miércoles, 5 de septiembre de 2007

Iswe Letu: Rojos, Talibanes y Terroristas

Texto contra el racismo
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Antaño, a los españoles que se opusieron al golpe militar fascista del franquismo, éste los apellidó 'rojos'. Hizo, así, de palabra, desaparecer a los españoles, que se habían debatido con uñas y dientes, del hogar patrio. Ya no tenía patriotas opositores: todos eran 'rojos'.

Hogaño, a los afganos que se oponen a los ocupantes de su patria, los llaman 'talibanes'. Los yanquis, lo mismo que los franquistas, borran a todo aquel que se le enfrenta, del honor de ser de Afganistán. Ya no hay patriotas afganos que repudian la ocupación: todos son 'talibanes'.

Y en Irak, por poner un ejemplo, a los que se resisten a los invasores de su tierra, aquellos que maldicen la invasión, los que se enfrentan con las armas en la mano a los extraños que han violado sus fronteras, les han quitado el nombre de iraquíes, los denominan 'terroristas.

De modo que, durante mucho tiempo, según la propaganda oficial, no quedaron en España español alguno que defendiera la legalidad republicana. Los que lo hacía eran 'rojos'. ¡Vaya usted a saber de dónde habrían venido!

Lo mismo ocurre ahora.

Cuando traen a España, por ejemplo, soldados muertos en Afganistán, se dice que han sido asesinados por 'talibanes', claro, ¿cómo van a decir que han muerto en enfrentamiento con gente afgana? Sería reconocer que han ido allí en contra de esas gentes; porque ellos, los soldados españoles, ¡pobrecitos!, están allí, casi desarmados, haciendo el bien. Y solo los 'talibanes', que son seguidores de Al Qaeda y que ¡vaya usted a saber de qué galaxia han venido!, les atacan.

Y por último, el ejemplo se repite en Irak, donde los ocupantes son atacados continuamente no por patriotas, no por resistentes, no por insurgentes, sino por 'terroristas', ¡venidos de vaya usted a saber que ignoto lugar!, pues ellos, (yanquis, ingleses, polacos...) ¡angelitos!, solo quieren democratizar el país. Y están, allí, arriesgando sus vidas, por una causa noble que solo esos 'terroristas' quieren estropear...

Como se ve, el cuento se repite, la mentira perdura, la verdad y el objetivo real se trata de ocultar... inútilmente.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Iswe Letu: Ilusiones que se ahogan

Vengándose tan solo de la nieve

Nosotros, decís, buscaremos la venganza de la nieve en un día de invierno, luminoso, cuando el sol escacha los cristales de las ventanas de las casas. Allí, acurrucados, abandonaremos a la congelada pátina blanquecina que se ha atrevido a escondernos los objetos familiares, a secuestrarnos las referencias multicolores en las que nos apoyábamos para el juego de los recuerdos, sin los cuales toda palabra está vacía de contenido, siendo, acaso, sonido hueco o más todavía: música helada. Y nos vengaremos, llevando, hasta el extremo, el juego del vacío que consiste en mover los labios, como si se articulase algún vocablo, para ser, inmediatamente, contestados por el otro, con idéntico movimiento que no es mas que diálogos de sordos.

¡Ah!, no contéis conmigo, contestó, para esa labor, infame, de matar el tiempo que, en realidad, es caer en brazos de esa nada blancuzca, a la que, sin embargo, la habéis declarado como vuestra enemiga. La verdad sea dicha: os sentís atormentados ante la perspectiva, cierta, de tener que volver la vista, retorcer los ojos, hacia vuestras entrañas y, que duda cabe, os sentiréis, sorprendidos, cabalgando o caminando, o simplemente andando, por una uniforme superficie sin matices, blanca como la nieve, tan pura e inmaculada que, solo, la descarnada mudez tiene su asiento.

Sé que no puedo detener la marcha aciaga de perder la vida en aras de un ideal que es cántaro vacío, porque a todas luces solo hay una luz: la blanca; que no tiene contenido, ni dirección precisa.

Ya sé,
prosiguió, que es fruto del instante, del parpadeo fugaz que os sale de la víscera, esa víscera llamada aburrimiento miserable que, algunas veces, rima con criminal, aunque la palabra no pegue, ya me entendéis; porque no sale, de esa entraña insensible, que sí que rima con miserable, nada; no se conmueven ni aún contemplando, como contemplan, todos los días, esas pateras atestadas de ilusiones que se ahogan en las aguas del océano; ni con esas, os movería la fibra de la emoción a iniciar un paso, solo un paso, en la escalada hacia la cumbre de los parásitos sagrados; y menos pensaría que lo hicierais con la alevosa, con la malévola, intención de parar esa sangría; sangría que ennoblece de rabia el horizonte iracundo; eso, oídme bien, está reservado para otros que buscan venganza, no de la nieve sino de la infamia, en algunos homínidos; quienes, quizás, tal vez, acaso, estén acurrucados, como vosotros, en un día de esos en los que, el sol, escacha los cristales de las ventanas de las casas.



jueves, 30 de agosto de 2007

José Mª Amigo Zamorano: La Roja


Vieja, viejísima, valetudinaria

Era roja. Por eso no le gustaba. Decían que era viejísima. Pero ahí estaba. Como siempre. No muy lejos de donde él pasaba.

Posiblemente pensaría, si pensase, que vivía en una hondonada. Y no lo era del todo, pues en la dirección Norte/Sur, y viceversa claro, el terreno dejaba pasar el viento a su capricho sin ningún accidente que se lo impidiera. Y si procedía del Sur le daba igual. Bueno, no le daba igual pues se esponjaba, se coloreaba aún más y, a pesar de su vejez, se volvía hermosísima, en una palabra: gozaba.

A él, no. Con ese viento cálido, el Viento Sur, muelle, pegajoso, se sentía mal, muy mal; todo lo contrario que con el Viento Norte que avivaba su ser.

A La Roja el viento helado del Norte la empequeñecía, la ajaba… las arrugas se le pronunciaban tanto, como el terreno cuando se cuartea.

Si ese viento duraba mas de lo normal, La Roja -la llamamos así, pues ella nunca le dijo cómo se llamaba- transformaba su vestimenta: el sombrero se arrugaba, el tronco adquiría un color verde ceniciento… como si quisiera prepararse para volver a la tierra. Parecía protegerse… no no, no lo parecía, se protegía. Era como refugiarse en los pliegues de su propia naturaleza. Y si el viento se prolongaba varios días… casi se ahogaba, empequeñeciéndose de tal modo, como si presintiera el fin de sus días. ¡Vamos, que se veía irse con viento helado!

De hecho, se dice, y es una verdad contrastada, que la muerte suele anunciarse. El próximo infeliz al que ella tiene entre ceja y ceja, lo nota. Y llora impotente. No puede hacer otra cosa. A un viejo escritor que conocimos le ocurrió lo mismo: cuando se despidió de nosotros un verano lloró, lo que nunca había hecho: ‘No sé, no sé… -decía con lágrimas en los ojos- si volveremos a vernos…’. En diciembre se murió.

La Roja, sin embargo, no era capaz de echar tan siquiera una lagrimilla. Eso si, todo su cuerpo se estremecía. En lo único que se parecía él La Roja es que no lloraba. Y remedando el título de una novela de Norman Mailer, se decía, para si: ‘Los hombres duros no lloran’. Y no lloraba. Se estremecía, pero apretaba los puños.

Como esa mañana que, después de desayunar, sintió como si la vista se le fuera… Bueno, tampoco era así, mas bien fue como si sus ojos se desplazaran de su recta cotidiana. Y experimentó la sensación de que el salón de la casa se transformaba en un sepulcro, estando él en el medio, metido en un ataúd, y las plantas, que el salón tenía: judíos, espatillum, plantas del dinero, geranios, aspidistras… estuvieran allí adornando su cadáver. Era un aviso, pensó. Y se fue de mala ostia, obsesionado, a dar un paseo.

A La Roja, si retornaba el Viento Sur, toda su angustia se le desvanecía. La llevaba el viento cálido. Alzaba su cubierta, a modo de brazos, y bailaba poniéndose aún más atomatada si cabe. Como en este momento que la miraba. Su ser, acariciado por el viento, se esponjaba. Respira, quizá, los aromas del tomillo y del romero que, este, le trae. La envuelven hasta que se trastorna y tórnase tierna avecilla. Nunca mejor dicho, pues parecía volar meciéndose de un lado para otro. Levitaba en un paraíso juvenil. Y no lo era. Ya hemos dicho que era muy vieja.

El lugar donde había nacido y crecido era singularmente peligroso pues estaba, justo, al lado de un barranco. En el filo. Pero en momentos, como el que acabamos de narrar, en que soplaba el Viento Sur, ella era un ser ajeno a las siniestras curvas que da la vida. Lo decimos porque, su ego, la cegaba hasta extremos inauditos: era, precisamente, esa vanagloria de la felicidad propia, la que la convertía en presa fácil de las insidias de su entorno: su filosofía, no escrita ni expresada en lenguaje comprensible para el común de los seres, a pesar de considerarse, como se consideraba, de la misma naturaleza que los demás, hacia tabla rasa de diferencias, tratando con igual rasero a propios de extraños: a la misma altura que a ella misma; sin embargo, no se daba cuenta de que, a pesar de ser iguales, también hay, aunque solo sea una brizna, algo que nos diferencia; en ella la diferencia estaba o radicaba en esa posición límite: a la vera del abismo: en el mismo filo; y cualquier movimiento en falso podía precipitarla cuesta abajo.

También tenía otros factores negativos, sin ser consciente de ellos: al Oeste, le cerraba paso al horizonte, impidiéndole extender la vista, una elevación del terreno, un peñasco, por lo que nunca supo de puestas de sol y su variedad de rojos… ¿y para qué los quería si para roja ya estaba ella?

Tampoco por el Este el terreno era, precisamente, un paraíso de verdor: allí lo que había era un terraplén, en el que, hasta las hormigas, resbalaban...

¡Hormigas, gusanos… mierda que se arrastra!, pensó él con rabia.

Su habitat, por lo que observaba, lo componían: tres puntos negativos por un solo positivo; a saber: Viento Norte, peñasco y terraplén constreñían a La Roja; y solamente el Viento Sur le alegraba el corazón.

No era La Roja un ser de aventuras andariegas. Tampoco lo que la rodeaba invitaba a la aventura. Cabía, eso si, la posibilidad de escalar el peñasco como otros de su clase; o bajar la hondonada, para a continuación elevarse hasta un roquedo desde donde otras rojas la saludaban moviéndose. Le estaban diciendo que, desde allí, podía ver todas las mañanas la aurora, el amanecer, el alba… que a ella le sonaban a gringo.

Todo lo anterior, como habrán podido colegir, era una simple elucubración del que, como él, la contemplaba todos los días paseando, porque ella, lo que se dice ella, nada decía.

Y es que los seres, no todos porque sería una exageración, pero sí la mayoría de ellos, son sedentarios y no se mueven del terreno donde nacen, crecen y se reproducen, hasta que mueren sin preguntarse, jamás, nunca, el por qué de haber nacido en ese sitio... Es decir, hacen lo mismo que han hecho sus padres que antes hicieron los padres de sus padres… Lo ven natural... Lo siguen por instinto…

De la misma manera ella, La Roja, se había adaptado allí. En ese lugar. A la vera del barranco. Al pie del precipicio. Y de allí no se movería, relampaguease, tronara o lloviese. Si llovía, eso quería decir que el agua correría abundante y mejor para ella. Si el año era escaso de precipitaciones, se aguantaba sin un quejido, sin una protesta. Ella, La Roja, era vieja, viejísima, valetudinaria. Tenía callos en el alma y mas conchas que un galápago... Pero vivía ¿o no?... Luego, le había ido bien la cosa. Sin necesidad de puestas de sol, ni de amaneceres, albas, auroras… Y declaraba su rojez con naturalidad, aunque a él no le gustara, y no le gustaba. Con el orgullo de haber sobrevivido a cataclismos geológicos, eras glaciales, sequías, inundaciones... A él no le gustaba nada, nada, nada...

-Bien -se dijo el caminante que la contemplaba- estás orgullosa de ser Amapola, Amapola Roja, Roja… De resistir cataclismos… ¡Ya!… Pues… ¡A ver si resistes el de mi bota! ¡Roja de mierda!

Y aplastó a la roja amapola.

domingo, 26 de agosto de 2007

Dominique Ngoye-Ngalla: Oración para dar sepultura en Mandú

Tomado de:

Africano

Ngoy Dominique: 'Oración para enterrarse en Mandú'

Cuando la oscura noche haya descendido
a mis párpados cerrados para siempre
y este mondo y humillado esqueleto
pida volver, regresar a sus orígenes,
permíteme oh Dios misericordioso
que escoja mi descanso entre las ruinas
de Mandú olvidadas por sus hijos ingratos.
El tifón de las pasiones o el miedo a la muerte
los repartirá por toda la superficie de la tierra
y así, cuando de noche se les aflija el corazón,
recapitularán lloriqueando.
Allí, recostado bajo de una sencilla sepultura,
como tantísimos otros pobres de la tierra
jóvenes y ancianos antes del éxodo aciago,
esperaré la hora, el tiempo del veredicto.
En ese fúnebre montículo tan solo habrá
flores silvestres y una humilde cruz latina.
El caminante al mirar esta tumba modesta
leerá, con el llanto en ciernes en sus ojos,
aquí reposa Dominique Ngoye-Ngalla
un don nadie manduano que no realizó
gran cosa para su patria
sino amarla con devoción.
Que la paz sea con él
y descanse tranquilo.


Ngoy Dominique

(Versión de José Mª Amigo Zamorano, libérrima, de la poesía 'Oración para enterrarse en Mandú'; de 'Poemas rurales', 1974)


jueves, 23 de agosto de 2007

Relación de Quinto para una Fiesta del Gallo en Fuentespreadas (Zamora)




Relación de Quinto del 44 para una Supuesta
Fiesta del Gallo en Fuentespreadas (Zamora)


Mercado Romano en Fuentespreadas



Despedida del héroe

El héroe cantó ante el gallo tutelar.
El viento agavilló algunas estrofas.

(quiere decirse que no todas están aquí escritas y varias de ellas el viento no guardó un recuerdo fidedigno)
"Pido a todos los presentes
que presten gran atención
a esta humilde relación
que del corazón me brota
como dolorida nota,
como cencida canción.




Es mi Pueblo, es mi Tribu,
como siempre es de rigor
para todo buen cantor
que se precie de castado,
el primer ser saludado
por ser el gran luchador.




Membraré a la Autoridad
que el Pueblo nombre regente
del Pasado y del Presente
como dos fogatas puras,
aheladas aunque duras,(*)
del recuerdo consecuente.




¿Qué puedo de decir de ustedes
sacerdotes y maleros
de la magia pregoneros?
No, no os amo y os lo digo.(*)
En mi mente no concibo
serpiente sin agujero.




Es mineral y fue alondra,
fue ruiseñor y es ya nada:
fue mi madre, fue mi amada.
Anhelada, mas ya muerta.
Viva siempre aunque yerta:
mariposa renovada.




Y hasta el viento conoce
que donde lanzo mis ojos
con dulceza los recojo
prendidos de otra mirada
del mismo huego brasada
ferida por cruel abrojo.




Los abrojos que rasguñan
a mi también me arañaron:
mi corazón desolaron
con tan grande crueldad
que maldigo la maldad
que los dioses me enviaron.




Maldigo hambrusia y helaje,
la emigración y su brillo,
soledad y su martillo,
el harmatan, el siroco,
la holganza de unos pocos,
las guerras con su cuchillo.




Maldigo la fuerza escura
que impulsa nuestro destino
en pos de un amargo sino
ya lejos de nuestra tierra
que nos ama y que nos cierra
vereda de cierzas y vino.




Dadme ánimos. Dadme vida.
Dadme vino de palma
que, en la carne, alegra el alma.
Corónide. A la orquesta
le pido: ¡empiece la fiesta!.
Reclamo las notas del alma:




Tocad la Internacional.
Gaya viva, que no muerta.
Esperanza. Alba. Puerta
abierta que al pueblo acorre.
Mientras, mi caballo, corre
veloz, una veredita cierta...



hacia la Muerte"


(*) Aquí el viento olvidó las notas y se han colocado otras.
Las palabras destacadas en rojo están en desuso.



Tomado de: http://senocri.blogcindario.com/2007/08/00067-relacion-de-quinto-en-fiesta-del-gallo-de-fuentespreadas-zamora.html

miércoles, 22 de agosto de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Corrida del Gallo, Añacea del Gallo


Por J. Mª Amigo Z.

Corrida del Gallo, Añacea del Gallo en Guarrate(*) (Zamora)
La, así denominada, ‘Corrida del Gallo’ o ‘Fiesta del Gallo’ es digna de ser estudiada por esos que indagan en las tradiciones y costumbres de los pueblos, como hicieron el antropólogos inglés Bronislav Kasper Malinowski o el español Julio Caro Baroja y otros. Ahora, más urgente el estudio si cabe porque está desapareciendo, obligada por la disminución alarmante de comunidades campesinas en el mundo entero.

Siempre nos ha obsesionado este festejo de algunos pueblos de la provincia de Zamora (España) que, creemos, es una preparación o introducción al mundo adulto. Pareciéndonos, quizás nos confundamos, a ceremonias iniciáticas; teniendo puntos de contacto con las que celebran numerosas aldeas africanas que se rodean de ritos secretos, o semisecretos, algunos dolorosos o sangrientos: recordamos la extirpación del clítoris en las niñas que terminan la pubertad. Aquí, ya se ha perdido esa aureola secreta, misteriosa (si es que la tuvo alguna vez), pero guarda un cierto sabor añejo a sangre derramada.

Nosotros, como puede leerse, la hemos rebautizado con una palabra en desuso ‘Añacea’ para darle más antigüedad al asunto: en vez de ‘corrida’ o ‘fiesta’, añacea.

Si no nos falla la memoria, creemos recordar que se celebra, o celebraba, en invierno, apellidándola ‘del gallo’ por ser este animal un elemento esencial de la ceremonia, al que todos miran, del que todos hablan y al que todos se dirigen, no en vano anuncia el amanecer con su kikirikí; es decir: la apertura de un nuevo día y el fin de las tinieblas que hunde al mundo en la oscuridad, escondiendo la podredumbre que por doquier se alza; y donde se fraguan, también, las más siniestras canalladas. Lo llevan a las afueras del pueblo. Y, atado por las patas, lo cuelgan de una cuerda que une dos vigas, colocadas a ambos lados de un camino cualquiera. Hacia allá se encaminan, a la caída de la tarde invernal, los habitantes de la comunidad. Luego, acuden los quintos. Todos los de la quinta de ese año. Lo hacen a caballo, vestidos de militares y con espada al cinto.

La fiesta, en si, no comienza hasta que el capitán (el mayor de los jóvenes que entran en quinta) presenta, dirigiéndose al gallo tutelar, desde su caballo, al resto de sus compañeros. Lo hace en verso. A veces, son solo ripios. Pero eso, es lo de menos. Luego de terminada la presentación, le pide a la orquesta (siempre hay, o había, una orquesta que eran unos pocos músicos colocados al lado del camino) que interprete una pieza mientras ellos galopan un buen trecho del camino. De regreso de la primera cabalgada, uno tras otro, los componentes de la quintada, todos a caballo y con espada al cinto, van recitando unas composiciones poéticas llamadas ‘Relaciones’ pidiéndole, cada uno, a los músicos que toquen algo mientras invitan a sus caballos, espoleándolos, a una nueva galopada.

(Por cierto, así nombra, 'relación', su monumental poema, Martín Fierro, el poeta argentino José Hernández: “Y atiendan la relación / que hace un gaucho perseguido, / que padre y marido ha sido / empeñoso y diligente, / y sin embargo la gente / lo tiene por un bandido”)

El último en declamar su ‘relación’ es el capitán.

La forma de estas ‘relaciones’ se ajusta a cánones predeterminados: en primer lugar se enumera (hace una relación) la vida del mozo que, éste, quiere destacar; y se reparte el gallo a trozos, simbólicamente, pues el ave sigue vivito y coleando en la cuerda, a pesar de los intentos de cortarle el cuello que, con las espadas, hacen los caballistas; espadas que no saben manejar. En el reparto, las partes mejores se la llevan la madre, el padre y la novia (si la tiene): el corazón (generalmente para la madre), los muslos (al padre)...; y las partes peores se las entregan, imaginariamente, a las personas más detestadas: patas, tripas, plumas...

Las composiciones serán mejores o peores dependiendo del bardo que las escriba. Porque hay, o había, ciertos campesinos a los que se les daba muy bien eso de componer coplas, tanto que muchos mozos acudían, de varios pueblos a la redonda, para solicitar sus servicios poéticos.

Si, a pesar de la escasa natalidad, ha pervivido esta tradicional justa poético/caballeresca, se debe a la incorporación de la mujer a la Fiesta del Gallo, a la Corrida del Gallo: cuando escaseó el número de mozos, las mozas cubrieron el hueco. Y es que, en este terreno, como en otros, la mujer ha metido la cabeza para no volverla a sacar. Se venían de los más alejados núcleos de población, hasta el pueblo de sus padres, para participar en este festejo de origen iniciático. Con todo, hay que decirlo, el abandono del campo sigue goteando, es continuo el derrame; hay años que no se puede realizar esta celebración porque tan solo hay un mozo o una moza o nadie... Por eso decimos que es urgente que se recojan en libros estas fiestas... Que se publique el mayor número de ‘relaciones’... Para ello hay que hurgar en la memoria de las gentes... A lo mejor, tal vez, ya se ha hecho... Nosotros lo ignoramos...

Eso sí, en otro post, lo prometemos, escribiremos una relación hecha por nosotros en octavas reales como lo hizo José Hernández en su Martín Fierro.

Del texto: José María Amigo Zamorano


Podéis consultar la página de Guarrate sobre la Fiesta del Gallo en: http://www.fuentelap.com/la%20villa/pueblos/guarrate/hojas/gallos.htm

martes, 21 de agosto de 2007

Literatura antirracista: 'Emmanuel Bundzeki Dongola'


Oración y arrepentimiento
de un pequeño cristiano

Señor,
¿por qué has hecho esta mañana
tan gris, tan triste?
¿Acaso porque pequé
anoche?
¿Hasta ese punto estás enfadado,
Señor?



Ni siquiera el arrogante gallo
cantó su kikirikí esta mañana.
Ni aún los pequeños gorriones
abandonaron bajo el techo su nido.


Señor, Señor,
pequé, lo confieso.
Pero no es mía toda la culpa
cuando hundí mi mirada en el fondo de sus ojos.
(Oh, Señor, esos ojos

hubieran podido obligarme a hacer cualquier cosa,
hubieran podido obligarme a comer carne el Veirnes Santo,
hubieran podido obligarme a abandonar mi cruz,
hubieran podido obligarme a faltar al respeto del Santo Padre-el-Papa)
La besé y olvidé la hora del catecismo.



Señor, Señor,
pequé, lo confieso.
Confieso
que encontré las largas trenzas de su negra cabellera
más hermosas que las de la Santa-Virgen-María.
(Oh, Señor, me avergüenzo de mi mismo)
Hazme sufrir el castigo de los pecadores,

no tengas piedad de mi.
Reconozco mi irreparable, mi imperdonable, mi mortal
pecado.



Pero, Señor,
ten piedad de mi tío, que desea una buena cosecha de vino de palma para su dote;
ten piedad de mamá, que necesita una extraordinaria cosecha de maíz y yuca;
ten piedad de esa esmirriada hormiga negra, que carga su pesada cruz de paja.


Señor,
reconozco mi irreparable, mi imperdonable, mi mortal
pecado.
Pero, a ellos, Señor, a todos los que no hicieron nada,
devuélveles ese sol resplandeciente que hace la alegría de sus vidas;

devuélveles ese cielo azul purísimo que les hace embriagarse de amor
y dale a mamá el sol que tanto desea para su cosecha de maíz y yuca.


Pero, a mí, no me dejes vivir
porque falté a la clase de catecismo el domingo.

Emmanuel Bundzeki Dongola



(El poema 'Oración y arrepentimiento de un pequeño cristiano' está tomado del libro 'Diwan africano. Poetas de expresión francesa', de Rogelio Martínez Furé. Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1988. Nosotros le hemos puesto signos de puntuación y hemos cambiado algunas palabras. Pocas. Lo demás, es de Rogelio Martínez Furé, incluso su traducción al castellano. Mas, si uno quiere leerlo tal y como venía en el 'Diwan' con que le quite los signos y las mayúsculas, lo tiene logrado)