viernes, 23 de febrero de 2007

José Mª Amigo Zamorano: CAGASANGRE (10)


10) Cordel


Y en la guerra, ¿a quien se pareció en la guerra Cagasangre?...: ¡ah, en la guerra!: Cagasangre no cagó precisamente mucha; su paso por ella no fue ni muy glorioso, ni heroico, ni tan siquiera sangriento que digamos: no fue nada: en la primera refriega fue cogido prisionero por los republicanos, enviándolo a un campo de concentración en Valencia donde pasó toda la contienda.


Allí hubiera deseado pasarse a ellos, con armas y bagaje, pero no lo hizo. Y hubiera deseado ser todo un guerrillero como el llamado Campesino al que vio una vez de visita al barracón de prisioneros donde él estaba: ¡que apostura! ¡que soberbio porte! ¡que arrogancia!: barba espesa, ojos negros, fuerte, seguro, altivo y -se le quedó prendido en la memoria- aquella chamarra de cuero negro.


Recuerda que se acercó a un prisionero:
-¡Eh, chico, ¿no serás de Segovia?
-Si, señor, para servirle.
-¿Me conoces?
-No, señor.
-Yo si te conozco: tu eres hijo de la señora... -
no recuerda el nombre que pronunció- que ha sido abandonada por tu padre. Dile a tu progenitor, cuando lo veas, si lo llegas a ver alguna vez, dile de mi parte, que pronto entraremos en Segovia y lo primero que vamos a hacer es la reforma agraria. No se te olvide. Dile que te lo ha dicho Valentín González, aquel que arriaba mulas y burros. Él me conoce.


Y se dio media vuelta y se fue con la misma majestad con que entró.
No se le olvidó ese corto diálogo.
Pero no se hizo guerrillero. Continuó su cautiverio en manos de los rojos.
Y doblemente cautivo: lo fue, entre los prisioneros, de un capitán franquista apodado Arrutia que le taponaba los dos orificios extremos de su cuerpo cuando le venía la capitana gana.
Luego terminó la guerra y volvió a su pueblo como un héroe.
Lo colocaron de conserje y se fue acercando a María, la novia de "Neme", que no le hizo ni caso. Es mas lo echó con cajas destempladas.
Era María, de un genio terrible como ya se ha dicho.


jueves, 22 de febrero de 2007

José Mª Amigo Zamorano: CAGASANGRE (9)


9) cuerda


"¡Que gracia!", se dijo, "¡qué broma tan macabra!"; y no se le olvidó nunca que por la mañana supo que Neme solo había sido herido y que arrastrándose llegó hasta las traseras del corral de María, su novia, lo mas cerca que encontró de confianza, pidiendo auxilio; y lo llevaron al hospital mas próximo.
María, hija de un comerciante de ultramarinos, era la mayor de dos hermanas y con la que Segis soñaba de niño; la veía tras del mostrador primero ayudándole a su padre y luego con el paso de los años sirviendo ella misma. El cabello esponjábale la cara pálida, transformando el rostro, casi cuadrado y con un mentón ligeramente alargado, en una hermosa cabeza ovalada, hermosura que acrecentaban unos labios rojos y carnosos. Cada vez que entraba le sonreía con esos ojos negros que parecían despedir destellos. Se enamoró en secreto a pesar de que -o por eso mismo- en la escuela lo llamaba "enano"; "¡marcha de aquí, enano!"; y se iba de inmediato pues el carácter de la niña era fuerte; pero tan en secreto fue su enamoramiento que a nadie osó contarle sus sentimientos, aunque pensara a veces que los demás lo sabían; así: se ponía rojo como un tomate, cuando contaban el chiste de un tontito del pueblo, pensando que se referían a él: "Josito dice que su novia es María"; "¿y ella que dice?"; "qué va a decir, nada: no se le ha declarado aún".
Neme comenzó a salir con María ya en el último curso de la escuela a la que acompañaba a casa y continuó después bailando en las fiestas y saliendo con ella.
Segis lloró de rabia en secreto, lloró a todas horas y cuando las lágrimas no asomaban a sus ojos es porque se las tragaba; hubiera deseado hacer algo, pero ni lo intentó.
Mientras Neme se recuperaba en el hospital las cosas que imaginó fueron cada cual peores: aparecía el herrero con esas manazas, que tenía, tan duras como el hierro, y agarrándolo por el cuello lo ahogaba; o, cuando no, se presentaban los familiares para matarle; o incluso llegó a soñar que lo comían las águilas y ...; no pudiendo aguantar mas de miedo se marchó al frente de guerra con los franquistas.
El caso es que él no fue guerrero ni franquista nunca; pues, aunque de asuntos públicos no entendía, sí se le alcanzaba que fue a salvaguardar las posesiones de los labradores del pueblo y no nada suyo que no tenía ninguna propiedad; acudió a defender las tierras de los terratenientes; de esos hacendados como el de aquella casa que en vez de darle una limosna le sacudió una airosa bofetada divina, "Dios le ampare".
Es decir: siguió haciendo lo que no deseaba.
Como casi siempre.
Como a esa hora del amanecer que, anhelando estar con la hembra en la cama, caminó olivar adelante por miedo a que ella volviera a recordarle, a mentarle, al desdichado "Neme" que en mala hora conociera.
-No te pareces en nada a Neme, pero en nada.
Al recordarlo lloró, pataleó, y se echó mano a la cabeza pues volvían los martillos a golpear las sienes, a partirle el cráneo y a machacarle los cojones. Y desesperado se lanzó embistiendo contra las tapias del cementerio dos veces; veces que tuvieron la virtud de ahuyentar los martillazos de su cabeza; su lugar fue ocupado por un zumbido, una raja en la frente y un manantial de sangre saliéndole por la nariz.
Iba a repetir el cabezazo por tercera vez pero lo pensó mejor y colocó las manos en las tapias en lugar de la frente.
Luego se sentó en el suelo, pegó la espalda a la pared, alzó la cabeza y así quedó un buen rato.
Repetía obsesivamente: "no me parezco en nada, no soy como él, no soy como él, no soy como él". Y terminó riendo; y riendo mecánicamente se levantó y al compás de sus pasos siguió con el mismo sonsonete: "no me parezco en nada, no soy como él, no soy como él, no soy como él".


José Mª Amigo Zamorano: CAGASANGRE (8)


8) Guita


Neme, siempre Neme.

Lo recordó como si lo tuviera delante: de mediana estatura, cara musculosa y risueña -muy a menudo estaba de bromas- pelo y ojos castaños; manos grandes y callosas y brazos -llenos de cicatrices causadas por su trabajo en la fragua- duros como el hierro que trabajaba; y que, sin ser amigo de Segis, lo había acompañado en sus correrías por el castillo; lo trató con mucha corrección, y, que recordara, nunca se metió con él; y Segis nada tuvo que reprocharle.
Y que mal se portó con el herrero.
Y la culpa ni siquiera la tenía Segis sino sus miedos.
Segismundo Amoroso, -desde aquellas noches de invierno en que, el viento, soplando, aullaba como lobo y los gatos, maullando, lloraban como la madre; atemorizado se ovillaba en el camastro- siempre estuvo lleno de miedos. Y no solo del castillo, sino de los niños que, recién llegado, le apedrearon sin compasión, de las chicas que le denominaban "renacuajo" y... de los cadáveres resucitados; bueno..., de un solo cadaver.
Lo revivió en ese momento, precisamente en ese, que por azares del destino le lleva a pasar delante de las tapias del cementerio donde ocurrió aquello; solo por eso y no porque le tuviera un miedo especial al camposanto, que miedo, miedo si que tenía; pero no uno particular pues, por encima de todo, tenía miedo de él mismo: de sus propios desajustes: de esos prontos o repentes que le daban y de los que, luego, ya tarde, irremediablemente tarde, se arrepentía.
Por causa de ellos le apodaron "Cagasangre"; mote que no le cuadraba ni por lo mas remoto, pues, según él -y algo debía conocerse- era un apocado, un cobardica, incapaz de matar una mosca; pero esos prontos falsearon su personalidad, labrándole una reputación, una notoriedad injusta: fama, no del todo, caprichosa, pues se sustentaba en unos acontecimientos reales, incuestionables: como aquel suceso, luego lamentable, cuyo origen estuvo en unos falangistas que se propusieron darle una broma a Nemesio, Neme, el hijo del herrero y herrero él también, y a su panda de amigos, que, decían, los falangistas, habían sido, todos ellos, miembros activos de la Casa del Pueblo, como, efectivamente, lo fueron, para qué negarlo.
Cuando un vecino falangista le invitó como comparsa en la chanza que preparaban, se negó; pero el otro insistió tanto: "anda, caguica, si solo es una broma"; y Segis, que continuamente hizo lo que no quería, de mala gana y de un modo inocente, accedió a su ruego, declarándole, eso si, que permanecería inactivo, al margen por completo.
-Vamos, en una palabra, de mirón -le había dicho el facha con sorna.
Una noche les esperaron a Neme y sus amigos a la salida de la taberna provocándoles a pelear fuera del casco urbano:
-¡Valencianos!, ¡no tenéis cojones, solo parláis como señoritas!; y tu, Neme, el mas mierdica de todos.
Táctica de machos, de los machotes de Puebla de Alcocer, pero tan efectiva como la de los machos de Madrid, Londres, Pekín o Nueva York por cuanto los otros recogieron el guante: Neme y la panda los siguieron hasta las afueras, en las inmediaciones del pueblo, para zurrarse; mas, al pasar cerca del cementerio, los falangistas sacaron las pistolas que llevaban escondidas, poniéndolos contra las tapias.
Segis estaba detrás temblando de miedo: lo que veía y las consecuencias que podían derivarse de lo que se le ofrecía a sus ojos eran harina de un costal impensado y a punto de rajarse; fue entonces cuando el hijo del herrero, al verlo, ni corto ni perezoso, como si no fueran con él las pistolas que le apuntaban le espetó:

-¿Tú, también estás con estos chulos, cagao de mierda?

Se le subió la sangre a la cabeza. Y le vino uno de esos prontos que lo descontrolaban.

-¿Yo, yo, un cagao?: ¡mecagüendiós!, ¡un Cagasangre!, vas a ver tu ahora -- dijo cegado de cólera, casi a voces.

Y, con una rapidez insospechada, quitándole la pistola al vecino falangista que estaba delante de él, disparó dos tiros al Neme.
Mientras caía al suelo desfallecido, le decía débilmente, "¡cagoentudiós, cabrón!".
Los otros, asustados, dándole por muerto, comenzaron a disparar sobre los compañeros de Neme - que huían sobrecogidos - para evitar testigos.
Segis, cayéndosele la pistola de las manos, empezó a llorar arrepentido de lo que había hecho. La pandilla recogió el arma y huyó a todo correr llamándole imbécil.

José Mª Amigo Zamorano: CAGASANGRE (7)



7) Andarivel



Hacia ese paraíso, siniestro a sus ojos, que se elevaba en la cumbre de la montaña como un dios decadente y ajado pero todavía poderoso, se dirigían, siendo niños, mitad polluelos timoratos y mitad gallitos bizarros, a trepar por las paredes, agarrándose a los salientes y apoyando los pies en las grietas y agujeros que el tiempo ha ido agrandando, para coger los huevos en los nidos de los pardales, cernícalos y otras aves y comérselos crudos.
El hambre vencía al miedo alegrando sus estómagos vacíos.
Si bien, siempre se cuidó, él, de ir acompañado de otros niños -entre ellos "Neme"- pues el griterío de todos ellos espantaba el canguelo del cuerpo que corría a refugiarse entre los paredones del castillo; sin que esto quiera decir que desapareciera por completo.

No, en absoluto, no se iba del todo; acudía presuroso envuelto en cualquier golpe, chillido o ruido extraño que el eco multiplicaba agrandándolo y distorsionándolo; entonces era el momento en que les amordazaba la boca y les taponaba, con un nudo, la garganta; y, cuando el recinto hundíase en el silencio, los fantasmas aparecían y desaparecían sin rubor, acojonándolos; fantasmas que se materializaban, se hacían mas reales aún, si les acompañaba el grito de uno de ellos, "¡Un fantasma!", saliendo de su boca, violentamente, como un salivazo venenoso; marchaban corriendo, frenéticamente, y no paraban hasta hallarse por completo fuera y lejos, muy lejos, de él; en ese preciso momento, solo en ese, se paraban, daban la vuelta, miraban al castillo y retornaban al pueblo a buen paso, riéndose, sobre todo Neme, que era siempre el último en salir del castillo.

miércoles, 21 de febrero de 2007

José Mª Amigo Zamorano: CAGASANGRE (6)



6) Calabrote

Siguió avanzando calleja arriba en la tibia mañana envuelto por la dudosa claridad y por la neblina de los vapores etílicos.


Ya en las afueras del pueblo, se salió de la carretera para continuar campo a través, con el mismo paso inseguro, sorteando huertos y arrezafes; lo que no impidió que se cayera de bruces cerca de un escaramujo, se arañara el brazo y se manchara de barro ya que estaba la tierra blanda y pegajosa de la lluvia caída hacía dos días.
Se levantó maldiciendo su suerte: la infelicidad, como la bruma, le perseguía a todas partes.
Se sorprende de la tenebrosa oscuridad en la que se halla, pareciéndole recordar que cuando se levantó de la cama el día estaba más claro; no comprende... mira a todos los lados y alza la vista al cielo por si se estuviera nublado y no, no había apenas nubes; simplemente ha caído en la zona de sombra que proyecta el castillo.


Un aparte: el castillo



El castillo es "una poderosa construcción sobre roca, en la cima de la sierra" y "aunque ruinoso conserva sus muros de enorme grosor"* donde -y esta fue la muerte y resurrección de la fortaleza- el tiempo, vendaval que ululó en la techumbre arañando y desprendiendo briznas, se pudrió de ausencias. Y su espíritu flotó como un globo vacío por el cosmos. La soledad reinó sobre un paraíso sin parejas, ¡loado sea el señor dios de los ejércitos!.
Mas los huesos de su esqueleto, jincados en la tierra, resistiendo, se rieron del vacuo caminante. Y un ejercito de escarchas plateadas y anacarados rocíos se aposentó cubriendo la arquitectura secular. ¡Alabadas sean las huestes invasoras!
Poco a poco fue llenándose de barro la ausencia y el llanto. Luego las flores silvestres esparcieron su arcoirisada esperanza sobre el lodazal. Las aves de rapiña anidaron en la morada que entristeció el destino dispuestas a hundir sus garras.
Ya para entonces una procesión de sombras habían huido sin comprender jamás cómo, la primavera, en ese invierno, eran sus días convertidos en escudos de humilde sencillez.
Sin embargo, y parece mentira, una floresta musical de huecas cañalejas amuralla hoy a la víbora en el paraje en que reposaron, antaño, en tálamo fecundo, penumbras primaverales.
No fue fácil la andadura de la vida donde posó la nieve -y aún posa su manto real- ocultando los hediondos estercoleros de la misma manera que lo hacen las colchas o tapices multicolores en señaladas jornadas festivas.
Adán y Eva fueron expulsados del paraíso terrenal.
Impresionante fábrica donde, a principios de verano, los espinos, cardos, lampazos, abrojos y cañahejas cubrían, con su fronda, numerosas zonas, ocultando la tierra; adentrarse en ella era una aventura arriesgada para niños y mayores; ya que, por doquier, imprevistos pozos podían proporcionarles alguna sorpresa, sino funesta, si muy desagradable; o por los movimientos de alimañas que anidaban en cualquier parte y defendían, celosas y desconfiadas, su territorio de extraños visitantes.



martes, 20 de febrero de 2007

José Mª Amigo Zamorano: CAGASANGRE (5)


5) Cabo


Sus progenitores habían venido, años ha, procedentes de un pueblo o cortijo denominado algo así como Amorós, en una provincia limítrofe de cuyo nombre no se acordaba, hostigados por el hambre.
Siendo joven, el padre de Segis, que era huérfano, se escapó del hospicio ganándose la vida, en principio, como criado de labradores; este trabajo de criado, de sirviente, se apalabraba -todo hay que decirlo- en las plazas de las ciudades, a principios de cada temporada, adquiriéndose como ganado -por cuatro perras, catre y comida - , a padres, tutores o a ellos mismos; uno de los veranos fue a Amorós, a la recolección de la mies, con una cuadrilla de segadores; al finalizar la soldada, el amo, que era alcalde del pueblo, lo contrató para el período de invierno.

Entre sus cometidos, en jornadas de inactividad que el crudo invierno provoca en las faenas agrícolas, estaba el de llevar colleras, albardas, cinchas, coyundas, y otros aperos de labranza, al zapatero para que arreglara los desperfectos causados por el uso en esos utensilios; allí, en días de lluvia y frío, en que, efectivamente, poco o nada se puede hacer en el campo, se pasaba las horas muertas en el taller del artesano conversando con él o remendando sus propias botas, o ayudándole en su tarea, mientras escuchaban el gemido del viento sobre el tejado de la casa o encogían sus cuerpos y sus almas contemplando caer la lluvia y la nieve sobre la calle desierta; allí aprendió el oficio de zapatero.

Al morir de repente el artesano, y enterado el patrón de las habilidades del padre de Segis con la aguja y el hilo de coser media suelas, le propuso ejercitara el oficio de zapatero; poco tuvo que insistir el amo para que el padre de Segis trocara, por fin, la tarea de jornalero a cielo y campo abiertos por el currelo de remendón en zaquizamí cerrado.
Como se escapó del orfelinato sin la voluntad de sus regidores, no tenía papeles de nacimiento y nadie se los había pedido, al estar en el pueblo, como estaba, bajo la protección del señor alcalde, un rico cacique de aquel lugar; de manera que cuando decidió sacarlo a él, a Segis, de la inclusa, para adoptarlo como hijo, se puso como apellido "Amoroso" en recuerdo del pueblo o dehesa donde vivía. Y le pareció normal "amoroso"; bueno, a decir verdad, ni normal ni anormal, más bien no había reparado en su apellido, hasta que los niños de Puebla de Alcocer lo apedreaban insultándolo:
-- ¡Amoroso, cara de mocoso!, ¡Amoroso, cara de tiñoso!, ... recordó alguno de los insultos.
Y si encontraron palabras terminadas en "oso" con que injuriarle, no paró ahí la cosa ya que también hallaron, en las pocas veces que iba a la escuela, el modo de avergonzarlo cuando pasaba lista el maestro "¡Segismundo Amoroso!" ... y ellos esperaban la contestación, obligada y ritual... "¡Servidor!", para reírse a carcajada limpia y a coro, quedándose él corrido y con el rubor tiñéndole de rojo el rostro.

lunes, 19 de febrero de 2007

José Mª Amigo Zamorano: CAGASANGRE (4)


4) Cable


Prosiguió, costanilla arriba, dando traspiés de cuando en cuando.
A poco se paró para izar la vista y se asustó, como un niño, de la casa que se elevaba frente a él.
Aún retiene en su memoria que tuvo que mendigar por las casas, "una limosnita por amor de Dios", durante días y días. Y a su remembranza acuden ciertas casonas, como esta, en cuyas fachadas imágenes feísimas le miraban burlonas sacándole la lengua, o le amenazaban con los ojos saltones y la boca abierta a punto de hincar los dientes, y le daban miedo, mucho miedo; hasta el extremo de acercarse, temblándole las piernas, con muchísimo cuidado, con suma cautela, al portalón mientras prendía sus ojos de aquellas gárgolas y, antes de tocar el picaporte, se santiguaba varias veces con prisa; en una de ellas -evocó- se asoma a la puerta un niño que desaparece asustado exclamando:
-- ¡Mamá, mamá!, ¡unos gitanos¡ ¡tengo miedo¡
Y poco después salió la dueña de la mansión:
-- ¿Qué quieren?
-- Ama, por amor de Dios, un mendrugo o corrusco de pan, que el Señor se lo pagará.
-- Dios le ampare, buena mujer - contestó y no les dio nada.
Conciencias piadosas les proporcionaron -a cambio de ciertos favores, como la recogida de cagajones por las calles- un cuchitril medio en ruinas en el que el frío, la lluvia y el viento se colaban, sin permiso ni adulación graciosa, inmisericordes, por grietas y oquedades de techos, paredes y puertas.
Allí su padre se puso a trabajar en lo que sabía: de zapatero remendón.