martes, 20 de marzo de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam 16


16.
De cuando en cuando, como un fogonazo a su conciencia, le viene a Omar Khayyam el recuerdo del platero, expulsado de su gremio, implorando a los cielos con lágrima tan estremecedora o más que el llanto ancestral de un chiíta; y entonces, solo entonces, desde su palacio expresa a su amiga del alma, un deseo que no se le ocurre decir a los demás:


--Querida mía, si fuera posible que el Destino nos dejase disponer del triste plan del mundo a nuestro antojo, querríamos, sin duda alguna, ¡buum!, dinamitarlo, explotarlo, reducirlo a pedazos, como aquellos rebeldes zang, esclavos que trabajaban de sol a sol en las zonas pantanosas dirigidos por Alí b Muhammad, al-Burqui.


--Lo haríamos de nuevo y acorde con los deseos de los que se han movido en torno a las llameantes banderas de la rebelión a lo larga de la historia; desde Kawe, el herrero, con su mandil de cuero por bandera, pasando por Hamdam Qarmat, que poco después de ser ahogada en sangre la rebelión de los esclavos negros zang, ya enarbolaba la bandera de la justicia y de la igualdad entre Kufa y Wabit; hasta desembocar en mi amigo, bueno, mi amigo de antaño, el hoy considerado, por los cristianos, Viejo de la Montaña, en Alamut. Por cierto, que sus ideas le vienen de Hamdam Qarmat, pues al triunfar en Daylam le prepararon el terrero.

lunes, 19 de marzo de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam 15


15.
Alza la vista del libro y mira al campo: las viñas, el bosque, las laderas de las montañas y al fondo, las sierras; todo tiene el color que anuncia el otoño: algunas hojas caídas, pocas, y el color anaranjado pero con muchos matices y no en todos los sitios: acá domina el amarillo, allá el amarillo limón, mas allá rojo; en todas partes se va adueñando el naranja; en las viñas abunda el morado de la uva tinta.
Los rayos de sol chocando con las hojas movidas por la brisa despiden destellos multicolores que aureolan el bosque; en los prados la hierba amarillea y, ya, asomando, brilla, la fugaz otoñada. Algún que otro pico aparece nevado y excepcionales vendimiadores, los más temerosos quizás, se dirigen con sus carros a las viñas. Todo anuncia la vendimia.
Retorna la mirada al libro. Antes de hundirse en su lectura recuerda desordenadamente el destino de algunos reyes: Amín que muere a manos de Mainun; Dahhak encadenado sobre el Monte Demawand; Nondhar nada mas hecho con el poder se encierra en sus habitaciones a comer y beber como un cerdo, sin preocuparse mas que de atesorar oro y más oro; el territorio convertido en paraíso de ladrones y bandidos; y a él, claro, lo matan; a Mardevig lo ciegan para deponerlo más tarde...
Pensando en su amada y embriagado por el ambiente se dice:


--Unas gotas de vino del color del rubí, del color de las guindas, del color de la esmeralda o de cualquier otro color; un pedazo de pan, un buen libro de versos y tú, tú... tú, mi querida amiga, en un solitario lugar, como este, son más valiosos, para mí, mucho más, donde va a parar, que los reinos de todos los sultanes.

viernes, 16 de marzo de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Otro salto en el camino: Robai de Khayyam en dos idiomas



Quando l'ebbro Usignolò trovò la via del Giardino.
E ridente trovò il volto della Rosa e la coppa de Vino.
Venne e in misterioso bisbiglio mi disse all'orecchio:
"Considera bene: la vita trascorsa mai piú, mai piú non si trova"

(Del libro “Rubáiyát of Omar Khayyam in 30 languages”)

(¿Cuando el ebrio Ruiseñor encontró el camino del Jardín
y alegre descubrió el rostro de la Rosa y de la copa de Vino,
como un misterioso murmullo se le acercó, diciéndole al oído:
"Medita bien: la vida no vuelve jamás, nunca jamás"?)

(Traducción hecha con un diccionario por eso está con interrogación)

jueves, 15 de marzo de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam


Omar se refugió, después del entierro, en la biblioteca de su palacio, otra vez a vueltas con el significado de la vida.

Se sentó. Enfrente tenía las estanterías donde había colocado sus poetas favoritos. En el canto podía leer sus nombre. Cogió uno. Al azar. Sabía, no obstante, que en los libros no estaba el secreto de la vida. Eso lo tenía claro. Si algo sabía de la vida, era que ella era movimiento, y fluía y cambiaba... Y en los libros eso no se daba... Le gustaba... le gustaba... leer los libros de los poetas al sentirse como reflejado en lo que decían... Y, a pesar de la quietud que emanaba de ellos, algún hálito de vida había... bueno, mejor dicho... una reflexión congelada del tiempo vivido por el poeta.

Abrió el libro que había cogido: <<"... pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, // ni mayor pesadumbre que la vida consciente. // ... Ser, y no ser nada, y ser sin rumbo cierto, // ... Y el espanto seguro de estar mañana muerto, // ...y la carne que tienta con sus frescos racimos // y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, // y no saber a dónde vamos, // ni de dónde venimos..."(*)>>

Estuvo leyendo un rato. Luego se levantó y se fue a la bodega. El vino procedía de unas viñas donde se encontraban, de vez en cuando, huesos de seres humanos. Decían que, antiguamente, en esas tierras, se había dado una gran batalla y la carnicería fue atroz. Allí mismo enterraron a los muertos en combate.

Abrió la espita. Llenó una jarra y se sirvió una copa.

Al sentir, como él sentía, el anhelo de encontrar el secreto de la vida, posó con suavidad sus labios en el borde de la copa de vino modelada por su amigo, el alfarero, con arcilla del terreno de sus viñas. Una voz, que parecía surgir de dentro mismo de la copa, susurrole:

--"En tanto que vivas, bebe, que los muertos nunca vuelven, nunca; me has oído: no vuelven nunca de ese otro mundo que nos predican los meapilas".

Entonces, recordó a aquel sabio que estaba en la taberna, meditabundo, delante de una jarra de vino; y con el respeto que dan los sabios y los ancianos se acercó a él y le interpeló de la siguiente manera: 'Maestro, ¿que me puede decir, si no es mucha molestia, de aquellos amigos que se ha ido de nuestro lado?'

Y no se le olvida que lo miró con lástima, a él, que tenía toda la vida por delante, y le dijo: 'Siéntate y bebe conmigo, joven inquieto y sensible, que muchos, muchísimos, incontables... han muerto (o los han matado), pero ninguno a vuelto para contarlo'

Y bebiendo se encamina, a su rincón favorito en el jardín

(*) Rubén Darío: 'Cantos de vida y esperanza'.

miércoles, 14 de marzo de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam



El sol en su cetro, y en su centro. Y la mar, en calma chicha. Y no necesita ella remos para sacar chispitas. Le basta con el sol y el suave movimiento de las olas.
Hoy va a contemplar a la madre; a esa vieja madre, con sus largos años a la espalda; la madre pobre, humilde, antigua y señorial, rejuveneciéndose solo con la esperanza de que llegue, pronto y bien, de allende los mares.
Remos lentos y melodiosos, goteando estrellas fugitivas, avanzan al encuentro de la nave. Espera ver pronto su semblante -que siempre era risueño- en medio de la charla y la floración de los pañuelos.
Y, por lo demás, solo pide ese instante de dicha, ese instante de calma, para su sufrimiento. Sufrimiento, quizás, absolutamente libre de esperanzas.
Pero hoy brilla rojo, generosamente rojo, el sol. El sol rojo del Irán de Omar Khayyam.
La esperanza enrojece también generosamente. La esperanza siempre enrojece... hasta el último momento. Por lo que espera verla pronto aparecer, floreciendo entre la muchedumbre de sonrisas y pañuelos, para darle un fuerte abrazo y desgastarla a besos.
Remos lentos y melodiosos, generando estrellas rutilantes en huida perpetua, avanzan a su encuentro.
Asoma en lo alto de la cubierta.
La bajan del barco. Lentamente. Con muchísimo cuidado.
Todos la ven: confirmada su hermosura.
Reafirmada la belleza de su cara oscura... pura... pálida...
Y helada... tras el cristal del ataúd.

Omar Khayyam, que ha acudido al entierro de la dama, reflexiona:

--La vida, definitivamente, es como un tablero de ajedrez, donde el Hado, quien, como todo el muno sabe, es siempre imprevisible, nos mueve cual simples peones, dándonos mates y más mates, por lo general, con penas.

--Pero es que, además, para más inri, en cuanto da por terminado el juego, nos saca de un puntapie, sin mas contemplaciones, del tablero de la vida; arrojándonos, a todos, sin excepción alguna, al cajón, al cofre, al baúl... de la Nada.

Omar se refugió, después del entierro, en la biblioteca de su palacio, otra vez a vueltas con el significado de la vida.

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam 12




12.
Salen en fila india tiesos, serios, circunspectos, pagados de sí mismos y de su saber. Un poco engreidos y un si es no es... cansados, eso si, de no hacer nada, sino de discutir acerca del sexo de los ángeles...

¡Bueno, qué exageración por mi parte! también discuten, de guinda a brevas, de alguna que otra cosa importante.
Se sientan en la taberna. Apenas hablan. Les sirven vino blanco. Lo prueban a sorbitos cortos. Se miran. Intercambian algunas palabras. El vino es bueno y lo reconocen. Llegan, luego, numerosos platillos con diversas tapas. Que comen con aparente desgana... al principio. El vino se agota. Uno de ellos grita: ¡¡Más vino!! Y se ríen.
La conversación se anima. Las voces se elevan.

Omar Khayyam suscita la discusión sobre los astros. Los sabios, -los ha contado, son sesenta y dos- discuten, se acaloran, se contradicen, ora negro, ora blanco... ¡Qué paridas defienden!

Khayyam piensa para sí:

--¡Ay, Vino, Vino! ¡Ardoa de los Vascuences! Tu logras siempre, pero siempre, que se enreden, que se líen, que se embrollen, con fervorosa y encarnizada lógica palabrería... ¡quién lo iba a decir hace un momento con lo finos, serios y fríos que érais o sois!... los setenta y dos sabios... que sin cesar discuten en las academias... academias que un poeta calificó de "horribles blasfemias"...

--¡Ay, Vino, Blanco o Tinto! ¡Ardoa Beltza o Txuri de los Vascos! eres el alquimista, el mago, el taumaturgo, que trasmutas en anhelante oro el pesado plomo de nuestras cotidianas, grises y, muchas veces, amargas existencias.

José Mª Amigo Zamorano: Siguiendo a Omar Khayyam 11


11.
Del taller de un platero, sale, maldiciendo y llorando, un hombre: maldiciendo al dueño que lo ha dejado sin trabajo; y llorando por su mujer y por sus hijos a los que no podrá alimentar hasta que no encuentre un nuevo trabajo; eso si lo encuentra, que están los tiempos difíciles. Cae de rodillas llorando, con lágrimas tan conmovedoras o más que las del llanto ancestral de un chiíta, e implorando a los cielos.

Omar Khayyam que por acaso pasaba por allí, y sin ninguna consideración (muy propio de su mal carácter) al lamento del trabajador; a ese llanto, para Khayyam estéril, le dijo:


--A esa bóveda estrellada, azulada e inmensa, a la que llamamos firmamento o cielo, bajo la cual vivimos y morimos los hombres y las mujeres, no intentes levantar tus ojos, llorosos e implorantes.

¿Para qué vas a hacer ese mínimo esfuerzo muscular?...

No lo dudes, pero ni por un momento, que ella gira y gira impotente (la impotencia es similar a la tuya y a la mía) por todo el universo.


De giros y de impotencias piensan y discuten, a veces, los sesenta y un sabios. Pero a ellos les sobra el tiempo y no tienen que trabajar para ganar el sustento diario como el pobre platero.