de una marcha de la comunidad negra en Madrid para el mismísimo día 12, fiesta nacional española. Al parecer, las instancias oficialistas dijeron que la fiesta del 12 celebra el “encuentro de dos mundos, no de tres”. O sea, los negros sobran. No interesa recordar que la trata de esclavos hacia América la inició y legalizó España en el siglo XVI, ni que tal trafico humano, que duró unos 350 años, supuso la práctica desestructuración y arrasamiento de las poblaciones y las culturas del continente africano: 15 millones de muertos y entre 25 y 35 millones de desplazados a la fuerza, a punta de látigo y fusil, camino de las plantaciones de América. Tampoco resulta de buen gusto recordar que el desarrollo capitalista europeo y americano se debe, desde los inicios del XVI, al tráfico de esclavos negros y al sistema esclavista de producción.

En España, cabe recordar, entre otras muchas cosas, que los reyes de la Casa de Austria y de sus sucesores, los Borbones (todavía hoy vigentes) se beneficiaron enormemente de la trata en términos económicos; Isabel II, inclusive, fue dueña de 800 esclavos negros en Cuba.

La esclavitud fue la base de la acumulación primitiva de capital en nuestro continente. Y la envergadura sangrienta del sistema, al que cabría añadir, como prolongación natural, el sistema colonial moderno, a partir del XVIII y hasta mediados del XX, empequeñece cualquier desmán anterior o posterior, de la clase o signo político que fuere.

Fue, junto al genocidio indio del Sur, el Centro y, sobre todo el Norte de América, el auténtico holocausto histórico del occidente cristiano, jamás superado en brutalidad y continuidad, ni antes, ni después en la historia de la humanidad.

POR LA REPARACIÓN

El pasado 11 de octubre y para recordar todo esto, se celebró, casualmente sin la presencia de un solo periodista, ni de una sola cámara de T. V., en los locales de la UNED (Universidad Nacional a Distancia), en la calle Tribulete de Madrid, barrio de Lavapiés, la V Conferencia Internacional Panafricana Tcham Bissa, que reivindicó y exigió la reparación de los afrodescendientes de la esclavitud, y el reconocimiento del daño causado por las naciones occidentales y su petición de perdón…

La reparación es una reivindicación que parece molestar enormemente a los gobiernos de los países que fueron esclavistas y se dedicaron al tráfico humano en masa. Tony Blair, por ejemplo, cuando fue primer ministro, se negó a una petición de perdón y a una declaración de reparación, ya que “lo que hoy sería un crimen contra la humanidad, entonces era legal”.

Bueno, señores, los judíos fueron exterminados en la Alemania nazi con las leyes nazis en la mano, todo fue legal. Franco fusiló con sus leyes y con los hábitos jurídicos de sus jueces, siempre con sus leyes correspondientes en la mano. Ser legal no es patente de corso para el asesinato. Una mayoría parlamentaria puede decidir abrir la puerta al crimen, mediante leyes que lo propicien, pero eso no hace legal el crimen, sino que hace perder legitimidad a esa mayoría parlamentaria. Claro que tal apreciación puede ser una sutileza sin valor para Blair y otros muchos capitostes de su calaña.

Sin embargo, los judíos del Holocausto nazi fueron indemnizados con muchos miles de millones de dólares.

Con los negros no ha pasado lo mismo. Aun más, cuando se abolió la esclavitud a lo largo del siglo XIX, los estados indemnizaron a los propietarios de los esclavos, a tanto por esclavo, pues se entendió que tales personas perdían una propiedad por culpa de una ley del Estado. Desde luego, a los negros libertos no se les dió nada, ni la mas mínima indemnización, ni trabajo, ni un trozo de tierra…

LA PROFESORA VERENE A. SHEPHERD


Entre las personalidades expertas en el tema que participaron en la jornada panafricana, queremos destacar la de la profesora jamaicana Verene A. Shepherd (en las fotos, durante su charla y saludando a un representante de la embajada de Bolivia en Madrid). Shepherd es catedrática de la University of the West Indies, Mona, de Jamaica y habló del movimiento por la Reparación y de la historia de la esclavitud en su país.

La esclavitud fue establecida en Jamaica por los españoles, en las plantaciones de caña de azúcar, producto que se había llevado desde la península. Pero fueron los ingleses quienes mayor número de esclavos llevaron a la isla. Entre 1660 y 1808 los británicos realizaron 3.429 viajes dedicados al comercio humano. Embarcaron en África 1.082.263 negros y desembarcaron en Jamaica 915.015. El resto, 167.248, murieron durante las travesías. Como caso específico, nos da una idea, bien que somera, de lo que aquello fue en toda América.

También se presentó en la jornada un documental sobre la presencia de los negros africanos y los afrodescendientes en España, realizado y presentado por Antumi Tousijé, del movimiento por la reparación; también pudimos escuchar al profesor Luis Beltrán, de la Universidad de Alcalá de Henares y uno de los africanistas más importantes de España; a la profesora cubana Gema Valle y a otros conferenciantes, incluidos los jóvenes de la Asociación Juvenil Panteras Negras, de Madrid y el saludo de un representante de la embajada boliviana.

Al día siguiente, 12 de octubre, fiesta nacional, no fuimos al desfile. Como dijo Rajoy, eso es “un coñazo”. O la apología del nacionalismo, la prepotencia y la tergiversación histórica, como dice uno de mi barrio que ha leído mucho.



posted by Kevin Vázquez

(Las fotos son del blog citado)

miércoles, 4 de junio de 2008

Iswe Letu: 'Miedo al diferente'

Relato contra el racismo
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1. La niña impertinente


Tras un invierno frío y una primavera bastante fresca, el verano se había estrenado con un día soleado que invitada a pasear.


Los pájaros piaban por doquier de contentos. Desde sus jaulas los canarios se contestaban unos a otros. En el cielo chillaban miles de vencejos y golondrinas trazando vuelos en apariencia anárquicos. Las rapaces planeaban y de cuando en cuando se lanzaban en picado hacia un prado donde se decía que habían aparecido varias víboras pero que con el año tan lluvioso se escondían entre la maleza.


Desde la ventana de su casa, Luis contemplaba todo este movimiento de la vida volandera. Se sentía feliz en comunión con la naturaleza. Casi levitaba. No le podía pedir más a la vida.


Le volvió a la realidad el sonido del teléfono móvil. Era Miguel, su amigo, quien por el comunicador, como solía llamar al móvil, le invitaba a dar un paseo, por la tarde, hasta la fuente llamada ‘Palancarruca’ y, de paso, llenar unas garrafas de agua, pues la del grifo olía y sabía mal.


Se lo dijo a Pepa, su mujer, y, a la caída de la tarde, salieron a la calle. El reloj de la torre de la iglesia daba las siete cuando emprendieron la subida hasta la fuente. En la plaza daba vueltas el camión de bomberos. Los coches pasaban con la música a tope. Recuerda el golpeteo tozudo y machacón de una pieza musical de rap repitiendo insistentemente: ’11 de septiembre, 11 de septiembre’. El rap es música pegadiza surgida en los Estados Unidos en los barrios marginales de negros y chicanos. Aquí no había ni negros, ni chicanos. Aunque, eso sí, tenían una colonia muy numerosa de magrebíes.


Su amigo Miguel venía acompañado de su mujer Juanita, de cara casi cuadrada, regordeta y muy habladora. Se inventaba fantasmas que estaban siempre mirándola, cuchicheando o incluso dispuestas al acecho para atacarla a lo largo de la conversación. Entonces, se enfrentaba a ellos casi a voz en grito, de tal modo que, muy a menudo, las gentes que pasaban se quedaban, efectivamente, mirándola. Si se exaltaba demasiado, Miguel la reprendía diciéndole irónicamente:


--Tú, Juanita, siempre haciendo amistades.


Por lo general cansaba su charla continua e incesante, pero los que la acompañaban encontraban vericuetos o sendas para evadirse de su diluvio de palabras. Ella era ella y nadie más: la reina del baile. Y quería estar siempre en el centro de la pista. Hay que decir en su favor que conseguía, a veces, atraer la atención por el colorido, gracia y salero que adquirían los acontecimientos, bien fueran imaginados o reales. En ambos casos llegaban a encarnizarse en Juanita. Entonces su charla tenía chispa.


Salieron de la población y emprendieron la subida, como ya hemos dicho, hasta la fuente que se encontraba en un alto. Arrastraban unos fardos, donde llevaban las garrafas de plástico, que eran los carros de la compra.


Miguel y Luis iban delante. Juanita y Pepa detrás. A la cola caminaba Silver, el gato de Juanita. El gato no seguía siempre el camino recto y a veces se desviaba metiéndose por entre los cardos y las amapolas que adornaban los bordes del camino. Entonces Juanita le gritaba


-¡Silver, no! ¡No! ¡Por ahí, no!


Y el gato obediente volvía al camino trillado. Mientras tanto, su ama se extendía en consideraciones que Pepa evadía atendiendo al riachuelo que dejaba oír su fluir cantarino en la lejanía, pero que ya antes de oirlo había captado su línea metálica grisácea. A ratos esa línea se cortaba en trozos blancos. Era donde el arroyo estaba cuajado de flores. Entre espacios blancos y metálicos el río se perdía a lo lejos entre el verde del prado. Un buitre y una cigüeña negra pareció asustar al gato que corrió, como una centella, a refugiarse entre unas rocas. Duró poco el susto porque, casi enseguida, se le vio beber en el arroyo. El sol calentaba molestando las molondras desvalidas.


En la fuente, afortunadamente, no había más que una niña de 4 o 5 años que llevaba una pajita en la boca. Cerca, en un banco de piedra, un hombre cuidaba un cochecito que contenía un bebe de pocos meses. Sentadas en un prado cercano tres mujeres. Se notaba que eran árabes por los pañuelos de la cabeza y sus largas vestimentas negras. Y más allá, mujeres y hombres, en derredor de la fuente, charlaban. Un hombre, que le costaba mucho andar, se sentó en otro de los bancos que rodeaban la fuente. Apenas lo hizo cuando el perro que le acompañaba comenzó a ladrar a algo que surgía de la tierra como un palo. Era una culebra que levantaba la cabeza asustando al hombre que se cayó del banco mientras el perro conseguía ahuyentar al reptil. Juanita y Miguel, con otras gentes, corrieron a socorrerlo. Era un vecino suyo. Su rostro, de un color rojo como el tomate, se había vuelto pálido como la cera de la emoción.


Una vez tranquilizado volvieron a la fuente. Allí tenían sus carros de los que la niña de la paja en la boca se había encargado de sacar las garrafas y tirarlas por el suelo.

Estaba metida de cabeza en uno de los fardos como queriendo buscar algo.


-¡Niña! ¡Qué nos has hecho! –gritó Juanita- Eso no se hace –la amonestó.


La niña miró a ella, luego al gato. Temerosa del animal se apartó de la fuente con una mirada que a los adultos les pareció entre lela, tímida, atrevida y extraña, como si en ella algo le impulsara al desafío. Inquietaba, sin llegar a dar miedo, la mocosa. Molestaba.


Cogió del suelo Juanita la primera garrafa, la enjuagó y la puso a llenar.


-Recuerdo… –dijo- Y conto una historia por ella vivida que, mira por donde, era en realidad el romance de las tres hijas de un moro.


Lo hizo porque al fondo estaban sentadas en el prado tres mujeres de origen árabe.


La niña tiró una piedrecita a una de las garrafas que estaba en el suelo, rebotó en el plástico y fue a dar en la pierna derecha de Juanita.


-¡Niña!... ¡Mira, me has hecho daño! –dijo a voces- ¡Coño! Me está poniendo nerviosa la cría esta.


Luego, Pepa y Luis se pusieron a llenar sus recipientes, mientras Juanita y su marido se alejaban de la fuente. Al pasar junto a la niña Miguel le acarició la cabeza y la niña sonrió.


Fuera por esa caricia o porque el gato se fue tras ellos, la cierto es que la niña se acercó a la fuente. Luis metió la primera garrafa en el carro y la niña se puso a hurgar allí.


-Estate quieta.


La niña insistía en tocar el carro de la compra.


-Estate quieta.


Mas seguía en su tarea de tocar todo el carro, ajena a la frase repetida. Era como esas avispas que se acercan a una persona y dan vueltas en torno a ella sin hacer caso a los manotazos que les lanza. Molesta.


-¡Ay que joderse! ¡Y ellas, tan tranquilorras! –exclamó Pepa.


-¿A quién te refieres?


-A sus madres. Allí. Tan panchas. Las moras.


Pepa no lo sabía. Sospechaba que era hija de alguna de ellas. La niña, en efecto, tenía un color ligeramente cobrizo. La cara parecía sucia sin estarlo. Sus rasgos, tomados uno por uno, no mostraban diferencias apreciables con los de cualquier niña del entorno. Pero en conjunto, si, la hacía distinta. A los extranjeros se les nota la diferencia enseguida. Los aires, los fríos, los soles, las arenas, las nieves, la forma de las montañas, el color del cielo… en fin, todos los elementos de su lugar de origen, tanto naturales como espirituales, se aúnan para modelarlos de modo que su persona se hace inconfundible, pues, sin dejar de ser igual, es diferente.


Metió la última garrafa, mientras la niña cobriza seguía, erre que erre, hurgando y manoseando. A él, como a Juanita, le estaba poniendo nervioso al no comprender, como no comprendía, la razón de esa insistencia, los impulsos que movían a la niña. Más incomprensible era, aun, su mutismo: no decía nada, no abría la boca, tenía los labios apretados como con rabia. Llegó a considerarla muda o anormal.


Cerró, apresurado, el carro teniendo que apartar con fuerza la mano de la niña que no quería dejarlo. Parece mentira pero es verdad que respiró tranquilo cuando inició la marcha en dirección a la pareja de amigos que los esperaban unos metros más allá.


La niña se quedó con la boca abierta viendo como se iban. De repente echó a correr hacia ellos y empujó el culo de Pepa que era quien llevaba ahora el carro. Pepa la apartó a un lado. La niña lanzó un grito seco, como un disparo. Sonido impensable en un ser tan pequeño. Tan escandaloso que hizo levantar el vuelo a grajos, palomas y pardales. Congregó miradas, convocando a que, el llanto, saliera de los ojos de la niña. Una de las mujeres, que estaban sentadas en el prado contiguo a la fuente, se levantó de un salto y corrió hacia la niña a la que abrazó hablándole algo y señalando a Pepa. La mujer árabe se dirigió a Pepa con tono suave. Pero, claro, incomprensible para ella, señalándole el carro.


-No entiendo –titubea Pepa.


La mujer sigue hablándole pero cada vez más alto.


-No le entiendo, señora –repite Pepa.


La mujer tras una indecisión se acerca al carro e intenta extraer una garrafa. Pepa se opone. Se produce un forcejeo.


Juanita desde lejos vocea:


-¿Qué pasa?


-Quiere llevarme una garrafa.


-¡Pero bueno! ¡Hasta ahí podíamos llegar! –grita Juanita que se acerca apresuradamente. Otras personas hacen lo mismo. La mora se agacha y coge una piedra del suelo. Pepa tiembla pero no suelta el carro. Las otras moras que se habían acercado también sujetan a su compañera, le cogen la piedra y la tiran. Ellas mismas se van llevando a la mujer hacia atrás. Los que se han acercado la increpan. Comienza la gente a exaltarse. Juanita, que está en su salsa, cuenta con gracia sus experiencias con la población de Libia y Marruecos.


-Son malos – concluye.


Miguel, su esposo, le dice que se calle para no encender más los ánimos que, de por sí, ya están un poco alterados. Consigue arrastrarla apartándola de los alrededores de la fuente porque ha visto a la Guardia Civil y porque se ha dado cuenta de que algunos vecinos han avisado con los teléfonos móviles a otras personas.


Ya bajando la cuesta hacia el pueblo ven subir a numerosos jóvenes extranjeros y por una callejuela paralela aparece un nutrido grupo de oriundos.


Juanita se acuerda de su gato:


-¡Silver, Silver! ¡Bis, bis, bis!


El gato, que se había metido entre cardos y amapolas, aparece junto a su ama.


-Pues sí, Miguel, son malos…


-Habrá de todo –responde Miguel.


Y se enzarzan en una discusión interminable que produce en Pepa una tranquilidad que necesitaba.


2. Epílogo:


El segundo día de verano, como el primero, había amanecido soleado. Los balcones de las casas llenos de geranios. Los árboles agradecidos movían ligeramente sus ramas de un verde luminoso como el día. El cielo estaba limpísimo. Las nubes habían emprendido viaje rumbo a otros inviernos o primaveras. Los pájaros a esa hora de la mañana estaban en sus nidos. Los canarios en sus jaulas comienzan a desperezarse. Luis se despertó con el recuerdo de la mora empuñando la piedra. No lo entendía. Y por mucho que Juanita asegurara que los árabes eran malos, él estaba con la opinión de Miguel: unos lo serán y otros no.


En esta reflexión estaba cuendo su mujer entró en la casa. Pepa traía en carro de la compra. Había salido al mercadillo.


-¿Qué haces?


-Aquí, pensando en lo de ayer.


-Ah, pues el diario dice que hubo incidentes racistas entre jóvenes que fue parado por la Guardia Civil.


-¡No jodas!


-Eso dice, mira.


-Ya lo leeré…


Pepa se sentó. Lo miró y se sonrió.


-¿Por qué te sonríes?


-Verás, ¿te acuerdas que la niña llevaba una pajita en la boca?


-Si.


-Pues debió de caérsele dentro del carro. Eso es lo que buscaba con tanta insistencia.


-¿La has encontrado tu en el carro?


-No.


-Entonces…


-Era una de esas pajitas que se venden en las chucherías. Llevan caramelo dentro. Y con el calor y el agua se derriten. Estaba todo el fondo del carro pegajoso…


-De modo que la señora no nos quería quitar la garrafa… En fin…


jueves, 1 de noviembre de 2007

Profesor Lamine


Y mientras unos (los nazis) apalean emigrantes o mendigos; otros (los latin king, ñetas) muestran su orgullo latino de 'jornaleros sin zapatos', como se expresaba Neruda, agrediendo a diestro y siniestro; o, los árabes, metidos en la guerra santa, hasta ponen bombas donde mueren, como en Madrid, por centenares, gente obrera, es decir: gente de clase trabajadora como ellos; mientras esos hacen todo eso, también hay quienes, ante una sociedad que les cierra caminos, aguzan su ingenio para otros menesteres. Un ejemplo es esta octavilla repartida en Salamanca:


"PROFESOR LAMINE
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De 9 a 22 h"


(DEBAJO VIENEN DOS TELÉFONOS Y UN DIBUJO DE UNA MANO NEGRA ESTRECHANDO UNA MANO BLANCA)
HEMOS RESPETADO LA FORMA Y LA ORTOGRAFÍA DE LA OCTAVILLA


Alguno que otro puede que caiga en sus manos. De eso estamos seguros.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Iswe Letu: Quemándose a lo Bonzo


Un emigrante se ha quemado a lo bonzo. En el Levante español. Dicen, que lo habían engañado las mafias. No encontraba trabajo y quería volverse a su patria. Pero no tenía dinero para el billete de retorno al viejo solar abandonado...

En una mesa de la terraza de un bar le comentan, algunos clientes, este hecho a un camarero, también rumano.

--Bueno, bueno... No tenía pasta... ¡Qué cosa!... Pues que se hubiera puesto a trabajar, como los demás hacer...

--En España decimos que no ha tenido lo que se tiene que tener: cojones.

--Yo también creer.

--Pero el pobre se encontró, al parecer, con el horizonte cerrado por todas partes.

--Cogió miedo. Se desesperó.

--Yo, la verdad, no sé que hubiera hecho...

--En cualquier caso, es una muestra de la angustia en la que viven muchos emigrantes...

--El poeta Vladimir Mayakovski hizo un cuento para niños con dos personajes (niños los dos): uno, atildado, muy leído y escribido; el otro, menos culto pero que se enfrentaba con valentía a los problemas; concluía el poeta que, éste, sí, valía para la vida; el otro no.

--Mayakovski tenía una ideología: era comunista. Por lo tanto sabía a dónde ir: quería jóvenes para hacer la revolución y destruir el capitalismo.

--Cuando citas a Mayakovski quieres decir que, el que se ha quemado, no vale para esta vida dura de explotación capitalista...

--Creo que al lanzar el líquido inflamable se ha confundido de objetivo.

--¿Por qué?

--Ya que tenía el material: gasolina y lumbre... podía haber quemado otra cosa; por ejemplo, y en primer lugar, a los mafiosos que lo habían engañado. Luego... luego hay otros muchos objetivos... que han hecho méritos suficientes para perecer en la hoguera...

--Lo que pasa es que, ¡el pobre!, no tiene ideología, no tiene faro que lo oriente... Es como si viviera sin espíritu.

--Claro, y puede quemar cosa

--Hasta a su propia alma o familia... ¡pobre hombre!



domingo, 31 de diciembre de 2006

Iswe Letu: Feliz Ano 2007


Dan las 12 campanadas. Nos asomamos a la ventana. En el cristal alguien a puesto algo así como: long live roc and rol 2007. Por la calle unos jóvenes emigrantes, creo que de origen marroquí, se lanzan contra una de las torretas (bueno, torretas no, algo parecido que tiene la telefónica por las calles para llamar) para arrancarle el auricular. Otro se lo impide. Van algo borrachos.

Pronto acudirán a cantarle las cuarenta a los imanes de sus pueblos. Se pierden en la calle gritando: ¡Feliz Navidad!. Con acento exótico. En el fondo están protestando contra este tinglado navideño. Tinglado del que se siente un poco marginados. No lo sienten: ni para bien ni para mal. Son los hijos proletarios de la emigración campesina del Africa árabe. Cuando lleguen a los pueblos de sus progenitores harán una pequeña revolución.

Ya ocurrió antes con los emigrantes e hijos de emigrantes de los españoles cuando se fueron a Europa. Pero entonces había organizaciones que les educaban en la conciencia de clase. Ahora eso no existe. En cambio existen organizaciones islamistas que les pueden proporcionar, sino conciencia de clase, bombas para matar gentes que serían sus hermanos de clase si la tuvieran. Pero como no la tienen, matan a cualquiera. Para ellos: todos son blancos e hijos de puta: los patronos y los obreros. Pero la vida da muchas vueltas y esperemos que de todo este maremagnun salga algo bueno. Esperemos.

miércoles, 29 de noviembre de 2006

Iswe Letu: Octava Real

¡Maldigo la fuerza escura
que impulsa nuestro destino,
en pos de un amargo sino
lejos de nuestra tierra
que nos ama y que nos cierra
vereda de "cierza " y vino!

Iswe Letu: Europa y los Negros

A
Europa
los negros
desnudos
vinieron
cantando.

Y
de
Europa
se fueron
desnudos
llorando.